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Memoria: La mía, ¿es normal?

No lograba determinar si estaba distraída o si me faltaba un tornillo, así que recurrí a un laboratorio cerebral para averiguarlo.

In English l Siempre tuve una memoria temperamental. ¿Una reseña que leí hace 20 años sobre una película que no vi? Ningún problema. ¿Lo que hice el mes pasado? Olvídelo.

Soy perfectamente capaz de no lograr recordar el nombre de mi vecina cuando me la cruzo en el mercado.  Caramba… soy perfectamente capaz de no reconocer a mi propia vecina. Hace poco, se me olvidó por completo una cena que un amigo había organizado para mí unos años atrás. Aparentemente fui, me congracié con todos, me sentí muy gratificada por su esfuerzo, pero me olvidé todo al respecto. (Y no, no estaba "entonada".)

Vea también: Medicamentos que causan pérdida de memoria.

Lazo rojo en el dedo índice - Mi memoria es normal - Alzheimer, locura

Foto: iStockPhoto

Ayude a reducir su riesgo de deterioro cognitivo durmiendo más y haciendo más ejercicio.

La mía es la clase de memoria que hace que una persona de más de 50 años como yo se preocupe, en especial ante las estadísticas:   aproximadamente 5.4 millones de estadounidenses padecen la enfermedad de Alzheimer, y los investigadores sostienen que estas cifras se triplicarán para el 2050.

Los expertos advierten que nuestra sociedad no está preparada para el costo de cuidar a tanta gente que ya no puede atender sus asuntos cotidianos.

Aclaro:  No estoy solamente preocupada por tener que pagar a alguien que me cuide; me preocupa en igual medida el hecho de necesitarlo realmente, por eso me aferré a la oportunidad de evaluar mi memoria y mejorarla en una de las mejores clínicas cognitivas en nuestro país: el Neurology Institute for Brain Health and Fitness, cerca de Baltimore, Maryland.

El instituto está dirigido por el Dr. Majid Fotuhi, un neurólogo que está llevando a sus colegas a cambiar la forma en que pensamos sobre el pensamiento.

Los expertos en memoria hace tiempo que vienen concentrándose, en primer lugar, en la función todavía misteriosa que cumplen las placas, los ovillos y otros componentes fisiológicos del cerebro. Pero Fotuhi y un grupo de colegas más han empezado a centrar el objetivo en cómo el estilo de vida y las rutinas de las personas afectan sus mentes. La investigación representa una perspectiva radicalmente diferente al estudio del cerebro, y está empezando a recibir una gran atención.

En el instituto, Fotuhi trabaja con terapeutas, un fisiólogo y un técnico para tratar a una amplia gama de personas, desde estudiantes universitarios con conmociones cerebrales hasta personas en las etapas avanzadas del deterioro cognitivo, y profesionales productivos como yo, preocupados por sus olvidos. Muchos de estos pacientes reciben un “programa de entrenamiento cerebral” personalizado de varios meses diseñado para prevenir problemas, corregirlos o ambos. La promesa:  el tratamiento recortará el riesgo de deterioro mental y además mejorará el funcionamiento de su memoria en el momento.

Por eso, cuando me invitan a visitar el instituto para una sesión de inmersión de un día y medio diseñada para transmitirnos el sentido del programa, pronuncio la única respuesta que una "boomer" exhausta con trabajo, dos hijos, marido y perro puede dar:  ¿Qué tan pronto puedo ir?

Una fría y gris mañana de este año, me dirijo nerviosa a la clínica, un edificio médico tan común e insignificante que no parece justo para los pacientes.

Cuando ingreso a la suite de los salas de estudios, Fotuhi me saluda con calidez y me escolta a su oficina para iniciar mi examen preliminar. El doctor es un oso de peluche con currículum de un gorila: tiene un título de Medicina de Harvard y un doctorado en neurociencias de Johns Hopkins, de Baltimore; sus investigaciones se publican en las más importantes revistas médicas y da conferencias en todo el mundo. Pero se muestra perfectamente accesible mientras chequea mis reflejos y me indica que salte de pie en pie, una forma rápida de evaluar mi agilidad y vigor general. Luego se sienta frente a su escritorio y me invita a hablar, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.

