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La vacuna contra la COVID-19: ¿Dónde vacunarte? Encuentra información en tu estado

 

Lo que dos hogares de ancianos muy distintos aprendieron de su lucha contra la COVID-19

La pandemia obligó a estos centros a hacer cambios inmediatos y duraderos.

En un lado el hogar de Ancianos del Condado de Hillsborough en Goffstown, New Hampshire, y en el otro lado, el hogar de ancianos Pebblebrook en Park Springs en Stone Mountain, Georgia.

Tony Luong/Andrew Hetherington

Hillsborough County Nursing Home en Goffstown, Nuevo Hampshire y Pebblebrook at Park Springs en Stone Mountain, Georgia.

A partir del confinamiento, crear una comunidad más sostenible

El 13 de junio, un equipo de 33 auxiliares, administradores y otros empleados del centro de cuidados a largo plazo Pebblebrook emergieron a través de una barrera de plástico con cremallera al son de música y vítores. Así marcaban el regreso a sus propias vidas después de once semanas de sacrificio. Al comienzo de la pandemia de COVID-19, estos empleados acordaron mudarse al centro de cuidados en el interior de la enorme Park Springs Life Plan Community en Stone Mountain, Georgia, cerca de Atlanta.

Donna Moore, directora de operaciones de Isakson Living, la compañía a la que pertenece Park Springs, fue una de las personas que decidió encerrarse. Montó una tienda de campaña en la sala comunitaria; otros ocuparon camas en habitaciones vacías o durmieron en colchones inflables y sacos de dormir en oficinas o áreas comunes. Nadia Williams, la administradora del centro de salud, le prometió a un residente que le daría buenas noches todas las noches. Cuando se sentía ansioso, ella se quedaba con él hasta tarde y miraban una película; cuando él se dormía, ella salía de puntillas de la habitación.

Los empleados profundizaron su relación con los residentes durante las comidas, las conversaciones en el patio o los juegos. Marcia Davis, auxiliar de enfermería certificada en Pebblebrook, compartió platos jamaicanos como akí y bacalao, bananas hervidas y rabo de buey. O'Neil Marriott, un técnico de mantenimiento en Pebblebrook, se hizo famoso por sus bolitas de masa fritas.

Los trabajadores de Pebblebrook en Park Springs posan para la cámara.

CORTESÍA DE PARK SPRINGS

Empleados de Park Springs: desde la izquierda, Tim Knight, Vivian Robinson y Donna Moore

Como no se permitían las visitas físicas en el interior del edificio, las interacciones de los residentes con sus familiares eran limitadas. Por ese motivo, el personal desplazaba por el centro un televisor grande rodante conectado a una computadora para las visitas virtuales. Los residentes (o “miembros”, en el léxico de Pebblebrook) también podían reunirse con sus seres queridos a través de las ventanas de las habitaciones y salones.

La valiente decisión de establecer un encierro total mantuvo el coronavirus a raya y dio tiempo a la administración para desarrollar la fase 2 de su respuesta al virus, que no requeriría que miembros del personal permanecieran confinados en el centro.

Por supuesto, hubo que pagar un precio. Los meses de encierro descalabraron las vidas del personal. La administradora de salud no pudo asistir a la boda de su hermana y llevó a cabo sus funciones de dama de honor a través de una videollamada. El técnico de mantenimiento no pudo hacer un viaje de pesca con su familia que sería la última excursión antes de que su padre se jubilara en Jamaica. A pesar de ello, experimentaron sentimientos encontrados a la hora de marcharse. “Fue una sensación agridulce, porque acabábamos de atravesar juntos algo que las personas ajenas no comprenden”, dijo Moore.

A mediados de junio, los gerentes de Pebblebrook implementaron la fase 2, que permitiría a los empleados ir y venir al tiempo que se aumentaban las pruebas y la detección, el distanciamiento social, el uso de mascarillas y otros protocolos de control de la infección, como el uso diario de un sistema de limpieza que emplea un rocío para esterilizar las superficies.

