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Pensé que estaría bien cuando perdí mi trabajo a los 66 años. Pero no fue así
Creía que décadas de experiencia y excelentes referencias me llevarían rápidamente a un nuevo trabajo, pero un largo período de desempleo me dejó luchando contra la depresión.
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“Vas a estar bien”, gritó alguien mientras me dirigía al elevador cargando una caja de fotos familiares, tazas de café y adornos de escritorio. Esta era la icónica escena de reducción de personal, de las que se ven en televisión, solo que era real y yo era la persona con la caja.
No hay problema, me dije. Había trabajado en el mismo campo durante más de 25 años y había tenido bastante éxito. Tenía 66 años, estaba sana y ni siquiera había pensado en la jubilación.
Seguramente mi experiencia, cualificaciones y energía me conseguirían rápidamente un nuevo trabajo. Sí, estaría bien.
Diez meses después. Por fuera, todavía tenía esperanza y determinación. Por dentro, estaba deprimida y avergonzada. Había perdido tanto mi propósito como mis ingresos y estaba a punto de no poder hacer un pago de alquiler. Había agotado mis ahorros y estaba retirando dinero de mi ya escasa cuenta IRA. Nunca pensé en pedir ayuda porque no estaba acostumbrada a necesitarla. Además, era vergonzoso. Todavía podía poner cara de felicidad, pero en silencio estaba entrando en pánico.
Mis hijos adultos tenían sus propias vidas. No podía decirles lo desanimada que me sentía. ¿Cómo podían entender lo que le estaba pasando a alguien a quien siempre habían considerado invencible? A sus ojos, yo era exitosa y fuerte; después de todo, había sido madre soltera.
La búsqueda de empleo se convirtió en mi ocupación a tiempo completo. Durante el primer año y medio, envié más de 200 solicitudes, tuve 32 entrevistas en persona, pero no recibí ninguna oferta. Mis amistades imaginaban que ahora tenía un hermoso tiempo libre para visitar museos y leer libros. No. Me sentaba en mi escritorio casi todo el día.
Las pocas veces que me molesté en preguntar por qué no me habían contratado, quienes no me ignoraron dijeron que “No coincidía con nuestra cultura” o que “Otro candidato se ajustaba mejor al puesto”. Un gerente de contratación me soltó esta joya: “Parecías demasiado desesperada”.
Las primeras dos respuestas eran una forma de decir “eres demasiado mayor”. Y la tercera era profundamente perturbadora porque era cierta.
Me sentía invisible, inútil y enojada. Antes tenía una tarjeta de presentación —algo sorprendentemente importante cuando ya no la tienes— y ahora nadie devolvía mis llamadas.
Ya muy metida en mi mundo de buscar trabajo sin parar, rechazos y depresión, almorcé con un amigo que también había perdido su puesto y que, por lo tanto, también buscaba empleo. Él era un año mayor, casado, dueño de hogar y aparentemente tenía mayor seguridad financiera. Hacía tiempo que no sabía de él.
Después de una charla trivial, me explicó por qué no había sabido de él. Había sido hospitalizado después de un intento de suicidio. Su frustrante búsqueda de empleo casi lo mata. Su esposa lo encontró y lo detuvo justo a tiempo.
Después de un largo e incómodo silencio, dije: “Agradezco tu honestidad”, y luego: “Creo que entiendo cómo te sentías. Por favor, necesito ayuda. Ahora".
Esa admisión fue mi primer paso para salir de un lugar oscuro. Por fin abandoné mi falsa alegría, y ahora mi desesperación estaba ahí expuesta.
De inmediato me remitió a su terapeuta, quien me llamó esa tarde. La visité semanalmente durante meses después de ese almuerzo. Me ayudó a separar mi identidad y mi valor de mi tarjeta de presentación. Por suerte, Medicare cubrió mi terapia.
Con el tiempo, como muchas personas mayores desempleadas, me reinventé como consultora y dejé de postularme a puestos a tiempo completo. Al poco tiempo, tenía cinco clientes.
También me reniventé de otras maneras: trabajando como actriz extra en programas de televisión, participando como voluntaria en un ensayo farmacéutico remunerado y vendiendo las cucharas de plata de mi abuela y mi colección infantil de dispensadores Pez en eBay.
Dos años después, una agencia de empleo se comunicó conmigo de la nada, y pronto una empresa de mi campo profesional me contrató a tiempo completo. No mencionaron mi edad durante la entrevista, ni nunca.
Ser mayor y estar sin trabajo involuntariamente no es algo poco común. En Estados Unidos, casi 1.2 millones de adultos desempleados tienen 55 años o más, según datos de agosto del 2026 (en inglés) de la Oficina de Estadísticas Laborales (BLS). Es probable que esa cifra sea mayor. Las personas que buscan empleo y dejan de buscar (clasificadas por la BLS como «desalentadas» - en inglés) desaparecen del conteo oficial de desempleo. Las personas de 55 años o más representan más del 35% (en inglés) de todos los trabajadores desalentados de largo plazo.
A menudo se estereotipa a las personas mayores que buscan empleo como incompetentes con la tecnología, resistentes al cambio o incapaces de tener ideas nuevas. Esas suposiciones son dañinas y erróneas, pero la discriminación por edad (en inglés) es muy difícil de probar, especialmente cuando un empleador ofrece una explicación que suena neutral, como "cultura" o "se ajusta". Los acuerdos de indemnización también pueden exigir que los empleados que se van renuncien a posibles reclamos por discriminación.
El trauma de ser despedido siendo un trabajador mayor permanece. No siempre estamos "bien". Ahora transmito las lecciones que aprendí, tal como mi amigo hizo por mí. No doy frases hechas ni finjo que nunca podría pasarme a mí, porque sí me pasó.
Después de perder un empleo, pide ayuda. Hazlo pronto. Está bien hacerlo. El duelo es duelo porque la pérdida es pérdida, tengas 17 o 70 años. No hace falta parecer valiente. Redobla el cuidado de tu salud. No eres el único.
La depresión es un trastorno médico, no un fracaso personal. Las personas mayores sabemos que la vida da giros inesperados, pero sobrevivir desafíos anteriores no nos hace inmune a los nuevos. Los largos y huesudos dedos de la depresión pueden intentar arrastrarnos hacia lugares adonde no deberíamos ir. La línea directa 988 nacional de prevención del suicidio (como el número de emergencia 911) está disponible para llamadas las 24 horas, todos los días.
No te aísles. Sé honesto con un terapeuta o médico de atención primaria. Comunícate con amigos y excolegas, incluso con quienes no has visto últimamente. Encuentra un lugar feliz y económico: lleva sándwiches al parque, pasa tiempo con tus hijos y nietos, haz trabajo voluntario o acurrúcate con una mascota. Como el GPS de tu automóvil, recalibra.
Sí, tómate tiempo para ti. Yo no lo hice, y eso aumentó mi estrés y posiblemente perjudicó mis habilidades para las entrevistas. Está perfectamente bien ir a un museo o leer un libro.
Cuando mis colegas me dicen que perdieron sus empleos, nunca les digo: "Estarás bien". Me ofrezco a ayudar. Les presento a mis amigos. Me comunico con ellos con frecuencia. Los escucho mientras elaboran estrategias y los animo.
Una vez que aprendemos que no estamos solos y que hay ayuda disponible, puede tomar un tiempo antes de que estemos "bien", pero podemos comenzar el trayecto de regreso a estar bien.
Los ensayos de AARP comparten un punto de vista con la voz del autor, basado en su experiencia o conocimiento, y no necesariamente reflejan los puntos de vista de AARP.
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