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El estrés y lo cognitivo

Repaso mi historia médica rápidamente; es corta y aburrida, con una excepción importante:  en mi época de estudiante universitario, sufrí un grave accidente automovilístico, a gran velocidad, de frente, sin cinturón de seguridad. Me golpeé la cabeza con tal violencia que cuando me desperté, tenía amnesia. Como un personaje de telenovela, me había olvidado de gran parte del año anterior, y mi pensamiento se mantuvo lento y confuso durante las semanas siguientes. Me recuperé, pero no puedo dejar de preguntarme si ese gran golpe en la cabeza afectó de algún modo mi cerebro.

Aprender un idioma nuevo o simplemente resolver cómo hacer malabares con algunas pelotas, todo parece estimular sus neuronas y potenciar su capacidad mental.

Fotuhi me escucha atentamente mientras le transmito mis inquietudes, pero no parece muy preocupado. En todo caso, parece más interesado en los aspectos menos sensacionales de mi salud. Me pregunta sobre mis niveles de colesterol y quiere saber acerca de mi rutina de ejercicios (atroz), hábitos de sueño (peores), niveles de estrés (altos, pero, ¿quién no los tiene así?). Todo muy mundano, pienso. Todo muy crucial, insiste Fotuhi.

En años recientes, los científicos han aprendido que el cerebro es un órgano exquisitamente sensible, que crece y se encoge como un arrecife de coral en respuesta a su entorno. Un torrente cada vez mayor de estudios sugiere que el estado del cuerpo de algún modo afecta el del cerebro. Según el Dr. Gary Small, director del Centro de Longevidad de UCLA y autor de The Alzheimer's Prevention Program (Programa para la prevención del Alzheimer), el sobrepeso duplica el riesgo de Alzheimer; la obesidad lo cuadriplica. La diabetes puede acelerar el daño cerebral, como también una presión sanguínea alta.

Una amplia gama de trastornos —desde la apnea del sueño hasta la depresión— también parecen tener su impacto en la salud del cerebro. Lo mismo ocurre con el estrés cotidiano.  Los estudios indican que el cortisol, la hormona del estrés, puede dañar las vías de la materia blanca del cerebro y dificultar la comunicación de las áreas entre sí.

Afortunadamente, existe un lado positivo de la vulnerabilidad cerebral: así como los malos hábitos pueden perjudicar su funcionamiento, los buenos pueden contribuir a él. Numerosos estudios, incluido un informe del 2011 que apareció en Proceedings of the National Academy of Sciences, demuestran que las elecciones que apuntan a un estilo de vida saludable pueden ayudar a generar nuevas células en el hipocampo, la región del cerebro con forma de caballito de mar, encargada de procesar los recuerdos de corto plazo y determinar cuál será conservado en el almacenamiento a largo plazo. “El mejor remedio para la enfermedad de Alzheimer al final de la vida es intervenir en la mediana edad”, me explica Fotuhi cuando terminamos mi examen inicial. “Los 'baby boomers' deben despertarse y sacudir sus vidas”.

"Los científicos han aprendido que el cerebro es un órgano exquisitamente sensible, que crece y se encoge como un arrecife de coral en respuesta a su entorno"

Entrenamiento con pesas para la mente

No es de sorprender que el siguiente tramo de mi evaluación sea un examen de memoria.

“Cuando diga: ‘Empiece’, quiero que mencione tantas palabras como pueda que comiencen con la letra B”, me indica Tracy Riloff, directora de evaluación cognitiva del instituto. Eso plantea un desafío cuando se tiene apenas 60 segundos. No se me ocurre “boy” (niño) o “book” (libro), pero inexplicablemente logro rescatar las palabras “brusco” y “bilis”. Pasamos a otras letras y, por fin, a otros ejercicios: trazo formas a partir de la memoria, repito historias a Rilof y clasifico cartas en categorías. Todo me recuerda a los exámenes de aptitud que tomaba en la escuela primaria.

