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A todo color: Historias familiares

Filmar las narraciones de los hermanos requiere de una planificación sólida; pero para este relator, la experiencia resultó más enriquecedora de lo esperado.

In English | El rancho familiar se quemó mucho antes de que yo naciera. Mientras crecía, no escuché mucho acerca de este episodio; pero recuerdo los ojos de papá, en sus últimos años, llenos de lágrimas cuando hablaba de la tragedia que nunca pudo olvidar.

Sin embargo, recién cuando mis hermanas mayores compartieron conmigo sus recuerdos, pude entender el profundo significado que tuvo este incendio en la vida de todos nosotros.

Es demasiado tarde para preguntarles a mis padres acerca del incendio. Lamento no haber registrado las historias de sus vidas —en cinta o en papel— mientras estaban vivos.

Así que, como el menor de cinco hermanos, hace poco me hice cargo del desafío de aprender sobre la familia, recurriendo a mis hermanos para documentar en videos, para nosotros y para las futuras generaciones, las historias de sus vidas.

El resultado es un tesoro en DVD que guarda la tradición familiar y, lo que es más importante para mí, una comprensión mucho más profunda de mis propias raíces.

Ahora soy un verdadero creyente en el poder de la narración oral, que es un viaje memorable. Sin embargo, reproducir una historia oral en DVD requiere de una sólida planificación.

A través del método de ensayo y error, aprendí algunas técnicas que tal vez resulten de provecho a otros que emprendan este proceso por primera vez.

Cuando partí de Los Ángeles hacia Tucson, Arizona, para reunirme con mis hermanos, no tenía idea de cómo se desarrollaría el proceso. ¿Cómo se sentirían mis hermanos al momento de grabar los detalles de su vida?

Los primeros encuentros fueron cruciales para ponernos de acuerdo acerca de los procedimientos de grabación. Soy periodista y ya había grabado algunas películas caseras antes, así que mis hermanos parecían tenerme cierta confianza. Les aseguré que haría que el proceso resultara sencillo, ya que tomaría el rol de entrevistador y de productor de los DVD finales.

Traté de que cada uno de ellos participara en la planificación de su “película”. Buscamos sitios para filmar que fueran tranquilos y que tuvieran una iluminación que resultara favorecedora.

Para algunas entrevistas, fijé la cámara con un trípode y me senté cerca de ellos, lo que me permitió concentrarme en las preguntas y respuestas. Mis dos hermanas, Dora y Alice, fueron mostrándome fotos a medida que recordaban momentos claves de su vida. Mi cuñado, Bill Sutherland, caminó alrededor de la casa mientras describía el material gráfico que había realizado. Percibí que mi hermano Ramon podría llegar a sentirse un poco nervioso con la grabación, así que me senté cerca de él y, con la cámara prendida, tuvimos una charla de hermanos.

Una perspectiva más clara

Me fascinaron los relatos que escuché y la historia que aprendí.

El incendio fue en 1934, cuando mis hermanas Dora y Alice tenían 5 y 3 años de edad, respectivamente. Ellas recordaron a nuestro padre, Florencio E. Sotomayor, quien, para mantener a la familia, cultivaba verduras en una granja al noroeste de Tucson. También recordaban la caña de azúcar y los pimientos dulces que resultaron premiados en la Feria Estatal de Arizona. Dora también recordó, en detalle, la mañana del domingo en que se subieron al camión

familiar, junto a nuestros padres y a nuestro hermano Ramon, quien, en ese entonces, era un bebé. Esa mañana, concurrieron a misa en la Iglesia Católica de la Sagrada Familia y visitaron a parientes que vivían en el pueblo.

Tarde ese día, cuando regresaban por el camino sin pavimentar y desierto, rodeado de saguaros gigantes y mezquites, fueron sorprendidos por una humareda que provenía de una pila de cenizas humeantes. Entonces, la realidad los golpeó: su hogar se había quemado hasta los cimientos.

“Mamá, papá y todos comenzamos a llorar —recordó Dora—. Mamá gritaba: ‘Mi casa. ¡No hay casa!’”. La casa, la ropa, los muebles y los recuerdos familiares se habían perdido. Para mamá, que en ese entonces tenía 24 años, fue especialmente doloroso perder su hermoso vestido de bodas. Mis padres nunca supieron qué fue lo que inició el fuego, que también quemó sus corazones.La joven familia se mudó a la casa de mi abuela paterna, Maria Antonia Encinas, cuyo hogar —que también estaba en la propiedad familiar— no había sido alcanzado por el fuego. Mamá, aparentemente, se guardó para ella el trauma emocional, y muy rara vez hablaba de lo sucedido.