Pebblebrook, que cuenta con 60 camas, se ha mantenido mayormente sin COVID-19: solamente un residente y tres miembros del personal tuvieron un resultado positivo desde que terminó el confinamiento. Los empleados y los proveedores son evaluados antes de ingresar. Tienen que contestar un cuestionario sobre salud y pasar un control de temperatura. Deben lavarse las manos y usar mascarillas de grado médico y un protector facial suministrado por el centro.

Terminar con las disparidades raciales en los centros de cuidados a largo plazo

Maricruz Rivera-Hernandez, profesora adjunta de servicios, políticas y prácticas de salud en Brown University, y Tetyana Shippee, profesora adjunta de la División de Políticas y Gestión de Salud en la Facultad de Salud Pública de University of Minnesota, comentan sobre los prejuicios que enfrentan las personas de color en los hogares de ancianos y por qué es tan importante diversificar el personal.

¿Cuál es el alcance del problema?

Maricruz Rivera-Hernandez (MRH): La COVID-19 nos ha demostrado cuán marcadas son las diferencias en la calidad de la atención, con índices mucho más altos de infección y mortalidad en hogares de ancianos con una mayor concentración de residentes afroamericanos. Un ejemplo es que después de una hospitalización, los residentes de estos hogares de ancianos tienden a regresar al hospital más a menudo.

Tetyana Shippee (TS): Los residentes negros de hogares de ancianos también tienen más probabilidades de ser inmovilizados que los residentes blancos. También se ha observado un uso inapropiado de sondas de alimentación, considerablemente más alto que en los residentes blancos, y es menos probable que sean vacunados contra enfermedades prevenibles, como la fiebre y la neumonía. Existen disparidades similares en el trato de los residentes latinos e indígenas. Si estás inmovilizado contra tu voluntad y no puedes levantarte y moverte, pierdes movilidad y masa muscular. Eso puede afectar la independencia a largo plazo y empeorar las enfermedades crónicas. Cuando se trata de calidad de vida, si la comida y las actividades no reflejan tu cultura y no te tratan con respeto, la vida diaria no es muy satisfactoria.

¿Existen soluciones inmediatas?

TS: Emplear a más personal "BIPOC" (personas negras, indígenas y de color) en todas las áreas: administradores, directores de enfermería, directores de asistencia social y directores de actividades. He estado en hogares de ancianos donde la mayoría de los residentes son negros o latinos, y los administradores del primer piso son todos blancos y los ayudantes en los pisos superiores son personas de color. Pero también he visitado algunos hogares de ancianos urbanos con presupuestos ajustados donde un director de enfermería negro hace una gran diferencia. Es una manera de eliminar el racismo sistémico.

MRH: Me gustaría ver más administradores de grupos minoritarios —así como más médicos, enfermeros y otros profesionales de la salud— empleados en estos hogares de ancianos. Pero existe una escasez. Es necesario atraer a más estudiantes jóvenes minoritarios al campo del cuidado de la salud y ofrecer becas.

¿Qué te ha sorprendido sobre este problema?

TS: El gran interés de las familias BIPOC en obtener atención médica en el hogar para que sus seres queridos no tengan necesidad de ir a un hogar de ancianos. Si cumples los requisitos, puedes obtener financiación a través de Medicaid, pero hay listas de espera largas y son necesarios muchos pasos. Recientemente, organizamos una reunión comunitaria sobre este tema y anticipábamos la asistencia de 20 personas. Vinieron más de 100.

—Sari Harrar

El personal de Pebblebrook se somete a pruebas frecuentes y todos los residentes se hicieron una prueba después de que el centro entró en la fase 2. Desde entonces, los residentes se someten a la prueba solo cuando hay un caso confirmado entre los miembros del personal. Los residentes que tienen fiebre son aislados, incluso cuando se sabe que la infección no es por el coronavirus. Si existe cualquier duda sobre cuál es la causa y se obtiene un resultado positivo de la prueba rápida o la prueba de laboratorio, el residente en cuestión debe ser trasladado de inmediato a un área aislada, explica Williams.