También me hace sentir como si estuviera entrenándome de verdad, lo que no está lejos de ser cierto, ya que hay investigación que demuestra que el ejercicio mental puede mantener su cerebro en forma. Un estudio del año 2000 informó que los taxistas de Londres iban fortaleciendo sus hipocampos mientras aprendían a navegar la maraña de calles del interior de la ciudad. Otra investigación ha hallado que los estudiantes de medicina robustecen sus cerebros mientras memorizan para los exámenes. Aprender un idioma nuevo o simplemente resolver cómo hacer malabares con algunas pelotas, todo parece estimular sus neuronas y potenciar su capacidad mental. “Si hace 20 años alguien me hubiera dicho que el cerebro es como un músculo, me hubiera reído”, afirma Small, de UCLA. “Pero en muchos sentidos, lo es”.

Mi músculo cerebral está exhausto, así que me alegra concluir el ejercicio aeróbico mental que forma parte de mi evaluación. Desafortunadamente, es momento de la parte física.

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El ejercicio físico y el tamaño del cerebro

Me dirijo a la siguiente sala de exámenes, donde me espera una bicicleta fija. Un examen de estrés evaluará cuán bien mi sistema cardiovascular alimenta mi cerebro.

El ciclismo nunca ocupó un lugar preferencial en mi lista de actividades favoritas, y me gusta aun menos cuando tengo los cables del ECG pegados a mi pecho. A pesar del empeño por alentarme que pone la fisióloga del ejercicio Michelle Barnett —y me alienta mucho—, sus palabras no logran distraerme del hecho de que lleva una camiseta muy mona sobre sus tonificados abdominales mientras que yo no tengo ni la camiseta ni los abdominales.

Y sin embargo, el ejercicio hace que mi corazón bombee un poco más rápido, y eso es bueno. Según el psicólogo Arthur Kramer, con un doctorado de University of Illinois en Urbana-Champaign, el ejercicio físico es uno de los mejores obsequios que uno puede hacer a su cerebro.

Unos años atrás, Kramer persuadió a un grupo de adultos mayores de que emprendieran un régimen de ejercicios relativamente modesto, según el cual debían caminar tres días a la semana durante 45 minutos cada vez. “Nadie se ganó una medalla”, dice Kramer, pero los caminantes demostraron una mejora importante en los exámenes cognitivos al final del año que llevó el estudio. Es más, los electroencefalogramas arrojaron un aumento de un 2 % en el tamaño del hipocampo.

Debido a que el hipocampo, en términos generales, se reduce alrededor del 0.5 % al año después de los 50, los sujetos no solamente disminuyeron el paso del tiempo, sino que lo revirtieron. “Si contáramos con un medicamento que lograra eso, se pagaría mucho por él”, afirma Kramer. “Pero esto no cuesta nada. Solo salga a caminar”.

Un flujo sanguíneo óptimo es clave

Una vez finalizado mi examen de estrés y de recuperar mi camisa, recorro el pasillo para reunirme con un técnico de radiólogía. Me recuesto en una mesa de examen mientras él pasa una vara de ultrasonido de arriba abajo por el costado de mi cuello. 

Un zumbido rítmico llena la habitación. Es el sonido de la sangre en una de mis arterias carótidas, principales alimentadoras de mi cerebro. La placa puede obstruir estas arterias, al igual que puede tapar las arterias que conducen al corazón. Y así como un coágulo en una arteria coronaria puede causar un ataque cardíaco, uno en la carótida puede causar un derrame cerebral. Incluso por un bloqueo parcial, su cerebro podría terminar funcionando con sus facultades reducidas. De modo que el técnico chequea cómo se mueve todo, y me alegra enterarme de que mi sangre fluye libremente.

Más tarde, también recibo buenas nuevas después de someterme a un electroencefalograma, una prueba que conlleva cubrir mi cuero cabelludo con una sustancia viscosa y ponerme un casquete repleto de electrodos que rastrea mis ondas cerebrales.

