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¿Tu hijo joven o adolescente está deprimido?

Lo que deben saber los padres ahora, cuando más jóvenes tienen problemas de salud mental.

Mujer joven luce triste mientras mira por una ventana

DRAGANA991 / GETTY IMAGES

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Algo le ha pasado a mi hija. Estoy aterrorizada. Estoy sola. Estoy agotada. Es mi responsabilidad que ella esté segura y feliz, y estoy fallando como madre. Ya hace semanas que mi niña, que era vibrante y hermosa, con su largo cabello color jengibre, sus ojos azules, y siempre orgullosa de su aspecto, está recluida en la cama. Tiene el cabello enredado y pesado porque hace días que no se lo lava. El aire de su habitación está estancado. Con las cortinas cerradas, la oscuridad es total. No come. Duerme todo el tiempo. No se ve con amigos y no va a la escuela. Cada vez que trato de interactuar con ella, se pone agresiva o me mira fijo con una mirada inexpresiva. Extraño su risa. Extraño el sonido de su voz. Esta no es mi niña. Mi niña, que escuchaba música a todo volumen, cantaba a los gritos, se pasaba el día en FaceTime con amigos y encontraba un motivo para vivir con alegría, apenas está viviendo.

Estas son las palabras de Tanya Trevett, una exmaestra de educación especial residente en Boston y madre soltera de tres hijas adolescentes. Su hija mayor, Emma, de 17 años, sufre de ansiedad, depresión y trastorno bipolar. En su diario, Trevett recorrió el “viaje” de Emma desde ser una niña extrovertida cuya libreta de calificaciones era una seguidilla de “Aes” y que se pasaba las tardes jugando al fútbol, hasta convertirse en una adolescente que apenas podía funcionar, una niña que ella apenas reconocía.


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Algunos jóvenes tienen más riesgo que otros. Una encuesta del Gobierno de casi 8,000 estudiantes de la escuela secundaria realizada en los primeros seis meses del 2021 halló que el índice de episodios depresivos importantes era más alto entre las niñas adolescentes (25.2%) que entre los niños (9.2%). Entre 1991 y el 2017, los intentos de suicidio entre adolescentes negros aumentaron un impresionante 73%, en comparación con la reducción del 7.5% que se observó entre los adolescentes blancos. Pero el aumento de la depresión y el suicidio se observa en todos los grupos demográficos. No hay ningún grupo étnico, clase social, raza ni identidad de género que haya sido inmune.

¿Qué hay detrás de la crisis?

La tecnología

Los expertos dicen que no cabe duda de que la pandemia de COVID-19 ha exacerbado la crisis: alteró experiencias esenciales del desarrollo, tales como el último año de la escuela secundaria, la graduación y la transición a la universidad. “El componente social ha sido particularmente brutal”, dice Lucas Zullo, psicólogo clínico en el UCLA Youth Stress and Mood Program. Las personas corren menos riesgo de sufrir de depresión si “pueden conectarse con amigos y familiares, tener esas interacciones sólidas y de apoyo”, observa. “Todo eso desapareció mientras estuvimos totalmente confinados”.

Pero los CDC hallaron que los índices de depresión, ansiedad y suicidio entre los adolescentes y los jóvenes estaban en aumento antes de que surgiera la COVID-19. Zullo y otros profesionales de salud mental creen que la pandemia meramente los aceleró y acentuó.

Y también señalan otras influencias poderosas en el bienestar mental de los jóvenes, como la tecnología. Por un lado, las redes sociales son una muy buena forma de mantenerse conectado, dice Laurence Steinberg, profesor de Psicología en Temple University y experto en adolescencia. “Pero también sabemos [que] en algunos adolescentes, las redes sociales tienen un efecto negativo sobre la salud mental. Son una minoría, pero son los jóvenes más vulnerables. Cuando alguien popular se conecta a las redes, ve muchas cosas buenas sobre él. Recibe muchos elogios de sus amigos. Tiene muchos “me gusta” y gran comunicación sobre intereses compartidos. Cuando un adolescente que no es popular se conecta, se siente excluido; siente que no gusta. En ciertas formas, el rico se hace más rico y el pobre se hace más pobre”.

Sin embargo, el impacto de las redes sociales en la salud mental de los jóvenes tal vez no se base totalmente en la experiencia que tienen al utilizarlas, sino en las cosas que esa actividad está desplazando. “Sabemos que la depresión se correlaciona con la falta de sueño y la falta de ejercicio”, dice Steinberg. “Si las redes sociales impiden que los jóvenes realicen actividades que son buenas para ellos, están contribuyendo a la mala salud mental”.

