Skip to content
 

La misión de Dennis Quaid

Por un error médico, sus hijos estuvieron a punto de morir.

In English | Fue, según recuerda Dennis Quaid, “el peor día de nuestras vidas”. La mañana del 19 de noviembre de 2007, el actor y su esposa, Kimberly, se apresuraron para llegar al hospital Cedars-Sinai de Los Ángeles —uno de los establecimientos de salud más prestigioso de la nación—, donde sus mellizos, de 12 días, habían sido internados dos días antes para un tratamiento de rutina, por una infección por estafilococos. El pediatra y la jefa de enfermeros los recibieron en la puerta de la habitación de los niños, en la que un grupo de médicos rodeaban a Thomas Boone (conocido como T. Boone) y a su hermana Zoe Grace (o Z.G.). “Podíamos verlos trabajando sobre los niños”, relata Quaid. “Era aterrador”.

El pediatra, con calma, les informó a los nerviosos padres que los mellizos habían recibido, involuntariamente, una sobredosis masiva de un anticoagulante llamado heparina, lo que los puso en riesgo de sangrar hasta morir. “Al principio, sentí que eso no podía estar sucediendo realmente”, recuerda el actor. “Luego sentí temor... e impotencia”.

Dennis y Kimberly llegaron hasta las camas de los mellizos y observaron la situación, paralizados. “Estaban perdiendo sangre por cada lugar donde los habían pinchado”, afirma Quaid. En un intento por contener el flujo, un médico había colocado una grampa en el cordón umbilical de T. Boone. Un chorro de sangre se disparó a través de la habitación, manchando la pared. “Estábamos en estado de shock”, afirma Quaid.

Ya sea por un acto divino o un error humano, desde ese momento Dennis Quaid era un hombre distinto, con una misión muy distinta.

Para revertir los efectos de la sobredosis de heparina —los niños habían recibido por partida doble 1.000 veces la dosis correcta— los médicos les dieron a T. Boone y a Z.G. una droga llamada protamina. Dennis y Kimberly se negaron a abandonar sus puestos junto a las camas de los niños por las siguientes 32 horas, acariciando suavemente a sus hijos y tratando de calmarlos. “Estaban realmente muy incómodos y lloraban”, dice Quaid. “Tenía que ser doloroso”. Finalmente, ya tarde el segundo día, los niveles de coagulación de la sangre de los niños alcanzaron un valor normal. Un neurólogo y otros especialistas evaluaron las funciones cerebrales y motoras, las que, milagrosamente, resultaron normales.

Aunque Quaid quería que la crisis se mantuviera en secreto, la noticia se filtró con rapidez. “Aquello pudo haber sido una bendición encubierta”, señala, “porque, más tarde, mucha gente nos contó que rezaron por nuestros niños. Al final, creo que el poder de las oraciones de tantas personas fue lo que los salvó. Para mí es obvio que un poder superior está controlando lo que sucede en el universo”.

Ya sea por un acto divino o un error humano, desde ese momento Dennis Quaid era un hombre distinto, con una misión muy distinta.

Estamos sentados en el patio de la propiedad de Quaid, en Pacific Palisades, Los Ángeles. Para T. Boone y Z.G. este es su hogar, aunque llegar allí no fue sencillo. Quaid, de 56 años, y Kimberly Buffington —una agente de bienes de raíces de Austin, Texas, a quien Quaid conoció en el 2003 y con quien se casó en el 2004— intentaron que ella quedara embarazada durante tres años. Buffington, quien ahora tiene 38 años, sufrió reiterados abortos espontáneos. “Fue realmente difícil”, relata Quaid. “Estábamos a punto de rendirnos”. El actor hace una pausa y, luego, esboza esa característica sonrisa que semeja un marsupial comiendo miel y que es su marca registrada: “Probamos una vez más y descubrimos que eran mellizos, ¡un niño y una niña!” Aunque los mellizos son hijos biológicos de la pareja, una madre sustituta llevó el embarazo a término.

