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Nombran a Celia Cruz ícono de Estados Unidos

Reconocimiento del Smithsonian Institution.

Foto de la cantante cubana Celia Cruz en 1985.

Deborah Feingold/Corbis

Celia Cruz en 1985. Como parte del reconocimiento, el artista Robert Weingarten creará un retrato digital de Cruz para ser presentado en el museo.

Cuando la cantante cubana Celia Cruz falleció en julio de 2003, dejó un legado cultural que incluye más de 50 discos —repasando la historia de la música afrocaribeña en el siglo 20, desde las guarachas de la Sonora Matancera hasta la explosión salsosa de los 70 en Nueva York y la combinación de música tropical con pop y rap en el nuevo milenio—.

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Pero más allá de sus discos, Celia nos regaló un caudal de recuerdos: la algarabía de sus conciertos —que siguió presentando hasta el final de su vida— y la generosidad con la que trataba a su adorado público, colegas y entrevistadores.

No es casualidad, entonces, que La Guarachera de Cuba haya ganado un concurso presentado recientemente por el Museo de Historia de América de la Smithsonian Institution. Entre el 11 y el 28 de mayo, miles de personas votaron para elegir a Celia entre cinco candidatos al premio Iconic American —consagrando a un ícono norteamericano—.

Como parte del concurso, el prestigioso artista Robert Weingarten creará un retrato digital de Cruz que será presentado en el museo.

Junto a Tito Puente, Celia se transformó en un ícono absoluto de la salsa —término musical con el que ninguno de los dos se identificaba, pero que ambos aceptaron en el camino a la fama—.

Entrevisté a Celia por primera vez allá por 1994, siendo un periodista novato con muchas ganas de escribir pero tímido ante el privilegio de hablar con semejante leyenda musical.

Celia me invitó a sentarme alrededor de una mesa en la suite de su hotel en Los Ángeles. Nos acompañaba su adorado esposo Pedro, “Cabecita de Algodón”, que como nos diría después, no habló durante la hora que duró la entrevista “para no interrumpir”. La simpatía de Celia era notoria, y a los pocos momentos de comenzada la charla me dejó mudo con su memoria de computadora, recordando con exactitud fechas y cifras de toda su carrera.

A esta entrevista le seguirían muchas más a través de los años. Celia leía los comentarios de la prensa y siempre se acordaba de agradecerme cuando una de mis reseñas en el Los Angeles Times resaltaba su incansable talento y el poderío de su voz.

Fue mucho más que “una cantante de salsa”. A través de las décadas, demostró un conocimiento enciclopédico de la música afrocaribeña, cultivando todos sus géneros con envidiable sabor: desde la rumba, el son y el merengue hasta el bolero, el boogaloo y la plena puertorriqueña.

Siguiente: Su carrera comenzó con la Sonora Matancera.  »

Su carrera comenzó en Cuba con la Sonora Matancera, el grupo que fusionó raíces afrocubanas con una sensibilidad popular. Durante la década de los 50, Celia grabó una gran cantidad de clásicos de la música latina. Su versión de Rareza del siglo, por ejemplo, devela su profundo entendimiento de la nostalgia como elemento intrínseco de la música tropical.

En los años 60, trabajó tanto en México como en Estados Unidos, grabando una serie de excelentes LP con Tito Puente para la compañía Tico. Lamentablemente, no fueron exitosos comercialmente.

La gloria llegaría en la década de los 70 de la mano de Johnny Pacheco, co-fundador de la Fania y fanático de la Matancera. Pacheco aprovechó la oportunidad de grabar con Celia, iniciando un movimiento conocido como “la matancerización de la salsa”.

Un estilo cubano, aguerrido, rebosante de swing en éxitos como Químbara, Toro mata y Cúcala. Durante una presentación en el Yankee Stadium de Nueva York, junto al conglomerado de la Fania All Stars, hizo delirar al público con una versión de 11 minutos de Bemba colorá. Era oficial: Celia era la “Reina de la Salsa”, título que sigue ocupando hasta el día de hoy.

Después vendrían los discos de oro y platino, las giras internacionales y su aparición en una estampilla del correo estadounidense.

La última vez que tuve el privilegio de ver a Celia en persona fue detrás de las bambalinas en un estadio de Los Ángeles durante un concierto que compartió con su protegida artística, la cantante puertorriqueña India.

Celia se veía cansada, pero tuvo tiempo para darme un abrazo, preguntar por mi familia, sentarse a platicar y tomar aliento. Llevaba uno de sus famosos vestidos, rebosante de adornos y colores. Cuando me enteré de su muerte, recordé este momento con especial tristeza.

Ahora, el reconocimiento de la Smithsonian nos otorga una excusa más para recordar el azúcar de una cantante inolvidable. Una excusa, claro está, para seguir escuchando su música.

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