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David Murdock quiere que usted viva por siempre

En un pueblo industrial en apuros, el multimillonario está gastando una fortuna para tratar de librarse —y librar a los demás— de las enfermedades propias de la edad.

In English l “Creo que quien quiera vivir más de 100 años puede hacerlo”, proclama el empresario multimillonario David Murdock. Semejante pronunciamiento sorprende de alguien con la historia familiar de Murdock, que ha perdido prematuramente a muchos seres amados. Su madre falleció de cáncer a los 42 años, y dos de sus tres hijos murieron antes de cumplir los 40. Sus dos hermanos fallecieron antes de llegar a los 70. Y Gabriele, su amada tercera esposa y madre de sus hijos, falleció de cáncer de ovario a la edad de 43 años.

Vea también: 15 'superalimentos' que no deben faltar en su mesa.

David Murdock en Kannapolis en Carolina del Norte

Foto: Peter Yang

David Murdock procura hallar el secreto de la longevidad.

Y sin embargo, estas pérdidas no han menguado las esperanzas de Murdock de vivir mucho tiempo y bien. En todo caso, no han hecho más que nutrirlas. Murdock —un titán inmobiliario artífice de su propio éxito, que preside el directorio de Dole Food Company— acaba de cumplir 90 años y cree que los nutrientes presentes en las frutas, los vegetales, las semillas y las cáscaras contienen la llave acceso a la longevidad. “Jamás pienso en la edad”, afirma, sentado en un sofá de seda roja en su apartamento de dos plantas con vista al Central Park. “Me limito a pensar en aquello con lo que me alimento”.

Desparramados sobre la mesa auxiliar de mármol de Murdock hay libros sobre nutrición. Su fe ciega en el poder de la comida saludable se ha convertido en su evangelio personal. Y ahora, ese evangelio está guiando la gran misión de su vida: ayudar a la ciencia a derrotar a la muerte y resucitar a un pueblo moribundo en el proceso.

Acompañado de un café con leche de almendras, Murdock, el 213 hombre más rico del país, admite que no siempre fue de comer saludablemente. “No tenía ningún reparo en agregar un cuarto de crema batida sobre las fresas”, dice. Pero cuando a Gabriele, nacida en Alemania, pintora y patrona de las artes, se le diagnosticó cáncer en 1983, lo reconsideró. Durante el año y medio que la pareja pasó en Mayo Clinic mientras Gabriele se sometía a radiación, quimioterapia y cirugía —y mientras se afinaba su espléndido cabello castaño y su luminosa piel adquiría un tono ceniciento—, Murdock intentaba encontrar maneras de ayudarla a sobrevivir, lo que incluía darle alimentos más frescos. Finalmente, llegó a sospechar que una dieta más saludable podría haber impedido su enfermedad. Tras la muerte de Gabriele en 1985, Murdock transformó su pena en una cruzada por descubrir todo lo que pudiera acerca de la nutrición.

A medida que leía libros y entrevistaba a investigadores, Murdock fue cambiando drásticamente su dieta. Eliminó las carnes rojas —“el beso de la muerte”, las llama él— y luego el pollo, porque contienen grasas saturadas. Más adelante, les llegó el turno a los lácteos con grasas saturadas. “Si alguien me pagara un millón de dólares por tomar un vaso de leche, no lo haría”, afirma este perfeccionista, según él mismo se describe. Y, con total descaro, agrega: “Tal vez sea porque no necesito el dinero”. (Murdock compró su primer negocio, una cafetería de Detroit, a los 22 años con $1,200 prestados, y lo vendió 18 meses más tarde con una ganancia de $700. Hoy, después de toda una vida dedicada a comprar, construir y vender, su patrimonio neto se estima en $2,400 millones ($2.4 billion)).

Mientras Murdock eliminaba los productos de origen animal de su dieta, aumentaba el consumo de vegetales, y no solamente de las partes que el resto de nosotros suele comer. Consume cada parte de frutas y verduras, en especial las cortezas, porque está convencido de que “todo lo que toca el sol tiene valor nutricional”. La piel del coco y las hojas de apio están a la orden del día; las pieles de banana y las hojas de la piña pasan por la licuadora y terminan en un batido. Todavía come pescado, y en ocasiones, esos batidos también incluyen colas de langostinos o sardinas con huesos.