Los bebés nacieron saludables; T. Boone pesó 6 libras con 12 onzas, y Z.G., 5 libras con 9 onzas. Los orgullosos padres los llevaron a casa, donde fueron recibidos por familiares y amigos.

Para un Quaid cansado, pero feliz, esto era un nuevo pico en una vida que, en su mayor parte, parecía mágica. Hijo de un electricista de Houston, Quaid dejó la universidad y viajó a Los Ángeles a los 20 años, para comenzar la carrera de actor. Aunque no alcanzó la fama inmediata de su hermano mayor, Randy —quien fue nominado para un Oscar al año de haber llegado a Hollywood por su papel secundario en The Last Detail (El último deber), de 1973—, Dennis finalmente llamó la atención, espectacularmente, por su papel como el astronauta Gordon Cooper en The Right Stuff (Elegidos para la gloria), en 1983, seguido por sus actuaciones claves en The Big Easy (Querido detective), en 1986, y Great Balls of Fire (Gran bola de fuego), en 1989. Quaid admite que manejó mal la fama, particularmente, al permitirse caer en el hábito de la cocaína, en los años 80. Finalmente, abandonó las drogas y, en 1991, se casó con la actriz Meg Ryan. La pareja se divorció en el 2001, pero comparten la custodia y la crianza de su hijo Jack Henry, que ahora tiene 18 años.

En el 2002, Quaid recibió críticas muy favorables por las interpretaciones que hizo de un entrenador de baseball de escuela secundaria, en The Rookie (El novato), y de un marido homosexual suburbano frustrado, en Far From Heaven (Lejos del cielo). Al mismo tiempo, su vida personal prosperaba. Después de The Right Stuff, aprendió a pilotear aviones. En su propiedad de 500 acres en Montana, pasaba el tiempo montando sus amados caballos y satisfaciendo su pasión por el golf. Continuó actuando en películas; en el 2011 se lo podrá ver en Soul Surfer (Surfista de alma), una película basada en la verdadera historia de la adolescente Bethany Hamilton, quien perdió un brazo al ser atacada por un tiburón, en la costa de Kauai, en el 2003.

Sin embargo, después del nacimiento de los mellizos, Quaid se comprometió a pasar más tiempo siendo padre. “Ser padre es una de mis actividades preferidas en la vida”, afirma. “Es una de las experiencias más desafiantes y una de las más gratificantes”.

En la tarde del 17 de noviembre del 2007, después de que las visitas se retiraran del lugar, Dennis y Kimberly se dispusieron a descansar con sus hijos. Entonces, Kimberly, una flamante mamá hiperatenta, notó una irritación en el cordón umbilical de T. Boone. y Z.G. tenía una irritación parecida en un dedo. El pediatra de la pareja los envió al Cedars-Sinai, donde los niños dieron positivo en una prueba de estafilococos, y se los internó para que recibieran un tratamiento con antibióticos por vía intravenosa (IV).

Al comienzo, Dennis y Kimberly no abandonaron sus puestos junto a las camas de los niños. Hasta pudieron ver, a la mañana siguiente, cómo una enfermera colocaba una sustancia en sus líneas IV. Ella les explicó que era Hep-lock, que se utiliza rutinariamente para prevenir la formación de coágulos de sangre alrededor del lugar donde la línea IV ingresa al organismo. Sin saberlo, los nuevos padres habían sido testigos de la primera de las dos sobredosis de heparina (la otra se las suministraron siete horas más tarde, cuando hubo que cambiar las bolsas IV).

Finalmente, esa tarde, exhaustos, la pareja se dirigió a su hogar. Estaban sentados en la sala, intentando relajarse, cuando de repente, a las 9 p. m., Kimberly entró en pánico, repitiendo: “Se están muriendo. Los niños se están muriendo”. Quaid pensó que era una reacción por el cansancio, pero llamó por teléfono al hospital y habló con la enfermera de guardia, quien le dijo que los mellizos estaban bien. Quaid cree que, probablemente, la enfermera haya estado al tanto de la sobredosis, pero que le habrían ordenado que no dijera nada porque ellos necesitaban descansar. “Nuestros hijos podrían haber muerto esa noche”, dice Quaid, “y no hubiéramos estado allí para acompañarlos”.

