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Robert Redford, inédito

El artista, famoso por su timidez ante la prensa, está listo para un primer plano de su intimidad.

In English | Se baja de su polvoriento Acura plateado y ríe tímidamente, explicando cómo se perdió en camino a nuestra entrevista en Santa Fe, donde algunas veces ha tenido una propiedad desde los años 80. Viste una camiseta gris, vaqueros y unos zapatos Merrell marrones y beige, con cordones. Su frondosa cabellera rojiza está despeinada, su sonrisa brillante. Sus rasgos se han suavizado con la edad —su piel se ha curtido—, pero el magnetismo de Robert Redford aún electrifica.

Redford cumplirá 75 años este año. “¡Gracias por recordármelo!”, responde sarcásticamente cuando menciono el hito. No, no prevé hacer una fiesta. “Cuando Jane Fonda, con quien somos muy amigos —he trabajado en tres películas con ella—, cumplió 40, me mandó una nota: ‘Por favor, ven a la celebración de mis 40 años’. Le contesté diciendo: ‘¡Cuando cumplí 40, me escondí!’ Somos muy diferentes en la forma de celebrar”. Lo que no significa que Robert Redford no esté exultante. “Cuando envejeces, aprendes ciertas lecciones de vida. Aplicas esa sabiduría y de repente dices: ‘Oye, esto es un nuevo incentivo para vivir. Adelante’”.

En una abarcadora y franca entrevista, Redford nos confía un secreto: Si alguna vez estuvo escondido, finalmente está listo para abrir una ventana a las experiencias que lo moldearon, y que enmarcan el actual capítulo de su vida.

Nos sentamos frente a una pequeña mesa redonda de un aula de la Santa Fe University of Art and Design (Universidad de Arte y Diseño de Santa Fe). Redford, conocido por sus amigos como Bob, pidió una ensalada de pollo china, agua y café para almorzar. “¿Te importa si robo un huevo de tu ensalada?” pregunta, como si fuésemos viejos amigos. Sonríe ante mi sorpresa y dice: “¿Qué puedo contarte?”. Así empieza.

Los entendidos de la cultura pop podrían detectar el cambio de la hiperprivada personalidad de Redford, en su aparición del año pasado en The Oprah Winfrey Show (El Show de Oprah Winfrey), para sorpresa de su coinvitada, Barbra Streisand. Desde que coprotagonizaron The Way We Were (Tal como éramos), en 1973, nunca más habían sido entrevistados juntos. “Cuando entré en el mundo del espectáculo, tenía esta inocente idea de que dejaría que mi trabajo hablara por mí. Nunca estuve interesado en hablar de mí mismo”, dice Redford. “Sin embargo, estamos en una época completamente diferente, y los famosos están de moda. ‘Yo también podría entrar en esta zona, pero paso a paso’”.

En febrero, Redford recibirá el premio de AARP por su trayectoria; el Lifetime Achievement Award de AARP The Magazine, durante la gala anual de Movies for Grownups® Awards (Premios a las Películas para Adultos), en Beverly Hills. El haber aceptado el homenaje es otra confirmación de que ya se siente más cómodo al hablar de su vida, aunque se avergüenza cuando se refieren a él como una “leyenda viviente”. “Eso realmente me molesta”, dice. “¿Significa que me cubren en bronce? ¡Wow! ¡Aún no ha terminado, amigos!”

Por el contrario, el último proyecto de dirección de Redford será estrenado pronto en salas de cine. The Conspirator (La conspiradora) cuenta la historia de Mary Surratt (interpretada por Robin Wright), cuya pensión era el lugar de encuentro de John Wilkes Booth y sus cómplices en el asesinato de Abraham Lincoln. Acusada de conspirar en el asesinato del presidente, Surratt es representada a desgano durante el juicio por un joven héroe de la Unión de la guerra civil (James McAvoy). El clima político del Washington de la post-guerra civil, donde los derechos de las personas a veces quedaban relegados ante la seguridad nacional, se asemeja al Estados Unidos posterior al 11 de septiembre del 2001, admite Redford: “Parece que no aprendemos de nuestra historia. Pero, de existir paralelismos, los debe encontrar la audiencia; no será una aguja en un pajar. Mi enfoque está puesto en el arco emocional de los personajes. Lo que más me gustó de esta historia fueron los dos personajes que, estando en lados opuestos al principio, terminan cruzándose”.

