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El terrible costo de la guerra para los ancianos de Ucrania

El sufrimiento de los ucranianos de más edad es inigualable. Esta es la experiencia de una familia que lucha por sobrevivir.


spinner image Halyna Lupinos, 87, en su amado hogar
Halyna Lupinos en su casa de Orijiv, Ucrania.
OLEKSII FURMAN

 

Los ucranianos mayores —aislados, con frecuencia pobres, con mala salud y vinculados emocionalmente a su hogar familiar— sufren de un modo inigualable y tremendo. La familia Lupinos no es una excepción. Los más jóvenes ahora están refugiados, y los mayores se aferran a su hogar en ruinas en el frente de batalla. Su hija, Tamara, intenta sin descanso unirlos a todos. Esta es su historia.

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La decisión de Tamara

spinner image La hija de Halyna, Tamara Lupinos
Tamara Lupinos, Zaporizhzhia, Ucrania.
OLEKSII FURMAN

TAMARA LUPINOS, de profesión bióloga, vive sola en un apartamento de una habitación en una ciudad industrial en el sur de Ucrania. Tamara tiene 64 años y también es una abnegada madre, abuela e hija que rechazó trabajos mejor remunerados en otros lugares para vivir en Zaporiyia, una ciudad extensa y llena de edificios de la era soviética emplazados a orillas del río Dniéper.

“Aquí estoy cerca de mi trabajo”, me cuenta cuando nos encontramos cerca de su apartamento, “y solo a una hora en automóvil de la casa de mis padres”.

Antes del 24 de febrero, la vida de Tamara era tranquila, aunque difícil. En los últimos tiempos, el trabajo había sido estresante en el instituto de investigación botánica donde dirige el Departamento de Mercadotecnia; se habían producido ausencias por la COVID-19 y había falta de fondos. A fines de febrero, Tamara, una mujer atractiva y bien arreglada, con zapatillas de deporte brillantes y un carácter cálido y alegre, todavía se estaba recuperando de un largo y difícil episodio de COVID-19 y de una lesión en la espalda que le hacía muy difícil subir las escaleras a su apartamento en el noveno piso.

spinner image La hija de Tamara Lupino, Anastasia, con su esposo, Dmytro, y su hija, Kira, en la playa
De izquierda a derecha: Anastasia, la hija de Tamara, con su marido, Dmytro, y su hija, Kira, en la playa en tiempos más felices.
CORTESÍA DE LA FAMILIA LUPINOS

Sin embargo, empezaba cada día con alegría cuando llamaba a sus padres en la ciudad vecina de Orijiv para ver cómo estaban. Normalmente era su madre, Halyna, de 87 años, quien atendía el teléfono para compartir sus novedades y las del padre de Tamara, Mykola, de 92 años, que había sobrevivido a un cáncer y a dos derrames cerebrales. Para Tamara, esta era la primera de varias llamadas que hacía para hablar con sus padres cada día antes de que todos se fueran a dormir. También llamaba a su hija, Anastasia, de 28 años. Tamara no solo es la única cuidadora de sus padres mayores, sino también una abuela cariñosa y una fuente continua de apoyo emocional para su hija, que entonces criaba a su propia hija Kira, de 4 años, con su marido Dmytro, de 36, en un apartamento en el límite sur de la ciudad.

A las seis de la mañana del 24 de febrero, todo cambió. Sonó el teléfono de Tamara. Su hija, aterrada, exclamó: “Mamá, ya empezó la guerra. Ya están aquí. Melitópol está en llamas. Ya vamos para allá”.

Tamara se quedó atónita. ¿Guerra? Casi ni había prestado atención a las noticias sobre la concentración de tropas rusas en las fronteras de Ucrania ni a las advertencias de Estados Unidos sobre la inminencia de una invasión a gran escala. No era la única. Las autoridades ucranianas no habían hecho muchos preparativos para la defensa ni la evacuación, con la certeza de que Rusia no se aventuraría más allá del este de Ucrania, donde se había estado gestando un conflicto mortal durante ocho años.

A las seis de la mañana del 24 de febrero, todo cambió. Sonó el teléfono de Tamara. Su hija, aterrada, exclamó: “Mamá, ya empezó la guerra. Ya están aquí. Melitópol está en llamas. Ya vamos para allá”.

