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'Winter's Tale', un cuento de hadas moderno

Una historia de amor que cruza los siglos. Protagonizada por Colin Farrell.

Jessica Brown Findlay y Colin Farrell en una escena de 'The Winter's Tale'.

CORTESÍA DAVID C. LEE/WARNER BROS.

Jessica Brown Findlay y Colin Farrell en una escena de 'The Winter's Tale'.

Director: Akiva Goldsman
Guión: Akiva Goldsman (basado en la novela homónima de Mark Helprin)
Elenco:
Colin Farrell (Peter Lake), Jessica Brown Findlay (Beverly Penn), Russell Crowe (Pearly Soames), Jennifer Connelly (Virginia), William Hurt (Isaac) y Will Smith (el demonio).
Duración: 118 minutos

“El que mucho abarca, poco aprieta,” dice el dicho, y ese es precisamente el problema con la película Winter’s Tale. La historia se extiende por nada menos que tres siglos —de finales del XIX, a principios del XX, y al presente— con la consiguiente falta de foco. La ubicación es lo único que no cambia y da estabilidad al argumento como el único “personaje” creíble. En ese sentido, Winter’s Tale es —literalmente— inenarrable. El argumento parece una mezcla desafortunada de varias películas disímbolas como Hugo (Dir. Martin Scorsese, 2011), The Fisher King (Dir. Terry Gilliam, 2011), y hasta Love Story (Dir. Arthur Hiller, 1970).

Peter Lake, el personaje principal, se mueve como el protagonista de Hugo en las entrañas de una estación de trenes a principios del siglo XX; pero en lugar de la Gare Montparnasse en Paris, lo hace en la Grand Central de Manhattan. Peter, como el personaje de The Fisher King (Dir. Terry Gilliam, 2011), es un vagabundo cuyas fantasías podrían ser producto de la esquizofrenia. Estamos en el presente y Peter, quien padece amnesia, intuye que la clave para recordar su pasado se encuentra ahí. Y efectivamente, es a Grand Central a donde llegaron sus padres como inmigrantes a finales del siglo XIX. Después de ser rechazado en el examen médico al que todos los que aspiraban a quedarse en Estados Unidos tenían que someterse, el padre de Peter decide que por lo menos el bebé debe quedarse. Junto con su esposa, lo dejan en una pequeña barca en el rio Hudson. De ahí, nos transportamos a 1916 cuando Peter ya es un joven y pertenece a una banda de ladrones de Queens. Farrell (con un anacrónico e inexplicable corte de pelo estilo Samurai), huye de Pearly (Russell Crowe), el  sanguinario jefe de la banda quien lo persigue para matarlo por tratar de hacer “negocios” por su cuenta.

A partir de ahí, la cinta pasa al terreno de la fantasía y tenemos a Peter huyendo de Pearly en un caballo blanco que de repente monta el vuelo cual Pegaso. El equino transporta a Peter a una mansión en Manhattan. Creyendo que está deshabitada, Peter se mete para robarla. Para su sorpresa, adentro se encuentra la bella Beverly Penn (Jessica Brown Findlay), una rica heredera que padece de tuberculosis. Peter y Beverly se enamoran a primera vista, pero al igual que en Love Story, ella está condenada a muerte. En lo que Peter vive su romance, Pearly descubre su paradero y lo persigue hasta lanzarlo a las aguas del Hudson. Peter emerge de las gélidas aguas del río en el tiempo presente y no recuerda nada. Vagando por la ciudad y tratando de encontrar las claves de su pasado, conoce a Virginia (Jennifer Connelly), una periodista que cree inmediatamente su historia y trata de ayudarlo.

Akiva Goldsman, el director, describe lo que trató de hacer en Winter’s Tale como “realismo mágico,” pero nada de esta convulsionada historia nos remite a ese género literario latinoamericano. Lo cual sería irrelevante si por lo menos la relación  entre Peter y Beverly (conocida por “Downtown Abbey”), fuera creíble. Desafortunadamente, el único romance que transpira Winter’s Tale es el del fotógrafo Caleb Deschanel por la ciudad de Nueva York, a la que con amorosa mirada retrata como el escenario de un cuento de hadas.

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