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Lo que nos enseñan los perros sobre el envejecimiento

En tus años dorados puedes vivir mejor si le prestas atención a tu mejor amigo.

Perro

Cortesía de David Dudley; ilustración fotográfica de Chris O'Riley

De izquierda a derecha, Foghat, el perro del autor, a la edad de un año en 1995 y en el 2012 a los 18 años.

In English l El perro es viejo.

Sin darse cuenta, ha envejecido. Quizás también me pase lo mismo, si tengo suerte. Quizás ya me ha pasado. Pero, ¿qué ser humano tiene los genes, la suerte y el puro tino de camuflar los años tan bien como este increíble ejemplar de carisma canino?

Tiene dientes brillantes; un hocico negro; un pelaje plumoso. Rebota un balón de fútbol con el hocico. En la calle, todos se enamoran de él. "¡Tu perro es tan hermoso! ¿Cuántos años tiene?" frecuentemente me preguntan. Se asombran al oír su edad. Tiene 10 años. Tiene 12 años. Tiene 14 años. Y así es, año tras año. Es eterno; es inmortal.

Pero echemos una segunda mirada. Cuando corre, lo hace con las patas rígidas. En la profundidad de sus iris se acumulan nubes —cataratas, me informa un amigo oftalmólogo—. "Es viejo", le digo a todos los que me preguntan. "Es un anciano". Acaricio su cabeza. "¿No es así? ¿Quién es un anciano?"

El perro alza su mirada. ¿Yo?

Los "años perrunos" son fluidos; las razas más pequeñas viven por más tiempo que las más grandes, y ninguna parece verdaderamente volverse más vieja y más sabia, como se supone nos volvemos nosotros. Emocionalmente, los perros domésticos viven en un tipo de adolescencia perpetua, un largo crepúsculo veraniego de juegos, siestas y rutinas felices en compañía de padres que nunca envejecen y no te permiten madurar.

El término científico para esta condición de Peter Pan es la "neotenia" —cuando los adultos retienen cualidades juveniles— y es una de las muchas características de los perros más viejos sobre las que desean informarse los investigadores de la longevidad. Daniel Promislow, que estudia el envejecimiento en la University of Washington, recientemente reunió a científicos de variadas disciplinas para unirse al Canine Longevity Consortium (CLC, Consorcio de Longevidad Canina). Respaldados por una subvención del National Institute on Aging (Instituto Nacional sobre el Envejecimiento), están llevando a cabo el trabajo preliminar para realizar el primer estudio longitudinal a nivel nacional del envejecimiento canino.

¿Por qué? Los investigadores están explorando una idea audaz: los perros son, de muchas maneras, un reflejo de nuestra propia especie. "A diferencia de la mayoría de los modelos [animales] usados para estudiar el envejecimiento, los perros no están en un laboratorio sino que comparten nuestro mismo ambiente", dice Promislow. Los perros domésticos muestran una variabilidad genética enorme, consumen alimentos procesados, duermen en nuestros hogares (mejor dicho, en nuestras camas) y gozan de acceso a una atención médica parecida a la que reciben las personas.

Cada vez más, también se enferman y fallecen como nosotros: desarrollan artritis y enfermedades cardíacas y muchos de los mismos cánceres; se vuelven delicados y olvidadizos. Con frecuencia sus vidas se prolongan a través de costosas intervenciones médicas. Promislow y sus colegas esperan descubrir los factores que les permiten a ciertos perros eludir estas indignidades. Una propuesta: darles a los perros más viejos una dosis baja del medicamento rapamicina, que ha sido eficaz en la prolongación de vida en ratones hasta en un 13%. Se espera que si funciona para ellos, funcionará para nosotros.

Duerme mejor y pesa menos

No sabemos exactamente cuántos años tiene el perro. A mediados de los años 1990 un amigo lo rescató; era un perro callejero, flaco y cauteloso, pero adulto. Era lo que hoy en día los sociólogos denominarían un adulto emergente. Esto resultó ser conveniente, ya que yo también era uno.

