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Conoce a 9 enfermeras y 1 enfermero que luchan contra el coronavirus en primera línea

Estos 10 profesionales trabajan para salvar a pacientes con COVID-19 en todo el país.

Carol Totz, una enfermera titulada mira por una ventana

STEVE BOYLE

Carol Totz, una enfermera titulada desde hace 29 años, teme transmitir la COVID-19 a su familia.

In English | Cuando la COVID-19 atacó a los habitantes del país, las enfermeras y enfermeros, así como otros profesionales de la salud, se convirtieron en nuestra primera línea de defensa. Han sido comparados con los bomberos y la policía que respondieron a los ataques terroristas del 11 de septiembre.

En algunos lugares, como la ciudad de Nueva York, se vieron inmersos en una lucha desesperada por salvar vidas. En otros lugares, desde Maryland hasta Minnesota y el estado de Washington, trabajaron para hacer la mayor cantidad posible de pruebas de detección para frenar la propagación de la enfermedad, para preparar sus hospitales y clínicas ante la inevitable avalancha de pacientes y para abrirse camino a través de los trámites burocráticos que obstaculizan su labor.

Con valor sereno y determinación sosegada, el personal de enfermería está ayudando a los demás. A continuación se describen algunas de sus historias.

La enfermera Robin Krinsky parada en una escalera

ELIAS WILLIAMS

Robin Krinsky trabaja de enfermera en la ciudad de Nueva York.

Robin Krinsky, 60

Enfermera clínica en Mount Sinai Hospital de la ciudad de Nueva York. Ha sido enfermera durante 37 años.

“He sido enfermera desde el comienzo de la crisis del sida a principios de la década de 1980. Eso no fue nada comparado con esto. El aumento de casos de coronavirus ha sido muy rápido y muy despiadado. Hay mucho estrés. Pero no me convertí en enfermera por el glamur.

Mi esposo también es enfermero. Nuestro hijo trabaja en un hospital como asistente administrativo. Cumplimos con el distanciamiento social... incluso en un apartamento de Manhattan. En parte le hago frente con humor, que me ha ayudado a transitar la vida. Solo espero que dure.

Todos los que trabajan en primera línea están expuestos al virus: la enfermera embarazada, los enfermeros mayores, los que tienen una enfermedad subyacente y los saludables. Todos están al límite. Mis tareas solían ser lógicas y organizadas: nada fuera de lo común, por cierto, nada catastrófico. Ahora es caótico. Lo describo como un caos organizado. No sé con qué me voy a enfrentar. Todo es muy preocupante. Solo quiero asegurarme de que mis pacientes estén respirando. Esta es la nueva normalidad.

Esta es la peor parte de mi jornada: cada día nos enteramos de la cantidad de pacientes que tienen resultados positivos de coronavirus, los que murieron, los que están conectados a respiradores. Averiguamos cuántos compañeros han contraído el virus o cuántos están en cuarentena porque tienen síntomas. Esos números aumentan todos los días. No me han hecho la prueba de detección del virus. No tenemos suficientes pruebas en Nueva York para todo el personal de atención médica.

No me importan las consecuencias. No dejaré de hacer lo que amo. Los enfermeros son líderes. Somos una clase especial. Durante las catástrofes, y el coronavirus es la peor de ellas, no nos apartamos. Pero tengo miedo todos los días”.

La enfermera Jacque Waugh en su uniforme

ACKERMAN + GRUBER

Jacque Waugh se preocupa por las repercusiones del coronavirus a largo plazo.

Jacque Waugh, 56

Es una enfermera titulada que ha trabajado desde el 2012 en la sala de emergencias de Abbott Northwestern, un hospital urbano en Minneapolis, Minnesota. Antes de eso, fue técnica en emergencias médicas (EMT) en el hospital durante 18 años.

Para nosotros ha sido un difícil proceso de aprendizaje. Alrededor de la primera semana, cuando estábamos tratando de sobrellevar todo esto, no teníamos un buen plan sólido para poder tratar a los pacientes sintomáticos. No sabíamos exactamente cómo se propagaba el virus.

Dado que tenemos una cantidad limitada de suministros para hacer pruebas de detección, solo se las hacen a los pacientes que tienen síntomas y que van a ser hospitalizados o los trabajadores de salud que tienen síntomas. Si los pacientes sintomáticos están en una situación estable, es probable que los envíen a su casa y les recomienden que permanezcan en cuarentena.


