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Amigos de por vida

Mientras crecíamos, éramos inseparables. Y cuando mi mejor amigo tuvo que luchar por su vida, encontramos nuevas fuerzas en esos lazos tan antiguos.

Extracto del libro And you know you should be glad: A true story of life-long friendship.

In English | Caminamos lentamente hacia la colina Audie Murphy, que está en el extremo norte del pequeño jardín ubicado en el 228 de South Ardmore. Él —Jack— vivía en esa casa cuando nos convertimos en los mejores amigos. En ese entonces, teníamos cinco años; ahora teníamos 57.
“Parecía tan empinada”, le dije.
“Bueno, éramos niños”, respondió.
Esto sucedió hacia el final. Cada vez que volvía a casa para visitarlo, hacíamos esa caminata, era lo que él quería.

La cuesta apenas si se eleva. Sin embargo, para nosotros, en aquellos años, cuando recién nos conocimos —los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial— era algo así como estar en Italia o África del Norte. Solíamos asaltar
ese tranquilo pedazo de césped, en aquella segura calle de Ohio, y, con palos como rifles, jugábamos a ser Audie Murphy, el soldado más condecorado de la guerra.
“¿Tienes ganas de subir la colina?” pregunté. No era, en absoluto, una colina,  pero resultaba demasiado intimidante para él.

Algunos meses antes, Jack no se había sentido bien. Cuando volvió a su casa después de trabajar, subió al dormitorio y le pidió a su esposa Janice que le avisara cuando fuera hora de cenar. Ella lo encontró en el suelo, inconsciente.

Todos nosotros, si somos afortunados, tenemos en nuestra vida a alguien como Jack: los primeros amigos, los amigos más antiguos. Si somos especialmente afortunados, permanecen cerca nuestro sin importar adónde nos lleve el mundo.

Los amigos que lo son todo para nosotros —los amigos sin los cuales nuestra vida estaría vacía— son el modelo más perdurable de lo que significa la bendición y la buena fortuna. Cuando los perdemos, nos damos cuenta de que nuestra vida ha estado llena de maravillosos regalos que ellos nos han dado.

Sé el momento exacto en que lo conocí.

Fue en el jardín de infantes, en Bexley, Ohio. Nuestra maestra era la señorita Barbara. Una tarde, estábamos todos sentados en el piso alrededor de ella. Yo estaba atrás, y noté algo en el labio; era como si mi nariz estuviera goteando.

Enrollábamos algunos pares de calcetines y jugábamos baloncesto con una caja de zapatos. Las risas, los gritos…llenaban de calidez aquellos días de invierno.

Ya me había sangrado antes la nariz, pero siempre había estado mi madre para ayudarme. En ese momento, estaba sentado en el piso con otros niños de cinco años. Estaba avergonzado. Cuando tienes esa edad, lo último que deseas es quedar en evidencia en público.

Incliné la cabeza hacia el suelo de linóleo, con la esperanza de que nadie me viera. Me levanté la punta de la camiseta y la presioné contra la nariz, creyendo que la presión detendría la sangre. No fue así. Ahora, la camiseta estaba manchada con sangre y comencé a sentir el pánico de un niño de cinco años.

Entonces, cerca de mí, alguien se levantó. Escuché su voz antes de verlo. Había estado mirando hacia abajo, asustado y avergonzado.
“¿Señorita Barbara?” dijo.
La señorita dejó de leer.
“Bob se lastimó”.
Se llamaba Jack Roth. No nos conocíamos; pero cuando tomaban lista, había aprendido mi nombre. Un minuto después, estaba en la enfermería, donde me limpiaron. Todo iba a estar bien.
“Bob se lastimó”. Como el resto de nosotros, lo último que él quería era perturbar este nuevo mundo del jardín de infantes. Sin embargo, ahí estaba, de pie, apoyando a alguien a quien todavía no conocía.

Después de que Jack se desplomara, los médicos determinaron que tenía un cáncer por todo el cuerpo, incluido el cerebro. Si comenzaba de inmediato un tratamiento de radiación y quimioterapia, podría vivir uno o dos años. Eso es lo que Jack me dijo para resumir lo que le habían dicho a él. Un mes antes, estaba trabajando en su empleo, riendo con sus amigos y familiares, haciendo planes para viajar en las vacaciones. Ahora, con voz clara y firme, me dijo: “Me tocó una mala mano”. Eso fue todo.