Si fuera por lo que se aprecia visualmente, la inusual dieta de Murdock estaría funcionando. Su piel está brillante; sus ojos, límpidos, y se levanta del espléndido sofá sin ningún esfuerzo. Su traje rayado cae suelto sobre su estructura corporal de 5.8 pies de altura, y mínimos rollitos interrumpen un otrora firme físico. Murdock se levanta a las 4:30 a. m. y hace ejercicio diariamente, aunque “no creo que me mueva lo suficiente”, afirma con voz grave, pero enérgica, como si estuviera dando una orden. Y su mente está lúcida. “Puedo memorizar cinco páginas de balance”, comenta —una compensación por su dislexia de toda la vida—. Admite que puede a veces olvida las cosas. “Pero”, bromea, “suele ser una mera excusa para evitarlo”.

Inspirado por sus hallazgos sobre la manera en que la nutrición puede mejorar la salud, en el 2001, Murdock escribió, junto con profesionales de Mayo Clinic y UCLA, un libro enciclopédico al respecto. Pero, salvo por eso, limitó su proselitismo a favor de la comida saludable a sus amigos y familiares. Nunca pensó en crear una instalación íntegra dedicada a la investigación que sirviera de púlpito donde difundir sus opiniones. Pero debido a un accidente inmobiliario, eso es exactamente lo que sucedió.

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Desde 1982 hasta 1986, Murdock fue dueño de Cannon Mills, una fábrica de sábanas y toallas en el oeste de Carolina del Norte. Cuando compró la compañía, también adquirió el centro de Kannapolis, una pintoresca hilera de tiendas y restaurantes; unas 2,200 casas para alquiler; y Pity’s Sake, una hostería en expansión en las afueras del pueblo. Para entonces, poseía varias mansiones y el 98 % de la isla hawaiana de Lanai. Cuando vendió el negocio textil, se quedó con las tiendas de Kannapolis y las casas para alquiler, y también con Pity’s Sake.

Antes de que Murdock comprara la planta clausurada del pueblo, “no había ninguna esperanza”, recuerda un residente.

En el 2003, el dueño de la planta declaró que la compañía no era capaz de competir con los fabricantes extranjeros y cerró. En el despido más grande en la historia de Carolina del Norte, 4,340 residentes de Kannapolis perdieron sus empleos de la noche a la mañana. Sin industria que reemplazara la fábrica textil, el centro pronto se convirtió en un pueblo fantasma. “No había ninguna esperanza”, recuerda Ryan Dayvault, oriundo de Kannapolis, cuyo tatarabuelo era el dueño de las tierras sobre las que se construyeron las fábricas textiles.

El empresario estadounidense David Murdock se relaja en una silla de mimbre en su plantación en Lanai, Hawaii.

Foto: Getty Images

David Murdock en Lanai, Hawái, en 1989.

A menos que alguien pudiera revivir la fábrica, las inversiones de Murdock en Kannapolis perderían virtualmente todo su valor, y su posada, Pity’s Sake, naufragaría en un mar de desesperación económica. Esa posada albergaba recuerdos preciosos, no solamente de Gabriele, sino de su hijo mayor, Eugene, que había muerto accidentalmente a la edad de 23 años en una piscina, a fines de la década de 1980. Pity’s Sake había sido el lugar favorito de la familia al momento de celebrar las festividades. “Carolina del Norte era ese lugar donde podíamos celebrar el Día de Acción de Gracias y sentir que realmente era un ‘día de acción de gracias’”, recuerda Murdock.

Por ello, cuando la planta principal de la compañía en quiebra fue a remate, Murdock la quiso. Elaboró una oferta preliminar en la primavera del 2004, y empezó a trabajar para forjar los detalles. En octubre del mismo año, su segundo hijo, David Jr., murió en un accidente automovilístico a la edad de 36 años. Murdock quedó devastado, pero sus planes ya estaban en marcha, y en diciembre obtuvo la planta principal tras ofertar $6.375 millones. (Su hijo menor, Justin, 39, es director de Dole y director ejecutivo de NovaRx, compañía farmacéutica en la que entre padre e hijo han invertido por lo menos $35 millones.)

