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Por qué las personas mayores deberían desprenderse de sus autos

Hoy en día, deshacerse del automóvil significa libertad. No es por los achaques de la edad.

Gil Penalosa, Standing In Busy City Street Corner With Bicycle, Commuters And Buses In Background, Livable Communities, Why Older Adults Should Go Car-Free

Nancy Paiva

Gil Peñalosa, consultor urbano, vive sin automóvil en Toronto.

In English | Existen muchos motivos por los cuales cada vez más adultos mayores exploran maneras de movilizarse sin un automóvil.

Los conductores con quienes hablé para el artículo de Comunidades Habitables de AARP  “Living a Car-Free Life” (“Cómo vivir una vida sin automóvil”) de acuerdo en que, a pesar de unos cuantos desafíos, vivir sin automóvil o usarlo poco les ha mejorado la vida.

Mantenerse saludable y ahorrar dinero

Ken y Roberta Avidor, ambos ilustradores de 60 años radicados en St. Paul, Minnesota, decidieron de repente prescindir del automóvil después de que el suyo se averiara en la autopista. No se arrepienten para nada. “Además de ahorrar mucho dinero y molestias, están los beneficios para la salud al incrementar lo que caminamos y andamos en bicicleta”, dice Ken. “Y también notamos los beneficios para la salud mental. Tenemos más contacto con otras personas y llevamos una vida más sociable”.

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Gil Peñalosa, consultor urbano, de 58 años, vive en Toronto, no tiene auto y trabaja en varias ciudades de EE.UU., dice que “la gente mayor quiere disponer de varias opciones para movilizarse. Cuando la gente mayor tiene opciones de transporte, puede envejecer allí y movilizarse sin depender de otros”.

En la actualidad, las personas en Estados Unidos siguen conduciendo hasta una edad más avanzada que miembros de las generaciones anteriores. [El 93% de los hombres y el 83% de las mujeres mayores de 50 años conducen por lo menos parte del tiempo. Estas cifras disminuyen al 78% para los hombres y el 52% para las mujeres mayores de 80 años, según datos de la Federal Highway Administration (Administración Federal de Carreteras).

Sin embargo, pasar menos tiempo detrás del volante tiene sentido para los planes a largo plazo de todos. Incluso si todavía eres capaz de conducir, la vida puede ser menos estresante y más divertida si no tienes que hacerlo. Y piensa en lo que puedes hacer con $9,000extra al año. (Esa es la cantidad que calcula AAA  de lo que cuesta ser propietario de un automóvil).

“Si los adultos mayores pueden vivir sin un automóvil, o con un automóvil menos, es como ganarse la lotería”, dice Peñalosa. Cada año, esa suma podría usarse para cuentas para la jubilación, vacaciones, ocio, pasatiempos, beneficencia, fondos educativos para los nietos u otras ambiciones. 

Christopher Leinberger, promotor inmobiliario de 64 años, usa poco el automóvil en Washington. “Los $9,000 en gastos adicionales son algo que muchas personas mayores no pueden pagar. Y para otros, la cantidad puede significar $150,000 adicionales en una hipoteca para un hogar que en verdad desean”.

Gente que vive sin automóvil

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Chris Langford Photography

A los integrantes de la familia Speck, quienes usan poco el automóvil, les gusta caminar.

La bendición de tener opciones en Brookline

“Tenemos un auto, el cual en su mayoría conducimos por placer, como para ir a Nuevo Hampshire o a visitar a mis padres, y en ocasiones por comodidad, como cuando llevamos a los niños a la escuela si llueve mucho”, explica Jeff Speck, de 51 años, un diseñador urbano y autor del libro Walkable City (Ciudad caminable), quien vive y trabaja en Brookline, un suburbio de Boston.

La mayoría del tiempo, Speck, su esposa y sus niños de 7 y 5 años caminan o usan transporte público.

“No es algún tipo de declaración sobre nuestra virtud o lo extraños que somos. Es simplemente una oportunidad que te proporciona una comunidad buena y bien diseñada”, dice y añade: “Uber, vehículos compartidos, carriles para bicicletas, buen transporte público; con estos, se puede elegir ser dueño de menos autos”.


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Foto de cortesía

Roslyn Rubin y su bicicleta plegable.

Recorridos por Arlington

Roslyn Rubin, de 68 años, ha vivido sin automóvil por más de 20 años en Arlington, Virginia, una zona suburbana, después de que una enfermedad de la vista hizo que le fuera difícil conducir de noche. “Voy en tren o en autobús, monto una de mis bicicletas y camino. Y acabo de empezar a usar Uber para ir a un gimnasio al cual es imposible llegar en autobús o bicicleta”.

“Antes la gente me miraba como si fuese rara cuando les decía que no tenía auto”, recuerda. “Ahora ya no es gran cosa. Y para mí, se vuelve cada vez más y más fácil. Tenemos más carriles para bicicletas, y tengo una bicicleta plegable que puedo llevar en el tren. Uso una aplicación llamada Next Bus (en inglés), la cual, como dice, te deja saber cuándo llegará el próximo autobús”.

Rubin, quien hace poco se jubiló de una empresa de telecomunicaciones, dice que se siente más segura en las calles dentro y en las afueras de Washington D.C. hoy en día comparado con la década de 1990, cuando el crimen callejero estaba en su apogeo. Las aceras rebosan de personas hasta por lo menos las 10 p.m. cuando camina desde la parada del tren hasta su casa, lo que demora siete minutos. “Muchos más de mis vecinos salen a caminar ahora”.

Arlington, donde andar en bicicleta y caminar representan el 16.6% de todos los recorridos por la ciudad, anima a sus habitantes a pensar en vivir sin auto con su régimen de vivir sin automóvil (en inglés), un recurso informativo e inspirador para disminuir la ingesta diaria de movilidad motorizada. 