El mayor halago que jamás le hayan hecho a nuestra amistad fue en segundo grado, cuando la señorita Hipscher nos separó. Nos dijo que se daba cuenta de que éramos buenos amigos, tan buenos amigos que nos iba a ubicar en pupitres separados, en distintos sectores del aula. Nos dijo que nunca aprenderíamos nada si nos sentábamos juntos y conversábamos todo el día.
Qué gran cosa para decir de una amistad: Ustedes dos son tan buenos amigos que tengo que separarlos.

Volé de Chicago a Ohio. Esa tarde estaba lloviendo en Bexley y el césped de la colina Audie Murphy estaba resbaladizo y oscuro. Miré hacia el segundo piso de la antigua casa de Jack, hacia la ventana de su dormitorio.
De niños, habíamos pegado una caja de cartón —de zapatos— sobre la puerta de su dormitorio, a la cual le habíamos recortado el fondo. Enrollábamos algunos pares de calcetines de Jack y jugábamos baloncesto con la caja de zapatos. Día tras día, después de la escuela, jugábamos a amagar y a arremeter, intentando burlar al otro con distintas jugadas.
Amábamos esos juegos. Las risas en aquel cuarto, los gritos de triunfo o derrota… llenaban de calidez aquellos días de invierno.

Me preguntó si lo acompañaba a recorrer Main Street (calle principal). Estaba reviviendo momentos de su vida: reviviendo quién fue y los lugares donde había estado, la gente que había conocido. Y lo estaba haciendo con un deseo intenso que todo lo dominaba.

Cuando perdemos a nuestros amigos más antiguos, nos damos cuenta de que nuestra vida ha estado llena de maravillosos regalos que ellos nos han dado.

No era nostalgia, era algo mucho más profundo que eso. A mis ojos, esto lindaba con lo sagrado. Todos esos meses, en vez de dedicarlos a la muerte, los estaba dedicando a su vida. Y descubrí que el estar a su lado era un honor para mí.

En Main Street, nos detuvimos donde solía estar Rogers' Drugstore.

“El aire acondicionado en ese negocio estaba siempre muy frío —señaló, recordando—. Y cerca de la caja registradora que estaba al frente, olía a goma de mascar”.

En la biblioteca pública de Bexley, se mantuvo en silencio. Podía adivinar que muchas cosas estaban fluyendo a través suyo. “El modo en que los libros olían atrás, en los estantes…”, recordó.
“La goma de mascar en la tienda, los libros aquí... Hoy te viniste con un montón de fragancias”, respondí.
“Olían a polvo y al adhesivo que se usa para encuadernar”, continuó.
Estaba sintiéndolo todo.

En la vida, existen unas cuantas personas que te conocen lo suficientemente bien como para saber cuando es mejor no decir nada. Esas personas —que son muy pocas— estarán contigo en los momentos más difíciles. Cuando sientas que no puedes soportar aquello con lo que el mundo te ha golpeado, la presencia silenciosa de estos amigos será todo lo que tengas, y todo lo que importe.

Cuando mi esposa murió, en un momento de mi vida que ya era doloroso, estuve tan aturdido que me sentía muerto también yo. En las horas que siguieron a su muerte, mientras mis hijos y yo intentábamos, en vano, pensar en qué hacer a continuación, cómo pasar las horas, el teléfono debe haber sonado, pero no lo recuerdo.

A la mañana siguiente —una de esas mañanas en que te despiertas, parpadeas para comenzar el día y, un descorazonador minuto más tarde, te das cuenta de lo que acaba de suceder, y sientes que una piedra inmensa te presiona contra la tierra, con una fuerza tal que verdaderamente crees que nunca te podrás levantar— el teléfono sonó... y era Jack. 
No quería escuchar ninguna voz, ni siquiera la suya. Sólo deseaba que la oscuridad me cubriera.
Sabía que me preguntaría si había algo que él pudiera hacer. Pero debí haberme dado cuenta de que ya lo había hecho.
“Estoy en Chicago”, dijo.
Entendí mal; pensé que se estaba ofreciendo para venir a Chicago.
“Tomé el primer vuelo esta mañana”, dijo. Apenas se enteró, vino de inmediato.
“Sé que probablemente no quieras ver a nadie —señaló—. No hay problema. Me registré en un hotel, y me quedaré en la habitación por si necesitas que haga algo. Puedo hacer lo que quieras, o puedo no hacer nada”.

