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Rubén Blades: La nostalgia no es el fin del camino

El artista habla de su vida, las giras musicales y su proceso creativo.

Ruben Blades actuando con sus maracas en Miami en 2013

Foto: John Parra/WireImage/Getty Images

Rubén Blades.

Desenfadado, elocuente y honesto hasta la médula, Rubén Blades se destaca por la versatilidad de su trayectoria, que abarca no solo la esfera artística de la música, el cine y las letras, sino el ámbito político.

La reinvención ha sido una constante en su carrera empezando en los años 70, cuando bajo el sello musical Fania revolucionó el movimiento de la salsa en Nueva York con una innovadora fusión de ritmos tropicales y letras de corte sociopolítico.

Actualmente el cantautor panameño se encuentra promocionando su reciente álbum, Tangos, donde reinterpreta algunos de sus clásicos al son de la música rioplatense, y próximamente interpretará el rol de un empresario del boxeo en la película Mano de piedra, biografía del pugilista panameño Roberto Durán. Incluso ha intimado un posible regreso a la política como candidato presidencial en Panamá para las elecciones del 2019. Sirvió como ministro de turismo en su país del 2004 al 2009.

El músico habló con AARP sobre su método para escribir canciones, la nostalgia de la salsa y el futuro de su carrera.

Cuando entrevisto a los grandes artistas de la Fania, siento en casi todos una inmensa nostalgia por el pasado, algo que no encuentro hablando contigo. ¿Por qué?

Miles Davis se enojaba mucho cuando le preguntaban sobre la edad de oro del jazz. ‘Ustedes nunca vieron a Charlie Parker en un excusado con una aguja colgándole del brazo’, decía. ‘Qué edad de oro es ésa’. A mí me parece extraño que creadores de la calidad de los artistas de la Fania no puedan de alguna forma igualar o superar esos momentos del pasado. Creo que esa nostalgia no es buena. Es como aceptar un final de camino, y eso no puede ser. Al camino no lo finaliza la edad. Al camino lo finaliza el término de la capacidad de creación.

Ese momento preciso de la explosión de la salsa en Nueva York, ¿cómo lo viviste?

Para mí fue una década de sobrevivir. Yo no lo veía de otra forma. Estaba trabajando en el correo de la Fania, ganando $125 por semana. Cuando trabajaba con [Ray] Barretto me pagaban $35, y si tocábamos un sábado eran $38 (risas). Ahora, como fanático de esa música, era extraordinario estar ahí con Barretto cuando también se presentaban Eddie Palmieri, Tito Puente o Machito.

Con el tiempo aprendí a apreciar más todo lo que viví. Durante el momento en sí estaba reaccionando, como si estuviera en un partido de fútbol. Sólo después te das cuenta con quién estabas jugando. Porque desde 1969 hasta, digamos, 1984, fue un tiempo irrepetible. Ibas a un The Village Gate [famoso club nocturno de la época] y te encontrabas con Miles Davis, o Dizzy Gillespie, o John Lennon. Es decir, no solo la salsa, sino también el rock, jazz, la música disco y el movimiento del Latin Hustle. Desde el punto de vista musical, tener acceso a toda esa gente era una circunstancia maravillosa.

Tangos presenta versiones de algunas de tus canciones más famosas en formato de tango tradicional, con arreglos del maestro Carlos Franzetti. Me sorprendió lo extraordinariamente bien que funcionan temas como “Paula C” y “Pablo Pueblo” con esa melancolía tanguera...

Creo que las canciones sobrevivieron el paso del tiempo. Escribí sobre cosas que me interesaban con honestidad y mucho cuidado. Eso creó una nueva generación de escuchas, porque la vida, en realidad, se mantiene igual. Las emociones y los argumentos son los mismos.

En el futuro, no quisiera que me reconocieran comparándome con fulano o mengano. Son las canciones que hablan por sí solas. Si escuchas “Juana Mayo” en Tangos, es completamente distinta a la original. Cuando estoy cantando, “hijo del grito y la calle”, en “Pablo Pueblo” y Leopoldo Federico improvisa unos adornos instrumentales en el bandoneón, ese momento casi me mata.