Un incesante alud de malas noticias

Y luego están las noticias: un fuerte cóctel de división política, ataques armados en las escuelas, una economía incierta, el cambio climático y la guerra en Ucrania. Los golpes parecen no detenerse. “Tenemos acceso a esta información, pero no somos buenos para desconectarnos de ella”, dice Shannon Bennett, directora clínica local del New York-Presbyterian Youth Anxiety Center. “Eso nos mantiene constantemente atados a las cosas que más temor nos causan”.

Transiciones difíciles, altas expectativas

La transición de la escuela secundaria a la universidad puede ser particularmente difícil de navegar. “Puede haber muchas fuerzas de presión durante este período del desarrollo, entre ellas el logro de las metas educativas y ocupacionales, y la independencia financiera de los padres”, dice Autumn Kujawa, profesora adjunta de Psicología y Desarrollo Humano en Vanderbilt University.

Un factor que se suma a la ansiedad es que algunos adolescentes y jóvenes temen que nunca estarán en una posición económica tan buena como la de sus padres. “El mercado laboral es competitivo y difícil”, dice Steinberg, quien también señala la mayor competitividad en la aceptación a una universidad como un factor estresante para los estudiantes destacados de la escuela secundaria. “Las universidades no han ampliado las clases del primer año en proporción al aumento de estudiantes que solicitan el ingreso”, observa. “Hay una percepción de que no solo hay que ser excelente, hay que ser perfecto. Ese es un estándar que nadie puede alcanzar”.

Y los estilos parentales prevalentes pueden afectar la capacidad de los jóvenes para afrontar contratiempos. Por ejemplo, hay padres bien intencionados que quieren proteger a sus hijos de cualquier cosa dañina. “Hemos oído hablar de padres ‘helicóptero′; ahora están los padres ‘quitanieves′, que tratan de despejar cualquier dificultad o factor estresante de la vida de sus hijos”, dice Bennett.

Si tu hijo está considerando hacerse daño

Lleva a tu hijo al centro de crisis u al hospital más cercano o llama al 911.

Llama sin costo a la Línea Nacional de Prevención del Suicidio, disponible las 24 horas del día, al 800-273-TALK (8255), o envía un texto con la palabra “HOME” a la Crisis Text Line (línea de textos para situaciones de crisis) al 741741, para hablar con alguien que puede ofrecerte apoyo confidencial y recursos. El 16 de julio, la Administración de Servicios para el Abuso de Sustancias y la Salud Mental (SAMHSA) inaugurará un código de tres dígitos que permitirá que cualquiera que llame o envíe un mensaje de texto en Estados Unidos al 988 se conecte automáticamente con la Línea Nacional de Prevención del Suicidio.

La Sociedad para la prevención del suicidio adolescente (SPTS, Society for the Prevention of Teen Suicide, enlace en inglés) ofrece información útil sobre las señales comunes de advertencia de suicidio, además de sugerencias sobre cómo conversar sobre el tema con tu hijo, cómo encontrar ayuda y más.

“Aunque probablemente lo hagan con buena intención”, agrega, “eso impide que los hijos siquiera aprendan a afrontar el estrés, las dificultades y el fracaso, cosas que son parte normal de la vida. Cuando llegan a la adultez y se encuentran con algo difícil —su primer trabajo o alejarse del hogar para estudiar—, no tienen las habilidades que necesitan para hacer frente a los altibajos normales de la vida. Como padres, es difícil saber cuándo debemos empujar a nuestros hijos a enfrentar cosas que son difíciles y estresantes y cuándo debemos apoyarlos o protegerlos”.

Cómo identificar a los jóvenes en situación de riesgo

El hijo de Beth Syverson, Joey, intentó suicidarse cuando tenía 15 años. Trató de ahorcarse en el armario de su cuarto con el cinturón de su chaqueta de cuero. No era la primera vez. “De niño, Joey era simplemente encantador”, recuerda Syverson. “Le iba bien en la escuela; no era el mejor estudiante, pero tenía ‘Bes’ y ‘Ces’. Era muy bueno al baloncesto, un músico excelente, y tocaba la guitarra y la batería. Como yo veía las cosas, parecía ser popular y alguien divertido con quien pasar el tiempo. Yo me daba una palmada en la espalda y me decía que era muy buena madre. ¡Mírenlo!”.

Cuando llegó a la adolescencia, Joey se volvió huraño, “el tipo de joven que ves en una comedia de televisión”, dice Syverson. “Dormía mucho y comenzó a hablarme menos. Yo me dije: ‘Bueno, eso es lo que hacen los adolescentes’. Pero había mucho más que yo no sabía”.