El personal usa mascarillas durante todo su turno y utiliza equipo de protección personal (PPE) completo —protectores faciales, batas y guantes— siempre que es necesario, como por ejemplo cuando trabajan con residentes de rehabilitación a corto plazo recién admitidos que están esperando recibir los resultados de la prueba de COVID-19. Todos esos pasos cubren las medidas cruciales necesarias para combatir el coronavirus y, en realidad, otros virus futuros.

Las visitas de familiares dentro del edificio continúan prohibidas en la fase 2, por lo que el personal ha instalado una tienda de campaña cuadrada con tres paredes de plástico transparente junto a la entrada del edificio. Los residentes pueden sentarse en sillas cómodas dentro de la tienda al tiempo que sus familiares se reúnen al otro lado de la barrera de plástico. Se han colocado micrófonos y altavoces a ambos lados de la tienda para facilitar las conversaciones para aquellas personas con dificultades auditivas o de voz suave. Los residentes “están encantados”, dice Williams. “Me llena de alegría porque pueden seguir conectándose con sus familias en plena pandemia".

En el interior de Pebblebrook, igual que antes, los residentes están divididos en “unidades familiares” de 18 personas. Estas comunidades más pequeñas y separadas, diseñadas así de manera intencional, refuerzan las relaciones y controlan la propagación de la infección, dice Moore. Aunque no se requiere que los residentes usen mascarilla, se mantiene un distanciamiento social seguro entre ellos sentándolos al menos a 6 pies de distancia durante las actividades grupales, como el taller de arte y manualidades. Y si un residente quiere visitar a un amigo que vive en una unidad familiar distinta, se organizan comidas compartidas donde se sientan en lados opuestos de una larga mesa.

Los lazos creados durante el confinamiento de 75 días continúan fuertes y motivan a todos a cumplir las reglas. “Creamos un vínculo para siempre”, dice Williams. "No puedes hacerle daño a alguien que te importa. No puedes tomar atajos cuando se trata de alguien que te importa. Somos una familia".

Pero Moore sabe que deben permanecer alertas y que su historia podría haber tenido un final distinto. Planificaron bien, pero también es posible que se salvaran en parte por pura suerte. Además, esto no hubiera sido posible de no ser por el amplio espacio disponible y el apoyo que recibieron de los dueños, que alimentaron a todos y pagaron las horas extra y un estipendio adicional a los empleados durante el confinamiento.

Dado que Park Springs es una organización privada, Moore no puede compartir datos financieros, pero nos cuenta: “Puedo decirle que no nos preocupamos por el costo durante el confinamiento”. Cuando se trata de hacer pedidos de suministros o equipo para mantener a todos seguros, “hacemos lo correcto sin importar el costo".

Se entristece cuando piensa en los centros afectados por los brotes de COVID-19. “Ellos también quieren a sus residentes”, dice. “Es como una ola que te derriba en el océano, y no la ves venir".

Hacer todo lo posible para evitar que regrese el virus

David Ross sollozaba en su auto de camino a su casa después del trabajo. Era mediados de julio, y el hogar de ancianos de 300 camas que dirige en Nuevo Hampshire, uno que en cierto momento registró 30 casos nuevos de coronavirus por semana, acababa de alcanzar un hito importante: una semana sin casos positivos.

Sus lágrimas se debían tanto al alivio y la felicidad como a la acumulación de dos meses de tristeza, dolor y frustración.

Ross, el administrador del hogar de ancianos, recuerda cuando los representantes estatales le preguntaron cómo podía haber sucedido un brote importante en Hillsborough County Nursing Home, un centro sin fines de lucro en Goffstown. En mayo, cuando los primeros residentes comenzaron a tener síntomas, el personal administró pruebas de detección del coronavirus a todos los residentes en una unidad de 50 camas y envío las muestras con urgencia al laboratorio estatal. Aproximadamente la mitad de los residentes de la unidad tuvieron un resultado positivo, y casi todos los demás pronto tuvieron la misma suerte. Más tarde, el virus infectó tres unidades más, 209 personas en total, entre ellas 57 empleados. Fallecieron 42 residentes, pero no murió ningún miembro del personal.