Adquirí el perro como una declaración de madurez incipiente, justo después de mudarme a mi primer apartamento decente y unos cuantos años antes de casarme. Esta fue una época en la que tomé muchas decisiones dudosas, y fiel a ese espíritu, le di al pobre animal un nombre chistoso: Foghat, por la banda hirsuta de rock de los años 70. Sencillamente pensé que sonaba gracioso.

David Dudley y su perro

Cortesía de David Dudley; ilustración fotográfica de Chris O'Riley

De derecha a izquierda, el día de Navidad por la mañana, 1997, y el día de mi matrimonio, 1999.

Facciones rivales de científicos analistas del comportamiento todavía discuten por qué nuestra especie siente la necesidad de vivir junto con estos carnívoros. Una teoría: los humanos y los cánidos se juntaron hace decenas de miles de años, comenzando un proceso de domesticación mutua que brindó ventajas de supervivencia a ambas partes.

Los lobos más sociables se quedaban con las sobras y superaron a sus familiares menos amistosos; los antiguos humanos que toleraban a estas criaturas descubrieron que eran buenos compañeros de caza y sistemas de alarma, y así prosperaron. Todos somos descendientes de amantes de los perros.

Y esta evolución sigue en proceso, algo que los científicos denominan convergencia: los genes de los humanos y los caninos, influidos por el ambiente que compartimos, están evolucionando conjuntamente. En la actualidad, además de ayudarnos a mantener seguros nuestros hogares y consumir las sobras de nuestras comidas, los perros confieren muchísimos beneficios de bienestar, especialmente a los niños y a las personas mayores. Las personas dueñas de perros duermen mejor, pesan menos y hacen más ejercicio que sus pares sin perros. Y hay ventajas menos tangibles, como las catalogadas en libros al estilo de Marley & Me (Una pareja de tres). Este floreciente género literario de "memorias caninas" se centra en la idea, reduccionista pero fundamentalmente correcta, que un perro es primeramente un instrumento de crecimiento personal: existe para aliviar tu ansiedad existencial, instruirte sobre el amor y la amistad y enseñarte a ser una mejor persona.

David Dudley con su hija y con su perro

Cortesía de David Dudley; ilustración fotográfica de Chris O'Riley

De izquierda a derecha: el día que nos mudamos, en el 2000, y en el nevado invierno del 2002

En esto, Foghat se destacaba. Su papel inicial, como los de muchos de su especie, fue ser una especie de primer bebé, un prototipo más robusto de un verdadero bebé. Sus necesidades —comida, caminatas, de vez en cuando algún medicamento, tratamiento contra las pulgas o Prozac para perros (¡de veras!) en caso de tormentas— eran modestas pero implacables, y esta letanía de alimentar y caminar y acariciarle el abdomen poco a poco dejó una huella, en forma de Foghat, en mi ser.

Con el tiempo ese espacio creció para acomodar a una nueva criatura, con una rutina más exigente. Foggy ya estaba establecido en la languidez de la mediana edad cuando nació nuestra primera hija, y su ecuanimidad en medio de este desajuste fue muy reconfortante. Tenemos una foto, tomada en casa justo al regresar del hospital, en donde estoy sentado en el sofá, con la mirada aturdida del terror silencioso de los nuevos papás, sosteniendo a la pequeña bebé con un brazo; el otro brazo descansa sobre el abdomen ofrecido por el perro. Está tumbado complacientemente junto a mí en el sofá, con los ojos entrecerrados, emitiendo ondas tipo "todo saldrá bien". Esto, parecía entender, en adelante sería su función.

La demencia canina

La neurocientífica Elizabeth Head, que estudia perros mayores de raza beagle en la University of Kentucky, entiende las mentes de los perros viejos. Una vez que alcanzan la mediana edad, los perros se resisten al cambio. Necesitan más tiempo para aprender cosas nuevas y comienzan a decaer en las pruebas de memoria. A los 6 o 7 años de edad, hasta los perros de raza beagle saludables que participan en los estudios de Head muestran señales de tener placas microscópicas de beta amiloide, que son el sello de la enfermedad de Alzheimer; aproximadamente un tercio a la larga sucumbirá ante el síndrome de disfunción cognitiva canina, alias la "demencia canina". Esto es comparable al porcentaje de estadounidenses de 85 años o mayores que desarrollarán la enfermedad de Alzheimer.