The Conspirator es la primera de una lista de películas basadas en la historia que serán producidas por The American Film Company, lanzada por el fundador de Ameritrade, Joe Ricketts, a cuya familia pertenencen los Chicago Cubs. Redford insiste en que su principal objetivo como actor y productor es entretener al espectador. Aun así, sus trabajos han forzado al público, incómodamente a veces, a analizar la experiencia estadounidense, personal y políticamente. En películas como The Natural (El mejor) y The Horse Whisperer (El hombre que susurraba a los caballos), exploró las complejidades de las relaciones; en The Milagro Beanfield War (Un lugar llamado Milagro) y Quiz Show (Quiz Show: El dilema), abordó la desigualdad y la injusticia. Las historias que cuenta tienen raíces en su propia experiencia.

Charles Robert Redford, de ascendencia inglesa, escocesa e irlandesa, creció como hijo único en un vecindario mayoritariamente hispano en Santa Mónica, donde su padre Charles trabajaba como repartidor de leche. Uno de sus recuerdos más lejanos es del tercer grado, a fines de la Segunda Guerra Mundial. “Esta tenebrosa tendencia sobre los judíos comenzó a sentirse en nuestra escuela”, recuerda Redford. “Yo no sabía qué era un judío. Pero de repente la gente susurraba sobre quién lo era y quién, no. Un día, Lois Levinson, una amiga, muy inteligente, se paró durante la clase y dijo: ‘Mi nombre es Lois Levinson. Soy judía, y estoy muy orgullosa de serlo’. La clase quedó boquiabierta”.

Esa noche, a la hora de cenar, Redford le comentó a su padre sobre Lois y le preguntó: “¿Qué soy yo? Si ella es judía, ¿yo qué soy?”

“Tú eres un judío, y debes estar orgulloso de serlo”, le dijo el señor Redford.

El niño corrió a su cuarto, llorando. “Pensé: ‘Estoy perdido’” se ríe Redford. “Escuché que mi madre le decía: ‘Charlie, ve y explícale’. Mi padre entró en mi cuarto y me dio toda una lección sobre cuán injusto fue lo que pasó. Dijo: ‘Todos somos iguales’”.

Fue un momento de inflexión bastante temprano. “Cada vez que veía gente tratada injustamente por cuestiones de raza, credo o cualquier otra razón, me irritaba”, dice Redford. Un atleta nato, capitaneó los equipos de fútbol americano y béisbol de su escuela. “La mirada del chico que era descoordinado me rompía el corazón”, dice. “Lo elegía para mi equipo”. Era compasivo, pero también tenaz, a veces excesivamente. “Luego, me enojaba cuando no rendían lo suficiente”, admite arrepentido.

A Redford lo guiaron tanto la frustración como la compasión. “Nunca fui un buen alumno”, dice. “Tuve que ser arrastrado al preescolar. Era difícil sentarse a escuchar a alguien hablar. Yo quería salir, que me educaran la experiencia y la aventura, y no sabía cómo expresarlo”.

Finalizó la escuela secundaria, pero coqueteó con los problemas. “Meterme en problemas con amigos, rozar el límite, robar tapacubos de Cadillacs por $16 dólares era mi escape”, dice Redford. “Era visto por la familia y la gente con autoridad como alguien que estaba perdiendo su tiempo. Tenía problemas con las normas de comportamiento. Me ponían nervioso”.

