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Lo que realmente sé del 9/11

No podemos olvidar las bendiciones que disfrutamos, aun cuando el mundo se vea oscuro.

In English | Mi imagen del 11 de septiembre contiene el gris del humo y las cenizas, el rojo de las llamas y la sangre, y el negro de la muerte y la desesperación. Pero a causa de donde estaba ese martes, en mi imagen también resalta el amarillo de la esperanza.

Cupcake con unas velas de cumpleaños - 10 años del 9/11

Foto por Getty Images

El cumpleaños de un estudiante cambió para siempre luego de los ataques del 11 de septiembre.

Cuando me llegaron las noticias del primer ataque me encontraba con mi clase de sexto grado en una escuela en los suburbios de Detroit. Estábamos en medio de una tarea de creación literara sobre cómo dar vida a un escrito. Los acontecimientos no sólo cambiaron mi esquema de la lección de ese día, sino que también cambiaron la dinámica del aula. Mientras miraban la tragedia desarrollarse en la pantalla, mis alumnos comenzaron a mover sus asientos de tal forma que disolvieron las líneas divisorias que las diferentes camarillas habían establecido.

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Pronto, vi a los extrovertidos escuchar con atención a los alumnos más reservados: la empatía y la consciencia de que se estaba compartiendo una experiencia humana se había vuelto más importante que el estatus académico y social. Noté en particular que mis alumnos caucásicos les tendían la mano a los caldeos, asiáticos y otras minorías, y de una manera más sensible y positiva que la que había visto antes.

Más tarde ese día, mis alumnos de octavo grado entraron al aula. Irónicamente, tenía programado introducirlos al libro To Kill a Mockingbird (Matar un ruiseñor), la novela de Harper Lee que enseña que es pecado herir o matar a un inocente. Di la lección y entonces dejé que mis alumnos discutieran animadamente la relación del libro con los acontecimientos del día. Vi suceder el aprendizaje. Vi surgir el reconocimiento del papel que los libros desempeñan en la vida y la comprensión de que lo que ocurre en la escuela tiene sentido más allá de las paredes del aula.

Ese día terminó cuando Jacob, uno de los niños de octavo grado más amables, más bondadosos que jamás he enseñado, se acercó tímidamente a mi escritorio. "Hoy es mi cumpleaños", susurró. Reflexioné acerca de eso, pensé en lo difícil que debe ser querer celebrar una ocasión especial en un día tan triste, y entonces miré a Jacob a los ojos y le dije: "Feliz cumpleaños, Jacob. Le traes alegría a un día por lo demás triste. Nos enseñas que no podemos olvidar todo lo bueno que tenemos, aun cuando el mundo se ve tan oscuro".

Y eso es lo que recuerdo del 11 de septiembre: alumnos que se unían, un libro que cobraba vida, un jovencito que me daba la certeza de que la belleza sobreviviría, aun en un día tan oscuro como ese.

Ronna L. Edelstein es una lectora radicada en Pittsburgh.

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