Marshall regresó a casa a Maryland, cerrando su incipiente empresa de consultoría. Ella se convirtió en la tutora legal de su madre y su tía. Encontró las finanzas de su madre en desorden, declaró bancarrota por ella y dedicó su vida a ser cuidadora a tiempo completo.
Su saludable 401(k), la pensión del Gobierno de su madre y los ingresos por discapacidad de su tía les permitieron vivir juntas en su casa adosada cerca de Fort Meade. Pero 14 años de ser cuidadora agotaron sus ahorros.
A los 56 años, cuando intentó conseguir otro trabajo en tecnología de la información, los reclutadores le dijeron que sus habilidades estaban desactualizadas. También sospechó que la discriminaban por su edad.
"Querían más certificación", dice Marshall, quien no podía pagar los $23,000 que costaba la capacitación adicional. En cambio, encontró trabajo como recepcionista en una empresa de construcción con un salario mucho más bajo.
Se quedó hasta los 65 años, luego vendió su casa adosada y construyó una casa en la tierra de su familia para estar cerca de sus primos, a unas 30 millas al sur de Washington, D.C. Después de pagar su hipoteca, préstamos para construcción, seguro, servicios públicos y recetas médicas, Marshall dice que generalmente le quedan $240 para comestibles y gasolina pero a veces tiene gastos sorpresa.
El mes pasado, su médico cambió su medicamento para la diabetes. El costo aumentó $70, y después de pagar todos sus medicamentos, le quedaban $95.
A los 66 años, Marshall está buscando trabajo a tiempo parcial. En las ferias de empleo ve a muchas personas de su edad, creando mucha competencia en su condado rural.
"A mi edad, donde creo que debería tener dos o tres ingresos, todo mi ingreso es solo del Seguro Social", dice ella. "Entonces, es un poco triste y deprimente a veces".
Ella quiere trabajar como una auxiliar de cuido en el hogar, pues dice que su pasión es ser cuidadora. Ella tiene dos ahijados que ayudarán a cuidarla un día, pero le preocupa que, sin el Seguro Social, perdería su independencia y su casa (en inglés).
"Es mi mayor miedo que no voy a tener dinero y voy a vivir en un refugio", dice Marshall. "No me refiero a un refugio para personas sin hogar; ¡me refiero a un cobertizo!".
Como trabajaba en la industria tecnológica, le preocupó mucho cuando escuchó que el U.S. DOGE Service, que es el Departamento de Eficiencia del Gobierno pero que no es un departamento de nivel de gabinete establecido por el Congreso, tenía acceso a los registros del Seguro Social.
"Esa es información muy personal entre yo y la Administración del Seguro Social", dice Marshall. Cuando trabajaba en Bank One para lanzar la tarjeta Visa de Disney, "tuve que pasar una verificación de antecedentes y ser avalada para tener acceso a los archivos".
Ella no vio que implementaran las mismas medidas cuando los miembros del equipo DOGE examinaron las bases de datos confidenciales del Seguro Social. Está preocupada de que alguien con información obtenida a través de DOGE pueda robar su identidad.
La empresaria no tenía tiempo ni energía para reconstruir
Carolyn Antell, de 77 años, Golden, Colorado
- Carrera: Exdiseñadora de interiores
- Jubilación: 62 años
- Ingresos mensuales: $1,100 del Seguro Social
El negocio de diseño de interiores de Carolyn Antell no pudo sobrevivir a la Gran Recesión del 2008-2009, y con 62 años, ella no tenía tiempo para esperar a que la economía se repusiera.
"Hubo muchas lágrimas, y mucho entendimiento de que, 'Cariño, vas a tener que vivir de tu Seguro Social'", dice Antell, quien estima que amuebló alrededor de 700 casas de fin de semana y vacaciones en Nuevo Hampshire y Colorado durante su carrera de 40 años.
Ella había resistido anteriores recesiones económicas en sus 30 y 40 años, vio terminar dos matrimonios y crio a dos hijos. Al principio, Carolyn complementó su cheque mensual, entonces de $800, solicitando beneficios del Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria y trabajando seis empleos a tiempo parcial, entre ellos caminando a perros, regando césped y atendiendo en una tienda Lane Bryant.
"Hubo muchas lágrimas, ... mucho entendimiento de que, 'Cariño, vas a tener que vivir de tu Seguro Social'".
Como segunda carrera, obtuvo credenciales de asistente de enfermería certificada y lanzó una empresa privada de cuidados para ayudar a los adultos mayores. Después de cuatro años en una lista de espera, ella reunió los requisitos para vivienda subsidiada.
El alquiler y los servicios públicos de su apartamento de un dormitorio de 560 pies cuadrados, a unas 12 millas al oeste de Denver, se limitan a un 30% de sus ingresos. El edificio es ventoso en invierno y puede llegar a 90 grados en verano, pero Antell dice que está agradecida de tener una casa que puede pagar.
Su alquiler fijo y el Seguro Social le permiten pagar un teléfono móvil, comida para gatos y reparaciones para su Subaru del 2009.
La estenosis espinal, que puede pellizcar la médula espinal y los nervios que se ramifican de ella, la obligan a usar un andador para bajar al río que está a una cuadra de su edificio y para ir a un centro comunitario que está al lado. Le gusta conducir hasta un embalse cercano para ver a las águilas calvas criar a sus pichones.
"Mucha gente ni siquiera entiende cómo comenzó el Seguro Social o cómo funciona. Cada cheque de pago que has recibido desde que empezaste a trabajar... se grava para ello", dice Antell.
En los últimos cuatro meses, Antell dice que se ha sentido bombardeada con noticias sobre la SSA: el corte de personal en las oficinas locales, la identificación por teléfono eliminada, y luego reintegrada.
“Escuchamos que van a recortar, pero no sabemos cuánto”, dice. “No puedo con ese nivel de miedo”.
Ella quiere que sus amigos y los representantes de su estado sepan lo crucial que es para personas como ella que no pueden trabajar lo suficiente para pagar el alquiler por su cuenta. Antell estima que hace alrededor de 25 llamadas al día.
"Estoy en guerra", dice ella. "Esto es una batalla, y es agotador".
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