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Kareem Abdul-Jabbar lucha por la igualdad en Estados Unidos

La leyenda del baloncesto elogia la influencia de los deportistas negros en la justicia social.

Dos imágenes de Kareem Abdul-Jabbar

Vernon Biever/NBAE via Getty Images/Andrew Chin

Kareem Abdul-Jabbar (izquierda) en la cancha de baloncesto jugando con los Milwaukee Bucks el 4 de diciembre de 1971; Abdul-Jabbar hablando en el escenario (derecha) durante 'WE Day Vancouver' en Rogers Arena en Vancouver, Canadá.

In English | En 1675, Sir Isaac Newton explicó sus logros notables en física al decir: “si he visto más lejos, es por haberme parado sobre los hombros de gigantes”. Esa expresión de humildad y gratitud resonó conmigo tanto que titulé mi libro sobre los gigantes literarios, políticos, musicales y deportivos Harlem Renaissance On the Shoulders of Giants.

En los 32 años desde que me jubilé de la NBA, he estado escribiendo libros, artículos, documentales y películas sobre muchos de los gigantes de color que se han pasado por alto a lo largo de la historia de Estados Unidos. Ningún grupo ha tenido más influencia en la sociedad —y en mí— que los atletas. Debido a los valientes hombres y mujeres que jugaron partidos para ganarse la vida, no solo he visto más allá, sino que he podido lograr más en una profesión y un país que durante tanto tiempo resistió rutinariamente a las personas de color. Y, lamentablemente, todavía lo hace.

Ahora ya casi llegan las Olimpiadas, y los mejores atletas del mundo se reunirán para probar una vez más que los seres humanos son capaces de más de lo que pensábamos que era posible. Brincarán más alto, correrán más rápido y saltarán más lejos que nunca. Y el resto de nosotros observaremos con asombro, creyendo fervientemente que el cuerpo humano es un vehículo imparable de la imaginación, en lugar de un ancla pesada que se desgasta con el tiempo. Ver a los atletas olímpicos volar es sentirse, aunque sea por unos momentos, sin ataduras.

En 1968, me pidieron que me uniera al equipo olímpico de baloncesto masculino, pero me negué, como protesta contra la violencia policial y el racismo brutal que ocurría en todo el país. Martin Luther King Jr. había sido asesinado en abril de ese año, y había mucha ira y desesperanza en la comunidad negra. No me sentí cómodo al representar a Estados Unidos frente al resto del mundo, como si todo estuviera bien. 

Bill Russell, Muhammad Ali y Kareem Abdul Jabbar

Robert Abbott Sengstacke/Getty Images

(De izquierda a derecha) Bill Russell, Muhammad Ali y Kareem Abdul Jabbar en 1967. Ambos fueron parte de un grupo de atletas afroamericanos de alto nivel reunidos para apoyar a Ali por rechazar el reclutamiento durante la guerra de Vietnam.

Fue un acto de desafío que probablemente me lastimó a mí más que al país, pero después de ver a Muhammad Ali sacrificar su título de campeonato de peso pesado, soportar tres años de ser prohibido del boxeo (por un valor de millones de dólares) y enfrentar el encarcelamiento simplemente porque era un objetor de conciencia a la Guerra de Vietnam, también tuve que prestar atención a mi conciencia. No podía olvidar su historia de regresar a casa después de ganar una medalla de oro olímpica en boxeo, solo para se negaran a servirle en un restaurante de su ciudad natal. Él fue uno de los gigantes que me animó.

Durante los últimos cien años, los deportes han sido tanto una prueba de fuego como un líder en el progreso racial. En algunos casos, los atletas negros que intentaban romper las barreras de color fueron como canarios enviados a una mina de carbón para ahogarse en el racismo tóxico. En otros casos, soportaron el aire sucio y se levantaron, demostrando cada vez su valor como atletas. Al igual que muchos pioneros, fueron atacados, abusados, vilificados, excluidos, encarcelados y a veces golpeados o peor. Para los atletas negros, tratar de participar en deportes blancos era como subir una cuerda que llegaba hasta las nubes —mientras alguien prendía fuego a la parte inferior—.

He sentido ese calor de abajo en mi propio ascenso por la cuerda. Pero los grandes que vinieron antes que yo han sido como nudos gruesos en la cuerda; cada uno nos ayuda a subir un poco más rápido y un poco más alto. Paul Robeson, Jackie Robinson, Jim Brown, Muhammad Ali, Bill Russell y Arthur Ashe son solo algunos de los gigantes en cuyos hombros ascendí. Más importante que cómo ser un atleta ganador, me enseñaron cómo ser un atleta importante. Me enseñaron que ganar no solo se trataba de trofeos y anillos, sino de usar esas cosas como moneda para levantar al resto de la comunidad. Me enseñaron que cada vez que hablaba sobre la injusticia, estaba aportando fuertes hombros que la próxima generación podía usar para subir más.