Después de su hospitalización, Joey se abrió y le confesó a Syverson que en la escuela lo acosaban constantemente porque tenía dos mamás y él era asiático (Syverson lo adoptó de Japón). “Yo no tenía ni idea”, dice ella. “Él absorbió todo y nunca me dijo una palabra”. También se hizo evidente que Joey estaba teniendo algunas ideas muy oscuras y preocupantes. “No solo pensaba constantemente en la muerte, la idealizaba”, dice Syverson. “Por el análisis de sangre nos enteramos de que había estado consumiendo drogas. En parte por las sustancias psicodélicas, él sentía que podía ver el otro lado y quería ir allí, porque era hermoso y tranquilo, y allí todo el mundo lo amaba. Eso es lo que impulsó los intentos de suicidio. En la cabeza de mi dulce hijo se alojaban los pensamientos más oscuros y atemorizantes que uno pueda imaginar. Fue una sorpresa horrible”.

Tal como descubrió Syverson, puede ser complicado identificar a los adolescentes y los jóvenes más vulnerables a los problemas de salud mental. Por múltiples razones, muchos de ellos no se sienten cómodos pidiendo ayuda.

Consideremos el aumento reciente de suicidios entre atletas de la NCAA, por ejemplo. Desde marzo, cinco de ellos se han suicidado. Mientras que transmitían confianza en la cancha, en realidad tenían problemas, señala Bonnie Nagel, profesora de Psiquiatría y Neurociencia Conductual en Oregon Health & Science University. Explica que con individuos tan destacados, “la expectativa es que estén bien todo el tiempo, porque ¿qué motivo tendrían para no estarlo? Son populares, son atletas, son inteligentes. Pero probablemente sean menos propensos a buscar ayuda a causa de las expectativas que se tiene de ellos”.

Algunos adolescentes y adultos jóvenes conflictuados son reacios a confiar en sus padres porque no quieren crearles un disgusto o causarles más estrés (ciertamente, muchos adultos están luchando con su propia ansiedad y depresión). “Una frase que escucho con frecuencia de los adolescentes con quienes trabajo: ‘No quería ser una carga’”, dice Zullo.

También están el estigma y la vergüenza que todavía se asocian con las enfermedades mentales, aspectos que Murthy, el cirujano general de EE.UU., está tratando ahora de combatir con la campaña Dare to Share, en la que personas famosas y otros que han experimentado depresión y otros problemas de salud mental comparten sus historias para alentar a los jóvenes a hablar sobre sus dificultades.

Si bien la depresión puede expresarse de formas diferentes, las señales comunes incluyen las siguientes:

  • pérdida de interés en actividades que el joven disfrutaba antes
  • nuevas conductas riesgosas o peligrosas
  • problemas en la escuela, especialmente si el joven es normalmente un buen estudiante
  • pasar más tiempo de lo habitual a solas
  • alejarse de las actividades que antes le encantaban
  • cambios en los hábitos de sueño o de alimentación
  • cambios de humor, incluida una mayor tendencia a la ira

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Primeros pasos

La mayoría de los padres querrían que sus hijos se sintieran lo suficientemente cómodos como para pedir ayuda si están sufriendo. Debes dejar bien en claro para ellos que estás presente y abierto a conversar sobre temas difíciles, dice Nagel. “Habla con tus hijos y crea espacio para que ellos se acerquen. Sé inquisitivo sin inundarlos de preguntas”. Inicia una conversación con un simple “¿cómo te fue hoy?”. Trata de no hacer otras cosas al mismo tiempo (haz a un lado tu celular) cuando interactúan para que no quede duda de que estás allí para ellos.

Si sospechas que tu hijo está ocultando algún problema, profundiza (un poco) más sin forzar el tema. “Inicia la conversación con un comentario abierto, como este: ‘Pareces estar algo triste últimamente. ¿Hay algo de lo que quieras hablar?’”, sugiere Steinberg. “No lo hagas en tono de confrontación, pero sí hazle saber que lo has notado”.

Cómo encontrar ayuda profesional

En estos tiempos, puede ser buena idea comenzar a buscar un buen terapeuta en el momento en que sospechas que tu hijo podría necesitar uno. “Siempre hemos tenido escasez de profesionales de salud mental, y la pandemia lo ha vuelto mucho peor”, dice Lynn Linde, consejera y directora de conocimiento y educación de la American Counseling Association (ACA).

