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Prisioneros de guerra de Vietnam: del infierno a la eterna felicidad
Un nuevo libro narra la historia de 20 exprisioneros de guerra y sus amores perdurables.
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Cincuenta años después de la liberación de los prisioneros de guerra estadounidenses en Vietnam, se publica un libro fascinante sobre el sufrimiento de estos hombres y las mujeres con las que forjaron matrimonios felices.
Las trayectorias de los prisioneros de guerra no estuvieron exentas de turbulencia. Algunos matrimonios fracasaron por completo mientras los hombres sufrían privaciones y sus esposas en casa encaraban ansiedad, temor y soledad. En algunos casos, las esposas comenzaron vidas nuevas; en otros, se dirigieron a México para obtener divorcios rápidos.
Veinte parejas cuyos matrimonios perduraron aparecen en Captured by Love: Inspiring True Romance Stories from Vietnam POWs (en inglés). Entre las historias figuran las de hombres solteros que encontraron el amor tras recuperar la libertad y regresar a Estados Unidos, así como las de hombres casados que se reencontraron con sus esposas o conocieron a otras mujeres tras volver a casa. Algunas de las nuevas esposas eran viudas de compañeros que también habían sido prisioneros de guerra.
El autor es un exprisionero de guerra
El autor principal, Lee Ellis, incluye en el libro su propia historia de amor y su largo matrimonio. El cazabombardero F-4 Phantom que pilotaba estalló en los cielos de Vietnam del Norte, lo que le supuso más de cinco años de cautiverio en campos de prisioneros como el llamado Hanoi Hilton. Capturado a los 24 años y soltero, permaneció en la Fuerza Aérea después de obtener su libertad y en 1973 se retiró con el rango de coronel.
En Vietnam del Norte, unos 400 prisioneros de guerra estadounidenses sufrieron un cautiverio prolongado, de al menos cinco años. Cabe destacar que alrededor del 60% de ellos vive aún, con una edad media de 87 años. Las parejas que aparecen en el libro comparten historias de amor que han durado entre 40 y 65 años, señala Ellis, que tiene 79 años.
Medios de supervivencia
¿Cuál fue la clave de la capacidad de sobrevivencia de estos hombres en medio de la tortura, el hambre, la miseria, el aislamiento y la escasa atención médica? Muchos eran aviadores con estudios universitarios y habían sido rigurosamente seleccionados, afirma Ellis, y fue crucial para su supervivencia el código de golpeteo (tap code) que utilizaban para comunicarse en secreto entre sí, que se transmitía usando una serie de golpecitos para comunicar las letras del alfabeto.
Las condiciones en los campos de prisioneros mejoraron a finales de 1969, y los hombres se esforzaron por “mejorar nuestra salud y superar la vergüenza, el sentido de culpabilidad, la ira y la amargura”, cuenta Ellis.
Las distracciones incluían enseñarse unos a otros cálculo, idiomas y otras materias de secundaria, y recitar películas de memoria. El humor ayudaba, señala, recordando el vulgar apodo que le daban al líder de Vietnam del Norte, Ho Chi Minh.
Ellis y su coautor Greg Godek escribieron el libro para conmemorar las historias de amor que, según Ellis, son tan “asombrosas” que desafiarían la imaginación de Hollywood.
A continuación, incluimos tres de ellas:
Bill y Suzy Bailey, Anderson, Carolina del Sur
Él era un granjero de Misisipi. Ella creció en Alemania, Sudáfrica y Etiopía porque su padre trabajaba para Radio Free Europe y más tarde para el Departamento de Estado.
Cuando trabajaba como azafata en Pan Am, envió $2.50 por correo para comprar un brazalete conmemorativo de prisionero de guerra. El suyo decía: Teniente James Bailey, 6-28-67, la fecha en que fue derribado su F-4 Phantom. Bill, como se le conoce, llevaba prisionero más de cuatro años. “Lucía el brazalete con orgullo y oraba por el teniente James Bailey todas las noches”, recuerda Suzy.
Cuando supo que iba a ser liberado, le envió un telegrama en el que decía que ella y su compañera de apartamento le enseñarían la ciudad si alguna vez visitaba Londres, donde ella vivía.
Más de 3,000 personas enviaron cartas de felicitación a Bailey. Respondió a la mayoría de ellas con cartas modelo, “excepto a algunas de las chicas solteras”.
Cuando ambos se conocieron en Londres, la química fue instantánea. Más tarde, en París, Bill le propuso matrimonio a Suzy.