“Tengo un vehículo de $500 y un sistema de respaldo multimillonario”, bromea Peter Harnik, de 66 años, un residente de Arlington que monta bicicleta —a veces hasta su oficina en The Trust for Public Land en Washington—. Otras veces, anda en bicicleta hasta una parada del Metro, aproximadamente a una milla de su hogar. Harnik y su esposa conducen su automóvil menos de 6,000 millas al año, y esas millas son por lo general para ir a la playa, las montañas o las súper tiendas.

La familia de Harnik ha usado automóviles esporádicamente por dos décadas, incluso cuando su hijo e hija vivían en la casa, en una cuadra arbolada y de casas unifamiliares. “Es mucho más barato que depender de un automóvil, y ambos perdemos menos tiempo buscando las llaves del automóvil por la casa. Una vez cada seis meses más o menos, necesitamos el auto al mismo tiempo. Entonces yo llamo un taxi”.


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Foto de cortesía

Los Goodman pueden caminar a la zona comercial desde su hogar.

Un auto compartido en Suwanee

“Las parejas jubiladas, incluso si son activas y tienen agendas atareadas, a menudo se las pueden arreglar con solo un automóvil”, dice Dick Goodman de Suwanee, Georgia, donde a él y a su esposa Louise, ambos de setenta y tantos años, les va bien con un vehículo.

“La clave es que programamos nuestras vidas con un calendario electrónico compartido”, dice. “Al ingresar citas, eventos, reuniones y demás en el calendario de cualquiera de nuestros dispositivos, se actualizan en todos ellos. Louise y yo siempre sabemos quién necesita el auto en qué momento y más o menos por cuánto tiempo. Así que si estoy programando una reunión o una cita para almorzar, solo tengo que abrir el calendario en el teléfono y ver si hay un conflicto de horario para el auto”.

Los neoyorquinos comparan en broma su sedán único con la operación de un taxi en la ciudad de Nueva York. “Un conductor regresa el auto al garaje y otro conductor se sube a él y se marcha”, explica Dick. “El asiento nunca se enfría. Ha funcionado de maravillas por más de una década”.


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Foto de cortesía

Patricia Blakely espera el autobús.

En movimiento en Minneapolis

Patricia Blakely, de 70 años, una ejecutiva empresarial jubilada que ahora trabaja a tiempo parcial como directora espiritual de una iglesia, admite: “En verdad me encantaba mi último auto, un Subaru Forester”. Pero hace siete años, decidió hacer un experimento y vivir sin automóvil luego de una serie de contratiempos familiares para cualquiera que conduzca: una factura de $1,500 por arreglos, otro cargo de $233 cuando su auto no arrancaba en el estacionamiento del supermercado y luego un choque por detrás (sin daños) en un semáforo.

El motivo principal por el cual Blakely prescindió del automóvil fue económico. “Me di cuenta —de golpe— que $1,500 pagarían por 1,000 boletos de autobús”, explica, aunque casi nunca había andado en autobús. “Con el dinero ahorrado, he viajado más, incluso a Ghana, África Occidental” para visitar a su hijo y su familia.

Pero Blakely ha descubierto otros beneficios inesperados. “Me siento más saludable porque ahora caminar es parte de mi día, todos los días”, escribe en su libro, CarFree Living: Happy in the Not So Fast Lane (La vida sin automóvil: feliz en un carril no tan rápido). De hecho, antes de desprenderse de su automóvil, a Blakely le diagnosticaron osteoporosis en la columna vertebral y la cadera. Sin embargo, basado en una densitometría ósea reciente, ahora solo tiene preosteoporosis.

Blakely camina al supermercado, al banco, a restaurantes y a una cafetería favorita en su vecindario, que en su mayoría consiste en casas unifamiliares con patio. Va en autobús al centro para trabajar e ir de compras a una tienda Target. Un amigo la lleva a bailar tango, y ella colabora con $5 para la gasolina a fin de asegurarse de que el arreglo siga siendo “recíproco”. Blakely a veces toma un taxi si hay mal clima, y alquila autos para viajes de larga distancia. Se acaba de inscribir en un programa para compartir vehículos.

“Quizás pensarías que vivir sin automóvil me cerraría las opciones y haría mi mundo más pequeño, pero en vez de eso, mi mundo se abrió de maneras sorprendentes”, escribe. “Disfruté de los paisajes, sonidos y olores de cierto modo que me hubiera perdido al conducir. [...] No seré una de esas mujeres de ochenta y tantos años, que temen el día en que sus hijos les quiten el auto”.


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Foto de cortesía

Diane Miller muestra su ropa de invierno para ciclismo.

Resistencia en Harrison

Por 12 años, Diane Miller se desplazó en bicicleta 20 millas hacia y desde su trabajo como profesora de comunicaciones en Finlandia University en Hancock, Michigan.

Si no piensas que eso es admirable, ten presente que montó bicicleta durante todo el invierno en el límite norte de la península superior de Michigan. 

“Mucha gente pensó que yo era todo un personaje”, dice. “Pero en verdad fue un placer. Usas los sentidos mucho más en una bicicleta. Puedes oler la cena de otras personas y ver la vida silvestre. Además, ¡piensa en lo que significa ser una mujer de cincuenta y tantos años que puede comer todo lo que quiera!”.

Ahora que enseña en Mid-Michigan Community College, todavía recorre en bicicleta 20 millas hacia y desde el campus en Harrison. Sin embargo, toma prestado el automóvil de su pareja para conducir las 60 millas de ida y vuelta al campus en Midland, Michigan.

Dice Miller: “¡No soy la Mujer Maravilla!”

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