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Mi diario: la cirugía de ‘bypass’ coronario de mi esposo

Recuento de cómo enfrentamos la noticia, la cirugía y su recuperación.

Hombre rodeado de dos mujeres, familia - Cirugía bypass

Cortesía de Marlon Estuardo Juarez

En esta imagen aparece Estuardo Juárez junto a su suegra (a la izquierda) y su esposa, Celeste Rodas (a la derecha) durante la celebración de sus treinta y un años de matrimonio.

Cuando escuché que mi esposo, Estuardo Juárez, necesitaba una cirugía de derivación coronaria doble (bypass), se me doblaron las rodillas y casi caigo encima de la camilla en la que, aún convaleciente después de un cateterismo, estaba él. Jamás ha fumado, no ha sido un bebedor y es un deportista empedernido. La noticia de que, a los 52 años, necesitaba un procedimiento tan invasivo, me dejó sin aliento.

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Llena de pánico y de ignorancia pregunté: “Doctor, ¿esa operación es en la que le tienen que partir el esternón?”.

Sonriente, contestó: “Poniéndolo de esa manera, sí. Esta es una cirugía de corazón abierto. Él es un candidato perfecto porque es joven y saludable. El único problema que veo es que es Testigo de Jehová y, al no aceptar transfusiones de sangre, su riesgo aumenta considerablemente. Ahora tiene una obstrucción del 99% en una arteria y entre 70 y 90% de la otra. Hay que operar pronto”.

Tratamos de explicarle las alternativas, en cuanto a las transfusiones de sangre, que sí aceptamos para que viera nuestro caso tal como lo haría con un paciente que es alérgico a la penicilina, pero no nos puso mucha atención. Así aprendimos la primera lección de esta travesía: como solo tenemos un corazón, no se lo entregaríamos al primer médico que conociéramos. Buscaríamos hasta encontrar a alguien que nos transmitiera absoluta confianza.

Los primeros pasos antes de la cirugía

En primer lugar teníamos que compartir la noticia con el resto de la familia y los amigos. Nos costó mucho porque no teníamos toda la información a mano. Fue aun más difícil decirle a mi mamá, quien a sus 77 años ya excedió su dosis de sufrimientos. Sin embargo, con la entereza que la caracteriza, se tragó sus lágrimas para darnos fuerza. Desde ese día no se despegó de nosotros y comenzó a hacerle a Estuardo todas las recetas que fortalecieran su sistema.

Yo volqué todas mis energías en búsquedas por internet. Quería saber todo sobre la operación: de qué se trataba, qué médicos tenían el menor índice de mortalidad, quiénes la hacían sin transfusiones de sangre (hay hospitales con centros especializados en ello) y si mi esposo era un buen candidato para la cirugía menos invasiva (MIDCAB) o robótica. En casi toda familia hay una persona incondicional; en la mía esa persona es mi hermana, Claudia. Ella se volcó conmigo en esta búsqueda y descubrimos que hay varios especialistas cuyo correo electrónico está disponible y que, si uno les envía el expediente médico por correo, analizan el caso.

Buscando al cirujano ideal

Uno maravilloso que me cautivó por su sensibilidad fue el Dr. John Puskas (en inglés). El presidente del departamento de cirugía cardiovascular del hospital Mount Sinai Beth Israel, en Nueva York, contestó mi email un domingo y mostró tanto interés que ya estábamos analizando cómo viajar para verlo.

Su toque humano contrastó con el que no tuvieron dos médicos que habíamos consultado en Miami, donde residimos. Uno nos trató con tanto despotismo que los tres, mi mamá incluida, salimos temblando de su consulta. Otro nos canceló tres veces y, tras hacernos esperar cuatro horas en su consulta, nos atendió cinco minutos.

Pero nos faltaba una última consulta: entrevistarnos con el Dr. Cedric Sheffield (en inglés), jefe del programa de trasplantes de corazón de la Cleveland Clinic Florida. Llegó puntual y comenzó mostrándonos un video de lo que era la enfermedad coronaria, las alternativas médicas y por qué pensaba que era mejor hacer el bypass tradicional. Y agregó: “Veo que ustedes son Testigos de Jehová. No hay nada de qué preocuparse, yo uso métodos de perfusión mínima y control del volumen sanguíneo. De hecho, podría ser más pronta su recuperación”.