A las 6 de la mañana del día siguiente, después de haber dormido en forma intermitente, la pareja volvió al hospital, donde se enteraron de la sobredosis. Mientras corrían para estar con los mellizos, fueron interceptados por los representantes de la división Gestión de Riesgos del Cedars-Sinai. “Se trataba de un equipo de abogados, porque al hospital le preocupaba más ser eximido de cualquier responsabilidad que la salud y el bienestar de nuestros hijos”, afirma Quaid, quien todavía sigue muy indignado.

Más tarde, cuando la pareja investigó sobre la frecuencia de los errores médicos, supieron que a los hospitales de Estados Unidos no se les exige hacer públicos sus errores, y que, con frecuencia, los profesionales de la salud ocultan sus errores para evitar juicios por mala praxis. Sin embargo, un informe del Institute of Medicine (Instituto de Medicina) de 1999, que marcó un hito, indicó que se producen 100.000 muertes al año en Estados Unidos como consecuencia de daños derivados de la atención médica. Este informe, acompañado por otro de los Centers for Disease Control (Centros para el Control de Enfermedades), del 2007, que afirma que otras 99.000 personas mueren anualmente por infecciones adquiridas en hospitales, llevó a Quaid a deducir que los daños derivados de la atención médica constituyen, de hecho, la tercera causa principal de muerte en Estados Unidos. Como piloto, Quaid utiliza una analogía de aviación para enfatizar esas cifras: “Eso equivale a la caída de 20 aviones comerciales, llenos de pasajeros, por semana”, señala.

Muchas víctimas han denunciado este problema; Sue Sheridan, de Boise, Idaho, es una de ellas. Su hijo, Cal, quien ahora tiene 15 años, fue tratado de modo insuficiente por ictericia cuando era un niño y, actualmente, sufre de una constelación de síntomas —parálisis cerebral y discapacidad auditiva y visual—conocida como kernicterus, ictericia nuclear o encefalopatía neonatal bilirrubínica. Cuatro años después de que Cal fuera tratado incorrectamente, al marido de Sheridan, Patrick, le diagnosticaron un tumor cerebral benigno; un informe patológico posterior indicó que el tumor era maligno, y Patrick, que comenzó el tratamiento tarde, perdió la batalla contra el cáncer en el 2002.

En la actualidad, Sheridan dirige dos organizaciones sin fines de lucro que abordan la temática de los errores médicos. Una de ellas, Parents of Infants and Children with Kernicterus (PICK, Padres de Infantes y Niños con Kernicterus), ha logrado que se les exija a los hospitales realizar pruebas a los bebés para detectar la ictericia antes del parto. La otra está trabajando para que se les exija a los proveedores de atención médica que notifiquen directamente a los pacientes los resultados de sus estudios patológicos.

Dice Sheridan que, cuando se enteró de lo que les había sucedido a los mellizos Quaid, “tuve esa sensación de esperanza de que alguien de la talla y fama de Quaid, que había sido testigo del miedo y el horror que yo sentí, denunciaría el hecho. Y lo hizo”.

Una vez que los mellizos se estabilizaron, su padre miró a cada uno en su pequeña incubadora y sintió una tremenda gratitud. “Por fin estaban durmiendo”, señala Quaid. En ese momento, hizo una promesa: ayudar a que lo que les había sucedido a sus hijos no volviera a sucederle a nadie más. “Pensé: ‘Tienen apenas 12 días y van a cambiar el mundo’ ".

Después de iniciar una investigación sobre cómo había ocurrido la sobredosis, Quaid se enteró de que las enfermeras les habían dado, dos veces a cada bebé, una dosis de heparina de 10.000 unidades, habitual en tratamientos para adultos, en vez de la dosis conocida como Hep-Lock, de tan sólo 10 unidades y apta para tratamientos IV en infantes, que tiene un envase muy similar a la primera. Tres bebés habían muerto en el Methodist Hospital, en Indianápolis, un año atrás, debido a una sobredosis exactamente igual. Poco después, Baxter Healthcare Corporation, fabricante de la heparina, cambió el envase de ambas dosis. En vez de tener el mismo tamaño y un color similar —una azul claro y la otra azul oscuro—, la dosis más alta lleva, ahora,  una etiqueta color naranja y una advertencia. Sin embargo, la empresa no retiró del mercado los frascos que ya habían sido distribuidos. “¡Las compañías retiran del mercado alimentos para perros!”, exclama Quaid. “¿Por qué no las retiraron?” La heparina que recibieron los mellizos Quaid estaba en los envases viejos.

