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Anderson Cooper sobre el ascenso y la caída de los Astor

Su nuevo libro, ‘Astor’, explora de qué manera la avaricia y la desgracia marcaron a una familia cuya fortuna nació con sangre.


spinner image A la izquierda la portada del libro 'Astor", y a la derecha Anderson Cooper.
HARPER / JOHN NOWAK

Anderson Cooper comienza su nuevo libro Astor (19 de septiembre) —que escribió con Katherine Howe— con una anécdota sobre cuando, siendo niño, estaba cenando con su madre, Gloria Vanderbilt, en el restaurante Mortimer’s de Manhattan y conoció a Brooke Astor. Él le estrechó cortésmente la mano cubierta por un guante blanco. Años más tarde, cuando Cooper trabajaba como camarero en Mortimer’s, volvió a cruzarse con ella. Recuerda que le dijo: “Hola, Sra. Astor”, y ella lo miró brevemente —o, mejor dicho, miró a través de él— y siguió caminando sin decir una palabra.

Fue un momento crucial, dice Cooper, de 56 años, “que me hizo pensar en qué clase de persona quería ser yo. De qué lado de la mesa quería estar, o si quería siquiera estar en esa mesa”.

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Esa mesa, por supuesto, está reservada para la élite —los absurdamente ricos, el 1%, los herederos de fortunas inmensas—. Él y Howe exploraron el lugar de su familia en esa mesa más bien desagradable (en opinión de Cooper) en su exitoso libro del 2021, Vanderbilt: The Rise and Fall of an American Dynasty

Ahora, los escritores se enfocan en los Astor en Astor: The Rise and Fall of an American Fortune, y ofrecen un retrato fascinante, franco y sumamente crítico de un clan propenso a la avaricia y la desgracia, en la infeliz adherencia a una fortuna que fue creada con “brutalidad muy real”.

Todo comenzó con John Jacob Astor, el hijo de un carnicero alemán que llegó a Estados Unidos en el siglo XVIII y se hizo rico con la venta de pieles de castor, y luego con la actividad de bienes raíces en la ciudad de Nueva York. Las generaciones subsiguientes administraron esa riqueza obscena y fueron definidas por ella —en parte, en su papel de propietarios explotadores— antes de que su imperio se derrumbara en una penosa telenovela de luchas internas y escándalos. (Posiblemente recuerdes que en el 2009 el hijo de Brooke Astor, Anthony Marshall, fue condenado por robo, entre otras cosas, por saquear la fortuna de su madre cuando ella estaba incapacitada a causa de la enfermedad de Alzheimer).

Nosotros hablamos con Cooper sobre su nuevo libro, el significado de ser un Vanderbilt y más.

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Usted escribe en el libro que Katherine fue quien tuvo la idea de enfocarse en los Astor después de terminar Vanderbilt. ¿Cuál fue su reacción ante esa idea?

Yo sabía que quería escribir otro libro con ella —me encantó la experiencia con Vanderbilt— y no tenía ninguna otra idea. Y cuando comencé a leer y a informarme sobre los Astor, vi con mucha más claridad que esto tenía muchísimo sentido. Pero [igual que con Vanderbilt], tenía menos interés en el lado de los negocios que en las historias humanas y en la patología de la generación de dinero y sus efectos dominó a través de las generaciones.

¿Cómo fue el proceso de trabajar juntos en la redacción del libro?

Katherine hace la mayor parte de la investigación histórica inicial; después, dividimos los períodos de tiempo, qué capítulos vamos a escribir cada uno por separado. Y escribimos en Google Docs, que es el invento más fantástico del mundo porque te permite ver constantemente lo que está haciendo la otra persona.

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Según su libro, los Astor no eran buenas personas. ¿Puede decir eso con seguridad?

Fue una fortuna despiadada. El comodoro Vanderbilt [Cornelius Vanderbilt, trastatarabuelo de Cooper] era astuto y despiadado en los negocios, pero no del modo en que lo fue John Jacob Astor. Hubo mucha sangre detrás de la fortuna de los Astor — literalmente, sangre de castor—, pero también el uso del alcohol con las poblaciones indígenas como parte de su estrategia de negocios. [Astor “tenía una despiadada disposición a proveer de bebidas alcohólicas a precios extremadamente inflados a los indígenas adictos”, según el libro]. El efecto que tuvo eso en esas poblaciones fue devastador. Y luego, la estructura de alquileres de la familia, que generó la construcción de todos estos barrios marginales y habitaciones [...]. Hay mucho dolor allí.

En su opinión, ¿qué aspecto de los Astor sorprenderá más a los lectores?

Cuando pensamos en estas familias con dinero pensamos: Oh, podrían haber hecho cualquier cosa que quisieran, como si tuvieran oportunidades ilimitadas. Pero prácticamente todas las biografías de los Astor que se han escrito describen a los hombres de la familia como malhumorados. Parecería que son generaciones de personas cuyos sueños de algún modo se vieron destruidos tempranamente y lo único que hacen es este negocio sangriento de cobrar alquileres y ganar dinero.

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Y parece que hubo algo de rivalidad entre los Vanderbilt y los Astor.

Oh, ¡más que algo! Básicamente, [a fines del siglo XIX] Caroline Astor había creado la sociedad estadounidense, que era la sociedad de Nueva York, realmente, con la ayuda de este hombre, Ward McAllister, que le enseñó sobre la cocina y el arte franceses. Él la ayudó a definir un concepto de la sociedad estadounidense, [incluida la idea de que] los admitidos debían estar a tres generaciones de distancia de quienes generaron el dinero. Y los Vanderbilt vinieron y pusieron eso en tela de juicio. Alva Vanderbilt organizó la famosa fiesta que fracturó el control que tenía la Sra. Astor sobre la sociedad de Nueva York. Esa fiesta tuvo dimensiones tan legendarias que Caroline Astor —quien sentía un gran desprecio por los burdos Vanderbilt— esencialmente tuvo que inclinarse ante Alva para poder asistir con su hija a la fiesta. Eso les permitió a los nuevos ricos Vanderbilt dominar la sociedad de Nueva York a partir de entonces.  

Usted señaló la obsesión patológica de Cornelius Vanderbilt por ganar dinero y el modo en que eso “infectó a las generaciones siguientes”. ¿Ha tratado conscientemente de evitar ese tipo de enfoque?

Yo crecí con mi madre, y ella no era una persona que pensara en el dinero o hablara de dinero. A ella le interesaba mucho crear y trabajar y tratar de lograr algo por sí misma, sin la carga del nombre Vanderbilt. Yo elegí verme a mí mismo como un Cooper, del lado de mi padre, una familia de granjeros de Misisipi. Eso para mí tenía más sentido como decisión práctica y prudente. Es decir, ¿por qué enfocarse en estos Vanderbilt, que ya no existen y de muchas maneras no parecían muy felices?

Usted escribe sobre cómo Brooke Astor lo ignoró cuando era camarero en Mortimer’s. ¿Qué significó eso para usted?

El hecho de que ella mirara directamente a través de mí me resultó fascinante. Quiero decir, yo notaba por cierto que la gente me trataba distinto cuando estaba con mi madre. Eso es algo que aprendí desde muy temprano y que tuve muy presente siempre. Pero realmente me hizo pensar, como digo en el libro, sobre de qué lado de la mesa quería estar [...]. Y, obviamente, la respuesta fue que realmente no quería estar en la mesa. Quería estar en otro lado, hacer otras cosas.

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