Murdock habla poco acerca de sus tragedias familiares, y solo reconoce la duración de su paralizante dolor. “Cuando mi esposa murió, no pude trabajar por un año”, comenta. “Lo mismo me sucedió al perder a mi primer hijo… e igualmente con el segundo”.

Para este magnate, la renovación de la planta fabril entrañó más que una manera de apuntalar sus intereses inmobiliarios. Durante su último duelo, se convirtió en una razón para vivir, según Lynne Scott Safrit, presidente de operaciones comerciales para Norteamérica de la compañía inmobiliaria de Murdock, Castle & Cooke. “Creo que este proyecto fue una motivación para que volviera a montar el caballo”, dice Safrit, una nativa de Kannapolis que empezó a trabajar para Murdock en la década de 1980. “Perder a su familia instaló en él la determinación de hacer algo por los demás”.

Pero qué debía hacer exactamente Murdock con esas tierras era un misterio. Durante varias trasnochadas en Pity’s Sake, él y Safrit analizaron distintas ideas. ¿Un hospital? ¿Un geriátrico? ¿Un club de campo? Nada de eso parecía adecuado. Finalmente, se preguntaron: “¿En qué se destaca Carolina del Norte?”

La respuesta fue clara: las ciencias biológicas. Con su reconocido Research Triangle Park —150 millas al este de Kannapolis— y una colección de apreciadas universidades a lo ancho del estado, Carolina del Norte es el tercer mayor centro de ciencias biológicas del país, después de Massachusetts y California. La visión de Murdock pronto encajó en su lugar. Crearía un laboratorio para investigadores de las principales universidades del estado, conectaría a esos investigadores con científicos de la industria agrícola que transformarían sus descubrimientos en productos, y brindaría atención sanitaria asequible a los lugareños. El propósito del campus: descubrir los poderes vivificantes de los vegetales y entregárselos a la gente.

Seiscientos millones de dólares más tarde, esa visión es realidad. Inaugurado en el 2008, el NCRC (North Carolina Research Campus) abarca 350 acres, con más de un millón de pies cuadrados de laboratorios y oficinas congregados en 11 edificios de estilo georgiano sobre senderos de ladrillo curvos. Más de 15 instituciones académicas, compañías y centros sanitarios mantienen su presencia allí, y lo erigen en uno de los sitios de investigación más diversos del mundo.

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Gran parte del trabajo del NCRC se concentra en la investigación de “superalimentos” como las bayas, el jengibre y el brócoli para descubrir de qué manera reducen el riesgo de contraer enfermedades crónicas. Algunos laboratorios del NCRC son pioneros en el campo de la genómica nutricional, el estudio de cómo los genes afectan la nutrición, y viceversa. La mayor parte de la investigación del NCRC es financiada por las instituciones de donde provienen los científicos, pero un esfuerzo es financiado por el propio Murdock: un proyecto para catalogar el ADN en 50,000 muestras de sangre y orina de ciudadanos de Kannapolis y el circundante condado de Cabarrus. Los investigadores esperan descubrir las conexiones genéticas entre las enfermedades y desarrollar nuevas formas de tratamiento y prevención. El estudio se denomina “Measurement to Understand the Reclassification of Disease of Cabarrus/Kannapolis (MURDOCK)” (Medición para entender la reclasificación de enfermedades en Cabarrus/Kannapolis). Hasta el momento, Murdock ha donado $35 millones a la campaña, lo suficiente para mantenerla en pie por 10 a 15 años. Visita su oficina con regularidad, y “es muy participativo”, afirma la Dra. Ashley Dunham, del Duke University Translational Medicine Institute, quien dirige el estudio. “Su actividad favorita es salir al encuentro de los grupos comunitarios para exhortar a los lugareños a que donen su ADN para la causa”.

“Me interesa mantenerme vivo para siempre, por eso quiero cuidar a los demás de la misma manera en que me cuido a mí mismo”. — David Murdock

En tiempos en que se están recortando los subsidios federales para las investigaciones, esta inversión se ha ganado elogios en toda la nación. “Murdock quiere dar mucho dinero para ver que se haga una buena investigación”, afirma el Dr. Jeffrey Blumberg, especialista en genómica nutricional y profesor de ciencia y política de nutrición en Tufts University, Boston. Los científicos del NCRC “tienen la oportunidad de hacer un importante aporte”, comenta.