Se hacían pruebas a los empleados y los residentes cada semana, aunque, debido al aumento en el número de casos en la comunidad, el centro se estaba preparando para la posibilidad de realizar pruebas dos veces por semana. Cuando el hogar de ancianos está en “estado de brote” —lo cual significa que hay por lo menos un caso positivo en el centro—, alrededor de 20 miembros de la Guardia Nacional vienen una vez a la semana para realizarles pruebas de detección a todos, dice Dubois. Ella y otros enfermeros se apresuran a encargarse de las pruebas de los residentes que son veteranos de guerra para evitar que la visión de los uniformes militares desatara su estrés postraumático.

Un miembro del personal (en azul) con el equipo de la Guardia Nacional (en blanco) que estaban en las instalaciones de Hillsborough para ayudar con las pruebas de la COVID-19 desde el principio.

CORTESÍA DE HILLSBOROUGH COUNTY NURSING HOME

Un miembro del personal (en azul) con un equipo de la Guardia Nacional (en blanco) que acudió al centro de Hillsborough para ayudar con las pruebas.

El personal también usa una máquina para pruebas rápidas cuando alguien está un poco resfriado, tiene dolor de cabeza o exhibe otros síntomas leves. El Gobierno federal, a través de los Centros de Servicios de Medicare y Medicaid (CMS), proporcionó la máquina sin costo, pero el hogar de ancianos es responsable de cubrir los gastos de los materiales de las pruebas. Una prueba cuesta aproximadamente $23, dice Ross, lo cual ya ha supuesto un gasto de $50,000 para el hogar de ancianos.

Ross entendía por qué los funcionarios del estado le hicieron esas preguntas, pero la respuesta era simple: su personal había hecho todo lo posible con la información y los protocolos de prueba disponibles. Y aunque otras instituciones, como escuelas e iglesias, podían continuar operando de manera virtual, sus residentes no tenían otro sitio adónde ir. “Cerrar el centro no era una opción”, explica.

Antes de la COVID-19, las únicas restricciones impuestas a los visitantes eran los letreros que pedían a las personas con síntomas de gripe que no ingresaran al centro, dice Ross. Esa era la época en que se permitía el acceso a 50 visitantes, los residentes se reunían en los espacios comunes y los estudiantes universitarios voluntarios iban y venían. Los enfermeros se concentraban en prevenir caídas, controlar la aspiración, manejar infecciones contagiosas comunes y mantener limpias las heridas quirúrgicas, dice Tonya Dubois, directora de enfermería. E incluso antes de la pandemia ya seguían protocolos estrictos de lavado de manos, desinfección de equipo y eliminación segura de agujas y otros suministros médicos.

Aunque todas estas prioridades continúan vigentes en la actualidad, “la pandemia ha enturbiado las aguas”, dice Dubois. “Determina gran parte de lo que hacemos dentro del centro y la manera en que lo hacemos".

Los empleados se ponen mascarillas quirúrgicas al entrar al edificio. Toda persona que esté a menos de 6 pies de un residente debe usar además un protector facial. Ross dice que el hogar de ancianos ha invertido alrededor de $300,000 en equipo de protección personal, lo cual ha contribuido a más de $500,000 en gastos no presupuestados desde marzo. Todo esto los ha obligado a redistribuir fondos y a buscar fuentes de reembolso de ayuda económica por el coronavirus, y ha causado retrasos en proyectos como la renovación prevista de una unidad de enfermería y la expansión de una unidad de salud conductual.

"Ver a los residentes y a sus familiares conectándose de nuevo fue definitivamente la mejor parte del día”.

—David Ross, administrador

Los resultados de las pruebas dictan el curso de acción, incluida la aprobación que puede recibir el centro para pasar a la siguiente fase de reapertura. La fase cero fue el cierre. La fase 1 —que empezó después de superar dos semanas sin casos positivos— permitió que el centro abriera un poco las puertas. Los residentes empezaron a ver a sus familiares a cierta distancia y al aire libre. Luego, una vez que el centro mantuvo el número de casos en cero durante dos semanas más y la tasa de casos del condado cayó por debajo de 50 por cada 100,000 personas, las puertas se abrieron algo más, permitiendo algunas citas no esenciales ocasionales dentro del centro, como visitas de un peluquero o exámenes de rutina de la vista o dentales.

