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Yo sufro el síndrome del nido vacío

Nuestra escritora, de 50 años de edad —y sin hijos—, nos cuenta qué siente ante la inminente boda de su padre.

In English | Mi padre es el prototipo del conejito de Energizer, con sus veloces Pumas negras, el bolsillo de la camisa lleno de tarjetas de presentación reunidas mientras establece contactos, el teléfono celular destellando, con un tono de llamada que sugiere romance.

La mayoría de las noches puedo escucharlo andar por los distantes cuartos de la casa que compartimos, mientras se prepara para otra salida nocturna. ¿Velada con el grupo de la iglesia? ¿Cena con su amiga?

¿Cine? ¿Tapas y vino? Nunca lo sé. No puedo mantenerme al tanto. Todo lo que sé es que siempre sale de la misma manera: se da vuelta para hablar con los perros, les echa una mirada severa y, señalándome, les dice: “Cuídenla bien, ¿está claro?” Y sale de casa dejando a su paso una estela de colonia cara.

Mi padre tiene 80 años. En octubre, se volverá a casar. Hemos vivido juntos por casi tres años, desde que mamá falleció. Papá y mamá estuvieron casados durante 51 años y él la cuidó con empeño durante los últimos años de su enfermedad, un cáncer de mama contra el que luchó por 17 años. Papá vino a vivir conmigo un día después del funeral, en un momento en el que los dos estábamos inmersos en un duelo profundo.

Por supuesto, vivimos nuestros duelos de maneras totalmente distintas. Papá, quien nunca fue del tipo meditativo ni de los que se permiten pensamientos depresivos, mantuvo su rutina diaria: estudio de la Biblia al amanecer, crucigramas antes del desayuno, la página de deportes y el café, las visitas a la barbería, el banco, la siesta de la tarde, todo esto llevado a la práctica con una calma característica.

Yo, por otra parte, me deshice emocionalmente muchas veces en privado. Me esforzaba por salir adelante, en el trabajo durante el día y en casa, por las noches. Era tan apegada a mi madre que tenía miedo de avanzar, temerosa de permitir que mi mente se fuera demasiado lejos del costado de la cama dónde ella dio su último suspiro, en mis brazos. Y mientras yo vivía en ese lugar, en esa inercia de color sepia, mi padre encontró el amor.

Una noche, justo cinco meses después de que mamá falleciera, él llegó a casa, de una reunión con su grupo de la iglesia, con una impresionante cantidad de flores, obsequios de las damas de la iglesia, explicó. Era el día de San Valentín. Mientras buscaba en los armarios floreros suficientes para tantos ramos, pude darme cuenta de que él estaba deslumbrado por la atención. Estaba claro que  el acto de generosidad de estas damas había logrado que un día que de otro modo hubiera sido doloroso, se transformara en uno para recordar. Lo tomé como una bendición y no volví a pensar en ello.

Ni me imaginaba que, algunos meses después, este acto de bondad florecería en un romance pleno. Resultó ser que una de las damas de la iglesia era una viuda muy agradable, diez años más joven que mi padre. Era enérgica e independiente, platicadora y aventurera, y trabajaba para una distribuidora de flores, lo que explicaba los frecuentes ramos que papá traía a casa después de eventos sociales con el grupo de la iglesia. Margaritas, crisantemos blancos, gerberas amarillas, matsumotos púrpuras, azucenas, rosas rosadas, lirios azules llenaban cada rincón de la casa, gracias a la dama de la iglesia, que poseía un nombre floral acorde: Dahlia. Se transformó en la mejor amiga de papá, la compañía para ir al cine, cita frecuente para salir a cenar, compañera de viajes y, finalmente, en su prometida.
 
Una noche, durante una cena con mi hermano, mi hermana y sus tres hijos —nuestro núcleo familiar—, papá anunció la gran noticia. Muy asombrada, mi hermana, de 47 años, me echó una ojeada y preguntó con cierto sarcasmo: “¿Esto quiere decir que tendremos hermanastros?” Estuve de acuerdo con que, a mis 50 años, me resultaba un pensamiento comiquísimo.

Esa noche, me uní a mis hermanos para darle nuestra bendición. Sin embargo, a medida que los días fueron pasando, comencé a sentirme insegura y un poco nerviosa. ¿Estaría bien papá en ese mundo nuevo? Desde que mamá murió, yo había trabajado mucho para mantener una calidad de vida semejante a la que ella le había brindado.

Aunque estaba afuera trabajando casi toda la semana, planeaba las comidas y hacía las compras estratégicamente. Utilizaba las viejas cacerolas de mamá para cocinar, intentando descifrar sus recetas secretas. Utilizaba su mantel favorito para servir la cena de los domingos y mantenía la alacena llena de los mismos alimentos que ella alguna vez prefirió: pimientos en lata, pasta de tomate, frijoles secos, arroz.

La comida casera es sagrada para los hombres cubanos mayores. Esto es lo que siempre creí. Pero, cuando mi padre se enamoró de la dama de la iglesia, esta regla desapareció: ella no cocina y a él no le importa. Está feliz con la comida comprada en restaurantes, las sobras frías, la comida rápida entregada en el auto y los refrigerios envasados. Y lo único que puedo hacer es quedarme allí, impotente, en tanto él se dirige a un nuevo hogar, con una cocina fría.

Cuando le conté a un amigo que mi padre se iba a casar y se iba a mudar, me dijo en broma: “Vas a sufrir el síndrome del nido vacío”.

Síndrome del nido vacío. Estas palabras resonaron de una manera inesperada. Por supuesto, así es exactamente como debe sentirse el hecho de liberar al mundo sus propios hijos. Es liberador y, a la vez, aterrador. La comparación con el nido vacío me dio una especie de mapa para esta nueva etapa de mi vida.

Las personas que superan con éxito esta situación son las que se dan cuenta de que no tienen posibilidad alguna de modificarla. Son estoicos y generosos y respetan los nuevos límites, pero lo más importante es que avanzan; suavemente, felices y agradecidos, siguen adelante con sus vidas.

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