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Todos tenemos una historia que contar

Para escribir sus memorias, cultive el hábito de escucharse a sí mismo.

Mi esposo, Rich, perdió la memoria tras sufrir un daño cerebral traumático al ser atropellado por un automóvil. En un momento de perfecta lucidez, describió su pérdida de este modo: “Imaginen estar caminando por la calle con un amigo; están mirando las vidrieras.

Pero justo detrás de ustedes va un hombre con un enorme rodillo pintando por encima de todos los lugares donde han estado, borrándolo todo, incluyendo a su amigo, de quien ni siquiera pueden recordar el nombre”. Es aterrador, porque, ¿quiénes somos sin los cinco minutos previos?, ¿quiénes somos sin nuestros recuerdos?

Hace poco, asistí a una conferencia que brindaba la Brain Injury Association of New York State (Asociación de Daño Cerebral del Estado de Nueva York) y presencié una charla que daba la directora de un centro de rehabilitación de daño cerebral traumático. Ella decía que lo primero que hacen para ayudar a una persona que ha experimentado una pérdida no sólo de memoria, sino de sí misma, es construirle una historia. Con la ayuda de familiares y amigos, escriben la historia de la vida del paciente: los hechos, los nombres y las caras.

La necesidad de tener nuestra historia es básica; tal vez, porque es una manera práctica de transportar nuestras experiencias: la historia como contenedor, por así decirlo. ¿Qué transportaba Rich?

Por un largo rato, contempló una fotografía de sí mismo, su hermano y un viejo amigo tomada, quizás, 65 años atrás. No sé qué pasaba por su mente.

Tal vez no estaba pensando: tal vez estaba absorto. Hay cuadernos donde escribió algunas pocas cosas, al principio, cuando se accidentó, tratando de descubrir cosas, cosas que no tenían sentido para él. Yo hago lo mismo.

Escribir es mi cable a tierra, lo que me mantiene sana. Escribir es el modo que tengo de darle sentido a la vida, de intentar encontrarle un significado al accidente; la razón por la que pasó lo que pasó –aun cuando sé que el porqué es una distracción y que el significado tendrá que improvisarlo uno mismo–.

Algunas veces, el solo hecho de sostener una lapicera en la mano y escribir leche manteca huevos azúcar me calma. Lo que busco en última instancia es la verdad; la verdad o la lucidez. Creo que la verdad es lo que todos buscamos, aunque nunca dije algo así cuando era joven. Escribir las memorias es una manera de descubrir quién solías ser y cómo llegaste a ser quien eres.

Existen tantas clases diferentes de memorias como motivos para escribirlas. Están las escritas como historia pura: se comienza al principio y se finaliza en el momento en el que se está, una carrera precipitada a través de lo sucedido.

O bien, se puede comenzar por el final y mirar hacia atrás, o en un momento intermedio, con un hecho que hubiera precipitado un cambio y lucidez, o la necesidad de lucidez. Coloque la punta del compás allí y comience a dibujar el círculo. Ilene Beckerman escribió unas memorias perfectas cuyo título es Love, Loss, and What I Wore (Amor, pérdida y lo que llevaba puesto) (Algonquin Books), un relato de su vida ilustrado por las prendas que vestía en los momentos importantes. Creo que alguien más escribió sus memorias compuestas, en su totalidad, por listas.

El punto de partida no siempre es obvio. No siempre puede encontrarse el camino. A veces, se necesita una puerta lateral. Aquí es donde figuran los ejercicios de escritura. Este es uno que les doy a todos mis estudiantes la primera semana de clases: Tome un período cualquiera de diez años de su vida y redúzcalo a dos páginas. Cada oración deberá tener una extensión de tres palabras; ni dos, ni cuatro, sino tres palabras.

Descubrirá que no hay lugar donde esconderse en oraciones tan cortas. (“Caminé por río. Contemplé el vacío. Demonios todavía ahí”). También descubrirá que no puede incluir todo, y que, cuando se escribe, decidir qué se omite representa la mitad del trabajo.

