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La cura de la meditación

Reflexionar en silencio es bueno para el cerebro y puede llevar a tomar mejores decisiones.

Hombre sentado meditando - Beneficios de la meditación

Getty Images

La meditación puede ayudarte a bajar los niveles de colesterol y la tensión arterial.

In English | Nunca había pensado demasiado en el grosor de mi corteza cerebral o el volumen de mi cerebro, ni había contemplado cómo el aumentarlos ayudaría a regular mi capacidad de concentración y mis emociones.

Pero eso, según los expertos, es lo que puede suceder cuando meditamos con regularidad. Los fundamentos científicos que respaldan esta moda son los que convierten la atención plena —observar y aceptar nuestros pensamientos a medida que aparecen en el momento presente sin juzgar— en un antídoto contra nuestra manera de vivir al estilo de déficit de atención. Es por eso que parece que todos tus conocidos han probado la meditación o planean hacerlo.

Yo soy uno de millones —o uno de “ellos”, como lo dijo un compañero de trabajo— que meditan a diario. Incluso sin una gammagrafía cerebral, puedo decirte que desde que comencé, mi cerebro está más saludable. Un examen reciente también indica que mis niveles de colesterol, presión arterial, frecuencia cardíaca en reposo y media docena de mediciones adicionales de mi salud nunca han sido mejores. Algunos estudios me dicen que la meditación también tiene que ver con esto.

Sin embargo, el aspecto numérico de mi bienestar es mucho menos importante para mí que cómo me siento, y mi vida ha sido innegablemente más gratificante. Me siento tranquilo, con la mente aguda, enfocado, paciente, y más a gusto con otros y conmigo mismo que nunca. Mis amigos hasta comentaron sobre lo que publico en las redes sociales, y me preguntaron si una pandilla rusa pirateó mi cuenta para publicar fotos de perros, rosas, niños y atardeceres con viles intenciones. Pero no, soy yo.

Para aclarar: no soy un tipo de los que van a asrams. No quemo incienso, ni uso ropa de cáñamo, ni cito a los Upanisad. No me he sentido iluminado de repente.

Pasé gran parte de mi vida adulta igual que la mayoría de los demás, concentrado en construir mi carrera y formar una familia. Pero a medida que el tiempo pasa, la vida se complica y es fácil dejarse llevar por los problemas diarios y la oleada de hormonas —cortisol, adrenalina y norepinefrina— que nos vuelven frenéticos, reaccionarios y demasiado susceptibles.

Para mí, eso significó que me convertía, a veces, en “ese tipo”. El impaciente en la fila en Starbucks que hablaba sobre el trabajo por el celular como si estuviera negociando un tratado de la OTAN; el entrenador de fútbol juvenil que le dijo a un amable y fastidioso árbitro llamado George que se fuera al diablo; el padre y esposo distraído que monitoreaba su correo electrónico como si fuera el Nikkei.

Las cosas que sacrificamos cuando nos pasamos la vida reaccionando son significativas, y sabía que necesitaba un cambio. En búsqueda de claridad, empecé a meditar. Comencé despacio, unos días a la semana, 10 minutos cada vez. Hoy, un año después, medito por 20 minutos casi todos los días.

No es misterioso. Simplemente me siento en una silla de respaldo recto con los pies plantados en el piso y respiro profundo cinco veces —aspiro por la nariz, exhalo por la boca— para comenzar. Me examino mentalmente el cuerpo para ver si siento tensión o incomodidad y luego sigo respirando a un ritmo constante por la nariz, contando las respiraciones para concentrarme en el sube y baja, no en mis pensamientos desbocados.

Cuando la mente se me distrae —y siempre sucede— simplemente me doy cuenta de ello y vuelvo a concentrarme en mi respiración. Al final, me doy permiso de pensar en cualquier cosa, lo que sea, y la mente paradójicamente se me queda en blanco por 20 segundos o más. Felizmente en blanco.

