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<i>Araya</i>, una película restaurada

Al cumplirse 50 años de ser aclamada en Cannes, la película venezolana <i>Araya</i> y su diirectora, Margot Benacerraf, vuelven a captar la atención.

In English | Este mes, al cumplirse 50 años de ser aclamada públicamente en Cannes, la película venezolana Araya y su venerada directora, Margot Benacerraf, vuelven a captar la atención pública con la proyección de la versión restaurada del filme en un grupo de cines selectos.

En 1959, una película venezolana titulada Araya ganó dos premios en el Festival de Cine de Cannes, incluyendo el codiciado Premio de la Crítica Internacional. Araya, una película neorrealista, filmada al estilo de un documental, que trata sobre la durísima vida de los mineros de la sal y de los pescadores en la empobrecida península caribeña, se presentó en varios festivales de cine importantes y tuvo cierta distribución comercial, pero luego se esfumó en una relativa oscuridad: ni siquiera se exhibió en su país de origen, sino hasta 17 años después.

La directora de Araya, Margot Benacerraf, llegó a presidir el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes de Venezuela y fundó la primera filmoteca de América Latina, la Cinemateca Nacional de Venezuela. Durante sus tres años a cargo del Instituto Nacional, Benacerraf realizó una labor a la altura del ministerio de cultura, llevando a Venezuela obras de teatro internacional, grupos de danza y arte, y desempeñando un rol fundamental rescatando material filmográfico histórico y extendiendo las iniciativas culturales a la remota región del Amazonas. A pesar de que Benacerraf dirigió sólo dos películas —además de Araya, la también aclamada Reverón—, los críticos de cine sostienen que su trabajo influyó en la obra de otros directores de cine latinoamericanos, en particular Glauber Rocha, una figura clave en el movimiento Cinema Novo de Brasil.

Para el 50º aniversario de su aclamación pública en Cannes, Araya, que no ha sido exhibida en cines de EE. UU. por más de 20 años, ha sido restaurada en toda su gloria, en blanco y negro. Este mes, se estrena comercialmente en Nueva York, y será exhibida en algunas salas selectas de la nación en los próximos meses, hasta la primavera de 2010.

Benacerraf, quien ahora tiene 83 años y reparte su tiempo entre Caracas y París, se mantiene activa. Actualmente, trabaja en un libreto sobre los alemanes que inmigraron a Venezuela en el siglo XVII, en busca del mítico “El Dorado”. Con el fin de promocionar su película, Benacerraf estuvo recientemente en Nueva York. En una entrevista con AARP Segunda Juventud, nos reveló aspectos de su vida, sus trabajos, sus pasiones y, por supuesto, de Araya.

¿Qué fue lo que la llevó a hacer una película sobre esta tierra desolada?
 
Se suponía que era parte de una trilogía. Una película sería en la montaña, otra en la planicie y la tercera en la costa. Estaba buscando una historia sobre la costa cuando vi una foto de esas montañas blancas de sal en una revista; y esa imagen me cautivó. Decidí ir allí. Lo que encontré me resultó muy conmovedor: la soledad, fue muy fuerte, muy hermoso. Descubrí que, en ese lugar, el tiempo se había detenido. De modo que abandoné la idea de la trilogía y me concentré en la historia de la costa. Decidí realizar esta película siguiendo la tradición del neorrealismo italiano, con gente del lugar, ya que ningún actor hubiera podido reemplazar esas caras; el viento, el sol y la sal las habían tornado especiales.
 
¿Por qué el filme no fue exhibido inmediatamente en América Latina?  

Después de que la película ganara los premios en Cannes, estuvo presente en todos los festivales y fue comprada por interesados de todo el mundo, excepto de países de habla hispana. Pensaron que era un filme muy complicado. No era un documental; era narrativa poética. Creyeron que la gente no estaba preparada para verlo, que les resultaría difícil entenderlo. Se exhibió en Francia, pero yo tenía la versión en francés desde el comienzo, porque debía estar en ese idioma para poder entrar en Cannes. Muchos años  más tarde, el distribuidor para Venezuela dijo: “Quiero distribuir esta película”. Realicé la versión en español en ese momento. La película fue un éxito en Venezuela, en 1977.

¿Qué es lo que hace que esta película siga siendo relevante?  

Cada vez que el filme se exhibe, todos dicen lo mismo: perdura, tiene vida contemporánea. Y cuando me preguntan por qué, digo que es porque puse mucho amor en la película y en la gente.