Saber qué omitir no es lo mismo que escribir sólo lo importante. A veces, es lo que no se dice lo que le da su forma a una obra. Y es sorprendente lo que las personas incluyen: matrimonio, divorcio, amor, sexo. Sí, hay un poco de todo eso; pero muchas veces, lo que ocupa un espacio precioso es dormir sobre el pasto, o el antiguo recuerdo del jugo azul de un helado corriendo por su barbilla pegajosa.

Cuando tenga esas dos páginas, recorra todo con la mente, del mismo modo en que un ladrón de cajas fuertes haría girar la cerradura con las yemas de sus dedos suavizadas para poder sentir los clics. Si alguna oración resuena en sus oídos o le hace estallar, entonces, ha dado en el clavo.

Escriba otras dos páginas, a partir de allí.En el arte de escribir, buena parte del trabajo consiste en esperar que el acuario se aquiete para, así, poder ver los peces. Caminar murmurando parece acelerar el proceso. Subirse a un medio de transporte público sin destino ayuda. Mirar por la ventanilla del autobús permite que lo que esté atrás en su mente avance. No escuche otra cosa que no sea el sonido natural. No mire nada que tenga que encender. Se trata del placer del silencio. No es meditación; se trata de volver a familiarizarse con uno mismo. Algo interesante podría entrar en su cabeza si la deja sola.

Escriba dos páginas de acontecimientos cotidianos aburridos (para romper el hielo).

Cuando comencé a escribir Safekeeping —que es, a falta de una palabra mejor, una serie de memorias— no tenía idea de lo que estaba haciendo. Lo único que sabía era que no podía detenerme. ¿Qué eran esos pequeños fragmentos que escribía vehementemente? Habían comenzado a aparecer unas semanas atrás, después de la muerte de un viejo amigo, un hombre con quien había estado casada alguna vez, alguien a quien había conocido la mitad de mi vida. Las páginas se acumulaban. Recuerdos, momentos, escenas, nada que llevara más que algunas páginas, algunos de una línea o dos. No existía un flujo narrativo. No había una narrativa. Sin embargo, esos recuerdos continuaban brotando, y yo continuaba escribiéndolos. No sabía si lo que estaba haciendo llegaría a algo, pero nunca me replanteé la musa. De
lo único que estaba segura era que me detendría en la muerte de mi amigo. El dolor había sido el catalizador, el dolor sería el final.

Mi editora lo rechazó. Ella quería que escribiera una novela acerca de aquel matrimonio. Pero la vida no se desarrolla, cómodamente, en capítulos; al menos no la mía. Y yo deseaba que se sintiera de la manera en que yo la
había vivido.

Escriba dos páginas acerca del momento en que supo que algo había terminado.

Escriba dos páginas que terminen con “No puedes escaparte de eso”.

Escriba dos páginas acerca de algo que siempre lo haga reír.

¿Existe una imagen u objeto que aparezca una y otra vez en sus recuerdos? No sé que hace un “Indian pudding” (budín indio) al lado de algunos momentos terribles, pero sé que, para mí, revolver lo que esté cocinando es una actividad que me ayuda a meditar. Mi mente puede viajar a cualquier parte, sin ataduras, mientras revuelvo con la cuchara haciendo círculos, elipses, parábolas, manteniendo la mezcla sin grumos y el fondo sin quemarse; añadiendo más manteca cuando nadie mira.

Escriba dos páginas acerca de la cosa más suave.

Escriba dos páginas sobre adónde volaría, si pudiera hacerlo.

Algunas veces, lo único que hay que hacer es abrir un frasco. El olor a Noxzema me transporta al verano de 1957 y al asiento delantero del viejo Hudson que mi novio conducía, y al momento en que estacionamos en la playa de Amagansett por la noche y nos acariciamos y besamos como locos. Después, tuve miedo de estar embarazada, aunque no habíamos hecho mucho más que besarnos. El miedo y el placer están frescos en mí cada vez que huelo Noxzema, y siempre tengo un frasco cerca para poder recordar mi juventud.

Escriba una oda a una parte de su cuerpo.

Escriba dos páginas acerca de sus tesoros.

Asegúrese de incluir aquello que no puede hacer coincidir claramente con la idea que tiene de usted mismo, o lo que

sea que estropee la superficie pulida de la historia de su vida. Suponga que, en un determinado momento, su madre le contó que usted tenía una media hermana, diez años mayor. Suponga que, una vez, descubrió cartas de amor en el bolsillo del impermeable de su padre y nunca le preguntó nada al respecto. ¿Adónde va todo ese material? No encaja en ningún lugar. A lo que yo respondo, bien, ¿qué es ese ningún lugar en el que esto no encaja?