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Cuando estoy evaluando la prioridad de los pacientes, llevamos de inmediato a un paciente sintomático a una de nuestras salas de presión negativa, si hay alguna abierta, donde se extrae el aire de la habitación y luego pasa a través de nuestro sistema de ventilación y se filtra. Estas habitaciones hacen que el aire sea más seguro para respirarlo.

Estoy algo preocupada por mí, por mi esposo y por nuestras dos hijas. Somos bastante saludables. Creo que si contraemos el virus nos recuperaríamos, pero todavía hay muchas cosas que no sabemos, como las repercusiones a largo plazo: ¿podría haber cicatrices en los pulmones, ya que ataca los pulmones con bastante intensidad?

Antes de esta crisis, una sala de emergencias concurrida comenzaba a sentirse como una línea de ensamblaje: hagamos pasar a estas personas con la mayor rapidez y eficacia que podamos. Actualmente, parece que puedo intervenir y ser útil. Los extremos a los que puede llevarte este trabajo me retan a comprometerme con mi fe a diario.

Hace una semana y media vino un adolescente que parecía muy ansioso. Estaba allí por otro problema de salud, pero tenía asma y nos preocupaba que pudiera tener COVID-19. Este joven dijo “muchas gracias” al menos tres o cuatro veces, incluso en un momento que estaba vomitando. Fue extraordinario que alguien de esta edad mostrara ese tipo de gratitud.

Esas son las cosas que alimentan el alma: cuando puedes tocar la vida de otras personas y has tenido este momento de acercamiento cuando se sienten vulnerables”.

La enfermera Carrie Hedges en su uniforme

LEXEY SWALL

Carrie Hedges se inspira en el resto del personal de enfermería.

Carrie Hedges, 58

Es enfermera titulada del Suburban Hospital, un hospital afiliado a Johns Hopkins en un área de Maryland. Ha sido enfermera durante más de una década.

“Cuando se produjo el brote, se cancelaron todas las cirugías optativas, por lo que me convertí en parte de un equipo que administra las pruebas de detección de la enfermedad COVID-19".

Tres enfermeros y varios administradores trabajan en el garaje del hospital. Las personas que tienen síntomas que corresponden al virus y tienen una derivación médica, se acercan en su automóvil a la hora de su cita. Inserto un hisopo nasal en la nasofaringe del paciente y lo giro durante unos 10 a 15 segundos, lo que puede causar molestias. La muestra luego se envía al laboratorio del hospital.

Puedes ver ansiedad en el rostro de las personas. Casi todos lo toleran bien. Hubo un par que lloraban porque temen los resultados. Sin duda compartimos su sentimiento. Supimos que alrededor del 17% de las pruebas están dando resultados positivos.

Me siento bastante segura. Mi hospital ha tenido suficiente equipo de protección personal. Llevo dos pares de guantes, una mascarilla N-95, un protector facial y una bata. Por supuesto, no sabemos todo acerca de cómo se transmite el virus, por lo que sí, existe cierta ansiedad al estar cerca de quienes piensan que podrían tenerlo.

Hasta ahora, no estamos abrumados y por suerte estamos bien equipados.

Lo que más me inspira es el personal de enfermería que asumió el reto durante esta crisis y se ofreció de forma voluntaria para ayudar a hacer lo que pueda. Hace tres semanas, nunca hubiera imaginado que estaría ayudando a organizar un centro de pruebas de detección de COVID-19. Sin embargo, tengo la suerte de trabajar con un grupo de trabajadores hospitalarios dedicados e ingeniosos que han colaborado para crear un centro de pruebas eficaz.

Cuando el brote comenzó a agravarse, las personas decidieron traer equipos de protección al hospital y lo donaron. Y un día aparecieron varias personas y aclamaron al personal. Muchos pacientes, que sin duda no disfrutaron de tener un hisopo tan a fondo en la nariz, nos agradecieron por estar a su lado”.


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Carol Totz, 51

Trabaja el turno nocturno en la UCI del Lehigh Valley Hospital-Pocono, un pequeño hospital comunitario en East Stroudsburg, Pensilvania. Ha sido enfermera titulada durante 29 años y trabajó los últimos 19 en la UCI.

“Recibimos a los pacientes más enfermos que deben ser intubados y conectados a respiradores. Dado que todo esto es tan nuevo, mucho de lo que estamos probando es un proceso de aprendizaje, lo que hemos aprendido de China y de Italia”.