¿Cómo fue, siendo mujer, dirigir en los años 50?
 
A pesar de que en aquella época había muy pocas mujeres que dirigieran, realmente nunca sentí la diferencia. Hacía todo con mi camarógrafo, y trabajábamos muy bien juntos. Nunca cuestionó lo que yo quería hacer.  

¿Por qué dejó de dirigir después de Araya?  

Después de ese film estuve muy enferma y pasé dos años con problemas de salud. Luego, acepté desempeñarme como una suerte de ministro de cultura de Venezuela. Deseaba ver la nueva realidad de mi país. Dejé París, tomé el cargo y fue fascinante. Fundé la Cinemateca de Venezuela y trabajé mucho para incentivar el cine en mi país. Seguí trabajando en cine, pero intentando ayudar a otras personas.

¿Qué despertó su interés por el cine?  

En un comienzo, estaba interesada en el teatro, y gané un concurso de ensayos para asistir a Columbia University. Obtuve una beca por tres meses para estudiar teatro. Tenía un pequeño estudio, en el centro, con [el director teatral] Edwin Piscator, y en la planta baja había un cine. Piscator sostenía que el cine y el teatro funcionaban juntos. Él me sugirió que escribiera un guión y que lo filmara; dijo: “El cine tiene todo lo que a ti te gusta”, refiriéndose a cómo enmarcar la película, cómo desarrollar una idea. De modo que descubrí todo este trabajo que nunca había imaginado, cómo el cine puede convertirse en arte.

¿Qué películas la influenciaron en aquel momento?  

Pude apreciar todas las películas francesas e italianas de la posguerra. Las películas de [Roberto] Rossellini [Roma, ciudad abierta; Camarada], y de [Vittorio] De Sica [El ladrón de bicicletas] me impresionaron mucho, como así también Los niños del paraíso, de Marcel Carné.  

¿Hay algún director contemporáneo al que admire?  

Me gusta mucho [el director chino] Wong Kar-wai y su realización Deseando Amar. El modo en que trabaja con las imágenes es espectacular. Aquí, en Estados Unidos, me gusta mucho [Steven] Soderbergh.  

Usted es reconocida como una eminencia del cine de América Latina. ¿Cómo ha influido en otros directores de cine latinoamericanos?  

Glauber Rocha estaba en Cannes como periodista cuando gané los premios, y le impresionó que una mujer, por sí sola, pudiera hacer esta clase de película, distinta del modelo de Hollywood. Estaba entusiasmado. Me hizo una gran entrevista. Unos años más tarde, nos volvimos a encontrar y me dijo: “Su película me impresionó; hice Barravento [una película de 1962, sobre los pescadores de una aldea empobrecida de Brasil] pensando en que usted había tenido el coraje de realizar esta clase de película acerca de su país”.  

¿Cuál es su opinión sobre la situación actual del cine latinoamericano?  

Las películas latinoamericanas están creciendo. Es muy impresionante. Me siento muy optimista. Si usted observa los festivales, en Colombia, Brasil, Argentina y México hay mucha gente joven que quiere contar historias y que tiene una nueva visión del mundo. Ahora es más fácil que cuando yo hacía mis películas sola, y existen muchas leyes para incentivar la producción.

Araya termina con un nuevo proceso mecanizado para la producción de sal. ¿Ha vuelto a la región para conocer la situación actual?

Pude filmar el fin de una era y un comienzo: la explosión de la industrialización. Recuerdo haberme preguntado: “¿Qué ocurrirá con estas personas?” Estaba enamorada de esa gente. Temí por ellas. Mi angustia estaba justificada. Volví, hace dos años, con la televisión francesa. Fue terrible. La industrialización no funcionó tan bien como habían esperado. Las compañías no están bien preparadas para manejar esta producción, y la planta trabaja a la mitad de su capacidad. Las condiciones eran duras cuando filmé la película, pero ahora que tienen máquinas, están casi todas descompuestas.

¿Se arrepiente de algo que haya hecho en su vida?  

De vez en cuando, me digo que debería haber hecho otra película en vez de trabajar tanto en la creación de la Cinemateca. Me dediqué a crear para otras personas y, tal vez, debería haber retomado mi especialidad. Me sigo repitiendo: “El año que viene lo haré”. A lo mejor debería haber sido más egoísta.

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