Escriba dos páginas acerca de algo que desearía no saber.

Escriba dos páginas acerca de algo que lamente haber revelado.

Las memorias no son un espacio para vengarse o para mostrarse angelical o victimizarse. Si tiene esta idea en la cabeza, escriba ficción. Las memorias no deben servir a sus propios intereses, ni siquiera por accidente. Si usted no aparece como alguien profundamente humano, es probable que los motivos que lo llevaron a escribir no hayan sido los adecuados, o que no se haya apartado lo suficiente o acercado demasiado.

Si hace los ejercicios, tendrá una despensa llena de material. Si encuentra un hilo común, sígalo. Si vuelve una y otra vez a un momento o lugar específico, acampe allí. Si lo atormenta la pregunta de a quién le resultará
interesante, recuerde que la mayoría de nosotros siente curiosidad por la vida de otras personas. Mi regla práctica es que si uno encuentra que algo es interesante, hay grandes probabilidades de que sea interesante.

Después de todo, estamos llenos de contradicciones y conflictos; hemos evolucionado a partir de muchas personalidades diferentes. Nos han agradecido, nos han humillado, hemos chismorreado y nos hemos preocupado, y nos hemos ido a acostar ansiosos por una cosa u otra. Nos hemos arriesgado y hemos permanecido en el porche.

Cómo señalé antes, escribir memorias es una manera de explorar cómo llegamos a ser quienes somos. Es la historia de cómo llegamos aquí, desde allá.

Créanme, es una buena historia.

Otras 21 maneras de comenzar a escribir

En las clases de escritura, doy tareas porque es difícil sacar algo de la nada. Dos páginas es todo lo que pido, y

no tiene que ser una historia. No tiene que ser nada. Aprendí que logramos mejores cosas cuando no nos esforzamos

tanto: no hay nada que entorpezca más la creatividad que la inexorable determinación de escribir.

1. Escriba dos páginas de disculpas.  
2. Escriba dos páginas de instrucciones para el niño que alguna vez fue.  
3. Escriba dos páginas acerca de algo que se rompe.
4. Escriba dos páginas sobre una sorpresa desagradable.  
5. Escriba dos páginas sobre una maldición.
6. Escriba dos páginas acerca de algo que sea demasiado pequeño.  
7. Escriba dos páginas acerca de una propuesta de matrimonio.  
8. Escriba dos páginas acerca de algo incorrecto que haya hecho y de lo cual no se haya arrepentido.  
9. Escriba dos páginas sobre un animal que no pueda ser entrenado.  
10. Escriba dos páginas sobre algo que haya sucedido en el bosque.  
11. Escriba dos páginas sobre una situación en la que usted haya sido desenmascarado.  
12. Escriba dos páginas acerca de regañar a un niño.
13. Escriba dos páginas sobre sentarse en el regazo de alguien.  
14. Escriba dos páginas acerca de sentir demasiado frío.  
15. Escriba dos páginas sobre una pataleta de la que se arrepienta.  
16. Escriba dos páginas acerca de tomarse su tiempo.  
17. Escriba dos páginas sobre un mal corte de cabello.  
18. Escriba dos páginas acerca de alguien que mata algo por accidente.  
19. Escriba dos páginas que terminen con: “Podría seguir y seguir”.  
20. Escriba dos páginas sobre un niño que consuela a un adulto.  
21. Escriba dos páginas acerca de lo que usted no puede recordar. Mi padre, Lewis Thomas, comenzó sus memorias, The

Youngest Science (La ciencia más joven), así: “Hasta donde recuerdo, siempre tuve mala memoria. No es que olvide las

cosas por completo; olvido dónde las pongo. Necesito algún apoyo”.

Abigail Thomas, autora de A Three Dog Life (Una vida con tres perros) y Safekeeping, dicta seminarios sobre cómo

escribir sus memorias en todo el país. Este artículo es una adaptación de Thinking About Memoir (AARP Books/Sterling, 2008).

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