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Juárez saca del retiro a los abuelos

CIUDAD JUÁREZ, México.— El ajetreo de gente que se disputa la compra y venta de ropa usada en la colonia Frida Kahlo ha quedado detrás de una nebulosa cortina que hace el calor del desierto donde aparece a paso lento Josefina Acosta con 69 años y cuatro nietos a cuestas.

Es apenas el mediodía, pero lleva un largo trecho de la jornada: desde que su hija Victoria salió  a buscar trabajo, la abuela dio el biberón al bebé de tres meses, puso a los otros dos chiquillos —de seis y tres años— a ver la televisión, y preparó el desayuno antes de llevarlos al kínder. La nieta de 12 ayudó a servir.

Camino a la escuela, Josefina evadió el sitio exacto donde ocurrió “la desgracia”. Una casa de dos plantas que el pasado 6 de enero quedó reducida a cenizas cuando un grupo de cuatro sicarios adolescentes la bañó de gasolina con el cadáver de su yerno adentro.

“No quiero que recuerden”, dice Josefina en un murmullo para que los nietos que juegan con la tierra de la calle frente a su casita de dos habitaciones no la escuchen.

Los niños de tres y seis años libraron la muerte en un segundo de piedad de los gatilleros que a balazos abrieron la casa cuando dormían con el padre la siesta; la madre había salido con la hija mayor. Arrodillaron al jefe de familia en las escaleras y éste dijo a los hijos. “Vayan para allá, más lejos, más”.

Fueron los pequeños quienes reconstruyeron el relato. Ahora ríen y dan vueltas en el aire, aferrados a los brazos de Josefina, pero llevan el dolor por dentro: al mayor se le cae el pelo, apenas y habla.

Carolina Beristain, terapeuta del Centro de Atención Psicológica (CAP) del ayuntamiento de Ciudad Juárez, sostiene que son síntomas de los niños que viven en medio de la violencia con el agravante del asesinato, de la pérdida de la persona más cercana en su temprana vida.

“Depresión, aislamiento, falta de comunicación y enfrentamientos escolares y familiares son los cuadros, pero no se están atendiendo”, señala con preocupación la especialista: del total de 8,000 familias afectadas por igual número de ejecuciones en Juárez desde 2006, sólo 450 están en terapia oficial.

De ellas, el eslabón más débil suelen ser los abuelos. “Están asumiendo un rol para el que no estaban preparados porque ellos tenían en mente jubilarse y tener una vida más tranquila y no lo pueden hacer o porque tienen que trabajar para mantener a los pequeños o porque deben hacer el papel de nanas”.

Además tienen que lidiar con sus propios problemas de salud física y mental. Diabetes, hipertensión y enfermedades diversas de la vejez. “Es mucho estrés para ellos”, observa Olga Rodríguez, coordinadora del CAP, quien ha visto a los ancianos caer en ansiedad extrema con parálisis facial, paros respiratorios y hasta infartos.

Con todo, las autoridades están preocupadas por las pocas solicitudes para pedir ayuda en esta crisis social derivada de la lucha contra el crimen organizado que inició el presidente Felipe Calderón hace más de cuatro años.

Del total de 500 expedientes de familias inscritas al programa de ayuda a huérfanos del crimen del gobierno del estado de Chihuahua (único en su tipo), sólo el 20% fue solicitado por abuelos.

No obstante, se calcula que son miles de personas de la tercera edad quienes llevan sobre sus hombros el peso de una nueva generación, porque ambos padres fueron asesinados  o porque cuidan a los menores todo el día mientras el padre o madre viudos trabajan.

La psicóloga Beristain reconoce que hay miedo infundado por parte de las víctimas de que se investiguen las causas de la muerte de su deudo y por eso no acuden a terapia.

“El reto es hacerles entender que necesitan un poco de ayuda profesional; de lo contrario pueden hacer familias disfuncionales”, observa. Lo que más se les dificulta a los abuelos es volver a demostrar autoridad: la naturaleza de la edad los hace más blandos para la disciplina y deben luchar contra ello.  

Josefina aún no llega a este punto. Los nietos están pequeños y obedecen, incluso la muchachita preadolescente que accede a poner en la banqueta los improvisados tendederos de ropa de segunda que vende para ganarse unos pesos.


Esta familia pobre que emigró de la sierra chihuahuense hace más de 30 años, cuando Juárez era una promesa industrial con el asentamiento de las primeras maquiladoras, accede a ir al psicólogo por dos razones: la ayuda en especie que da el gobierno y porque juran que el padre era inocente.
Victoria, la viuda, dice que su error fue rentar la casa del vecino de quien ya se rumoraba que andaba en malos pasos.

“Mi marido trabajaba en el hotel Camino Real, era un hombre tranquilo y quería que viviéramos cómodos por eso se la alquiló a ese señor, pero al parecer ese hombre quería ver si sus rivales no se metían con los ocupantes y mira lo que hicieron”, reflexiona.

“Habla más bajito”, reprende la abuela, como si potentes sicarios fueran a escuchar a  través de las paredes. Josefina ahora es la jefa de familia y debe tomar precauciones, todas las precauciones.

‘Están asumiendo un rol para el que no estaban preparados porque ellos tenían en mente jubilarse y tener una vida más tranquila y no lo pueden hacer o porque tienen que trabajar para mantener a los pequeños o porque deben hacer el papel de nanas’, Olga Rodríguez, coordinadora del Centro de Atención Psicológica (CAP).

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