Redford obtuvo una beca de béisbol para asistir a la University of Colorado, pero pronto la perdió, según dicen, debido a la bebida. “Hubo mucho de eso”, admite. Después de un año, la dirección de la escuela le pidió que no regresara. Al mismo tiempo, su madre Martha fallecía, a los 40 años. “Tuvo una hemorragia asociada a una afección sanguínea que adquirió luego de perder dos hijas mellizas al nacer, cuando yo tenía 10 años”, dice en voz baja. Su propio nacimiento fue difícil, y los médicos le aconsejaron a su madre no tener más hijos. “Ella quería tanto una familia que quedó embarazada nuevamente”. Su muerte fue un golpe. “Parecía tan injusto. Pero, extrañamente, me liberó para despegar por mi cuenta, algo que quería hacer desde hacía mucho tiempo”.

Para entonces, el padre de Redford había obtenido un trabajo en el departamento de contabilidad de la refinería de Standard Oil, en El Segundo. Redford entró a trabajar en el depósito de expedición, manejando una máquina elevadora y limpiando tanques. La experiencia plantó la semilla de su activismo ambientalista posterior. “Vi cómo el petróleo se filtraba en las dunas. Ahora, todo eso reposa debajo de los grandes edificios que construyeron en ese lugar”.

Cuando ahorró lo suficiente, Redford viajó a dedo hasta Nueva York y se fue a Francia. Siempre le había gustado dibujar, por lo que decidió ser artista. “En Europa dibujaba con tiza sobre las aceras, por lo que la gente le daba dinero”, dice Duane Byrge, una crítica cinematográfica de Hollywood Reporter que ha seguido la trayectoria de Redford durante décadas. “Tiene el ojo de un artista”. En una oportunidad, Byrge se reunió con Redford en la modesta cabaña que tiene como oficina en las afueras de Park City, Utah, y lo encontró con una vieja cámara filmadora, que tenía expuesta en la entrada, metiéndola bajo la nieve y la lluvia, como si fuera una obra de arte. “Quería erosionarla, para que no se viera tan brillante”, dice Byrge. “Ese es el tipo de cosas que hace”.

Redford pasó 18 meses en Europa, donde, asegura, “logré la mayor parte de mi madurez”. Llegó a Paris a mediados de los años 50, sin conocer el idioma ni la cultura, y vivió entre un grupo de estudiantes de arte y de medicina políticamente activos. “Cuestionaban mis ideas políticas, que no existían. Se la pasaban corriendo por las calles para protestar, así que me uní a ellos. Amplió mi visión de país. Cuando volví, cuestioné algunas cosas, lo que me llevó a un cierto grado de activismo”.

Con apenas 20 años, Redford volvió a Los Ángeles por un período breve, donde conoció a Lola Van Wagenen, una estudiante de 17 años proveniente de Utah. Se casaron en 1958 y se mudaron a Nueva York —nunca más viviría en Los Ángeles, desilusionado por su evidente opulencia y expansión—, donde se inscribieron en la escuela de arte del Pratt Institute. Por recomendación de un profesor, se cambió a The American Academy of Dramatic Arts (la Academia Estadounidense de Arte Dramático). “Nunca había imaginado ser actor”, dice. “Quería tener una educación formal en arte para poder volver a Europa y pintar”. Pero en la Academia, donde Redford interpretó a Konstantin Treplev en una producción de The Seagull (La gaviota), de Chekhov, la trayectoria de su vida cambió drásticamente. “Algo me hizo caer en la cuenta”, dice. “Comencé a ver todo con claridad”.

Interpretó papeles menores en el teatro y en televisión, pero pronto tuvo que enfrentar otra penuria personal. Él y Van Wagener tuvieron un hijo, en 1959, que falleció a los cinco meses de síndrome de muerte súbita infantil (SMIS). “Fue muy duro”, dice Redford. “Éramos muy jóvenes. Yo tenía mi primer trabajo teatral, que no pagaba mucho. No sabíamos nada sobre SMIS, por lo que lo único que piensas es que has hecho algo mal. Como padre, tiendes a culparte. Eso produce una cicatriz que probablemente no se cura por completo”.