La coordinación de visitas supervisadas de 20 minutos al aire libre requirió 80 horas de trabajo cada semana, pero fue una “labor de amor”, añade Ross. “Ver a residentes y familiares conectándose de nuevo fue algo muy hermoso, definitivamente la mejor parte del día".

Pero esa felicidad fue pasajera. Al llegar el otoño, un residente que anteriormente se había infectado obtuvo de nuevo un resultado positivo y eso obligó al centro a regresar a la fase cero. Se encontraron once casos positivos, dice Ross, aunque las autoridades de salud pública creen que fueron casos positivos recurrentes y, por consiguiente, menos contagiosos. Solo una persona tuvo síntomas leves que duraron poco tiempo.  Aun así, Ross colaboró con las autoridades de salud pública para añadir una barrera temporal en una de las unidades a fin de crear una zona de aislamiento con 18 camas. Los empleados que trabajaban allí volvieron a usar equipo de protección personal completo. “Tuvimos que pecar de cautelosos”, dice Ross. El centro permaneció en fase cero hasta mediados de diciembre.

Ese retroceso fue devastador para los residentes que habían empezado a salir de sus habitaciones de nuevo durante las comidas en el comedor con distanciamiento social y a realizar actividades grupales bien separados, como bingo, ejercicios y manualidades. “Fue como desinflar un globo”, dice Ross. “Las personas se desmoralizaron” al pensar en el retorno al aislamiento de los residentes, la necesidad de equipo de protección personal adicional y la potencial pérdida de más vidas. Algunos empleados que habían dejado su empleo en el hogar de ancianos al comienzo del brote acababan de regresar, solo para tener que marcharse nuevamente, esta vez preguntándose si tal vez jamás podrían volver a trabajar en el cuidado de la salud.

Dubois llora al hablar sobre los residentes que están apartados de sus seres queridos y dice que la necesidad de ser su sistema de apoyo es lo que hace que ella continúe queriendo volver. “Las personas que trabajan aquí realmente se preocupan por ellos”, dice. “Incluso cuando tienes miedo —no quieres contraer la COVID y llevarla a tu hogar y contagiar a tus seres queridos— vuelves, porque si no ¿quién los va a cuidar?".

El cuidado a largo plazo en la era de COVID, dice Ross, significa que nunca puedes bajar la guardia. La ansiedad está siempre presente en el hogar de ancianos. Cada vez que revisa los resultados de las pruebas, Ross tiene que detenerse y recordarse que debe respirar. “Es como cuando jugabas con una caja sorpresa de niño. Sabes que va a saltar y darte un buen susto", dice. "Es la misma sensación cuando lees esos informes. Estás esperando que pase algo malo".

Ross se aferra a la recomendación de los profesionales de la salud pública de evitar tres cosas: el contacto cercano, los espacios cerrados y los lugares concurridos. Pero, sin importar cuán estrictamente él y otros en la industria de cuidados a largo plazo se adhieran a estas reglas, Ross teme que los brotes continúen. Lo único que hace falta es que un empleado asintomático infectado con coronavirus —que todavía no lo sabe, porque sucede en el período entre pruebas— la introduzca en el centro. Y a medida que las personas en el exterior se cansan de tomar precauciones y empiezan a bajar la guardia, aumenta la propagación comunitaria, como lo demuestra el número creciente de casos que vimos este otoño, advierte. Esto, a su vez, aumenta el riesgo para los empleados de los hogares de ancianos y para los residentes que quieren proteger.

"Incluso los mejores centros corren este riesgo debido a la naturaleza de nuestro trabajo y a la proximidad de las personas”, explica Ross. “Hemos cambiado para siempre. Nunca volveremos a ser como antes".

Jessica Ravitz anteriormente fue escritora principal de CNN Digital; su trabajo también se ha publicado en la revista SmithsonianThe Washington Post y The Atlanta Journal-Constitution.

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