Los Quaid demandaron a Baxter por negligencia; el caso todavía no está resuelto. La pareja llegó a un acuerdo con el Cedars-Sinai cuando, según Quaid, el hospital aceptó realizar modificaciones para evitar que estos casos de sobredosis volvieran a ocurrir. “No quisimos demandar al hospital debido a que necesitamos buenos hospitales”, explica Quaid. “Y como parte del acuerdo, Cedars gastó millones de dólares —en la implementación de un registro electrónico, además de un sistema computarizado para la gestión de órdenes médicas por código de barras—  para mejorar la seguridad de los pacientes. Tuve que conminarlos por lo que hicieron”. (Simi Singer, vocera del Cedars-Sinai, dice que el hospital había comenzado a implementar estas medidas de seguridad antes del accidente de los mellizos. “Inmediatamente después de este incidente”, añade, “comenzamos una capacitación adicional centrada en la medicación segura, e implementamos procedimientos y protocolos adicionales para nuestro personal de farmacia y enfermería”).

A comienzos del 2008, Dennis y Kimberly fundaron la Quaid Foundation (Fundación Quaid), que reclamó la implementación, por parte de los hospitales, de un sistema que, mediante la lectura de códigos de barras —en las pulseras de los pacientes y en los envases de los medicamentos—, permita verificar la correspondencia entre el paciente y la medicación a administrar. “Este sistema está basado en la misma tecnología que usan todas las estaciones de servicio y supermercados en Estados Unidos”, señala Quaid. “Si se trata de la medicación o del paciente equivocados, se dispara una alarma”. Poco después, Quaid conoció al médico Charles Denham, líder de un movimiento por la seguridad del paciente y fundador y presidente de una organización sin fines de lucro del Texas Medical Institute of Technology (TMIT, Instituto de Tecnología Médica de Texas) que prueba sistemas para mejorar la seguridad en el cuidado de la salud. Hijo de un científico de la NASA dedicado a la investigación y desarrollo de cohetes, y piloto, Denham comparte con Quaid el entusiasmo por las aeronaves: ambos poseen el mismo modelo de avión (un Citation). “Formamos un equipo perfecto”, dice Quaid. “Ambos creemos que esto es lo que debemos hacer y que se pueden salvar vidas haciéndolo”.

Este año, los Quaid unieron su fundación al TMIT. “Hay miles de personas que han sido víctimas y cuyos reclamos no han sido escuchados nunca”, afirma Quaid. “Ahora nos unimos para exigir que se haga algo al respecto”. Con este fin, Quaid está narrando una serie de documentales acerca de los daños derivados de la atención médica, producidos por Denham y distribuidos gratuitamente por el TMIT en todos los hospitales del país. El primer documental de la serie, "Chasing Zero: Winning the War on Healthcare Harm" (En busca del cero: Cómo ganar la guerra contra los daños derivados de la atención médica), que se puede descargar gratis del sitio de internet del TMIT, safetyleaders.org, cuenta historias de víctimas de errores médicos (incluida la de Sue Sheridan), así como de prestadores que cometieron los errores.