Si bien Redford había explorado diversas ortodoxias, desde la Ciencia Cristiana al Budismo, pasando por la fe Mormona de su esposa, finalmente eligió una especie de humanismo secular: “Creo en el poder, la energía, que la naturaleza pone en su lugar”, dice. En parte fue ese punto de vista el que le permitió seguir adelante luego de la muerte de su primogénito.

Él y Van Wagenen tuvieron dos hijos más inmediatamente: Shauna, que hoy tiene 50 años, es artista y está casada con Eric Schlosser, autor de Fast Food Nation, y James, de 48, guionista y director. Ocho años más tarde la pareja tuvo a Amy, que se dedica a la actuación. Actualmente abuelo de siete nietos (el mayor está en la universidad y los menores son bebés mellizos), Redford pone a su familia entre sus mayores logros. “Era considerado irresponsable como niño, por lo que desarrollé una fuerte necesidad de demostrar que podía ser responsable”, dice. “Tenía arraigado ese anticuado concepto de que debes mantener a tu familia”.

Robin Wright, cuyo hijo adolescente se estaba recuperando de un accidente en patineta casi fatal durante la producción de The Conspirator, señala: “Bob me dijo lo importante que es su familia para él, de cómo la familia es elegida para uno, y no por uno”.

En 1966, una joven Jane Fonda coprotagonizó The Chase (La jauría humana) con Redford. Se habían conocido en los Estudios Paramount; ella recuerda ir caminando detrás de él por los pasillos del edificio administrativo. A medida que Redford pasaba por las oficinas, las secretarias asomaban su cabeza para echarle una mirada. “Pensé: ‘Oh, Dios, será una gran estrella’”, dice Fonda.

Fonda admite que cada vez que trabajaba con Redford se enamoraba de él. “Era difícil que no ocurriera. Eran su aspecto y sus modales. Siempre había cierto misterio, porque él no demostraba todo. Lleva un aura a su alrededor”.

La carrera artística de Redford levantó vuelo en 1969, con el estreno de Butch Cassidy and the Sundance Kid (Dos hombres y un destino). Desde entonces, y hasta 1985, fue el protagonista principal de unas 15 películas, incluidas The Candidate (El candidato), All the President’s Men (Todos los hombres del Presidente) y Out of Africa (Memorias de África), y los críticos atribuyen su éxito no sólo a su aspecto físico, sino también a sus métodos. La ilustre profesora de actuación Uta Hagen observó alguna vez que la fortaleza de Redford como actor reside en su honestidad. “Con él no es necesario lo extravagante”, dice James McAvoy. “Él encuentra la sincera simplicidad del personaje”.

Redford comenzó a dirigir y producir en 1980, porque anhelaba ser el "dueño" de sus proyectos cinematográficos. Dice que busca “alcanzar lo más profundo de la emotividad de algo” en sus películas. En Ordinary People (Gente corriente), su debut como director que le valiera un Oscar, exploró crudamente la dinámica de una familia que estaba sobrellevando la muerte de un hijo.

Si bien estaba cómodo con su reducida filosofía de la producción cinematográfica, Redford no lo estaba tanto con la imagen de persona imponente que la gente asocia con él. “Bob fue una tremenda estrella de cine”, dice Patrick Markey, quien trabajó por primera vez con Redford como asistente de producción en Brubaker, y gracias al asesoramiento de Redford, se convirtió en un exitoso productor de películas, entre las que se incluyen A River Runs Throught It (El río de la vida). “Pero eso es sólo una pequeña parte de quién es él. Hay una persona muy inteligente y más compleja detrás de eso”.

