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Cómo la autora Gail Sheehy se mantiene conectada durante el confinamiento

Ir a lugares con un perro mayor le ayuda a sentirse conectada durante el aislamiento.

Gail Sheehy fotografiada con su perro Chollie

Erin Patrice O'Brien

Gail Sheehy, de 82 años, con Chollie, de 12 años (CIUDAD DE NUEVA YORK).

La autora Gail Sheehy murió el 24 de agosto de neumonía, tres meses después de que la fotografiaran en el Parque Central de Nueva York con su perrita Chollie para este artículo de AARP The Magazine.

In English | Como soy una joven ooctogenaria, he permanecido aislada en mi hogar últimamente. Pero he sobrevivido bastante bien gracias a dos cosas imprescindibles. La primera es Chollie, un spaniel Cavalier King Charles que vive conmigo en Manhattan. La segunda son las llamadas telefónicas de mi compañero de los últimos 10 años, Robert, que desde marzo ha estado "secuestrado" en Sag Harbor, Nueva York, bajo el cuidado de su protector hijo.

Mi acompañante de cuatro patas y yo disfrutamos de un compañerismo muy especial. Solía preguntarme por qué parecía gustarle tanto que nos miráramos fijamente a los ojos durante hasta un minuto. Ahora ya lo sé: después de leer la explicación científica descubrí que es porque la conexión directa de las miradas nos da a ambos una agradable dosis de la hormona oxitocina que está relacionada con la vinculación emocional. Ese estímulo se refuerza muchas veces durante el día cuando Chollie viene a verme a mi escritorio para pedirme que le acaricie la cabeza, o que lo rasque o le haga cosquillas. Encuentro conmovedor cuán a menudo quiere que lo acaricie y reconforte últimamente. Y ese cariño él me lo devuelve con creces.

"No estoy aislada con mi perro, como se preocupan muchos amigos. Estoy optimista y saludable por la compañía de mi perro".

Cuando me acuesto sobre una colchoneta en el suelo para hacer ejercicios, Chollie se apresura a mi lado a lamerme porque piensa que me he caído. Y a veces no se equivoca. Él está ahí sin perder un segundo animándome a que me ponga de pie. Cuando tengo que encerrarlo en mi habitación por la noche para que sus ladridos no despierten a mi vecino, que tiene la presión arterial alta, gime como un lobo hasta que me acurruco junto a él. Con mi perro, no estoy aislada como temen muchos de mis amigos. Me siento rebosante de salud y motivación gracias a su compañía.

Además, Chollie me mantiene puntual. No tengo que esperar a que suene el despertador a las 7 de la mañana porque él siempre ladra siete minutos antes de esa hora. Él programa su día y yo me adapto a su rutina. Primero damos un paseo a las 7 a.m., el desayuno es a las 7:45 a.m., después jugamos de 8 a 8:30 a.m., una siesta de 8:30 a 11. (no lo juzguen, no olvidemos que tiene 12 años). Un segundo paseo antes de la 1 p.m., que incluye un "regalito" extra. Durante nuestros paseos en Central Park, tenemos cuidado de practicar el distanciamiento social con los humanos. Buscamos senderos apartados de la gente, y él se detiene en cada macizo de flores, desde los primeros narcisos de la temporada hasta las hortensias de finales del verano. Yo tomo fotografías mientras Chollie olfatea donde han estado otros perros que llegaron primero a esas flores. Los dos regresamos a casa felices.

Mis charlas cada noche con Robert son lo que me conecta con el mundo humano. A sus 94 años, él me mantiene entretenida, contándome de nuevo las historias de libros que él ama y que yo no he leído, mientras él va y viene para vigilar algo que está cocinando para la cena. Cuando le pregunto "¿cómo estás?" siempre me contesta, con un tono alegre "¡aguantando!".

Chollie mirando hacia arriba

Courtesy Gail Sheehy

Antes de la llegada de la COVID-19, cada tarde de viernes en el verano, Chollie y yo tomábamos un minibús hasta Sag Harbor. Ansiaba llegar a la playa con Robert para ver cómo el sol se negaba a ponerse. Siempre llevábamos a Chollie con nosotros. Le encantaba perseguir pájaros y correr hasta la orilla para mojarse el hocico en el agua salada.

Me entristece darme cuenta de que he empezado a hablar en tiempo pasado. Esas noches parecen tan efímeras ahora, en este momento cada vez más grave que enfrentamos, que no solo ha traído consigo una pandemia de magnitud mundial, sino también un movimiento por la justicia racial que ha tardado demasiado en llegar. En junio, participé en una protesta con distanciamiento social, con Chollie a mi lado.

Todavía anhelo escaparme con Robert y Chollie a ese trocito de playa secreto, pero sé que a mi edad no puedo dejarme llevar por esos deseos. Pero, pase lo que pase, tengo a Chollie. Cuando por fin pueda llevarlo al peluquero canino para que le hagan un corte de pelo estilo cachorro, se verá cinco años más joven. ¿Por qué no puedo hacer eso yo?

Gail Sheehy es la autora de 17 libros, entre ellos Daring: My Passages: A Memoir.

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