Si alguien está conectado a un respirador y está despierto, con frecuencia está tratando de combatirlo, y por eso lo sedan para que esté más cómodo y su cuerpo descanse. Cada dos horas nos ocupamos de su atención bucal y los giramos para que no se les formen llagas por la posición.

Todo se complica por el hecho de que tenemos que entrar con equipo de aislamiento. Estamos haciendo lo mejor que podemos con lo que tenemos. Nos faltan suministros, pero no nos faltan pacientes.

Estoy preocupada por mi salud. Tengo 51 años, estoy en el grupo de edad en riesgo. Me preocupa poder llevar el virus a casa, a mi esposo y mis dos hijos. Traigo sudaderas y me cambio después del trabajo. Luego, me pongo una bata en el garaje de mi casa y subo corriendo para ducharme.

Me preocupa no poder volver a Connecticut para ver a mi papá. Tiene 78 años y no goza de buena salud, por lo que es un candidato ideal para contraer COVID-19.

No soy una persona ansiosa, pero el otro día tuve un ataque de pánico. Después de haber sido enfermera durante 29 años, es difícil enfrentar situaciones que parecen sin solución y no siempre poder ayudar.

Siempre es difícil cuando muere un paciente, pero ahora que mueren tantos es más desgarrador.

Todos nosotros tememos cómo seremos cuando esto pase. ¿Seremos un montón de zombis con trastorno por estrés postraumático (TEPT)?

La esperanza es que podamos manejarlo y tenerlo bajo control para lograr tener más historias de éxito que comiencen a superar las muertes. Cada noche anuncian la cantidad de muertes en las noticias, pero no te dicen la cantidad de pacientes que mejoran y regresan a su hogar. Deben comenzar a hacerlo para darnos esperanzas”.

Mary Sue Gorski parada frente a su hogar

KILIII YUYAN

Mary Sue Gorski dice que los trabajadores voluntarios de salud no tienen suficiente equipo.

Mary Sue Gorski, 63

Directora de Prácticas Avanzadas, Investigaciones y Políticas de la Comisión de Control de Calidad en el Cuidado de Enfermería del estado de Washington en Tumwater, Washington. Ha sido enfermera titulada desde 1978.

“Estamos analizando todas las regulaciones, cuáles podemos moderar para las enfermeras en una situación de crisis. Estamos suspendiendo aranceles y acelerando el proceso de otorgamiento de licencias para que puedan obtenerla en 24 horas.

Parte de la Coronavirus Aid, Relief, and Economic Security Act (Ley de ayuda, alivio y seguridad económica contra el coronavirus) elimina las barreras federales para que los enfermeros profesionales brinden servicios de cuidados en el hogar a los pacientes de Medicare y Medicaid.

Alrededor del 50% de los pacientes de Medicaid reciben la atención de enfermeros profesionales. La nueva ley dispuso un gran cambio para responder a esta necesidad sin precedentes. Antes de esto, el personal de enfermería no podía darle a sus pacientes acceso a los suministros médicos: necesitaban un cofirmante, un médico. Era muy restrictivo, en particular en las zonas rurales.

¿El estado de ánimo? En general es positivo, pero se describe mejor como agobiado. Tenemos personas que trabajan mucho y voluntarios registrados y dispuestos a ir a donde se necesiten sus servicios. Recibo muchas llamadas en las que me preguntan ¿qué puedo y qué debo hacer? Hay muchas personas listas para dar un paso al frente.

Sin embargo, están frustrados porque no se sienten protegidos, no tienen suficientes equipos. Pero eso no nos impide hacer nuestro trabajo”.

La enfermera Catherine Best  usa un protector para su cara

CORTESÍA CATHERINE BEST

Catherine Best ha enfrentado los cambios en el centro de vivienda asistida donde trabaja.

Catherine Best, 40

Originaria de Plano, Texas, Best ha sido enfermera durante 18 años. Ha trabajado a tiempo parcial en un centro de vivienda asistida durante los últimos dos años.

“A fines de marzo comenzamos a llevarles la comida a nuestros residentes a su habitación. Para ellos es difícil, porque la hora de comer en el salón es un momento social. También se ha eliminado todo del área del comedor. Ahí es donde muchos de nuestros residentes toman un bocadillo o un café, y tal vez leen el periódico. Los familiares no pueden visitarlos, y nuestros residentes no pueden salir con ellos durante este tiempo. Nuestro equipo los ayuda a comunicarse con sus familiares por FaceTime y eso los beneficia, pero no es lo mismo.