Tamara se quedó atónita. ¿Guerra? Casi ni había prestado atención a las noticias sobre la concentración de tropas rusas en las fronteras de Ucrania ni a las advertencias de Estados Unidos sobre la inminencia de una invasión a gran escala. No era la única. Las autoridades ucranianas no habían hecho muchos preparativos para la defensa ni la evacuación, con la certeza de que Rusia no se aventuraría más allá del este de Ucrania, donde se había estado gestando un conflicto mortal durante ocho años.

spinner image Una casa bombardeada cerca de la casa de Lupinos en Orikhiv
Una casa bombardeada cerca del hogar de la familia Lupinos en Orijiv.
OLEKSII FURMAN

Sin embargo, ahora caían misiles por toda Ucrania. Rusia había lanzado ataques aéreos y terrestres desde el norte, el sur y el este, que mataron a civiles y destruyeron infraestructura. Por un terrible vuelco del destino, cuatro generaciones de la familia Lupinos quedaron atrapadas en medio de esta acometida. Anastasia vivía al otro lado del río de su madre, cerca de la carretera hacia Melitópol, a unas 70 millas al sur, donde ya había tanques rusos en las calles. Y los padres de Tamara vivían en Orijiv, una pequeña ciudad en la carretera hacia Mariúpol, donde el mundo vería desplegarse una devastación indescriptible en las semanas siguientes.

Anastasia y su familia llegaron al pequeño apartamento de una habitación de Tamara solo unas horas después de comenzar la invasión rusa. El ascensor no funcionaba, como siempre, así que la joven pareja subió con dificultad las escaleras, arrastrando cajas de agua embotellada. Tamara intentó tranquilizar a Kira y responder sus preguntas, pero nadie tenía respuestas. Esa noche “los niños”, como Tamara llama a la familia de su hija, se turnaron para hacer guardia y así poder alertar a los demás en caso de bombardeo. Cuando sonaron las sirenas de advertencia de ataque aéreo, Tamara no pudo bajar los nueve pisos para llegar al sótano de la escuela que había frente a su edificio. Por lo tanto, pasó la primera de muchas largas noches de combate refugiada en el baño.

Los primeros días funestos de la invasión se desenvolvieron con una velocidad aterradora. Para el 1.º de marzo, las fuerzas rusas habían rodeado Mariúpol y estaban a 25 millas de la casa de la familia Lupinos en Orijiv. Todo parecía indicar que Orijiv, donde no había acceso a suministros médicos ni alimentos, sería la siguiente ciudad en caer.

Sin embargo, resistió: las fuerzas ucranianas se atrincheraron y formaron un frente de batalla justo al sur de la ciudad, en una zona agrícola salpicada de pueblos históricos. Después comenzó el bombardeo. Durante las semanas siguientes, los que pudieron escapar —en su mayoría jóvenes con niños— huyeron hacia el norte a Zaporiyia por la peligrosa carretera H08. La mayoría de los residentes de más edad, como Halyna y Mykola Lupinos, se quedaron atrás.

En una guerra que exige tomar decisiones drásticas, Tamara Lupinos se vio obligada a elegir entre salvar a sus padres y salvar a sus “hijos”. Sus padres la necesitaban más debido a su delicada salud, pero ahora era cada vez más peligroso llegar hasta ellos. ¿Y a dónde se dirigirían todos? La familia de su hija ya estaba alojada en su apartamento del noveno piso en una ciudad que estaba siendo atacada esporádicamente con misiles. “Era un estrés constante: sirenas, dormir con la ropa puesta”, recuerda Tamara. “Y yo pasaba todo el tiempo con mi nieta: ‘La-la-la, es hora de levantarse y correr al refugio antibombas…’”. 

Mientras tanto, llamaba a sus padres cada mañana. “Les pedí muchas veces que se fueran”. Sin embargo, ella sabía que no lo harían; estaban aferrados a su hogar. El hermano de Tamara está enterrado en Orijiv. Su padre, que está enfermo, no podía viajar. Tener seguridad y comodidad en otro lugar parecía dudoso en el mejor de los casos. “Mi madre me dice: ‘Entiendo lo mucho que te preocupas, pero allí él estará encerrado en una habitación, y aquí puede salir y respirar el aire fresco, con los árboles y las flores’”. 

Sin duda es una conversación que Tamara ha tenido muchas veces con su madre y consigo misma. “¿Qué se puede hacer?”, repite. “¿Qué?”.