Incluso después de haber meditado por cien horas, me maravilla lo atareada que puede estar mi mente. Sin embargo, me sorprende todavía más que me es posible salirme de mis pensamientos, que no me definen pero son como “tráfico en la carretera” enfrente mío, como dijo una meditación guiada. Descubrí que mis emociones ya no me arrastran como un perro con correa.

La meditación me ha funcionado, pero en las raras ocasiones en que hablo de ella, noto que me enfoco en un resultado sobre el que no he leído ni escuchado demasiado. Estar sentado en silencio, consciente de mis pensamientos, ha alargado el espacio de tiempo entre un estímulo —un pensamiento provocado por algo que veo u oigo— y mi reacción a este.

Hasta que empecé a practicar la meditación, no me había dado cuenta de que este espacio existía ni de que lo que hacía con él determinaba tanto en mi vida. Ese breve lapso entre un comentario de un amigo o cónyuge, o cuando otro automóvil se me atraviesa, y mi reacción, es donde se da la oportunidad. Con la práctica, estoy consciente de que puedo decidir si voy a tomarme un comentario como algo personal y reaccionar de manera acorde, o si voy a esperar un momento y responder más cuidadosamente.

No es fácil. El espacio entre los dos no contiene un silencio que te permita pensar, sino un torrente de ruidosas emociones, arrepentimiento, añoranza y miedo —reacciones aprendidas que a menudo nos llevan a actuar en función de patrones del pasado o sencilla frustración—. Cuando medito con regularidad, encuentro que en esos momentos puedo dejar que ese ruido simplemente caiga, como el cieno hacia el fondo de un lago. Esto me deja con la capacidad de ver cada situación única claramente, de escoger mi reacción.

Desde que medito, he notado que elijo sabiamente cada vez más y que la vida es más sencilla cuando lo hago —y aparentemente, más saludable—.

Así que no te dejes engañar por lo que ves y lo que lees. La meditación no es lo mismo para todos. No es una solución rápida ni un remedio sencillo para los problemas grandes y pequeños. Es una manera de estar más consciente de las opciones que todos tenemos cada día. De ti depende lo que escojas.

Toma de pantalla de la aplicación Headspace - Beneficios de la meditación

Headspace App vía iTunes

Conéctate, tranquilízate

Como 46 millones de personas, uso un teléfono inteligente para mejorar la salud y el acondicionamiento. Headspace, una aplicación para meditación con muy buenas reseñas, disponible para Apple iOS y Android, me ayuda a lograr la calma interior. Las primeras 10 sesiones son gratuitas; después, cuesta $12.95 al mes. Estas son cuatro aplicaciones adicionales que uso para calmarme la mente.

Cuando me hastío de... casi todos los demás.

Cuando los conductores que envían mensajes de texto o los empleados groseros de una cafetería me asfixian, Breathe2Relax me ayuda a encontrar calma instantánea. Se concentra en la respiración diafragmática para lograr una relajación más profunda en minutos. La aplicación además incluye consejos útiles sobre cómo respirar correctamente.
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Marine Aquarium consiste en peces tropicales que nadan apaciblemente juntos, una buena metáfora para una vida familiar y laboral perfecta. A medida que suben y bajan las burbujas, también lo hace mi nivel de ansiedad.
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He releído la misma oración en la última novela de Grisham nueve veces. Focus@Will me permite seleccionar listas de canciones personalizadas diseñadas para añadir energía y concentración a lo que sea que yo esté haciendo. De hecho, estoy escuchando “Clásica” en un nivel de “baja intensidad” mientras escribo esto. Espero que esté funcionando.
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Estoy despierto a la 1:15 a.m. ... y a las 2:15...

Soundrown usa sonidos naturales para bloquear las distracciones —tanto dentro como fuera de mi cabeza— y permitir que me relaje. Me gusta el sonido crepitante de "Campfire" (fogata), pero sorprendentemente, "Coffee Shop" (cafetería) tiene la combinación adecuada de tintineo de tazas y murmullos de fondo para distraerme de mis reflexiones nocturnas.
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