Don Leopoldo me dio una cosa que me ha dado nadie a mí, aparte de mi madre que me dio la vida: la gran sorpresa de saber que yo no sabía nada. Yo escribí la canción, asumí que la conocía, y él con esos momentos que no eran parte del arreglo me demostró que había áreas mías que yo no conocía, que podían sorprenderme. Que como artista, tengo un pedazo de mí susceptible a ser convocado en términos de emoción. Eso me parece extraordinario.

En tu discografía hay momentos puntuales en tu música —estoy pensando en la segunda mitad de “Pedro Navaja” o el coro de “Ojos de perro azul”— que tienen el frenesí de la música tropical más bailable, algo que no siempre aparece en tu música. ¿Estos momentos fueron intencionales?

Quizás lo que más te impactó a ti fue la sorpresa de encontrar esos momentos. Por ejemplo, uno de los mejores mambos que he escrito en mi vida está en “Isabel”, del disco Agua de luna. Ese número lo puedes bailar en clave y todo lo que tú quieras, pero tiene un impacto mucho más grande de lo que le puedes dar a los pies. Para mí, es la emoción que surge del tema lo que importa. Muchas de las cosas que hago tienen más swing de lo que se piensa, porque todo el mundo se queda metido en la vaina de las letras.

Hablando de las letras, ¿cómo es para ti el proceso de componerlas?

Es interesante la pregunta porque cuanto más viejo te pones, más entiendes la necesidad de cantar como hablas. A veces se han hecho sacrificios que tiene que ver con el lugar donde cae la nota y eso hace que digas un disparate. Ahora le pongo más atención a eso.

En general trato de no pasar demasiado tiempo escribiendo. Si tengo una idea, escribo un pedazo de esa letra y la dejo quieta. Un buen ejemplo de eso es la canción llamada “Él”. Primero escribí el comienzo: “El hombre tiene por dentro, durmiendo, a una mujer. Cada vez que se emborracha, se despierta la mujer que hay en él”. Pero la canción completa salió como a los dos o tres años, porque la dejé tranquila, es decir, no me puse a tratar de hacer que funcionara.

Hace poco anunciaste que en el 2016 abandonarás las giras como cantante de salsa. ¿Es algo que vas a extrañar?

Cuando estaba en el gobierno de Panamá, había gente que me decía: “¿Cómo se va a sentir cuando no le digan más ‘Hola ministro’?” Francamente, esa vaina nunca me interesó durante el gobierno, y mucho menos después. Tengo giras de salsa planeadas hasta diciembre de 2016 y cuando las abandone no lo voy a extrañar ni por un segundo. Sí recordaré el afecto de la gente y lo agradeceré siempre, pero no voy a permitir que esa faceta de mi carrera sea un punto de medida hacia mi futuro. Voy a cumplir 66 años [Nota del editor: Blades cumplió años el 16 de julio] y la primera vez que tú y yo hablamos tenía cuarenta y pico. Mi vida, ahora, es otra cosa.

Siempre he pensado que los salseros veteranos como Oscar D'León tienen una adicción hacia la tarima y el vértigo de esos conciertos. Siento que tu caso es distinto. ¿Puede ser?

La diferencia es que Oscar sólo hace eso. Yo tengo la política, que es otro vértigo. Tengo el cine, la lectura y el futuro de querer escribir cosas. Pero entiendo exactamente cómo se siente Oscar, que para mí es el mejor sonero de este género. Francamente, el argumento de las giras plantea muchos problemas para mí.

Dicho eso, te conozco lo suficiente para saber que no abandonarás la música...

Quiero cambiar de dirección y hacer otras cosas. Después de 2016, se termina Rubén Blades. Utilizaré un seudónimo y se creará un grupo distinto. Pero nunca extrañaré lo otro, porque siempre voy a tener otras cosas que hacer. Cuando fui ministro y estuve cinco años en el servicio público, en la casa no tenía ni una guitarra. Eso no quiere decir que decreté la muerte de la música o el arte. Lo que decreté es que cuando volviera, iba a tocar peor que antes [risas]. Yo me dedico a mi vaina y trato de no mirar atrás.

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