Durante los dos meses siguientes a la llegada del frente de batalla a Orijiv, la carretera H08 —la que une a Tamara con sus padres— permaneció intransitable. Atravesaba un fuego cruzado mortal a medida que las fuerzas rusas intentaban cerrarle el paso al ejército ucraniano y avanzar sobre Zaporiyia. Tamara no podía arriesgarse a visitar a sus padres ni a enviar un vehículo para traerlos a ella.

Aún hablaban varias veces por día, si la conexión telefónica lo permitía. Los familiares y los vecinos que habían permanecido en Orijiv vigilaban que la pareja mayor estuviera bien, al igual que los trabajadores sociales y los voluntarios. Pero para Tamara, la situación era insoportable. “Día y noche, temía por mis padres”, comenta. “A veces todavía me despierto por la mañana y pienso: ‘No, es una horrible pesadilla’”.

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Halyna y su marido, Mykola, cuya salud es delicada, piensan que no estarían mejor en otro lugar, a pesar de las súplicas casi diarias de Tamara.
OLEKSII FURMAN

Halyna continuó restando importancia a sus propias dificultades, preocupándose más por el resto de la familia, incluida la tía de Tamara, orgullosa y decididamente proucraniana, que vivía en la ciudad vecina de Jersón, ahora ocupada por las fuerzas rusas. Cuando Tamara llamaba cada mañana, antes de que pudiera hablar, su madre le hacía tres preguntas: “¿Cómo estás? ¿Cómo están los niños? ¿Qué ocurre en Jersón?”. “Recién entonces hablaba de sí misma”, comenta Tamara.

En abril, la hija, el yerno y la nieta de Tamara se marcharon al oeste de Ucrania, la zona más segura del país. Intentaron convencer a Tamara de que se fuera con ellos, pero ella se negó porque estaría demasiado lejos de sus padres.

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“Cuando mi madre se enteró de que los niños se habían ido y yo me había quedado, lloró durante tres días”, me comenta Tamara, quien se olvida de beber el café delante de ella por estar tan inmersa en el doloroso drama de su familia en tiempos de guerra. “Mi madre me dijo: ‘¿Por qué no te has ido? Los niños te necesitan. Nosotros ya somos mayores. Necesitamos que te cuides’. Lloraba sin cesar. Y mi hija también: ‘¿Por qué no viniste con nosotros?’”. 

El 1.º de mayo, Orijiv fue blanco de una fuerte ola de bombardeos rusos. La sobrina de Tamara llamó llorando. Habían bombardeado su edificio y ella podía ver cuerpos desde su balcón. Luego Tamara recibió una llamada del vecino de sus padres. “¿Cuándo hablaste por última vez con tus padres?”, le preguntó el vecino. “Llámalos”.

“Le dije: ‘A mi sobrina le ha pasado algo terrible’. Y él dijo: ‘No, no, llama a tus padres. Han bombardeado su casa’”. 

Una familia separada

spinner image La trabajadora social Natasha Lichman, a la izquierda, y dos de sus colegas se preparan para llevar pan
La trabajadora social Natasha Lichman (en el extremo izquierdo) y sus colegas se preparan para repartir pan.
OLEKSII FURMAN

“¡ADELANTE, PASE!”. Halyna Lupinos me conduce por la galería hasta la sala de estar de la casa tradicional de ladrillo de una sola planta donde vive con Mykola en Orijiv. He viajado hacia el sur por la carretera H08 para visitar a los padres de Tamara junto con Natasha Lichman, una de las ocho trabajadoras sociales que todavía hacen visitas diarias en bicicleta a los clientes mayores. La baja y frondosa Orijiv fue fundada por colonos alemanes a principios del siglo XIX. Los alemanes se marcharon hace tiempo, pero el atractivo y robusto ayuntamiento y otros edificios aledaños siguen siendo su legado. Antes de eso, esta era la tierra de los cosacos, soldados y siervos fugitivos que fundaron un estado libre en lo que ahora es la ciudad y la región de Zaporiyia. Muchas familias, como la Lupinos, han vivido aquí durante generaciones; “Lupinos” es un apellido cosaco por excelencia.

En realidad, los misiles del 1.º de mayo pasaron cerca de la casa de la familia Lupinos, pero destruyeron la casa vecina, destrozaron las ventanas de la casa de Halyna y Mykola, y dañaron el tejado. Se cortó la electricidad y se quemaron los arbustos de rosas y grosellas del jardín trasero. La pareja estaba conmocionada pero ilesa, y decidida a quedarse.