Meditación para relajarse

A esta altura, ya estoy lista para tomarme un descanso, y afortunadamente es tiempo para "Relajación 101". En el instituto, casi todos aprenden meditación de atención plena con la directora de entrenamiento cerebral Eylem Sahin.

Las investigaciones arrojan la tentadora sugerencia de que esta práctica puede ser buena para la memoria. Es simple, aunque no necesariamente fácil: todo lo que se necesita es una conciencia relajada de los propios pensamientos, sensaciones y emociones. Sahin me ayuda a perfeccionar la respiración abdominal mientras me visualizo en una pradera remota y me concentro en ir relajando progresivamente mi cuerpo, desde mis pies hasta mis cejas. Sahin dice que estoy aprendiendo simultáneamente a enfocarme y relajarme, pero yo siento como si estuviera dando a mi mente un buen baño relajante. Ah...

Y con esto concluye mi día.

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La memoria puede ser algo estrafalaria

Perder la memoria es algo horrible. Hace que nuestra vida parezca aun más fugaz de lo que ya es, y es frustrante, vergonzoso y atemorizante. Así que, al día siguiente, regreso con ansias al instituto para escuchar el diagnóstico de Fotuhi, en la esperanza de que sus palabras dibujen una amplia sonrisa en mi rostro.

“Le fue muy bien en la evaluación cognitiva”, me explica el doctor una vez que estuve instalada en su oficina. A ver… ¿puedo alardear? (¿Quién hubiera pensado que yo haría eso tratándose de mi memoria?) Mi puntaje estuvo cerca del máximo de las clasificaciones estandarizadas.

¡Vamos!

Las idiosincrasias de mi memoria pueden relacionarse con mi conmoción de hace tiempo, explica Fotuhi. Pero me cuenta que casi nadie se adentra en los años de mediana edad sin alguna historia o hábito que amenace su mente. Además, la memoria es algo estrafalaria.

Un desempeño pobre no sería necesariamente una tragedia. Si yo emprendiera el programa de tres meses que ofrece el instituto para el entrenamiento cerebral, recibiría tratamiento intensivo para mis problemas médicos, y ayuda con la nutrición y el ejercicio. Es más, practicaría meditación, haría biorretroalimentación y recibiría cantidad de estimulación a partir de juegos de computadora, rompecabezas y acertijos.

Fotuhi no ofrece garantías (y si una persona padece de enfermedad de Alzheimer, por ejemplo, esos remedios no la curarán). Pero, afirma, su enfoque múltiple casi siempre genera mejoras.

Cómo cuidar su cerebro

“Muchas personas creen que si están teniendo problemas de memoria, su memoria está perdida e ida para siempre”, asegura Fotuhi. “No se dan cuenta de que el cerebro es algo así como los bíceps. Ambos pueden tonificarse a cualquier edad”.

Así que, incluso con mi sorprendente puntaje, Fotuhi ofrece una recomendación preventiva: “Debería empezar a dormir más y a hacer ejercicio”, me explica. La meditación también sería de gran ayuda, afirma, en especial si me siento estresada. También debería hacer algo que me haga bien cada día, ya que la felicidad es muy buena para el cerebro. Todos esos cambios deberían agrandar mi hipocampo lo más posible y crear así una tierra de nadie contra los embates del tiempo.

Desde mi visita a la clínica de salud cerebral, he estado siguiendo este consejo: vivo una vida limpia, con una buena cuota de sueño y ejercicio, o por lo menos lo intento. He notado que son menos los momentos en que siento como si hubiera perdido mi mente en la nebulosa de mi agotamiento. Y me siento mejor de lo que me he sentido en años.

El hecho es que estoy descubriendo que lo que es bueno para el cerebro es bueno para el cuerpo, y también para la psiquis. Me figuro que la manera en que vivo ahora me brindará las mejores oportunidades posibles de volver a mirar mi vida cuando me esté acercando al final… y recordarla.

Lisa Davis es editora adjunta de Sharecare.com. Ha escrito para Health, Reader's Digest, Vogue y otras publicaciones.

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