Y las placas de los perros se parecen muchísimo a las de las personas —más que las que se encuentran en nuestros primates prójimos—. Head no está segura del por qué. "Podría ser que vivir en nuestro ambiente —nuestros alimentos, agua, hogares— hace más vulnerables a los perros", dice ella. En otras palabras, según Head, la demencia relacionada con la edad podría ser "una característica del proceso de domesticación", un tipo de efecto secundario accidental de la civilización.

Primera hija de David Dudley y su hija con su perro

Cortesía de David Dudley; ilustración fotográfica de Chris O'Riley

Nace la bebé. De izquierda a derecha, Foghat con nuestra hija Nora en el 2005 y de nuevo en el 2006

Y Head piensa que los perros pueden ayudar a vencerla. En estudios pasados, ella demostró que una dieta rica en antioxidantes y el "enriquecimiento conductual" —una serie de ejercicios para la memoria y la enseñanza de nuevas destrezas— puede significativamente aplazar o disminuir el desarrollo de las placas y el deterioro de la memoria. En un estudio próximo, Head desea perfeccionar este régimen e intentar detener completamente el empeoramiento cerebral en los animales de mediana edad, antes de que pasen ese punto cognitivo sin vuelta atrás.

Foghat, sea cual sea la fórmula contra el envejecimiento que encontró —quizás fue su costosa comida de perros de calidad suprema, el enriquecimiento conductual que recibió al evadir a las niñas cuando empezaban a caminar o un régimen de toda una vida de largas siestas— comenzó su vejez en muy buena salud. Alrededor de su 18.º cumpleaños busqué en Google "perro más viejo del mundo", porque empecé a preguntarme si estaba alcanzando algún récord. Era lo que los gerontólogos denominarían alguien que envejece con éxito.

Y entonces, aparentemente de la noche a la mañana, dejó de serlo. Si hay que dejar este mundo —y hay que dejarlo— la mejor manera es deslizarse rápidamente hacia la decrepitud . La frase es "compresión de la morbidez", cuando las debilidades de la edad se aplazan hasta el final. Aun así, no es fácil. Las articulaciones fueron lo primero en debilitarse. Comenzó a cojear tras una vigorosa sesión de rebotar un balón de fútbol con el hocico. Luego comenzó a necesitar ayuda para subirse al automóvil o meterse a gatas bajo la cama, su lugar preferido para dormir. Nuestros paseos épicos por el bosque se volvieron caminatas cortas y luego breves vueltas por la manzana. Algunas veces se detenía a mitad del camino, congelado como los que padecen de la enfermedad de Parkinson. Las escaleras se volvieron peligrosas. Se convirtió en un insomne ambulante, ladrándole a fantasmas, sus garras repiqueteando sin rumbo por la casa oscura. Se había esfumado en las sombras de la disfunción cognitiva canina, y no volvería a aparecer.

Esto era un inconveniente. Era una carga sobre la delicada integridad estructural de nuestro hogar. Pertenecíamos a la llamada generación sándwich, cónyuges con trabajos e hijos pequeños, padres de mayor edad cerca de nosotros y un complemento de responsabilidades adultas. El perro geriátrico agregó otra capa de relleno al sándwich de Lorenzo Parachoques, ya lleno al reventar, de nuestras vidas. Cada mañana, al bajar, me detenía a inspeccionar el cuerpo postrado al pie de las escaleras, preguntándome, con una mezcla de temor y esperanza, si había muerto mientras dormía, como todos afirmamos querer morir. ¡Dieciocho años! Más tiempo que la niñez, más tiempo que mi matrimonio (hasta ahora). Ver a este animal anciano era como tropezarse con un fósil viviente, un artefacto de una época desaparecida.