Porque aquí es donde se crio Tamara, donde su madre fue maestra y donde su hija asistió a una prestigiosa escuela. La sala de estar de la familia es de una belleza sobrecogedora, y está llena de plantas, encajes y fotografías. Cuando elogio a Halyna, ella pregunta: “¿Qué belleza? Toda la belleza ha desaparecido. Todo se fue por los aires”. Detrás de las cortinas, las ventanas del frente están tapiadas con cartones y láminas de plástico, y los alféizares están cubiertos de trozos de vidrio.

spinner image Svitlana Mandrych 
La vicealcaldesa de Orijiv, Svitlana Mandrych.
OLEKSII FURMAN

Antes de la guerra, Orijiv y las localidades circundantes tenían una población de más de 19,000 habitantes. Tres de los pueblos vecinos han estado ocupados por las fuerzas rusas desde el 3 de marzo; el resto de los asentamientos son objeto de continuos bombardeos, y algunos son prácticamente inhabitables, pues no tienen acceso a gas, electricidad ni agua. El ayuntamiento organiza autobuses de evacuación con frecuencia. Sin embargo, a fines de mayo quedaban unas 4,500 personas, según la vicealcaldesa Svitlana Mandrych. La gran mayoría son adultos mayores, casi todas mujeres.

“Se preguntan: ‘¿A dónde vamos a ir? Siempre hemos vivido aquí’”, explica Mandrych. “Es difícil convencer a la gente de que abandone su hogar cuando espera que todo esto termine pronto”.

En el ayuntamiento me encuentro con Mandrych, que lleva una vyshyvanka negra, una camisa bordada tradicional ucraniana. Está de luto por la muerte de su sobrino, que fue asesinado frente a un puesto de ayuda humanitaria nueve días atrás. Del otro lado de la calle, en un edificio blanco y bajo que antes albergaba una escuela para niñas, se almacenan provisiones para socorrer a los residentes, incluida la familia Lupinos. Las ocho valientes trabajadoras sociales —mujeres, casi todas de entre 40 y 60 años— esperan en el patio de la escuela con su bicicleta. En los manillares cuelgan bolsas reutilizables repletas de hogazas de pan gratuitas que las mujeres llevarán a los hogares de las personas mayores que se han quedado atrás. Las trabajadoras sociales me dicen que están con los nervios de punta después de otra noche de bombardeos. Luego me muestran la camioneta de reparto. Los agujeros en el costado son un sombrío recordatorio del sobrino de Mandrych, que murió por la esquirla de un misil que impactó mientras las trabajadoras sociales recogían pan.

“Ahora tenemos miedo hasta de una pequeña reunión”, dice una, entre las lágrimas y la rabia. “Estamos en casa cuando empiezan a disparar, pero igual nos levantamos y vamos a la ciudad. Cada babushka [“ancianita” o “abuela”] recibe pan. Cada babushka recibe ayuda humanitaria. Buscamos medicamentos para ellas. Se los llevamos. Les preparamos la comida. Y trabajamos bajo fuego”.

“Hacemos todo lo posible, y todo lo imposible también”, explica Ludmila Zhbankova, directora de servicios sociales.

Las mujeres me expresan algunas de sus quejas sobre los hijos adultos que han huido de esta ciudad conmocionada, que han dejado a sus desvalidos padres al cuidado de los servicios sociales, y que luego tienen la audacia de quejarse de que las trabajadoras sociales no hacen lo suficiente.

“Nadie se queja”, corrige Zhbankova, que da un matiz positivo a la situación. “Algunas hijas sí llaman, las que se han ido, y nos piden que tapiemos las ventanas”.

“Que alimentemos a los perros y a los gatos”, comenta una colega.

“Ante todo, ¿sabe lo que la gente necesita?”, continúa Zhbankova. “Nuestra mayor dedicación. Pero si cada una de nosotras tiene que ocuparse de 15 o 17 personas, ¿cómo podemos dedicarnos tanto?”.

“Hay suficiente dedicación”, dice Lichman. “Pero no hay suficiente tiempo”.

Ahora la guerra impone el ritmo de esta ciudad. Los pocos residentes que quedan en Orijiv se apresuran a hacer sus recados al comienzo del día durante la breve pausa matutina entre los bombardeos, antes de volver corriendo a refugiarse en la relativa seguridad de su hogar o su sótano. Sigo la bicicleta de Lichman de regreso a la casa de la familia Lupinos por calles residenciales bordeadas de lirios y amapolas en flor: por aquí hay una casa sin techo; por allá, solo un armazón vacío detrás de una puerta toda perforada por metrallas, donde el olor de las ruinas quemadas y ardientes se funde con el dulce aroma de las acacias en flor.

