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Complicadas preguntas financieras tras la muerte de su marido

El dolor de una escritora se magnifica por las cosas que no conversó con su esposo.

Escritora Leslie Milk en su casa en Rockville, Maryland, enero 18, 2018.

Stephen Voss

Leslie Milk en su casa en Rockville, Maryland, en enero del 2018.

In English | Volvió a pasar hace poco. Actualicé el sistema operativo de mi computadora y de repente no me podía conectar a la cuenta de wifi de mi casa. Estaba a mi nombre, pero mi difunto marido, Benjamin, la había configurado y había creado la contraseña.

Benjamin y yo estuvimos casados 46 años. Él falleció hace cuatro años, después de una angustiosa batalla con cáncer cerebral. Desde ese momento lo he extrañado, y también he extrañado las claves que me permitirían destrabar los secretos de nuestra vida digital y financiera.


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Apenas comenzaba mi duelo cuando por primera vez se me bloqueó el ingreso a una de nuestras cuentas conjuntas, la de correo electrónico de la casa. Llamé al proveedor del servicio. La conversación no se dio muy bien:

"¿En qué puedo asistirlo, Sr. B. Milk?

No soy el Sr. B. Milk. Soy su viuda. Él falleció y no puedo entrar a nuestra cuenta de correo electrónico.

Lamento mucho su pérdida, Sr. B. Milk.

No, no soy el Sr. B. Milk. Él murió.

¿Podría responder su pregunta secreta, Sr. B. Milk, para que podamos ingresar a su cuenta? ¿Cuál fue la primera escuela a la que asistió?"

De alguna manera, durante todos los años que habíamos compartido, ese tema no había salido nunca. Traté de adivinar. No, no es correcto. Finalmente, tuve que contratar una empresa de computación en línea que, por $149, "depuró" mi iMac. Me dieron una contraseña nueva y una nueva pregunta secreta y así pude ingresar otra vez a nuestro correo.

Benjamin y yo compartimos una vida, pero pronto descubrí que no habíamos compartido todo. Habíamos hablado de los gastos grandes, pero había decenas de pequeñas cosas relacionadas con las finanzas de las que nunca habíamos hablado. Cuando tuve que hacer frente al papelerío y la burocracia que surgen ante la muerte de un cónyuge, las complicaciones inesperadas me abrumaron.

La enfermedad de Benjamin nos golpeó como un rayo. Con sus 75 años, parecía increíblemente sano, con un cuerpo delgado y de aspecto juvenil y una cabellera canosa que era la envidia de sus amigos. Estaba presidiendo una reunión del consorcio de propietarios de nuestro condominio en los suburbios de Maryland cuando notó que le costaba encontrar las palabras y le temblaba la mano derecha.

Esa noche los temblores continuaron. Pensé que estaba teniendo un derrame cerebral y llamé al 911. Pasó bien la prueba de derrame cerebral que le hicieron los paramédicos, pero por las dudas fuimos a la sala de emergencias del hospital más cercano. Nuestra hija Meredith, maestra de educación especial, se reunió con nosotros en el hospital. Una tomografía computada reveló que había una pequeña masa en el cerebro.

Nuestro hijo Jeremy llegó al día siguiente de California. Benjamin pidió disculpas por desbaratarnos el fin de semana a todos.

Diez días después le diagnosticaron un glioblastoma multiforme, una de las formas más letales de cáncer cerebral. Mientras recibía el tratamiento, se esforzó valientemente por poner en orden sus papeles. Hasta recopiló todas sus contraseñas —una docena de combinaciones diferentes de letras y números— y las puso en un mensaje de correo electrónico en esa cuenta conjunta que teníamos. Pero nunca me dijo qué había escrito en el renglón de Asunto del mensaje.

Cuando murió, pasé semanas revisando nuestro buzón de correo electrónico buscando el misterioso mensaje. Benjamin no lo hizo fácil. Los delincuentes que buscan información de otros jamás lo habrían encontrado. Leí mensaje tras mensaje hasta que encontré las contraseñas en un archivo llamado "numbers.rev".

Nunca encontré las respuestas a sus preguntas secretas. ¿Su primera mascota? ¿El mejor amigo de su infancia? ¿La primera calle en la que vivió? Tuve que preguntarle a su hermano. Y tuve que acordarme de decirles a mis hijos las respuestas a las mías.

Mirando hacia atrás, puedo dividir mi ignorancia en dos categorías: cosas que debería haber sabido y cosas que no podría haber sabido.

Debería haber sabido dónde estaba la documentación de los bienes que teníamos. Como muchas parejas, nosotros pensamos que teníamos mucho tiempo para poner las cosas en orden. En momentos en que apenas tenía fuerzas para vestirme por la mañana, fue difícil buscar registros bancarios, títulos de propiedad, pólizas de seguro y registros de inversiones, y ni hablar de las contraseñas y las preguntas secretas que son el "ábrete sésamo" para ingresar a los bienes.