Los investigadores admiten que deben monitorearse los vínculos estrechos entre la industria y la academia, a fin de que las compañías no intenten distorsionar los hallazgos que amenacen su meta final. Pero hasta el momento, la organización del NCRC ha despertado escasa oposición. “En tanto el sector privado no tenga la capacidad de silenciar los hallazgos individuales, pienso que es apasionante”, afirma el Dr. James Simon, quien dirige el programa New Use Agriculture and Natural Plant Products Program de Rutgers University, en Nueva Jersey.

El NCRC podría, algún día, mejorar vidas en el mundo; ya está empezando a hacerlo cerca de casa. Kannapolis, una ciudad de unos 43,000 habitantes, sigue en dificultades. Hoy, el NCRC les da empleo a apenas 300 lugareños, cifra muy inferior a los miles que trabajaban en las textiles. Pero 300 personas por día asisten a un colegio comunitario que Murdock construyó como parte del NCRC, y están recibiendo la capacitación necesaria para competir por trabajos más calificados en el campus. Safrit proyecta que el NCRC terminará dando empleo a unas 5,000 personas, tanto lugareños como inmigrantes, en proporciones similares. El crecimiento del campus podría ser el beso del príncipe que despierte el centro todavía adormilado, ya que más personal significa más actividad para las tiendas locales.

A algunos residentes de Kannapolis no les gusta el magnate que compró el paisaje, pero la mayoría parece aceptarlo, en especial debido a que la ciudad ha estado en manos de acaudalados desde que J. W. Cannon, de Cannon Mills, empezó a construirla hace más de 100 años. “Estoy cansado de escuchar el comentario de que un hombre no debería poseer el pueblo”, dice Larry Newton, que ha vivido en Kannapolis la mayor parte de su vida. “Este pueblo siempre ha sido propiedad de una persona”. Habiendo visto a lugareños jóvenes mudarse por falta de empleo, Newton recibe con beneplácito la infusión de capital… y de esperanza. “Tiene que haber algo nuevo”, dice.

Abundan las señales alentadoras. La construcción del campus, detenida después de la caída del mercado bursátil en el 2008 (que recortó la fortuna de Murdock casi a la mitad), se ha reanudado. Los laboratorios de investigación han empezado a contratar gente nuevamente. El campus naciente —que todavía se ve sin terminar, sin los frondosos árboles y la hiedra que suelen rodear estos tipos de instalaciones— está cobrando vida.

Murdock estuvo casado dos veces antes de casarse con Gabriele, y se ha casado dos veces más desde entonces. (Ha vivido tres divorcios y otra pérdida). Cuando habla de Gabriele, todavía la llama “mi esposa”, aunque falleció hace 28 años, una década más de lo que estuvieron casados. Todavía se lamenta por los filetes, la crema batida y otros alimentos sabrosos que cree que contribuyeron con la enfermedad de Gabriele. Pero en lugar de limitarse a sufrir su remordimiento, explica, “he decidido que haría algo al respecto”.

Ese algo fue grande. Para el techo abovedado del laboratorio central David H. Murdock, de 311,000 pies cuadrados, Murdock encargó un mural de frutas y verduras de tonos vivos, sostenidas por un águila. En Forty Six, restaurante que ha recibido su nombre por la cantidad de cromosomas humanos, las paredes exhiben sus dichos favoritos. Sócrates: “La sabiduría comienza en el asombro”. El propio Murdock: “Para hacer lo imposible, tenemos que ver lo invisible”.

Pero a pesar de todos estos pronunciamientos extravagantes, Murdock parece considerarse a sí mismo un hombre simple que quiere ayudar. “No necesitaba todo mi dinero, por lo que decidí que lo gastaría para promover las ciencias”, dice al pasar. “Me interesa mantenerme vivo para siempre, por eso quiero cuidar a los demás de la misma manera en que me cuido a mí mismo”.

Jessica Wapner es escritora científica independiente. Su primer libro, The Philadelphia Chromosome, saldrá a la venta en mayo.

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