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‘Las herederas’: Sutil decadencia

La cinta paraguaya que está dando de qué hablar en el circuito de premios.


PRODUCCCIÓN: Paraguay, Alemania, Brasil, Uruguay, Noruega y Francia
DIRECTOR: Marcelo Martinessi 
GUION: Marcelo Martinessi 
ELENCO: Ana Brun, Margarita Irún, Ana Ivanova, Nilda González, María Martins, Alicia Guerra
DURACIÓN: 97 minutos


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En su madurez, una pareja lésbica proveniente de familias de abolengo tiene que deshacerse de sus valiosas pertenencias para enfrentar una severa crisis económica. Chela (Brun) y Chiquita (Irún) llevan 30 años juntas viviendo en un barrio residencial de Asunción, Paraguay. Para subsistir, las sexagenarias van vendiendo los muebles y objetos de lujo que adornan su alguna vez elegante mansión. Vemos la primera imagen de Las herederas a través de una puerta entreabierta. Una mujer muy distinguida revisa con ojo clínico los objetos de lujo desplegados en el comedor. Es Chela la que observa detrás de la puerta y Chiquita la que muestra los tesoros y fríamente informa de su condición y precio. El comedor se vende por $6,500; una pintura por $3,500, y así. La iluminación es oscura y las tomas muy cerradas, de tal manera que es difícil apreciar que la dilapidada estancia alguna vez fuera una majestuosa mansión que albergaba objetos de semejante valor. El director nunca nos muestra una toma abierta que ubique la casa en el barrio que es, supuestamente, de mucha alcurnia. Quizás su intención fuera esa: que sintiéramos las estrecheces económicas como si fueran también físicas, que el rango de acción de las protagonistas se redujera con su situación.

Deprimida por tener que dejar ir los objetos que ha heredado de sus abuelos, Chela se mete en la cama. Chiquita trata de animarla a que vayan juntas al cumpleaños de una amiga, pero a Chela la domina un profundo sentimiento de vergüenza; está convencida de que su círculo de amistades sabe de su reducida condición y las ven con lástima. Chiquita le dice que no es así y finalmente la convence. Chiquita la pasa bien, pero en el camino de regreso Chela le reclama que haya bebido y fumado tanto. Vemos que el desgaste se asoma no solo en las paredes de la casona, sino en la relación entre ellas. 

Escena de la película paraguaya Las Herederas

Distrib Films US

A pesar de las aseveraciones de Chiquita, la realidad se vuelve imposible de ocultar cuando, gracias a deudas impagables, tiene que pasar unos meses en prisión. Chela, quien estaba acostumbrada a que Chiquita y su misma condición privilegiada la protegieran, tiene que aprender a valerse por sí misma. Es así como se ve obligada a usar el Mercedes Benz que hace años no manejaba. Sus amigas, cada vez más desconfiadas de los taxis (y perfectamente al tanto de su situación), le piden a Chela que las lleve a sus citas por toda la ciudad. Esperando a una de sus clientas, Chela conoce a la Angy, la alegre y desparpajada hija de una amiga. Chela entabla amistad con Angy y se compromete a llevarla una vez a la semana al hospital donde su mamá recibe tratamiento. La relación con Angy comienza a despertar en Chela pasiones que pensaba dormidas. El contacto con la temeraria mujer de treinta y tantos años, hace que Chela por primera vez se “arriesgue” a probar cosas que en su sobreprotegida existencia nunca se animó.

Una de las trabas de la película es que cuesta trabajo imaginar que las mujeres alguna vez se movieran con holgura en su círculo social. Poco en ellas denota abolengo. En especial, Chiquita no desentona al lado de las otras prisioneras, como tendría que ser. El drama de la historia debería de hacérsenos explícito en la radical diferencia entre sus cambiantes circunstancias, pero nunca lamentamos la caída estrepitosa porque no se nos da una probada de lo que hubo antes. Por otro lado, la presencia de Angy tendría que crear un tumulto similar, pero pasa casi inadvertida la forma en la que Chela se ve supuestamente sacudida por la mujer más joven.

Las herederas toca tantos elementos interesantes que alcanzaban para explorarse en diferentes películas —unas aristócratas que se tienen que enfrentar con la pobreza, la cárcel y la discriminación por clase social; unas mujeres que desafían a la sociedad de su tiempo y viven abiertamente como pareja; el tedio de una relación de 30 años ya desgastada; el renacer sexual con una mujer más joven, por nombrar algunos— pero la película deja muchos cabos sueltos. ¿Por qué se endeudaron tanto si llevan una vida casi monacal? ¿Su lesbianismo no les hubiera impedido ser totalmente aceptadas en su medio, y eso no las habría acostumbrado a vivir una vida semiclandestina desde antes?

Se podrían adjudicar las deficiencias en el aspecto visual a la falta de presupuesto, o al hecho de que la película es la primera como director de Marcelo Martinessi. Sin embargo, la historia y las actuaciones de Las herederas son tan buenas que resultó ganadora de cuatro premios en el pasado Festival de Berlín: Especial del Jurado, Mejor Actriz (Brun), Oso de Plata para mejor ópera prima y el FIPRESCI, de la federación de críticos de cine. De ahí ha acumulado muchos más. Y es que más allá de que cumpla cinematográficamente su objetivo, la historia de unos personajes que, al verse obligados a desprenderse de sus objetos materiales alcanzan la verdadera libertad, es eterna y universal. 

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