Cuarenta y siete años más tarde, después de ambos hacer carrera, pilotar su propio avión y criar a sus tres hijos, su mutua pasión no ha amainado.
Bill, bromea ella, es su “novio por encargo”.
Tras estar detenido durante casi seis años, no guarda rencor a sus captores, observa Suzy, y le muestra “el verdadero significado del perdón”.
Everett y Tammy Alvarez, Rockville, Maryland
Everett Alvarez, de 26 años, fue el primer piloto de Estados Unidos derribado sobre Vietnam del Norte, y el primer miembro de sus fuerzas armadas en ser tomado prisionero. Su cautiverio comenzó en agosto de 1964 y duró ocho años y medio.
“Ya que yo era mexicano-estadounidense, me sometieron a interrogatorios especialmente intensos para que me volviera contra Estados Unidos, la Marina y mis ‘opresores blancos’”, dice Everett, lo que “nunca lograron”.
El día de Navidad de 1971, sus captores le hicieron un “regalo": una carta que le informaba que su esposa se había divorciado de él y se había vuelto a casar.
Tras su regreso a Estados Unidos y después de una conferencia de prensa en el Hospital Naval Bethesda, en Maryland, se suponía que volara de regreso a California desde el aeropuerto de Baltimore. Debido a un cambio de última hora, salió en su lugar del Aeropuerto Internacional Dulles, en Virginia.
En Dulles, Tammy era representante de servicio para los pasajeros de United Airlines, y atendía a directores ejecutivos, estrellas de cine, políticos y militares de alto rango. Tras llamar al “comandante Everett Alvarez” a su oficina, lo cambió a un asiento de primera clase y le ordenó champán. Él quedó “deslumbrado" por la “encantadora y bella mujer”.
El trabajo de Tammy la ponía en contacto con personalidades, y algunos conspiraron para fomentar un romance entre la pareja. Everett la invitó a una gala en la Casa Blanca para los prisioneros que regresaban a casa, organizada por el presidente Richard Nixon, y el exprisionero de guerra permaneció en Washington D.C. durante una semana mientras el romance florecía. Se casaron hace 49 años.
Al hablar de su unión, él dice: “Es muy importante apoyar nuestros sueños mutuos. Nunca nos acostamos enfadados, oramos antes de dormirnos y nos decimos ‘te amo’”.
Tom y Yona McNish, San Antonio
Tom McNish, que pilotaba un F-105 Thunderchief de la Fuerza Aérea, fue derribado sobre Vietnam del Norte en septiembre de 1966. Después de meses de “tortura y hambre”, empezó a fantasear sobre su esposa ideal para escapar la realidad.
Sería cristiana, alta, de pelo castaño, nunca se habría casado ni tendría hijos. Planeaba salir con chicas durante un año, pero no andar en serio con nadie.
En Alabama, su futura esposa, Yona, se había casado y tenía dos hijas. En 1965, conoció a una mujer en un salón de belleza que también tenía dos hijos. El marido de la amiga había sido derribado sobre Vietnam, y Yona cargaba su propia cruz, ya que su esposo había sucumbido al cáncer.
Cuando cinco prisioneros de guerra regresaron a la Base de la Fuerza Aérea Maxwell, Yona acompañó a su amiga a una ceremonia de bienvenida. Ante el micrófono, Tom dio las gracias y luego dijo con espontaneidad: “¡Soy un soltero de 30 años con mucho que vivir para ponerme al día!”.
“¡Bien dicho!”, gritó Yona, aunque Tom no la escuchó. No obstante, amigos comunes les organizaron una cita, sin importar que Yona midiera cinco pies y dos pulgadas, fuera rubia y judía.
Las fantasías que Tom había tenido de prisionero se evaporaron a medida que la relación se volvió más intensa. Eran inseparables. Recuerdan haber sido agasajados en una celebración en la Casa Blanca y que, cerca de la medianoche, Nixon decretó: “La banda seguirá tocando y los camareros seguirán sirviendo hasta que se vaya el último de ustedes”.
Tom le propuso matrimonio a Yona en la Sala Verde de la Casa Blanca, y su matrimonio ha durado 48 años. Después de la guerra, se hizo médico y, más tarde, fue el jefe de medicina de vuelo de la Fuerza Aérea.
La pareja, que también tiene un hijo, dice compartir valores, como las creencias judeocristianas sobre el bien y el mal.
A Tom le encanta la palabra hebrea beshert, que significa destino, o en este caso “la persona con la que uno está destinado a casarse”.
“Estaba predestinado”, explica Yona.
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