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Mercedes Soler y su dolorosa batalla con la culebrilla Skip to content
 

Mi dolorosa batalla con la culebrilla

Esta condición no solo afecta a los ancianos y ahora hay una nueva vacuna.

Mercedes Soler

Cortesía de Mercedes Soler

A mediados de este verano me puse la primera de una serie de dos vacunas contra la culebrilla, o herpes zóster. El dolor en el brazo duró cinco días. La incomodidad valía la pena, insistió mi farmacéutica, ya que según ella, esta nueva versión de la inoculación, llamada Shingrix, es considerada una medicina maravilla que protege casi un 100%.

Dos meses después, cuando me tocó la segunda dosis, la vacuna estaba agotada en Miami. Y ese es el caso en muchas ciudades de Estados Unidos, donde algunos pacientes se encuenran en listas de espera. Yo viajé a otra ciudad para recibir la vacuna. Es sumamente importante recibir las vacunas, especialmente si has padecido la varicela.


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La culebrilla por sí no es infecciosa. Sin embargo, representa la segunda manifestación de la varicela, que queda inerte en el cuerpo de quien la haya padecido. El contacto directo con un brote de culebrilla —especificamente con las ampollas— sí puede contagiar con varicela a quien no esté vacunado.

Periodista Mercedes Soler y fotoperiodista

Cortesía de Mercedes Soler

¿A quién afecta?

Dicen que la culebrilla es una condición que sólo afecta a los ancianos. No te fíes. A principios de mis 40s, me cayó ese golpetazo. Es que así te sientes, como si un ardor, dolor, quemazón o punzada lacerante estuviera a punto de devorarte la zona afectada.

Ahora tengo 55 años, pero para aquel entonces, yo era corresponsal de televisión. Tenía dos niños de edad escolar. Trabajaba largas horas y ni había oído ni tenía tiempo para pensar en la culebrilla.

Las ampollas, que serpentean el trayecto del nervio en que una vez se alojara el virus de la varicela, me brotaron en la pierna izquierda, debajo de la rodilla y hacia atrás. Me dejaron prácticamente inmóvil. Cualquier roce de la piel era una agonía. Por ignorancia, traté de auto medicarme con una pomada de antibiótico de las que venden sin receta. No tuvo efecto.

Para la segunda semana de este suplicio, cuando pensé que acabaría inmóvil en una silla de ruedas, busqué la ayuda de un dermatólogo. Con solo mirarme la pierna, el galeno diagnosticó el herpes zóster, el nombre científico de la culebrilla. Me indicó que el tratamiento funciona mejor cuando se le trata durante las primeras 72 horas. Lo consideré un mal augurio.

El protocolo que usaron conmigo para tratar la culebrilla fue la ingesta de antivirales durante 10 días. Inicialmente, y después del tratamiento médico, tanto las ampollas como el dolor desaparecieron. Retomé mi vida ajetreada.

Sin embargo, a todos no les funciona el tratamiento, y la neuralgia pos herpética causada por el daño en los ganglios nerviosos sensoriales puede durar años. Ese, desgraciadamente, ha sido mi caso.

Mercedes Soler en su faceta de periodista

Cortesía de Mercedes Soler

El dolor vuelve

Más de una década después, una combinación de factores reavivó la penuria.

Yo siempre he sido delgada y muy activa, pero nunca he hecho ejercicios de gimnasio. También nací con una ligera escoliosis que siempre me llevó a tener una mala postura y a jorobar la espalda. Esto, y los últimos seis años de carrera contribuyeron a las molestias en el nervio ciático del lado izquierdo del cuerpo. Mi carrera exigía pasar horas conduciendo del trabajo a casa y viceversa; horas más sentada frente a la computadora para redactar un noticiero, luego una hora sentada en el set para salir al aire.

Primero tomé calmantes. Nada. Acudí a mi médico primario. Nada. Busqué especialistas en los tres hospitales principales del sur de la Florida. Nada. Abordé un avión, en pura agonía, y me fui a la Clínica Mayo en Rochester, Minnesota, donde me hicieron pruebas durante una semana. Nada.

En los últimos siete años, buscando respuestas, me he sometido a 14 exámenes MRI (imágenes de resonancia magnética) y a la extirpación de un quiste del tamaño de un limón en el ovario izquierdo porque pensé que pudiera estar comprimiendo el nervio. Seguían sin encontrar nada. Ninguno de las decenas de médicos que he consultado ha logrado diagnosticar o aliviarme. Algunos pensaron que pudiera tratarse de fibromialgia. Otros me hicieron pruebas de artritis o intentaron detectar virus exóticos y hasta traté de mitigar el dolor con hipnosis. Nada.

Me refugié en la medicina alternativa, la acupuntura, meditación, homeopatía; consulté a un babalawo (líder espiritual ) y a un chamán. Nada. Nadie ha podido explicarme contundentemente el por qué de mi dolor crónico.

Intuyo que lo que padezco hoy es una neuropatía, originalmente provocada por la culebrilla y, por supuesto, exacerbada por una mala postura y un estilo de vida.

De haber sabido hace 15 años lo que era el herpes zóster, y de haberme vacunado a tiempo, quizá esta crónica no sería tan sufrida. 

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