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Para los escasos servicios de emergencia de la ciudad, cada día representa una carrera mortal para reparar ventanas y tejados, y reponer el suministro de electricidad y agua, esfuerzos que se ven arruinados al día siguiente. Bombardearon el hospital. También varias escuelas, el edificio de la caja de jubilación y el cementerio. Dos tiendas que venden algunos productos básicos permanecen abiertas, pero todas las farmacias están cerradas.

Mykola tuvo una fuerte caída hace poco y está casi ciego, señala Halyna, quien tiene una hernia por intentar levantarlo. A veces la vence el agotamiento nervioso y necesita recostarse. Se esfuerza por explicarnos lo que significa recibir un bombardeo constante. “Tiembla todo. Se sacude todo. Mi esposo puede dormir a veces, pero yo no puedo dormir en absoluto. No, en absoluto”, afirma.

“¿No sería mejor dejar la ciudad y dirigirse a un lugar más seguro?”, le sugiero. Pero Halyna responde que su hija, Tamara, tiene solo una habitación en el noveno piso, sin ascensor, y están los niños…

Al mirar las fotos en las paredes y sobre las mesas, observo una vida enriquecida formada sobre generaciones de familiares, vecinos y exalumnos. Sin embargo, comenzó como ahora termina: con la guerra. Durante la Segunda Guerra Mundial, Mykola ayudó a llevar a los heridos al hospital cuando tenía solo 11 o 12 años. Halyna, que trabajó toda su vida como maestra, comenzó su propia formación escolar durante esa guerra.

“Recién había comenzado el primer grado cuando sobrevino la Segunda Guerra Mundial. No había lápices, ni cuadernos, ni libros de texto, ni nada”, me cuenta. “¡Y también había hambruna! Lo sufrimos todo. Y ahora vuelve a ocurrir”.

A pesar de su dificultad para moverse, insiste en acompañarme a la puerta cuando me voy. “Nos arrebataron la infancia”, comenta. “Nos arrebataron la juventud con las carencias y el hambre, y ahora nos arrebatan la vejez”.

Aunque Lichman se apresura a terminar sus rondas matutinas, todas las personas que visita anhelan conversar. Ya no hay señal de televisión ni servicio postal que lleve los periódicos a los abonados mayores, así que están ansiosos por recibir noticias y compañía.

spinner image Nina Halchanska, de 84 años, lamenta la pérdida de personas y vida en la ciudad.
Nina Halchanska, de 84 años, llora la pérdida de vidas humanas y de la vida de la ciudad.
OLEKSII FURMAN

Nina Halchanska, de 84 años, espera a Lichman junto a la puerta de su jardín y me dice: “Ahora no hay nadie que me prepare la comida. Natasha no tiene tiempo; tiene que atender a otras mujeres mayores”. Aunque la situación de la familia Lupinos es desoladora, hay otros que están mucho peor. Nina no tiene a nadie ni a dónde ir. Ha sobrevivido a sus dos hijos, y los demás familiares están lejos, en Inglaterra. Le duelen las manos y tiene diabetes, un techo dañado y ventanas rotas. “Ahora soy la única en la calle. Quiero mucho a la gente, y no hay gente”, comenta. “Esta guerra es una verdadera pena”.

Lichman intenta darle ánimo a Nina con la promesa de volver a visitarla pronto; le llevará medicamentos y le recargará el crédito del teléfono. La mayoría de sus clientes no tienen familia, y a veces Lichman los visita incluso en sus días libres. “Te reciben con lágrimas en los ojos porque, a pesar de todo, has venido”, dice Lichman.

Después de que bombardearon el lugar de trabajo de su esposo en Orijiv, Lichman siguió trabajando, pero envió a su esposo y a su hijo a un lugar más seguro. Ahora, cuando empiezan los bombardeos después del mediodía, corre a casa para dejar su bicicleta y alimentar al perro, y luego nos encontramos para viajar a Zaporiyia a visitar a su familia.

Mientras conducimos hacia el norte y pasamos por numerosos puestos de control y pueblos agrícolas, me muestra fotos de sus clientes mayores en su teléfono. Mira este, cuando era joven era guapo como el actor francés Alain Delon. Esta pareja se conoció en el cementerio. Este escribe poesías muy bonitas, pero se marchó de Orijiv.