Pero no desistas. Si tu hijo está en la escuela secundaria, puedes pedirle a tu pediatra o tu médico de cabecera que te refiera a un profesional de salud mental. “El consultorio de tu médico de cabecera tiene una lista de especialistas en salud conductual en tu red”, dice Caitlin Nevins, directora de servicios psicológicos para el College Mental Health Program de McLean Hospital, en Massachusetts. “Si es un médico de cabecera que ha visto antes a tu hijo, lo conocerá algo y podrá sugerir a alguien que podría ser adecuado para él”.

Otros recursos 

(Enlaces en inglés)

  • Alianza de Apoyo para la Depresión y el Trastorno Bipolar (DBSA, Depression and Bipolar Support Alliance): Tiene una base de datos de grupos de apoyo en todo el país y una serie de pódcast que presenta historias inspiradoras de jóvenes que han superado la depresión o un trastorno bipolar.

Si el médico de cabecera de tu hijo no puede recomendar un profesional de salud mental, pídeles sugerencias a tus amigos. (Te sorprenderá descubrir cuántos de ellos tienen hijos que reciben atención de salud mental). También puedes probar con la herramienta Find a Therapist de Psychology Today, el buscador de psicólogos de la American Psychological Association (APA) o Zencare (una base de datos de terapeutas) (enlaces en inglés). Ingresa tu código postal y encontrarás una lista de profesionales cerca de ti. Puedes refinar la búsqueda por métodos de tratamiento (terapia cognitivo-conductual, por ejemplo), especialidad, competencias, años de experiencia o costo por sesión.

La persistencia es importantísima, dice Gigi Peterkin, una madre residente en Filadelfia a quien le llevó unos seis meses de llamadas a terapeutas sin referencias previas solo para que su hija adolescente “J” pudiera ser evaluada por depresión. Su consejo: “Sé firme. A muchos terapeutas que trataron de restarles importancia a mis preocupaciones les dije: ‘Mi hija está en crisis. Si usted no puede ayudarme, sugiérame a alguien que pueda. Deme un lugar a donde ir. ¿A quién recomienda?’. Obtuve muchas recomendaciones y algunos hasta me volvieron a llamar”.

Dile a tu hijo que puede entrevistar a los terapeutas y elegir aquel con quien se sienta más cómodo. “Ofrece opciones, pero no impongas”, dice Patricia Daza, psicóloga sénior y directora de Servicios de Psicología en Menninger Clinic. “Trabaja en cooperación, de modo que sientan que ellos son parte de la solución”. (Si tu hijo está en la universidad, comunícate con el centro de asesoramiento. “Ellos tienen una lista corriente de proveedores cercanos que frecuentemente trabajan con sus estudiantes”, dice Nevins).

Otra opción: considera alternativas a la terapia individual, como terapia grupal. “A menudo, hay más disponibilidad a corto plazo”, dice Nevins. “El paciente se encuentra en un entorno donde hay mucha validación de otros adultos jóvenes que también están tratando de resolver problemas. Se parece más a una comunidad”.

Cómo continuar participando en la atención de tu hijo

Ten presente que si tu hijo tiene 18 años o más, deberá firmar una exención para autorizar tu participación. Puede ser sumamente frustrante si te excluye. (El hecho de que tú eres quien paga por el servicio no te da ningún derecho a recibir información sobre su condición médica). Pero igualmente trata de hablar con franqueza sobre tus preocupaciones y de ayudar con algunas cosas, como hacer las citas. “No participar en su atención no quiere decir que no puedas ayudarlo a buscar atención o que no puedas buscar atención por él”, dice Nagel.

“Una vez que un adulto emergente cumple los 18 años, yo tengo que pedirle que me autorice a hablar con sus padres”, dice Bennett. “Los padres son una fuente copiosa de información para saber cómo vive y funciona su hijo, y lo importante no es que los padres sepan cada cosa privada sobre su hijo, sino que sepan cómo comprenderlo y apoyarlo sin inmiscuirse demasiado. Ese es un delicado equilibrio que se les pide que manejen. A veces el hijo no quiere la participación de los padres, por lo que trato de hablarle sobre los límites que podemos establecer para que todos los afectados se sientan cómodos”.

Y, enfatiza Steinberg, si tu hijo está considerando suicidarse o sospechas que puede representar un peligro para otros —no importa qué edad tenga—, ya no es una cuestión de tus derechos como padre. Tienes la obligación de intervenir.

Barbara Stepko tiene una larga trayectoria como escritora de salud y estilo de vida, y ha sido editora de Women’s Health e InStyle. Su trabajo ha aparecido en The Wall Street Journal, Parade y otras revistas nacionales.