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18 años después de que mi esposo resultara herido por la explosión de una bomba en Irak, sigo padeciendo TEPT por brindar cuidados

Los acontecimientos traumáticos pueden repercutir durante mucho tiempo en nuestro “bienestar físico, emocional, social o espiritual”.


spinner image Bob y Lee Woodruff.
Bob y Lee Woodruff, 2006, poco después de recibir el alta hospitalaria de Bob.
IDA MAE ASTUTE/ABC NEWS

Mientras iba sentada en un tren hacia Manhattan, esperaba la llamada de mi esposo. Él estaba en el médico, esperando los resultados del estudio por resonancia magnética para decidir si debía operarse por un desgarro en los isquiotibiales. 

“Es bastante grave”, dijo sobre la lesión que sufrió haciendo deporte. “El músculo se desprendió completamente del hueso y tienen que volver a unirlo lo antes posible. Además, el nervio también está desgarrado”. Intentó sonar despreocupado en la última parte, pero oí la preocupación. “Necesitan un cirujano especializado...”. Cerré los ojos al oírlo decir “... evitar la parálisis”. 

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Imaginé la frustración y la impotencia que sentiría al pasar ocho semanas en casa con muletas, incapaz de llevar una taza de café a la mesa. Mi esposo no estaba preparado para ningún tipo de reclusión. Habría semanas inevitables de cuidados, los “gracias” se irían desvaneciendo... una receta infalible para el resentimiento mutuo. Faltaban tres semanas para la boda de nuestra hija. Intenté imaginarme cómo sería el “primer baile” con su padre en muletas y cómo podría hacer para que ella no se sintiera tan decepcionada. Pude mantener un tono moderado. 

Cómo procesar el trauma

Jennifer Guttman, que tiene 56 años y vive en Pleasantville, Nueva York, es psicóloga clínica y autora de Beyond Happiness. Ella define un acontecimiento traumático como todo incidente que causa efectos negativos duraderos en el bienestar físico, emocional, social o espiritual de una persona. “Hay medidas que puedes tomar para ayudarte a superar el trauma, procesarlo, tranquilizarte y llegar al otro lado”, explica. Estos son algunos de los consejos de Guttman.

Habla mucho con tus amigos y familiares. Cuanto más hables, más trabajará el cerebro para procesar el trauma.

Dedica tiempo al cuidado de ti mismoTu sistema nervioso está conmocionado al máximo, así que dedica tiempo para cuidarte con cualquier actividad que te reconforte.

Evita las sustancias nocivas. Si bien el consumo de sustancias puede suponer una evasión temporal, en realidad prolonga el proceso de recuperación.

Delega tareas a otras personas. Apóyate en quienes te rodean para poder dedicarte a sanar.

Quédate en el presente. Utiliza técnicas de atención plena, meditación, arteterapia o ejercicios de arraigo para estar en el ahora en vez de revivir el acontecimiento traumático.

Recurre a un profesional. Si los sentimientos negativos se intensifican, acude a un médico o un terapeuta.

Al procesar la noticia de la operación y los posibles riesgos, imaginé la peor de las situaciones. Esta técnica siempre había dado resultado: convertir mentalmente lo “malo” en algo pequeño mientras me alejaba del momento para ver el panorama general, el paso del tiempo y el hecho de que esta sería una historia que contaríamos al cabo de unos cuantos años.

Sin embargo, ocurrió algo inesperado. Al intentar profundizar en busca de “más”, llegué al fondo de mi reserva. Pero no solo lo sentí, sino que lo toqué, como si golpeara una roca con una pala. Sin duda has oído hablar del “tanque de reserva”, uno de esos términos de automovilismo que se utilizan para referirse a las personas —sobre todo los cuidadores— que están programadas para seguir siempre adelante. Solo hay que apretar un poco más el tubo, nos dicen, y saldrá más energía. 