Lichman termina con nostalgia. “Realmente espero que regresen los clientes que se han ido”.

spinner image Mapa que muestra las zonas de la guerra en Ucrania y los lugares donde se encuentra la familia lupinos
ILUSTRACIÓN POR STEVE STANKIEWICZ

Dos semanas después, mientras prosigue la guerra, llamo a Tamara para ver cómo está. Las ventanas que quedaban en la casa de sus padres volaron por los aires cuando cayó otro misil cerca el 4 de junio. Ahora viven a oscuras día y noche, con las ventanas entabladas.

No hay gas en toda la ciudad y los problemas de suministro de agua están llegando a un punto crítico; el ayuntamiento sigue insistiendo en que se marchen las mujeres, los niños y las personas mayores que aún permanecen allí.

Después de que la familia de su hija se trasladó al oeste de Ucrania y la casa de sus padres volvió a sufrir daños, Tamara pensó que podría convencer a Halyna y Mykola de que abandonaran Orijiv. Buscó una cama para poner en el apartamento y le dijo a su madre que empacara documentos, ropa interior y algunas prendas de vestir. “No importa nada de lo que hay en la casa. Son solo objetos”, le dijo a Halyna.

Sin embargo, el apego que la pareja siente por la casa que construyeron y el jardín que plantaron es un obstáculo insuperable. La familia, que antes estaba muy unida, sigue separada por la guerra sin saber cuándo volverá a verse.

Tamara pasa horas cada día al teléfono con su nieta Kira, a quien le encanta jugar a la maestra y a la doctora. “Me dice: ‘Soy la doctora Kira. ¿A quién vamos a atender hoy?’. Yo le digo: ‘A la abuela Halyna. Le duele la cabeza’. ‘Entonces debe acostarse y descansar’, responde Kira”.

Durante el resto del día, Tamara hace llamadas para buscar medicamentos para enviar a sus padres o láminas de plástico para cubrir las ventanas rotas, y para averiguar si la trabajadora social Lichman pudo visitarlos hoy. Y todas las mañanas, mediodías y noches antes de acostarse, tiene las mismas conversaciones incesantes con su madre.

“Este fin de semana le dije: ‘Basta, mamá. Basta’. Y ella me dijo: ‘Hija, te entiendo, pero ¿me entiendes tú a mí?'. Ella confía en que todo esto termine pronto. Que solo tendremos que soportar un poco más”.

spinner image Tamara Lupinos y su nieta
Tamara y su nieta.
CORTESÍA DE LA FAMILIA LUPINOS

Los ancianos invisibles de la guerra

El impacto de la guerra sobre las personas mayores, desde Etiopía hasta Siria y ahora Ucrania, sigue siendo devastador. Sin embargo, a las personas de este grupo de edad rara vez se las considera en las respuestas humanitarias. “Las personas mayores son invisibles en cuanto al trabajo que se hace para proteger a los civiles durante los conflictos armados”, señala Bridget Sleap, investigadora principal de Human Rights Watch y autora principal de “No One Is Spared”, un informe (financiado por AARP International) sobre los abusos cometidos contra las personas mayores en tiempos de guerra.

En Ucrania, cerca de uno de cada cuatro ciudadanos es mayor de 60 años. Se calcula que 18 millones de ucranianos necesitan ayuda, muchos de los cuales son personas mayores que carecen de alimentos, medicamentos y electricidad. HelpAge International, una red internacional de organizaciones que brindan apoyo a las personas mayores (AARP es uno de sus socios), calificó con acierto el conflicto actual como “la crisis humanitaria más antigua del mundo”. Una breve evaluación de necesidades que llevó a cabo HelpAge en marzo en el este de Ucrania concluyó que el 99% de los residentes de mayor edad no querían ser evacuados, a pesar de carecer de muchos artículos de primera necesidad. Cindy Cox-Roman, directora general de HelpAge USA, destaca que los ucranianos mayores son tan resilientes como vulnerables. “Con la edad, regulamos mejor nuestras emociones y resolvemos mejor los problemas”, explica. “Pero también podemos sentirnos desbordados cuando afrontamos los factores de estrés cotidianos. Estoy segura de que muchos adultos mayores de EE.UU. se pueden identificar con el sentimiento de desorientación que supondría dejar atrás lo que se conoce y se quiere de verdad”.

¿Quieres ayudar a los ucranianos mayores?

Podrías  hacer una donación a (enlaces en inglés):

HelpAge USA

También puedes donar a otras organizaciones benéficas que dan asistencia a todos los ucranianos, como:

Care

Cruz Roja

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