Tenemos que estar muy atentos porque el sistema inmunitario de los pacientes mayores se ha debilitado, y los pacientes con demencia no son tan capaces de mantener las manos limpias y evitar tocarse la cara. Los examinamos todos los días para detectar la presencia de signos de COVID-19, les tomamos la temperatura y vemos si tienen otros síntomas.

Soy la única enfermera titulada en este establecimiento. Tenemos tres auxiliares de enfermería licenciados y cuidadores para unas 78 personas. Cerramos con llave la puerta trasera y nos toman la temperatura cuando venimos a trabajar. Nos lavamos las manos sin cesar y usamos guantes para todos los procedimientos médicos. Me encargo del cuidado de la piel, de las heridas, del control de la temperatura. Estamos entre ellos y los médicos”.

Melissa Mendez, 35

Coordinadora adjunta de cuidados de enfermería del NYU Langone-Brooklyn Hospital, Brooklyn, N.Y. Mendez ha sido enfermera durante 12 años.

“Soy enfermera en una unidad de COVID-19 que tiene 30 camas. También soy esposa y madre. Mi esposo es agente de policía de la ciudad de Nueva York. Sentimos una tensión constante. ¿Nuestro mayor temor? Traerle el virus a nuestro hijo, que tiene 5 años.

Siempre he sido lo más sincera posible con nuestro hijo, Joshua. Durante esta pandemia, he sido más sincera que nunca. A veces vemos las noticias juntos por televisión. Por eso tuve que decirle que hay quienes mueren por este virus. Tuve que explicarle por qué no puede visitar a sus abuelos; por qué no podemos ir a jugar al parque; y por qué no puede correr a abrazar a su madre cuando regresa a casa del hospital por la noche.

Es angustiante porque no sabes lo que encontrarás en un día determinado. Puedes entrar a una habitación y hablar con un paciente de COVID-19 que necesita asistencia mínima con el oxígeno. Luego entras a otra habitación y el paciente tiene dificultad para respirar, a punto de ser intubado. Como enfermera, sientes estrés y ansiedad. Hace poco uno de mis colegas recibió un resultado positivo en la prueba de detección del virus. Solo quieres asegurarte de estar bien protegido, y más aún para que no haya ninguna posibilidad de infectar a tu familia.

Tengo mucho miedo todos los días. Salgo del trabajo, me subo al auto y lloro. Tengo que hacer eso antes de llegar a casa porque quiero tener la mayor normalidad posible. Sin embargo, en el fondo siempre me pregunto: “¿Me lavé bien las manos? ¿Lavé bien mi ropa? ¿Limpié bien mi auto?”

No obstante, no solo pienso en mí y en mi familia durante esta crisis, sino que me preocupo constantemente por mis pacientes. Es comprensible que casi nadie haya entendido realmente la importancia de nuestro trabajo, hasta ahora. Somos los que tomamos la mano de tu ser querido cuando toma su último aliento”.

La enfermera Penny Blake sentada en un banco

MAGGIE STEBER/VII PHOTO

Penny Blake cree que habrá trastorno de estrés postraumático (TEPT) a consecuencia del coronavirus.

Penny Blake, 63

Es enfermera de la sala de emergencias de un gran hospital comunitario en el sur de Florida. Ha sido enfermera durante 43 años.

“Nosotros somos los que vemos entrar a los pacientes, evaluamos la prioridad de los que posiblemente tengan COVID-19 y los derivamos lejos de la población general del hospital. Estamos en el lugar más peligroso. Si existe un riesgo de exposición para un trabajador de la salud, es mayor en la sala de emergencias.

En nuestra área local, hemos tenido 50 o 60 casos y un par de muertes. Estamos capacitados para usar equipos de protección personal, cómo ponerse y quitarse las batas que usamos y cuándo usarlas. Estoy segura de que sé cómo protegerme, pero no tenemos suficientes equipos de protección personal. Todos los hospitales están racionando sus equipos. Cuando llega la avalancha de pacientes, no quieren quedarse sin equipos. Eso nos pone en peligro.

No creo que mi establecimiento ha manejado mal la situación. Creo que están haciendo todo lo que está a su alcance para conseguir lo que necesitamos para poder hacer nuestro trabajo. Pero no tenemos suministros. Estamos ante una crisis que es muy similar a estar en guerra. Intentas caminar sin pisar las minas enterradas. Vamos a ver muchos pacientes con trastorno de estrés postraumático, en especial cuando empecemos a ver que algunos de nuestros colegas se enferman o caen por esto.