No puedo estar sentada en esa sala de espera. No puedo volver a hacerlo ni física ni mentalmente. La idea surgió en mi mente, totalmente formada. Mientras miraba el horizonte cada vez más cerca desde el tren, tuve una sensación repentina de náuseas y me quedé sin aliento. El corazón me palpitó con fuerza y me recorrió una descarga de adrenalina, similar a la que había sentido cuando mis hijos se caían por las escaleras o cuando un automóvil se desviaba hacia nuestro carril y por poco nos pegaba. De pronto se me electrizó el cuerpo, inundado de una especie de estímulo aterrador que no podía controlar. 

Un acontecimiento transformador

Hace dieciocho años, en el 2006, viví mi primer gran suceso traumático cuando mi esposo resultó herido en Irak mientras cubría las noticias de la guerra para ABC News. Una mañana temprano sonó el teléfono, y recibí la noticia de que una bomba situada al borde de la carretera había impactado contra su vehículo. Con cuatro hijos pequeños, mi vida se precipitó a un auténtico infierno. Respondí con lucidez y una serenidad glacial mientras tomaba decisiones y viajaba en avión al hospital militar de Alemania. No habría tiempo para quebrarse ni para afligirse durante meses, ni siquiera años. Mi esposo tuvo que someterse a varias operaciones para salvar su vida y estuvo en coma durante cinco semanas. Estuve sentada junto a su cama en Washington D.C. durante semanas, esperando que despertara para ver lo que quedaría del hombre con el que me había casado. Poco a poco, con mucho apoyo, nuestra familia comenzó a sanar. Y después de un largo período de rehabilitación, la recuperación de Bob fue casi milagrosa. 

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Hace algunos años, mi esposo necesitaba un reemplazo de rodilla después de toda una vida de actividad. Sin consultarme, eligió una fecha para la operación que interfería con mi horario. Me enfadé por la falta de comunicación y coordinación —un punto débil en nuestro matrimonio— y decidí demostrarle que yo tenía razón. “Si dices que no me necesitas en el hospital, te tomaré la palabra”, respondí durante una llamada telefónica en la que el orgullo pudo con ambos. Después de todo lo que habíamos pasado por su salud, ¿cómo es que no entendía que necesitaba un intercesor? Cuando llegó el día, en el fondo me sentí aliviada de estar lejos de la sala de espera del hospital.

Para entonces, nuestros hijos ya eran grandes, y nuestra hija mayor pudo llevar a su padre a casa después de la operación y quedarse con él durante la primera noche. Sin embargo, mi decisión orgullosa volvería a atormentarme. Antes de la medianoche, Bob empezó a sufrir una reacción a los medicamentos y a la anestesia. Mi hija me llamó aterrorizada, estaba sola en casa con él, y yo me vestí y me metí en el automóvil en cuestión de minutos, con el corazón en la garganta. Cuando llegué a la casa al amanecer, Bob dormía profundamente. Ese mismo día pedí cita con su médico y la situación quedó controlada. Sin embargo, el viaje de cuatro horas a casa con los nervios de punta, explicándole por teléfono lo que tenía que hacer, me dejó marcas profundas en la mente. 

‘El trauma agrava el trauma’

Ahora, al mirar por la ventanilla del tren y sentir mi reacción física ante la noticia de la operación de isquiotibiales que Bob necesitaba, me sorprendió mi propia debilidad. ¿Qué me ocurría? Nunca me había enfrentado a un muro cuando se trataba de cuidar a mis seres queridos. Me consideraba sobre todo “resiliente” y “fuerte”, palabras halagadoras con las que me habían descrito los demás, especialmente en situaciones estresantes.

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En Estados Unidos, se admiraba a la gente que era capaz de “sobreponerse”, de afrontar el dolor con serenidad, de superar las dificultades y sobreponerse a ellas. En los años que pasaron desde que Bob resultó herido en Irak, había oído alguna versión de esta frase miles de veces: “¡No sé cómo has logrado hacer todo eso!”. Este tipo de frases siempre me pareció un cumplido ambiguo, que recalca lo fuerte que eres y al mismo tiempo pone de manifiesto tu tremenda mala suerte. 

