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Warren Adler: el cuidado de una esposa con demencia Skip to content
 

La historia de Warren Adler: el cuidado de una esposa con demencia

Así es como el novelista, autor de "War of the Roses", mantiene vivos los recuerdos compartidos de toda una vida.

Warren Adler se sienta con su esposa en el sofá, tomados de la mano

ELINOR CARUCCI

Warren Adler con Sonia, su esposa desde hace 67 años, que padece de demencia.

In English | En nuestro 67.º aniversario de bodas, visité el centro donde mi esposa vive con otros pacientes de demencia. Como siempre, no me reconoció. Casi no habla.

No creo que ella sufra angustia emocional, pero yo sí. Ver su deterioro es debilitante. La mantuve en casa con cuidadores las 24 horas hasta hace dos años, cuando se hizo imposible que siguiera viviendo ahí porque se había vuelto agresiva y errante. Ahora vivo solo en el hogar que antes compartíamos y estoy tratando de sobrellevar la dura experiencia de la soledad. Me dicen que es una dolencia curable, y estoy siguiendo los consejos de los demás. Me gané la vida como autor y dramaturgo, y sigo escribiendo, hago ejercicio todos los días y me obligo a socializar. Me dicen que tomará tiempo. Tengo 91 años. ¿Cuánto tiempo?

Frecuentemente visito a Sonia con nuestro hijo mayor que, como yo, vive en Manhattan. Cuando él me acompaña, se alivia el trauma de lo que debo enfrentar. Estoy más que agradecido por su apoyo.

Generalmente veo a mi esposa a través de un valle de lágrimas que intento esconder desesperadamente. Pienso que he llorado más durante los últimos cinco años de su lucha contra la demencia que lo que he llorado a lo largo de cualquier otra etapa de mi vida.


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Todas las vidas tienen sus momentos de dolor, angustia, dificultades y conflictos. La mía no es ninguna excepción, aunque, en general, las recompensas han tenido muchísimo más peso que los castigos. Aun así, el hecho más constante de mi vida ha sido la larga relación amorosa que he tenido con mi bella, fiel, adorada y devota mejor amiga: no solo el amor de mi vida sino la Estrella Polar que me ayudaba a navegar. De hecho, cualquier éxito moderado que haya tenido en la búsqueda de mis sueños, se lo debo por completo a ella. Aunque no por las razones que se puedan imaginar.

Por supuesto, anhelaba tener éxito como escritor, pero no por ganarme los aplausos tradicionales del público. En realidad, deseaba que ella estuviera orgullosa de mí y quería validar su creencia de toda la vida en mis afanes. En cuanto a mí, me deleitaba en su éxito espectacular como periodista en Washington, donde cubría las vidas de los poderosos de la capital.

La ironía profunda de estos últimos momentos terribles de nuestra vida privilegiada juntos es que, aunque sus recuerdos de aquellos tiempos han pasado al olvido, los míos permanecen intactos y, por un raro milagro, más agudos. Recuerdo cada faceta de nuestra vida juntos, desde la primera vez que la vi, acostada en una toalla de playa a los 19 años en un inmaculado traje de baño blanco: una belleza deslumbrante y esbelta que colocó el dardo de Cupido en el plexo solar de mi ser a los 22 años, un dardo que ha permanecido ahí por casi siete décadas.

Warren Adler con su esposa Sonia el día de su boda en 1951

CORTESÍA DE WARREN ADLER

Sonia y Warren Adler se casaron en 1951, poco después de que él terminó el entrenamiento básico de combate del Ejército.

Parecería natural considerar estos recuerdos tan vívidos un regalo extraordinario, pero debo confesar que son más como una carga. ¿A dónde se ha ido mi amor? Sin embargo, está viva. Su corazón late, y, créeme, todavía conserva algo de su belleza, aunque ella ha perdido por completo los recuerdos que son tan intensos y ricos en detalle para mí. Estoy preso en una celda vacía.

Aun así, cuando la veo, cuando pienso en ella, los recuerdos evocan todos sus sentidos: su toque; su dulce olor; nuestras interacciones en la cama que compartimos por múltiples décadas; los abrazos inesperados en la madrugada, saber que estaba junto a mí; el sonido constante de su respiración; el acto sencillo de tomar su mano; y, sí, las caricias, con las que sabía que no estaba solo.

Estábamos unidos juntos en un contrato de por vida, un compromiso mutuo a la búsqueda de ser padres, con todas las responsabilidades y los placeres que conlleva. ¡Cómo nos preocupábamos por cada faceta de las vidas de nuestros tres hijos! No solo los peligros de la infancia sino mucho más allá. Ser padres es un estado interminable que comienza desde el nacimiento de los hijos.

Sonia y yo pasamos nuestras vidas abrazándonos. Es una metáfora acertada, dado que nuestras preocupaciones siempre eran mutuas; todo lo relacionado con las actividades cotidianas de la familia formaba parte de un esfuerzo colectivo.

También he aprendido que los recuerdos frecuentemente evocan las partes más difíciles del matrimonio —peleas, ira— cuando podríamos haber cuestionado el grado de nuestros sentimientos el uno para el otro. Pero esta es una lección que solo puede aprenderse cuando se llega a las fronteras lejanas de la vida: como el océano, el amor tiene mareas altas y bajas, controladas por una fuerza misteriosa. No hay nada como el éxtasis de las mareas altas de la devoción. Pero también debemos enfrentarnos a las mareas bajas, cuando surgen las dudas. El amor más verdadero exige tener la paciencia necesaria para atravesar esas mareas bajas, y el conocimiento de que las mareas altas regresarán. La ironía del final es que la marea alta se encuentra en el punto más alto, y no hay mareas bajas.

Hoy en día mi memoria fotográfica me parece una maldición, pero espero que algún día, como las mareas, esa sensación disminuya y todavía tenga nuestros recuerdos. Mi más ferviente deseo es que en algún momento antes del fallecimiento de mi amor, las nubes oscuras se vayan, su mirada se ilumine y, aunque sea por un breve instante, se sonría al verme y me apriete la mano al reconocerme.

Warren Adler, de 91 años, es el autor de The War of the Roses. Su nueva novela, Last Call, trata de una aventura amorosa en la vejez.

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