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Cruz y Menorá

Los hispanos combinan rituales ancestrales o de sus países de origen, con aquellos inspirados en vivir en Estados Unidos.

La esencia de la nostalgia

Si Astrid Salazar aspira profundamente los aromas navideños del pollo asado y la arepa (o tortilla de maíz) provenientes de la cocina, puede imaginarse nuevamente a sí misma como una niña, pasando la Nochebuena en casa de sus padres, en Bogotá.

“Íbamos a las montañas para juntar musgo para el pesebre —dice—. Es una tradición en la mayoría de los hogares en Colombia”.

El musgo es difícil de encontrar en los cascos urbano e industrial de Elizabeth, Nueva Jersey, donde ahora vive Salazar con sus hijos. La familia dejó de juntar musgo para Navidad 20 años atrás, cuando vino a Estados Unidos. Y los Reyes Magos dejaron de  llegar cargando regalos los 6 de enero; ahora, es Santa Claus quien los visita en la mañana de los 25 de diciembre.

Algunas tradiciones festivas que los inmigrantes daban por hechas en “el Viejo Mundo” se marchitaron en Estados Unidos. No obstante, otras costumbres navideñas conocidas para los colombianos —y en algunos casos para otros hispanos— continúan vigentes en la vida de los Salazar.

Como en la mayor parte del mundo de habla hispana, los Salazar mantienen la costumbre de la gran comida familiar en Nochebuena, en lugar del día de Navidad. “Usualmente nos reunimos en la casa de los abuelos, con los tíos y primos —dice Salazar—. Y siendo ésta una cuestión cultural en el norte de Nueva Jersey, el grupo incluye no sólo colombianos, sino cubanos, portugueses y estadounidenses”, agrega.

No obstante la diversidad étnica familiar, los aromas de la cocina de la abuela huelen a Colombia. El pollo asado y las arepas son sólo parte de la celebración. “La abuela también hace ajiaco, buñuelos, harina con queso, natilla”, dice Salazar, casi saboreando esas recetas.

Quizás no haya mucho musgo en los alrededores, pero seguramente hay mucha masa para arepas.

Iluminando la fiesta de Jánuka

Cuando la gente descubre que Daniel Santacruz es hispano y judío, la reacción más común es: “¿Qué?” Claro que no hay ninguna contradicción. Los judíos emigraron a América Latina siglos atrás, cuando fueron expulsados de Portugal y España, en 1492, por la Santa Inquisición. Otros hispanos se convirtieron al judaísmo, como hizo Santacruz. Para todas estas familias, darle a la fiesta de Jánuka un toque latino es natural. Y a pesar de que el apellido suene cristiano, la familia Santacruz pertenece a la rama ortodoxa del judaísmo.

Jánuka conmemora el milagro ocurrido en el año 165 a.C., cuando los macabeos recuperaron el Templo de Jerusalén para el culto judío, y una pequeña lámpara de aceite duró ocho días. Santacruz llama a la fiesta de Jánuka una “celebración importante menor” en el calendario judío, no tan importante como Yom Kippur, Día del Perdón, por ejemplo. Pero los rituales son reconocibles para los judíos desde Buenos Aires hasta Moscú y Tel Aviv. O en Teaneck, Nueva Jersey, donde vive Santacruz. Más de 150.000 hispanos judíos han formado su hogar en Estados Unidos, según el Institute for Jewish Community Research.

Durante la celebración, un menorá de nueve brazos simboliza el milagro. Daniel, su esposa y sus hijos tienen, cada uno, su propio candelabro y van encendiendo una vela cada una de las ocho noches que dura este Festival de Luces. Un ávido entusiasta del fútbol colombiano, Daniel, eligió un menorá con soportes con forma de pelota de fútbol. La familia reza oraciones hebreas y canta Ocho candelikkas en ladino, un dialecto castellano medieval hablado por los judíos de raíces españolas.
“Encendemos las velas a la puesta del sol, según la ley judía —explica Daniel—. Se supone que uno debe encender las velas junto a una ventana para hacer público el milagro”.

Cuando las fiestas cobran sentido

Alisa Valdes-Rodriguez es la celebrada autora de El club social de las chicas temerarias/The Dirty Girls Social Club, una novela que llegó a la lista bestseller de The New York Times, y también nos entretuvo con su segunda novela, Jugando con chicos/Playing With Boys. Ahora comparte, con nuestros lectores, un poco de las tradiciones que  ella está creando para su hijo, Alexander.

Desde que soy madre, los días de fiesta comenzaron a importarme.

Cuando era soltera y no tenía hijos, las fiestas no me interesaban demasiado. No fui educada en una religión, salvo en un marxismo hippie, aunque, de vez en cuando, solíamos tener una árbol de Navidad y una cena familiar con pavo. Mayormente, siempre consideré el tema como otro pretexto para adorar al dios del consumo. Por lo general, pasaba las fiestas a solas con un libro.

Pero el nacimiento de mi hijo, Alexander, quien ahora tiene cuatro años, y mi subsiguiente vuelta a Albuquerque, Nuevo México, la ciudad donde nací y donde me crié, cambió todo.

No es que haya tenido un despertar religioso o algo así, pero, de repente, sentí la necesidad de los ritos en nuestras vidas. Y la magia. Los niños necesitan magia y yo también la necesitaba.

Parte de este viaje significó encontrar una iglesia que respetara todos los credos  —incluyendo el escepticismo secular— y celebrara todo, desde la Pascua (con la búsqueda de huevos para todos los niños del vecindario) hasta la Navidad. Descubrí la Unitarian Universalist church (Iglesia Unitaria Universalista).

Thanksgiving (día de Acción de Gracias) se ha convertido en una fecha muy significativa para mí, ya que mi pequeño y gracioso Alex-ander me ha dado mucho por qué  agradecer.

Ahora espero las fiestas del mismo modo en que solía esperar los cumpleaños cuando era niña. Rearmé un conjunto de tradiciones para Alexander y para mí que incluyen una gran cena cubana en Nochebuena o en la víspera de Año Nuevo, a la que invito a una docena o más de familiares y amigos. No hay mejor sentimiento en el mundo que estar en la cocina con los que amo, escuchando música cubana de Cachao, contando chistes y saboreando un cafecito, mientras que una olla grande de moros y cristianos hierve sobre el hornillo. Es casi... sagrado. Y nos conecta a Alex y a mí a nuestra herencia cubana de un modo real y placentero.

La familia de mi madre es oriunda de Nuevo México, así que también intenté incorporar algunas de sus tradiciones, como las luminarias —bolsas de papel con arena y una vela prendida en su interior—, con las que adorno las paredes y techo de mi casa de adobe, y unas deliciosas galletas con semillas de anís llamadas bizcochitos.

Pienso que con la edad y educación, Alexander llegará a ser, algún día, una persona con una mentalidad científica como su madre. Pero por ahora, la expresión de asombro de su cara, cuando dejamos un plato de galletas al lado de la chimenea para Santa Claus, es merecedora de la suspensión temporaria del cinismo que cultivé tan cuidadosamente. Alisa Valdes-Rodriguez.

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