Al mismo tiempo, era como un vistazo hacia el futuro. La senectud de Foghat al mismo tiempo parecía ser reconfortante y una advertencia de lo que está por venir: algunos temores y excentricidades desaparecerán con los años; otros solo se intensificarán. Una por una, las cosas que te encantan hacer se vuelven demasiado difíciles y dejas de hacerlas. Pero aun así, seguirás siendo quien eres, y las personas seguirán amando tu tambaleante presencia. Hasta una vida limitada vale la pena vivirla, tal y como es.

Hasta... ¿cuándo? Algunas veces durante esos últimos meses descansaba mi frente sobre la suya y miraba a sus ojos inquisitivamente, tratando de adivinar sus directivas anticipadas a través de la barrera entre nuestras especies. Lo miraba fijamente; él me miraba del mismo modo. ¿Todavía estás ahí? ¿Estás listo para marcharte?

David Dudley con su perro y su esposa y sus hijas

Cortesía de David Dudley; ilustración fotográfica de Chris O'Riley

De izquierda a derecha, otro nuevo hogar, 2007, y una nueva hija, 2009

Es como perder a un hijo

La adquisición de un cachorro, observó el cómico Louis C.K., es una "cuenta atrás hacia la tristeza". Grabado en el acto de darle la bienvenida a este encantador muñeco de peluche está el momento de su fallecimiento, dentro de una década más o menos. Según estudios, la pena que se sufre por una mascota es igual o puede exceder la que se sufre por un familiar humano. Es la otra cara, cruel, de la neotenia canina: sí, tu perro se comporta como un adolescente emocional hasta la vejez. Pero cuando muere, sentirás que has perdido a un hijo.

Una mañana de invierno, la cuenta atrás de 18 años de Foggy por fin terminó. A pesar de mis mejores esfuerzos para que tuviera la muerte decente que merecía, fue tan terrible como había temido. Mi esposa lo acompañó en el asiento trasero mientras conduje hasta la consulta del veterinario. Siempre le habían encantado los paseos en automóvil, pero esta vez se retorcía débilmente y lloraba, intuyendo correctamente que algo malo iba a pasar. Cuando lo levanté en brazos, dio un gran aullido sobrenatural, algo que nunca antes había hecho. Entonces se relajó, se quedó tranquilo y no luchó más.

Pronto nos encontramos parados alrededor de una mesa de metal, abrazando al perro como alguna vez lo hicimos durante las tormentas, intentando sin éxito emitir ondas tipo "todo saldrá bien". Cuando las drogas llegaron hasta su corazón, solté un "Perdón, amigo", y me desplomé berreando indecorosamente.

El gerontólogo Kenneth Doka ha dicho que la muerte de una mascota es "un dolor marginado". Es una pérdida cuya importancia otras personas no reconocen. No estamos supuestos a estar de luto por la muerte de nuestros perros. Publicas la triste noticia en Facebook y regresas al trabajo, como hice yo. Cuando llegué a mi casa esa tarde y abrí la puerta principal, me impresionó ese raro y nuevo silencio —la extraña tranquilidad de un hogar sin un perro—. Fue como si una máquina que había estado funcionando en el fondo por mucho tiempo repentinamente se hubiera apagado.

En esta ausencia, tengo suficientes lecciones de la vida para mil memorias caninas. Aprendí que es imposible determinar precisamente cuándo la vida de otro ser está demasiado comprometida para seguir, y que un largo y envidiable período de salud no puede salvar a un buen perro de una mala muerte. Quizás hasta una buena muerte es bastante mala. La vida vale la pena; su ausencia es incomprensible. Perdón, amigo.

Y ahora que ya no soy joven, y él está muerto, haré todo lo posible por seguir el camino que Foghat abrió en la última mitad de mi vida. El siguiente es un consejo médico sensato; como dice la neurocientífica Head: "Todo lo que haces para ayudar a un perro a envejecer bien, debes hacerlo junto con él".

Así que consume los mejores alimentos que puedas comprar. Sale a caminar, aunque esté lloviendo. Toma muchas siestas. Mantén tus dientes limpios y tu aliento fresco, para que las personas que beses no se echen hacia atrás. Y cuando alguien que amas entra por la puerta, aunque suceda cinco veces al día, vuélvete loco de alegría.

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