El día de la cirugía: 16 de noviembre del 2016

Una operación así es también una prueba de fuego para los nervios. Así es que, en noviembre, cuando el Dr. Sheffield nos presentó a su equipo de trabajo, minutos antes de la cirugía, les dije, “Necesito que sepan que ustedes no son la primera opción que tuvimos, sino el producto de muchas oraciones y una intensa investigación que nos llevó a descubrir que Cleveland Clinic es la mejor realizando este tipo de cirugía y, si son parte de ella, es porque son los mejores para sanar el corazón de mi esposo. Así es que, por favor, ‘Let’s rock!’”.

Sonrientes, se llevaron a Estuardo. Claro que, por mucha fe que uno tenga, cualquiera tiembla cuando ve a su compañero de toda la vida desaparecer por ese pasillo frío que conduce al quirófano. Allí fue cuando me quebré y comencé a llorar. Mi amiga, Maritza Martínez, quien también es nuestro médico de cabecera, me abrazó y me dijo: “¡No! ¡Nadie se ha muerto! Vamos a orar, no a llorar”.

Hombre cruzando la meta luego de una cirugía

Cortesía de Marlon Estuardo Juarez

Estuardo Juárez llegando a la meta luego de correr un medio maratón en Miami, en el año 2014.

Tras una espera que sentíamos eterna, todos respiramos aliviados cuando el médico por fin apareció y nos dijo, “Fue un éxito. Solo que no le hice dos, sino cuatro derivaciones coronarias”. Si él no hubiera tomado esta decisión es muy probable que la cirugía se tuviera que repetir más adelante.

Como no me llamaban para entrar a verlo en la sala de cuidados intensivos, me “infiltré” en ella. Habían transcurrido 10 horas sin verlo y teníamos una cita. La más ansiada de nuestros 35 años juntos. Es que, días antes, le había prometido que cuando abriera los ojos yo estaría a su lado sosteniéndole las manos. “Como no vas a poder hablar porque tendrás un tubo en la boca”, le había dicho, “me aprietas la mano para responder. Un apretón es sí, dos es no”.

Le apreté la mano y enseguida abrió los ojos. “¡Alabado sea Jehová!”, le dije. “Todo salió como habíamos suplicado, bebé. ¿Quieres que hagamos una oración?”

Él me dio un apretón de manos. Entonces elevamos una de las alabanzas más profundas que hemos hecho juntos.

La recuperación

El procedimiento de recuperación fue más rápido de lo que esperábamos.

A las cuatro horas le quitaron el tubo de la boca. A las 13 horas lo sacaron de la cama y lo sentaron en una butaca para que desayunara. Después de las 24 horas, le fueron quitando todos los drenajes y los medicamentos intravenosos. A las 72 horas, cuando lo transfirieron a una habitación, mi esposo pidió que le quitaran el medicamento del dolor más fuerte y optó por un analgésico común.

Para animarlo, imprimí fotografías que lo hicieran recordar momentos felices: jugando fútbol, dando un curso bíblico. Nuestro querido amigo José le hizo un cartel con su texto bíblico favorito y otros amigos le habían llevado lindos globos. Cuando Estuardo entró a su habitación y vio estos cariñosos detalles se emocionó mucho.

De vuelta a casa

Cuando mi hermano, Gustavo, y nuestro amigo Alberto Lloreda nos fueron a recoger al hospital, un pianista tocaba en vivo What a Wonderful World en el vestíbulo del hospital. Habían pasado cinco días y, aunque mi esposo estaba hecho un “coladorcito” con todas las heridas de su operación, estábamos radiantes de gozo. ¿Qué importa una que otra cicatriz cuando la vida nos permite una segunda oportunidad para disfrutarla?

La primera semana, una enfermera vino todos los días a cuidar de sus heridas; también, un terapeuta para ayudarlo a recuperar el movimiento. Familias de la congregación nos llevaron comida durante la primera semana, aunque algunos amigos siguieron llevándola por todo un mes.

Y así el tiempo ha ido pasando, aunque incluso las cosas más rutinarias, como dormir, se hayan vestido de desafió. Estuardo lleva dos meses durmiendo en la misma posición ya que, debido a la cicatriz del pecho, aún no puede recostarse de lado. Esto le provoca fuertes dolores musculares, pero no se queja. “¿Cómo quejarme si es tanto lo que hemos ganado y tan poco lo que hemos perdido?”, dice.   

Si antes admiraba a mi esposo, ahora lo admiro el doble; su mejor medicina ha sido no lamentarse. Desde que llegó a casa hizo todos sus ejercicios de respiración y comenzó a caminar para fortalecerse. Durante esas caminatas hablamos con frecuencia de la importancia de aquél chequeo de rutina donde se descubrió la necesidad de “remendar” su corazón. Ahora, en cada sístole y diástole apreciamos y disfrutamos muchísimo más la oportunidad de estar juntos y del grandioso milagro de la vida.

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