“El trauma agrava el trauma”, respondió un neurólogo del Bethesda Naval Hospital cuando le pregunté qué podía esperar emocionalmente después de que Bob saliera del coma. “Cuantas más situaciones terribles haya vivido y presenciado la gente, como muchos miembros del servicio, más difícil puede ser la transición al hogar”. Entonces recordé que me preocupaba. Si bien Bob no llevaba uniforme ni portaba un arma, había pasado mucho tiempo cubriendo conflictos y viendo muy de cerca los horrores de la guerra. ¿Su experiencia lo cambiaría para siempre?, me preguntaba.

Pero a quien no había tenido en cuenta en esa ecuación era a mí. ¿El trauma había agravado mi trauma? En el tren, mientras escuchaba el resumen de las cuestiones quirúrgicas para la operación que se realizaría dos días después, solo sentía pánico. Seguía pisando el acelerador interno, pero no pasaba nada. 

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Desbordada y agotada

En su libro The Year of Magical Thinking, Joan Didion describe su proceso de duelo después de la muerte de su esposo. Lo trágico fue que veinte meses después perdió a su única hija. “También me doy cuenta de que no tengo la misma capacidad de recuperación que tenía hace un año”, escribe. “Se producen varias crisis, y el mecanismo que satura la situación de adrenalina se agota. La movilización pasa a ser inconstante, lenta o inexistente”. ¿Era eso lo que me estaba sucediendo? me preguntaba.

“No puedo acompañarte”, dije en voz baja cuando me reuní con mi esposo en casa esa misma noche. “Los chicos pueden venir y ayudar”. Seguramente algo en mi voz le dijo que no insistiera. Todavía carga con un buen grado de culpa por la lesión que sufrió por la explosión de una bomba en Irak, la sensación de que “él le hizo esto a la familia”. Pero mis hijos de 32 y 29 años y mis gemelos de 23 ya eran mayores y perfectamente capaces de hacerse cargo. 

spinner image Bob y Lee Woodruff desfilan junto a su hija en su boda.
Bob y Lee Woodruff acompañan a su hija al altar el día de su boda.
CORTESÍA DE LEE WOODRUFF

Dos días después, en vez de acompañar a mi esposo al hospital, viajé al norte, a las montañas donde se celebraría la boda. Tan solo unas semanas antes, mi esposo y yo habíamos pasado un tiempo allí plantando flores y colocando vallas para impedir el paso de las marmotas, y nos sentíamos unidos y entusiasmados mientras conversábamos sobre los detalles de la boda. Ahora, al contemplar lo que serían los meses siguientes, aquella pareja me parecía irreconocible. Y yo tenía miedo. 

Nuestros hijos se pusieron a la altura de las circunstancias con empatía y energía, dos cualidades que de repente parecían faltarme. ¿Era el desvelo lo que me había inmovilizado? Incluso cuando tienes la atención en otra cosa, una parte del cerebro de un cuidador está siempre pendiente, sintonizando, anticipando y preocupándose. Con el tiempo, ese tipo de concentración sin duda acabaría en agotamiento. 

La operación salió bien, y el nervio de los isquiotibiales de mi esposo quedó reimplantado sin problemas. Pasaron las semanas con Bob en muletas, y todos nos adaptamos. El fin de semana de la boda fue precioso, y el baile entre padre e hija fue épico, con un bastón luminoso que brillaba al ritmo de la música. Pero más que nada, empecé a percibir el pequeño regalo que encerraba mi pánico imprevisto. Había límites para lo que podía hacer, para mi capacidad. Y comprendí cuáles eran, y estaba bien. Ninguno de nosotros era un superhéroe. 

“Creo que tuve una respuesta de estrés postraumático por tu operación”, les dije, primero a Bob y luego a mis hijos. El solo hecho de expresarlo me ayudó a afrontar mi propia vergüenza, mi sensación de ser menos capaz. Si podía mencionarlo y señalarlo, entonces quizá era real porque lo había procesado. 

Pero el otro regalo inesperado fue la oportunidad de ver a mis propios hijos dar un paso al frente y convertirse en adultos. Sin importar lo que la vida nos depare en el futuro, sentí un inmenso alivio al saber que lo afrontaremos juntos.

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