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A una cuidadora le gusta ayudar a otros durante la pandemia

Iona Nevesky cuida a su clienta —y amiga— que tiene 97 años.

In English | A medida que la crisis causada por la COVID-19 se propagó, mis familiares y amigos me rogaron que dejara de trabajar. Se preocupaban por mi seguridad y querían que permaneciera en casa. Pero yo no lo contemplé, ni por un minuto. Durante los últimos seis años, todas las mañanas de lunes a viernes, he conducido 3 millas desde el hogar que comparto con mi hija, su esposo y mi nieto en El Segundo, California, para ayudar a mi clienta Judith. Tiene 97 años y, durante la pandemia, soy la única persona a quien ve. ¿Por qué iba a abandonarla ahora? Es imposible; nadie debe quedarse olvidado.


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Pero ha habido algunos cambios. Antes de que se impartiera una orden de permanencia en los hogares, llevaba a Judith al supermercado, a la peluquería o solo a dar una vuelta en automóvil para salir de su hogar. Y por supuesto, siempre la acompañaba a sus citas médicas. Ahora nos quedamos cerca de su hogar, pero ella todavía depende de mí para ayudar a preparar comidas y organizar sus medicamentos. Además, disfrutamos nuestras conversaciones. Aprendo mucho, en particular sobre la historia política de Estados Unidos, pues es un tema que siempre la ha cautivado.

“Estoy aquí para ella, sin importar lo que pase”.

— Iona Nevesky

De igual importancia, dependemos una de la otra para el apoyo emocional. Cuando empecé a trabajar con Judith, su esposo de muchos años acababa de fallecer, y ella lloraba mucho. Debido a que había perdido a mi esposo seis años antes, reconocí que ella tenía una pena profunda. A medida que pasó el tiempo, pudimos recuperarnos juntas. Creo que nuestra pena individual se alivió por nuestra experiencia compartida.

Sin embargo, también entiendo las preocupaciones de mis seres queridos sobre mi bienestar. Si bien no tengo enfermedades subyacentes, estoy entre quienes corren alto riesgo por el virus debido a mi edad. Pero ser cuidadora es lo más importante que hago en mi vida y no puedo imaginar dejar de serlo. Desde que era niña, supe que la clave de mi felicidad era cuidar a otras personas. Para cuando tenía 25 años, había tomado la decisión de convertirme en cuidadora profesional, y lo he estado haciendo desde entonces.

En especial ahora, cuando tantas personas están solas, siento que es una bendición. No solo disfruto de los placeres infinitos de vivir con mi hija y mi nieto de 9 años, sino que también puedo ayudar a otro ser humano. Para mí, no hay nada mejor que pueda hacer en el mundo. A fin de cuentas, estamos juntos en esta situación. Estamos aquí para cuidarnos mutuamente.

—Según relatado a Robin Westen

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