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Una visita a Linda Ronstadt

La cantante y escritora comparte sus pensamientos sobre la cultura, el hogar y la familia.

Linda Ronstadt en su hogar en San Francisco.

retrato por JAKE STANGEL

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Es una fresca tarde de martes en San Francisco y en la parte norte de la ciudad, Linda Ronstadt espera en el salón de la modesta casa que comparte con su hija: un piano a un lado, estantes cargados de libros y recuerdos. Es un espacio luminoso; es evidente que la cantante prefiere los colores suaves y el tipo de plácida energía que alimenta la creatividad.

Ronstadt (en inglés) se relaja, descalza, en un sillón reclinable cuando empezamos. Su manera de hablar y sus movimientos muestran sutiles signos de la enfermedad degenerativa que la obligó a retirarse de los escenarios en el 2009. Pero la energía que la impulsó a la cima de la escena musical dominada por los hombres en la década de los 60 todavía está presente, y pronto Ronstadt, de 76 años, está hablando sin parar, riendo, analizando y recordando.


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El motivo de nuestro encuentro es la publicación de su nuevo libro, Feels Like Home: A Song for the Sonoran Borderlands (en inglés). Escrito en colaboración con el periodista Lawrence Downes, el libro se centra en el panorama emocional y físico de la infancia de Ronstadt en el suroeste de Estados Unidos, así como en su herencia mexicana y en las conexiones entre ambos países.

"Hay una zona específica del desierto de Sonora donde crecí que tiene una valla fronteriza, pero en realidad no me fijé en la división", explica. "Cuando voy a México ahora, la energía sigue ahí, en pleno auge. En la pequeña ciudad donde nació mi abuelo, los habitantes montan a caballo porque es muy montañosa [...]. Es una comunidad muy interesante. Casi parece estar encantada".

"No me gustaba vivir en la carretera. Era demasiado solitario. Se dificulta mantener relaciones, porque siempre te interrumpen". 

Linda Ronstadt
La banda The Stone Poneys en la ciudad de Nueva York en el 1968.

MICHAEL OCHS ARCHIVES/GETTY IMAGES

Linda Ronstadt (centro) canta como parte de la banda de los Stone Poneys en la ciudad de Nueva York en 1968.

Llevando una vida musical

Ronstadt es asombrosamente humilde para un icono cultural de su talla: sin duda la cantante femenina de más éxito de la década de los 70, gracias a un talento vocal poco común, unos conciertos trascendentales y una serie de álbumes de gran éxito. Cuando menciono mi obsesión de periodista musical por los tres álbumes que lanzó en 1967 y 1968 con el trío de folk-rock de Los Ángeles, Stone Poneys, se ríe. "Ay, Dios. Éramos muy malos", dice. "Creo que no empecé a cantar muy bien hasta 1980".

El público que compraba discos tenía otras ideas: la versión de 1967 de los Stone Poneys de "Different Drum" de Mike Nesmith alcanzó el número 13 en el Billboard Hot 100 (en inglés) y lanzó a la joven cantante del grupo a su estelar carrera como solista. Pero fue en 1980, en la cima de su éxito en las giras de estadios, cuando Ronstadt asumió un sorprendente reto como cantante: interpretó el papel principal de una opereta de Gilbert y Sullivan en el Central Park de Nueva York. Y lo hizo de maravilla.  "Mi voz alta me dio mucha más dimensión", recuerda. A partir de ahí, Ronstadt colaboró con Nelson Riddle, antiguo arreglista de Frank Sinatra, en una trilogía de álbumes del Great American Songbook, antes de volver a sus raíces familiares con el álbum en español de 1987 Canciones de mi padre, un éxito internacional que sigue siendo el álbum en lengua no inglesa más vendido en Estados Unidos.

"Conocía esas canciones porque estaban en los viejos discos que tenía mi padre", recuerda. "Lo que quería hacer no era copiar las canciones, sino emular el sentimiento de grandes cantantes mexicanas como Lola Beltrán y Amalia Mendoza. Quería lograr ese sentimiento, por eso grabé sus canciones".