Una de ellas es Julie Thao, madre soltera de cuatro niños, de Madison, Wisconsin, quien durante 20 años trabajó como enfermera especializada en obstetricia y contención ante pérdidas perinatales. “Allí fue donde encontré mi verdadera misión en la vida”, sostiene Thao. Todo cambió a comienzos de julio del 2006. Después de haber trabajado por 18 horas y media cumpliendo doble turno y sin haber descansado lo suficiente, comenzó otro turno y, entonces, conectó lo que ella creyó que era un antibiótico IV a una paciente de 16 años embarazada, a quien se le estaba por inducir el trabajo de parto. La bolsa IV que colgó, que se veía idéntica a la del antibiótico, contenía en realidad una solución epidural que es fatal si llega al torrente sanguíneo. En pocos minutos, el corazón de la paciente se detuvo. Los médicos practicaron una cesárea de emergencia y salvaron al bebé, pero no pudieron resucitar a la madre.

Thao, denunciada inicialmente por homicidio culposo, resultó finalmente condenada por un delito menor a un año en libertad vigilada, con la prohibición de practicar la enfermería hasta febrero del 2013. Sin embargo, mucho peor que cualquier castigo impuesto por la corte es la culpa que ella siente. Luego del incidente, durante meses, “lo único que deseaba era morir”, afirma Thao. “Por muchos años, había sido yo quien abrazaba a las madres que habían perdido a sus hijos. Ahora, yo era quien le había quitado a un hijo, su madre”.

Thao se recuperó, en parte, después de que Denham le ofreciera un puesto en el TMIT. Ahora, habla en conferencias sobre seguridad en el cuidado de la salud, compartiendo su historia y señalando que los proveedores de atención médica son humanos y, bajo una variedad de circunstancias, pueden cometer errores.

“No estamos aquí para denigrar a los trabajadores de la salud”, sostiene Quaid. “Ellos han dedicado sus vidas a tratar el sufrimiento humano y están sobrecargados de trabajo”.

“Estamos tratando pacientes cada vez más enfermos, cada vez más rápido, con tratamientos más complejos que requieren de mayor especialización y que fragmentan cada vez más la atención”, afirma Denham. “Y estamos tomando atajos debido a los costos. No tenemos mala gente. Tenemos malos sistemas”.

Actualmente, Quaid y Denham están reclamando que los hospitales inviertan en un conjunto de 34 prácticas —denominadas las “National Quality Forum Safe Practices for Better Healthcare” (Prácticas Seguras del Foro Nacional sobre la Calidad para un Mejor Cuidado de la Salud)— que abarcan desde sencillas listas de verificación hasta el control computarizado de infecciones. “Las Juntas Directivas de nuestros hospitales comunitarios deciden en qué se gasta el dinero y si se destina a la seguridad del paciente”, señala Denham. Quaid y Denham también creen que debería establecerse una agencia de control, similar a la National Transportation Safety Board (NTSB, Junta Nacional de Seguridad del Transporte), a fin de investigar y controlar los accidentes médicos y que los reintegros por cuidados médicos estén vinculados a los antecedentes de seguridad del prestador.

“Existe una razón por la que, hoy en día, volar en un avión comercial todavía es más seguro que caminar”, explica Quaid. “Es que, cuando ocurre un accidente, la NTSB emite un veredicto sobre lo que sucedió. Los ejecutivos de las líneas aéreas saben que deben resolver el problema con rapidez, ya sea que se necesite una modificación en el diseño o nueva tecnología pues, de otro modo, la gente ya no volará por esa aerolínea”.

Actualmente, T. Boone y Z.G. tienen casi 3 años y no muestran signos de daños atribuibles a la sobredosis. Después de haber estado a punto de perderlos, sus padres han hecho del tiempo familiar una prioridad, tal como lo sugieren la trepadora, los triciclos, los juguetes y la casa de fantasía en el patio de su hogar. En honor a los mellizos, Quaid continúa hablando acerca de los errores médicos. “Y Kimberly también es parte de esto”, señala. “Yo salgo y doy conferencias, y ella es quien mantiene el fuerte en orden”. Cuando T. Boone y Z.G. sean más grandes, la pareja les contará lo que vivieron. “Este es su legado”, afirma Quaid. “Ellos son fuertes de verdad y deben estar orgullosos. Debido a lo que pasaron, ya han salvado vidas”.

¿Qué opinas?

0 | Add Yours

Deje su comentario en el campo de abajo.

Debe registrarse para comentar.

LEE ESTE ARTÍCULO