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Mi paciente, mi maestra

Creía que sabía un par de cosas sobre cómo tratar las enfermedades. Pero una joven abrió mis ojos.

In English l Todo médico atraviesa una transformación de médico a sanador. En la facultad de Medicina, memorizamos y regurgitamos información; como internos y residentes, nos esforzamos por aprender cada nuevo procedimiento. Como médicos jóvenes, mantenemos la distancia frente a nuestros pacientes y nos limitamos a intentar curarlos.

Vea también: ¿Sabe qué es el cáncer?

No podemos saber entonces aquello de lo que nos daremos cuenta más tarde: que nuestros profesores apenas están poniendo los cimientos, y que nuestros pacientes son nuestros verdaderos maestros.

A una de estos pacientes, Lindsay Nohr, la tendré siempre muy presente, no solamente por sus circunstancias, sino porque cambió para siempre la manera en que ejerzo la medicina.

Corría el año 1999, y ya llevaba tiempo como cirujana de cabeza y cuello en San Francisco. Cuando Lindsay cruzó el umbral de mi consultorio por primera vez, su belleza me cautivó de inmediato: era atlética, con piel de porcelana y ojos feroces, brillantes. También tenía un bulto en el costado derecho de su lengua, pero a diferencia de un afta o una mordida accidental, no se iba. Esto nunca es una buena señal, pero, en una persona joven —Lindsay tenía 22 años en ese momento—, un cáncer de lengua puede significar una sentencia de muerte.

Resultó que Lindsay tenía cáncer de lengua, y yo sabía que iba a requerir cirugía, radioterapia y, muy probablemente, quimioterapia. Nada de eso ocurre sin un inconveniente importante. Si se extrae muy poco de la lengua, el cáncer recurre. Si se extrae demasiado, la persona nunca volverá a hablar normalmente.

La radiación mata las células cancerígenas, pero también las células normales, y eso significaba que la inmaculada piel de Lindsay iba a tornarse de un rojo candente y dolería al tacto. Probablemente, la quimioterapia le provocaría náuseas y vómitos, se le caería el cabello y la haría sentir pésimo.

Lindsay permaneció muda unos segundos, luego se volvió y me hizo una pregunta que yo no esperaba: “¿Algo de esto interferirá con mis posibilidades de tener una familia más adelante?”

¿Tener una familia? ¿Había estado escuchando? 

Era soltera, estaba enfrentando un desafío formidable y no sabía lo que yo sí sabía. La semana anterior a conocernos, un informe en una revista médica había discurrido sobre los sombríos índices de supervivencia en jóvenes con cáncer de boca y lengua que no presentaban ningún otro riesgo de cáncer. La revista bien podría haber presentado una foto de Lindsay en su portada.

La miré de lleno a los ojos y le contesté con firmeza: “Lindsay, no estoy preocupada por el hecho de que tal vez quieras tener un bebe en cinco años. Me preocupa que podrías no estar acá en cinco años”.

Ni siquiera parpadeó.

Después de ayudarla a conseguir una segunda opinión en uno de los centros oncológicos más respetados del país, pensé que nunca más iba a volver a ver a Lindsay. Pero llamó varios días más tarde, llorando, deseosa de venir y dar el primer paso de su travesía: una agresiva radioterapia. Aunque el tratamiento funcionó por un tiempo, el cáncer recurrió en su cuello, lo que exigió cirugía, más radiación y, luego, la temible quimioterapia.

Siguiente: Aprender a escuchar a los pacientes. »

Lo que ocurrió en las muchas semanas que siguieron hizo cambiar completamente mi actitud hacia mis pacientes, y hacia esta paciente en particular.

Lindsay se negó a someterse a quimioterapia hasta obtener respuestas acerca de su impacto sobre su capacidad para tener hijos. Y esas respuestas eran difíciles de obtener. Se reunió con un oncólogo, pero este sabía poco más allá del hecho de que la quimio puede dañar los ovarios. También se reunió con expertos en fertilidad, pero vio que sabían poco acerca del tratamiento oncológico. El abismo que yacía entre las torres académicas era amplio y profundo, y Lindsay se dio cuenta de que no era la primera paciente en caer en el limbo.

En ese momento, Lindsay inició su cruzada solitaria para que médicos e investigadores conversaran entre sí con el único propósito de abordar las preocupaciones de los pacientes con cáncer en torno a su fertilidad. Como su médica, todo lo que podía hacer era observar atónita mientras esta joven se enfrentaba al sistema médico y nos enseñaba a todos que un diagnóstico de cáncer a veces puede ser un mero escollo en la vida, que no debería definir a una persona o su futuro.

Lindsay decidió congelar sus óvulos, y solo entonces procedió con la quimioterapia. Eso ocurrió hace más de diez años; un marido y tres hermosísimos niños atrás. En su cruzada, escuchó a quienes la rodeaban, decidió qué aceptaría y qué no como dogma científico, y literalmente revolucionó ambos campos, el de la oncología y el de la infertilidad.

Su organización sin fines de lucro, Fertile Hope, se dedica a ayudar a pacientes con cáncer en riesgo de infertilidad. (Los programas de Fertile Hope fueron adquiridos recientemente por Livestrong Foundation).

Para mí, las lecciones fueron profundas y un verdadero baño de humildad. Lindsay cambió quién soy yo como médica. Me enseñó a escuchar a mis pacientes y que, sin importar cuán jóvenes o viejos sean, todos los pacientes tienen voz y merecen ser escuchados. Y, a veces, los pacientes —en la cúspide de la vida o en su ocaso— ven un futuro que el médico ni siquiera ha contemplado.

Me viene a la mente Martha, una abogada de 50 y tantos años que vivía para la sala del juzgado. También tenía cáncer de lengua y me dijo que si no podía preservar su habla y conseguir que volviera a defender casos, no tendría vida. Me obligó a realizar una de las cirugías más creativas que realicé jamás, y aun así, extirpar el cáncer. En ese punto, me di cuenta de que mis pacientes tenían el poder de expandir no solamente mi pensamiento, sino la forma misma en que trabajo.

Hasta el día de hoy, Lindsay y yo seguimos en contacto. Y la veo todos los días en una bellísima foto blanco y negro que reposa sobre mi escritorio. Las personas que miran la foto, tomada el día de su boda, en el 2004, siempre me preguntan: “¿Es su hija?” Y siempre sonrío y digo que sí... y mucho más.

La Dra. Nancy L. Snyderman, es cirujana de cabeza y cuello, y editora directora médica de NBC News. Ha escrito cuatro libros, incluido Dr. Nancy Snyderman’s Guide to Good Health for Women Over Forty. 

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