Papá retomó los trabajos de granja y utilizó materiales de desecho para agrandar la casa de su mamá. Nuestro segundo hermano, Ernesto, nació en 1936.

A través de las grabaciones y del trabajo genealógico de Alice, también me enteré de que el padre de nuestro padre había inmigrado a Tucson desde Sonora, México, en la década de 1880, cuando Arizona ya era un territorio estadounidense. Se convirtió en ciudadano norteamericano, se casó y adquirió una propiedad bajo la Ley Federal de Propiedad, que concedía tierras públicas, que no estuvieran ocupadas, a los colonos.

En 1938, aún afectados por la Gran Depresión, mi abuela y papá vendieron la propiedad familiar a un precio muy barato y se mudaron al pueblo. Papá comenzó a trabajar como jardinero en un hotel y, con barro y paja, construyó una casa de adobe en un barrio mexicanoestadounidense. Me crié en un cariñoso hogar bilingüe y bicultural, en la calle Erie, en el barrio Hollywood de Tucson, en el que el Trío Los Panchos y Frank Sinatra poseían la misma jerarquía.

El proceso forjó un vínculo más estrecho

Mientras grababa a mi hermana Alice Sutherland, quien ahora tiene 76 años, recordó que había aprendido fotografía con una profesora excepcional de la escuela secundaria y que había sido aceptada en la universidad antes de darse cuenta de que la familia no estaba en condiciones de pagarla. Mi hermana mayor, Dora LaCome, de 78 años, relató cómo conoció al que sería su esposo —un veterano de la Segunda Guerra Mundial—, cómo había iniciado una familia y cómo habían comprado su primera casa.

Ramon, de 74 años, recordó los viejos tiempos en la calle Erie y cómo, en el Día de Todos los Muertos, nuestro hermano Ernie iba de puerta en puerta vendiendo, a los vecinos que se dirigirían al cementerio, las latas de cinias, de un galón, que papá había cultivado hábilmente. En 1953, como muchos hispanos de su generación, Ramon se ofreció como voluntario en el Ejército, luego de finalizar la escuela secundaria. Lo enviaron a Corea del Sur, justo al finalizar la Guerra de Corea, y recordó cómo tenían que soportar las guardias de 12 horas bajo temperaturas heladas, cerca de la zona desmilitarizada. “Cuando nos traían la comida en una bandeja —relató—, teníamos que comerla muy rápido, antes de que se congelara”.

Por momentos, sentía que mi grabación representaba una imposición para mis hermanos, pero ellos insistían en que no era así. Para mí, que ahora tengo 65 años, el proceso me brindó una perspectiva más clara de la historia familiar.

Ahora puedo apreciar claramente la pérdida física y el dolor emocional que el fuego causó, y las privaciones sufridas. Creo que de este trauma proviene la determinación y la fuerte ética de trabajo que caracteriza a nuestra familia, ya que cada uno de nosotros realizó, en su momento, su contribución a la sociedad. Dora crió una familia y fue enfermera; Alice trabajó como técnica de retoque de fotografías antes de iniciar su familia; Ramon fue padre y empleado civil de la Fuerza Aérea; Ernie sirvió en la Armada y más tarde fue funcionario del Servicio Postal de Estados Unidos; falleció en 1992; yo me casé con Meri, periodista y compañera de trabajo, y tuvimos dos hijos.

Serví al público como periodista en el Los Angeles Times y, actualmente, en el Instituto de Justicia y Periodismo Annenberg, de la Universidad del Sur de California.

Pronto será mi turno de sentarme frente a la cámara y completar la historia de la familia Sotomayor.

Tal vez los DVD no estén realizados profesionalmente, pero para nosotros tienen un valor indescriptible. Además, el proceso de creación forjó un vínculo de entendimiento aún más cercano con mis hermanos.

Esta experiencia demuestra que, conociendo mejor la historia de la familia, podemos entendernos mejor entre nosotros.

Frank O. Sotomayor es un  escritor que vive en Los Ángeles. Se desempeñó como coeditor de la serie publicada por Los Angeles Times sobre latinos del Sur de California, que ganó el Premio Pulitzer por Servicios Públicos, en 1984.

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