La sabiduría popular convencional aconseja que un cónyuge que está de duelo no debe tomar decisiones importantes durante un año. Lo que no nos dicen es que vamos a estar ocupados con las decisiones menores. 

Una de mis primeras tareas como viuda fue presentar el testamento de Benjamin en el tribunal del condado. Nuestro testamento era tan viejo que contenía disposiciones para la tutoría de nuestros hijos, que ya son adultos y tienen sus propios hijos.

Tal como esperaba, nos habíamos designado mutuamente como beneficiarios de nuestras cuentas IRA de jubilación y éramos copropietarios de nuestra casa. Pero no me di cuenta de que mi marido tenía una pequeña cuenta de inversión sin beneficiario designado. Como la cuenta no superaba los $50,000, se consideraba un patrimonio menor, de acuerdo con las leyes de Maryland, y el trámite sucesorio fue rápido.

Como parte del proceso de sucesión, el patrimonio se publicó en el periódico local. A los pocos días recibí una llamada de un hombre que decía ser de un estudio de abogados de Delaware que representaba a los acreedores de Benjamin. Le pedí que pusiera su reclamo por escrito y nunca más volví a tener noticias de él. Aprendí entonces que hay personas sin escrúpulos que leen los obituarios e inmediatamente solicitan tarjetas de crédito con el nombre de la persona fallecida. Por suerte, mi hijo había notificado a las tres agencias de crédito más grandes apenas murió Benjamin, de modo que nadie pudo usar su identidad.

Ese fue solo el comienzo de lidiar con los "deberes de la muerte". La sabiduría popular convencional aconseja que un cónyuge que está de duelo no debe tomar decisiones importantes durante un año. Lo que no nos dicen es que vamos a estar ocupados con las decisiones menores.

Benjamin no tenía seguro de vida, pero tenía una cuenta IRA, una cartera de inversiones, beneficios del Seguro Social, Medicare, una póliza de seguro suplementario de Medicare y esa pequeña cuenta secreta de inversión. Notificar a todas las agencias gubernamentales y a todas las instituciones financieras requirió un gran número de llamadas telefónicas, formularios notarizados y muchas reuniones. ¡No por nada me aconsejaron que pidiera al menos una docena de certificados de defunción originales con el sello en relieve!

Si Benjamin y yo hubiéramos sido organizados, tal vez me hubiera evitado algunas de las desagradables sorpresas. Pero no todas. Cuando llamé a la compañía de seguros para reportar la muerte de mi marido, automáticamente me aumentaron la prima del seguro del auto. El agente me explicó que un solo conductor es un riesgo mayor para la compañía de seguros que una pareja que comparte un auto.

Al poco tiempo notifiqué al emisor de nuestra tarjeta de crédito. Inmediatamente cancelaron la tarjeta. Resultó que Benjamin era el titular y yo solo era un usuario adicional. El representante del banco me explicó que, al ser solo usuaria, no estaba obligada a pagar ningún saldo de la tarjeta, pero que ellos se encargarían de cobrarse del patrimonio de la herencia. Si yo pagaba de más, no me devolverían el dinero. Como yo era la representante del patrimonio de la herencia, pagué hasta el último centavo de la cuenta.

A partir de ese momento descubrí que yo no soy la única que pensó que había más tiempo. Una viuda se encontró con una gran colección de armas de mucho valor. Le llevó casi un año encontrar los papeles de cada arma, venderla y gestionar la ganancia de la venta como parte del patrimonio. Otra mujer no se animó a preguntarle a su marido enfermo sobre su adorado auto deportivo. “Me parecía macabro”, dijo.

Conocí a un viudo que tuvo que desenredar las finanzas de su suegra. Su esposa se había encargado siempre de eso. Una vecina de casi 80 años nunca había hecho un cheque en sus más de 50 años de matrimonio. Cuando murió su marido, ni siquiera estaba segura de qué banco usaban. 

Mis cuatro años de viudez me han enseñado que el dolor no tiene fecha de vencimiento. Está bien crear nuestro propio calendario. Yo no tengo que decidir ni hoy ni mañana qué voy a hacer con la colección de monedas de Benjamin. No ocupa mucho lugar. Pero todavía hay sorpresas que me toman desprevenida: hace poco, nuestro agente de seguros envió una tarjeta de cumpleaños para Benjamin, y todavía le llegan pedidos para conectarse con gente en LinkedIn. Aunque no todas las sorpresas son feas. Exactamente un mes después de su muerte encontré un mensaje de correo que me escribió la noche antes de la cirugía de cerebro. En él, me daba consejos sobre qué debía conservar y qué debía vender, a qué amigos debía consultar y qué consejos debía ignorar. El mensaje terminaba diciendo: "Sabe que siempre fuiste inmensamente amada".

Ese es un mensaje que no borraré nunca.   

Leslie Milk es redactora de artículos sobre estilos de vida de la revista mensual Washingtonian.  

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