De niña, Ronstadt vivía con su familia en Tucson, Arizona, en los últimos 10 acres de lo que había sido un extenso rancho ganadero. "Me sentía muy conectada con mis dos abuelos", dice. Creció en su rancho, la misma tierra en la que habían vivido la mayor parte de su vida. "Seguíamos viviendo como los propietarios de un rancho, con caballos y gallinas. Era su forma de vida y se convirtió en la mía también".

El estrellato supuso una forma de vida diferente para Ronstadt, y no le sentó particularmente bien, dice ahora. "No me gustaba vivir en la carretera. Era demasiado solitario", admite. "Se dificulta mantener relaciones, porque siempre te interrumpen".

Ronstadt suspira. "De todos modos, el matrimonio no era para mí". Entre sus parejas sentimentales más destacadas a lo largo de los años se encuentran el gobernador de California Jerry Brown, el director de cine George Lucas y el cantante Aaron Neville.


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Una enfermedad cambia el futuro

Aunque el matrimonio no estaba en el destino de Ronstadt, la maternidad sí. Mucho menos pública que sus relaciones fue la adopción de dos bebés, a quienes mantuvo intencionadamente fuera de los reflectores mientras crecían. Mary Clementine, de 31 años,  y Carlos, de 28 años, son una fuente constante de alegría para ella, dice Ronstadt, y se le ilumina la cara cuando le pregunto por ellos.

"Mi hija no sabía que cantaba en inglés hasta que tenía unos 6 años. Solo me había oído cantar en español", explica Ronstadt. "Es una artista visual y hace cosas extrañas, como las pinturas que ves aquí", añade, señalando una imagen de la Virgen de Guadalupe retratada con la cara de un gato. "La llamo la 'Catalupe'. Soy atea, pero adoro a la Virgen de Guadalupe. Es mi amiga especial".

El hijo de Ronstadt (que vive a una milla de su madre y su hermana) trabaja en informática. "Tiene una novia muy simpática que me cae muy bien y vienen a almorzar los domingos", dice Ronstadt.

Cuando los hijos de Ronstadt eran chicos, la familia vivía en Tucson, pero se mudaron a San Francisco en 1997 por razones tanto prácticas como culturales. "En Tucson tienes que conducir una eternidad para llegar a tu destino", dice. "Pasábamos mucho tiempo en el auto. Pero también fueron las escuelas". Una vez, cuando su hijo estaba en la escuela intermedia, oyó a un amigo suyo preguntar a qué iglesia asistía la familia. "No vamos a ninguna iglesia", dijo el chico. Su amigo respondió que eso significaba que iría al infierno, un lugar en el que Ronstadt no cree. Trasladó a la familia a San Francisco y puso a su hijo en una nueva escuela.

Fue en el año 2000 cuando Ronstadt empezó a experimentar los síntomas de la enfermedad que acabaría con su carrera: se le tensaba la garganta cuando cantaba. "Perdí fuerzas muy rápidamente", dice. "Acostumbraba hacer ejercicio durante la gira: levantar pesas, hacer yoga y todas esas cosas. Pero ya no podía". Le diagnosticaron erróneamente la enfermedad de Parkinson y pasaron años antes de que los médicos pudieran dar el diagnóstico correcto: parálisis supranuclear progresiva, un raro trastorno que ataca la parte del cerebro que gobierna el movimiento físico. No hay cura para la enfermedad, aunque el tratamiento puede aliviar algunos de sus síntomas.

Para Ronstadt, el diagnóstico ha supuesto una vida mucho más restringida que la que había planeado. "Las cosas que esperaba hacer en este momento de mi vida: jardinería, tejer, viajar por placer y no por trabajo, no puedo hacer ninguna de ellas ahora", explica. Sin embargo, dice, el proceso de escribir le dio la oportunidad de viajar de una manera diferente, de volver a visitar los lugares de su pasado y las personas queridas, ya ausentes, cuyas canciones aún resuenan en su memoria.

Ernesto Lechner es un periodista de Los Ángeles que actualmente colabora para AARP con temas de música, cine y cultura. Su trabajo ha sido publicado en los diarios The Los Angeles Times y Chicago Tribune, y las revistas Rolling Stone y Billboard, entre otras publicaciones importantes. También es copresentador del programa radial The Latin Alternative que se transmite a nivel nacional.