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A una asistente de enfermería le preocupa propagar el virus a los residentes y su familia

Amy, una madre soltera que apenas llega a fin de mes, pasa sus días viajando entre el trabajo y su hogar.

Vista de una mujer de espaldas

AARONAMAT/GETTY IMAGES

In English | Los residentes del hogar de ancianos que esperaban los abrazos de Amy ya no pueden recibirlos. Cuando miran su cara para ver una sonrisa, la de ella está escondida detrás de una mascarilla. Amy no puede ofrecer el consuelo que se merecen y necesitan, el que siempre ha dado, porque está determinada a protegerlos.

"Hacerle daño a uno de mis residentes sería como hacerle daño a un familiar", dice.

Amy, quien no quiere que se mencione su apellido o su empleador, es una asistente de enfermería certificada en un tiempo en el que la pandemia de COVID-19 ha cobrado la vida de más de 23,000 personas que viven o trabajan en hogares de ancianos u otros centros de cuidados a largo plazo. Se han confirmado varios casos de COVID-19 en las instalaciones en Maryland donde ella labora, y 20 otras personas que han estado expuestas al virus esperan los resultados de las pruebas. Hasta ahora, por lo que ella sabe, nadie ha muerto a causa del virus.

Ilustración de una partícula del coronavirus

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Los asistentes de enfermería en centros de cuidados a largo plazo ayudan a los más vulnerables a afrontar su vida diaria. Despiertan, bañan y alimentan a los residentes. Los llevan al baño, les cambian los pañales y los visten. Les aplican maquillaje, los llevan a actividades y se mantienen presentes constantemente.

Es un trabajo que Amy ha tenido el honor de hacer por 23 años.

"Me encanta ser sus ojos cuando no pueden ver y sus manos cuando no pueden tocar, y estar a su lado cuando los demás no pueden estarlo", expresa.

La pandemia ha hecho que estar ahí sea más difícil que nunca. Los residentes con demencia no entienden por qué ella se mantiene distante. Pero su fe y compromiso con quienes dependen de ella la mantienen enfocada, incluso mientras se siente ignorada y poco apreciada —no por sus residentes o sus familias, sino por su empleador y el público—.

Esos sentimientos no son nuevos; solo se han vuelto más evidentes durante esta crisis, a medida que se reconoce la labor de otros. Amy, una madre soltera a quien apenas le alcanza el dinero, siempre ha sabido que los médicos y enfermeros reciben todo el crédito. Pero ella y sus compañeros que son asistentes de enfermería certificados pasan más tiempo con los pacientes, hacen el trabajo preparatorio y saben cuán valiosos son.

"Somos los que secamos las lágrimas de los pacientes, tomamos sus manos cuando se están muriendo o les leemos antes de irse a dormir", comenta. "Sabemos cuál es su ropa favorita y cómo les gusta que les cepillen el cabello, porque nosotros lo hacemos".

La falta del equipo de protección personal en los hospitales alcanza los titulares y provoca acción, pero Amy tiene que usar la misma mascarilla quirúrgica todos los días; la guarda en una bolsa de papel al final de cada turno para protegerla. A menos que se rompa o se contamine visiblemente, no la puede reemplazar. Ocurre lo mismo con la mascarilla N95 que usa cuando está con los residentes que tienen COVID-19.

Ella es tan cuidadosa como puede. Para mantenerse saludable y limpia evita ir de compras, y casi nunca va a ningún sitio que no sea el hogar de ancianos o su propio hogar. Se preocupa por la salud física y mental de sus residentes, quienes no son responsables de los virus que contraen de otras personas, incluidos los médicos, administradores y repartidores.

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