Tengo 63 años. Tengo presión arterial alta, por lo que pertenezco al grupo de mayor riesgo. Me preocupa enfermarme de gravedad. ¿Tendrán un respirador para mí si me enfermo? Pero también me preocupa llevarle el virus a mi esposo en casa. Me he estado despertando a las 2 o 3 de la mañana sin lograr volverme a dormir. Siento que estoy pasando otra vez por la menopausia”.

Natalie Correll-Yoder, 60

Especialista en enfermería clínica de NorthBay Healthcare en Fairfield, California. Ha sido enfermera durante 39 años.

"Nuestro hospital se ha estado preparando para el coronavirus durante más tiempo que la mayoría. En febrero, fui una de las trabajadoras de salud que enviaron a cuarentena durante dos semanas después de que un paciente de nuestro hospital se convirtió en el primer caso documentado de transmisión comunitaria del virus en Estados Unidos.

Llevaba una mascarilla y guantes y no salí. Tenemos un baño, así que pasábamos mucho tiempo limpiando todo. Me tomaba la temperatura varias veces al día y consultaba regularmente con el departamento de salud.

Un día tuve una fiebre baja, y eso fue aterrador. Me hicieron la prueba de detección del coronavirus y recibí un resultado negativo. Me había contagiado de un virus común. Mi hijo, que tiene 14 años, estaba bastante angustiado porque no lo podía abrazar. Eso fue lo primero que quiso hacer después de la cuarentena.

No había duda de que volvería a trabajar. Me encanta lo que hago y nunca elegiría otra cosa. Me he dedicado a este trabajo durante mucho tiempo y he visto muchas cosas. Soy una persona de fe. Tengo un buen equipo y nos respaldamos el uno al otro”.

Francisco Diaz, un enfermero profesional

DAVID 'DEE' DELGADO

Francisco Díaz toma precauciones para no propagar el virus.

Francisco Diaz, 54

Es enfermero profesional del Mount Sinai Morningside Hospital, ciudad de Nueva York. Diaz ha sido enfermero durante 19 años.

“Hasta la crisis de la COVID-19, trabajaba como enfermero con pacientes que tenían diabetes. En ese cargo, tuve la suerte de vivir otra vida fuera de mi trabajo. En la mayoría de los casos, mi contacto con las enfermedades era limitado. Ahora no. Este virus mortal afecta toda mi vida. Ahora estoy trabajando en turnos de doce horas y me preocupa llevar la infección a casa. No puedo ignorar la presión. Me está afectando.

En mi nuevo cargo, esencialmente controlo a los pacientes para detectar si tienen neumonía. Muchos de ellos tienen COVID-19. También estoy capacitado para conversar con las familias. Se los debo a mis pacientes. Soy uno de los pocos hispanos e hispanohablantes de mi pequeño departamento. Las familias necesitan hablar conmigo. Debido a que compartimos la ascendencia, confían en mí de manera tácita.

No le tengo miedo al virus. Tengo miedo de no poder seguir trabajando si lo contraigo. Tengo un colega que se enfermó por el virus. Es parte del trabajo. Temo que si me enfermo tendría que dejar de trabajar. Pero ya doy por hecho que soy portador del virus, de esa manera es más fácil. Soy más prudente porque no quiero propagarlo. No socializamos tanto como antes. De vez en cuando, me he sentido mal. A veces estornudo. Probablemente sea por el polen, pero pienso "Dios mío". Entonces, me tomo la temperatura.

Los hospitales son lugares muy problemáticos. No son seguros. Hacemos cosas que conllevan riesgos. La COVID-19 ha cambiado nuestro ambiente de trabajo. Hay más presión para cuidarse a uno mismo. Ahora tengo más cuidado. Antes teníamos el lujo de no usar equipo de protección. Tenemos que considerar la cantidad que usamos y el tiempo que lo usamos. Nos concentramos en prevenir las infecciones: lavarse las manos, mantenerse a una distancia segura en la cafetería, identificar los síntomas. Nos preocupa tener suficientes mascarillas y suficiente desinfectante. Llevo mi identificación del hospital cuando salgo, en caso de que la policía me detenga cuando viajo hacia y desde el trabajo.

El hospital ha hecho todo lo posible para hacernos saber que nuestro trabajo está siendo reconocido. Ha dejado en claro que no deberíamos trabajar en condiciones en las que estemos comprometidos. Aun así, los desafíos son enormes. Nunca he visto nada como esta pandemia”.

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