Y lo decía en serio. Jack sabía que lo mejor que podía hacer era estar presente en la misma ciudad; decirme que estaba allí. Y sólo se sentó a esperar; supongo que habrá visto televisión o habrá hecho algún trabajo, pero esperó hasta que reuní la fuerza para decirle que necesitaba que estuviera cerca. Me ayudó con las cosas para las que ningún hombre quisiera necesitar ayuda; la mayor parte del tiempo se sentó conmigo y supo que no necesitaba conversar, que yo no quería hacerlo, que no necesitaba nada más que saber que él estaba conmigo. Trajo comida para mis hijos y, compartiendo mi silencio, me acompañó en esos días.

Cerca del final, llevé pizza a su casa. Parecía estar semidormido.
“¿Me trajiste pizza?” preguntó, con un tono que era de aprobación y reprimenda al mismo tiempo. ¿Daba él, en ese momento, la impresión de ser una persona preparada para sumergirse en una pizza grande de pepperoni?
“Tal vez no fue la mejor idea”, respondí.
“Estoy un poco cansado”, comentó.
“Entonces, puedo volver más tarde —dije—. Estuve caminando por los alrededores. Puedo caminar un poco más, mientras duermes una siesta”.
“Greene —preguntó mientras se incorporaba—, ¿qué tienes puesto?”
Traía una chaqueta y un par de jeans, ambos empapados por la lluvia.
“No puedes estar vestido con eso”, señaló.
“Estoy bien”.
“No, no —dijo—. Tengo una chaqueta abrigadora que puedes usar”.
“No la necesito”.
Llamó a su mujer, que estaba en la planta baja: “Janice”. Ella no respondió. Se esforzó para llamarla aún más fuerte: “¿Jan?”
“Jack, no necesito una chaqueta más abrigadora”.
“No te irás sin mi chaqueta”, dijo. Se sentó, puso los tubos de oxígeno al lado de la cara e intentó llamar a su esposa, gritando: “¿Jan?”
“No hagas eso —dije—. No es bueno para tu voz”.
 
“No lo haré si me prometes que te llevarás mi chaqueta”, respondió. Janice apareció en la puerta de la habitación.
“Tengo una chaqueta negra y abrigadora en el armario de abajo —le dijo—. Mira lo que tiene puesto Greene. No lo dejes irse sin que se ponga mi chaqueta”.
Janice me miró y se encogió de hombros. “Ya lo escuchaste”, dijo.
Jack se recostó. “Prométemelo, Greene”, me pidió.
“No me iré sin la chaqueta”, le prometí. Jack se durmió; Janice y yo bajamos. Ella fue hasta el armario y me pasó una chaqueta negra.
“Póntela —me dijo—. Sabes que me preguntará si lo hiciste”. Así que me la puse. Salí de la casa mientras Jack descansaba; el aire todavía estaba húmedo y áspero. El círculo se ha cerrado, pensé. Todavía sigue cuidando de mí.

No sé qué dije cuando hablé en el funeral de Jack. No había escrito nada. Sólo me había estado preparando para esto durante 50 años.
Cuando el servicio terminó, caminé por el pasillo, detrás del ataúd. Quería hablar con él acerca de lo que había pasado; quería decirle: “Jack, nosotros pensábamos que lo habíamos visto todo, pero no vas a creer esto. ¿Sabes dónde estuvimos hoy? Puedes intentarlo las veces que quieras, pero nunca lo vas a adivinar, ni en un millón de años”.
A cuatro filas del fondo, sentada en el pasillo, había una mujer de unos setenta años.
Cuando Jack pasó a su lado y, luego, cuando lo hice yo, sentí que estiraba su mano hacia mí.
La miré mientras caminaba.
Era la señorita Barbara.
Le di la mano y ella me la apretó, y entonces ya estábamos afuera y, otra vez, quise contarle: Adivina quién estaba aquí, Jack. Sé que puedes hacerlo... piénsalo bien. Adivina quién vino a verte hoy.
Quería contarle todo.

Extracto del libro And You Know You Should Be Glad: A True Story of Lifelong Friendship por Bob Greene, publicado por William Morrow. Copyright © 2006 John Deadline Enterprises, Inc.

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