Para fomentar la producción cinematográfica independiente y cultivar el talento, Redford fundó el Sundance Institute (Instituto Sundance) en 1981; desde entonces, se ha expandido hasta incluir un festival de cine mundialmente famoso. “Al principio lo llamaban el capricho de Redford”, dice la crítica Byrge, “pero la industria cinematográfica lo ha adoptado”. La directora ejecutiva del Instituto Sundance, Keri Putnam, dice: “Robert Redford creó una plataforma para el trabajo independiente que ha puesto en marcha un movimiento en Estados Unidos”.

Aunque el éxito tiene su costo: Utah ya no es el refugio de Redford. Jane Fonda dice que a menudo imagina a su amigo montado a caballo, sobre una colina, mirando hacia Sundance y pensando: “¿Qué he hecho? Esto debía ser un escape… y se convirtió en trabajo”. Pero, agrega, “Bob es una de esas personas poco comunes que sienten que el servicio es el alquiler que uno debe pagar por la vida. Está en la esencia de su ética el retribuir por lo que recibió”.

En estos días, Redford sigue tan involucrado en cuestiones ambientales como lo está en la producción de películas: recientemente expresó en su blog su oposición a una compañía de explotación carbonífera que planea abrir una mina cerca de Bryce Canyon. Además, sigue rebuscándoselas para evadirse de todo, a veces en su casa de Santa Fe, una tradicional construcción de adobe ubicada sobre un valle montañoso, con una vista imponente de las montañas Sangre de Cristo.

Le pregunto a Redford cómo cree que ha manejado la fama. “Lo hice de la manera que quise”, contesta. “Sentí que si uno era lo suficientemente afortunado para tener éxito, debería atesorarlo, pero nunca adoptarlo, porque tiene un lado endemoniado”.

“La gente no se da cuenta de que Redford es realmente tímido”, explica Byrge. Cada año, en el Festival de Cine de Sundance, los productores asisten a un almuerzo con Redford. Luego, dice Byrge, él se va a las pistas de esquí. “Lo hace para descomprimirse. Aunque es extremadamente gentil durante el almuerzo, lo desgasta ser el centro de atención”.

Redford dice que siempre considerará el ser “artista” como parte de su identidad, y lo comparte con su segunda esposa, la pintora alemana Sibylle Szaggars, de 53 años, a quien conoció en Sundance a fines de los ’90 y con quien se casó en el 2009. “Es una persona muy especial”, dice tocándose el anillo de oro en su mano izquierda. “Es más joven que yo, y europea, lo que me agrada, y me renueva la vida completamente”.

“Ando a caballo, esquío, juego bastante al tenis”, continúa Redford. “Todavía tengo energía. Cuando se empiece a apagar, puedo empezar a pensar en la edad”. Mientras tanto, hay mucho que aún quiere hacer.

“Hay películas que quiero hacer”, comienza, hablando más ligero. “Durante mucho tiempo he querido hacer una de suspenso. Me gusta estar asustado y asustar. Y quiero seguir actuando, aunque creo que la industria ha llegado a la conclusión de que yo ya no quiero actuar más”.

En Oprah, Streisand le recordó a Redford de su viejo interés por hacer una segunda parte de The Way We Were, algo a lo que él se ha resistido durante años. Ella remarcó que la hija de ambos en la pantalla habría sido una extremista al crecer. “Hubiese concurrido a Berkeley y se habría metido en problemas, y nos tendríamos que volver a juntar para sacarla de la cárcel”, ríe Redford. “No es una mala idea, ¿sabes?’”.

Mordisquea una galleta de chocolate. “La otra película que quiero hacer es sobre personas que vuelven a descubrir el amor en la vejez”, dice. “Se juntaron por pasión en la juventud, pero la pasión se apagó y cada uno se fue por su lado. Envejecieron y, de alguna manera, sus vidas volvieron a cruzarse, y recuperaron su relación con un amor más maduro”.

Sonríe. “Es una historia interesante… ¡y estoy calificado para escribirla!”

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