Cuando era joven, los deportes parecían un oasis de acogida debido al racismo abierto que me rodeaba. Me había conmocionado leer sobre el brutal asesinato de Emmett Till, de 14 años, cuyos asesinos fueron absueltos por un jurado totalmente blanco y que, una vez liberados, se jactaron en la revista Look de haberlo matado. Entonces, cuando tenía 17 años, me encontré accidentalmente atrapado en el motín de Harlem de 1964, que estalló después de que un policía blanco matara a un niño negro de 15 años, James Powell. ¿Cómo me sentiría seguro en un país en el que eso me pudiera pasar, simplemente por el color de mi piel?

Pero en el baloncesto, al balón no le importaba quién lo encestaba. El juego solo se basaba en la capacidad. Si tenías mejores habilidades, la gente te quería en su equipo. A nadie le importaba quiénes eran tus padres o cuántos amigos tenías. Era una meritocracia pura y sudorosa. Para mí, fue un vistazo, aunque temporal, de cómo debería ser el mundo. Cuando jugaba, el mundo fuera de las puertas del gimnasio, con todos sus prejuicios irracionales y sus injusticias enfurecidas, se silenciaba. Quedaba el sonido del balón rebotando, el chirrido de las zapatillas de deporte en la madera y los aplausos de la multitud cuando el balón entraba en la canasta.

Por supuesto, todos los paraísos se derrumban al final. Cuanto más exitoso era mi equipo de escuela secundaria, más grandes eran las multitudes, y escuchaba más insultos y burlas raciales. Incluso mi querido entrenador usó una palabra ofensiva en un intento fallido de agitarme. Lo logró, pero no de la manera que él había anticipado. Empecé a darme cuenta de que realmente no había un refugio seguro contra el racismo. Esto me inspiró a aprender más sobre la historia estadounidense, y especialmente sobre la historia afroamericana, para entender por qué las cosas seguían así cien años después de la Guerra Civil. Conocí a Martin Luther King Jr. Leí las palabras de Malcolm X. Dejé de esconderme en el gimnasio.

Kareem Abdul-Jabbar juega con su equipo de baloncesto universitario

Rich Clarkson/Sports Illustrated via Getty Images

Kareem Abdul-Jabbar (entonces Lew Alcindor) cuando jugaba en UCLA en 1968.

Incluso cuando jugaba en UCLA, escuchaba los mismos insultos, y hasta amenazas. Pero no fue solo el racismo abierto lo que contaminó la pureza del deporte. Empecé a jugar para UCLA en 1966, y un año después, la NCAA prohibió las clavadas (slam dunk). La prohibición, que duró hasta 1976, se conocía como la regla de Lew Alcindor, porque yo había usado mucho la movida. De hecho, muchos de los que hacían clavadas eran negros, y definitivamente parecía que la regla había sido invocada para evitar que los jugadores negros dominaran. Todos sabíamos que no era una coincidencia que la regla se estableciera menos de un año después de que el equipo de jugadores negros de Texas Western College derrotara a un equipo totalmente blanco de University of Kentucky y ganara el campeonato nacional. Incluso esa victoria histórica estaba manchada de racismo: la costumbre era sacar una escalera y cortar la red en forma ceremonial. No se sacó ninguna escalera. Tradicionalmente, los ganadores aparecían en el Ed Sullivan Show para celebrar su victoria. Esta vez no.

Cuando me gradué de la universidad a la NBA, y cuando más jugadores negros integraban lentamente los deportes profesionales, una teoría popular que se mencionaba era la superioridad atlética de los negros, que atribuía a la genética el ascenso del atleta negro. La idea general era que los atletas blancos se ganaban su éxito atlético a través del trabajo duro y la determinación, y los atletas negros simplemente nacían de esa manera. En el 2003, la revista Journal of Blacks in Higher Education abordó esta afirmación: “si hay un ‘gen negro’ que lleva a la destreza atlética, ¿por qué entonces los afroamericanos, el 90% de los cuales tienen al menos un ancestro blanco, superan a los negros de las naciones africanas en todos los deportes, excepto correr a larga distancia?”.

Algunos dirían: “tranquilo, Kareem. Eso fue hace mucho tiempo. Hemos llegado muy lejos”. Sí, lo hemos hecho. Pero no tanto como piensan muchos blancos. Ha habido mucha publicidad sobre cómo la COVID-19 está teniendo un efecto mucho mayor en las comunidades negras y latinas, tanto en las tasas de mortalidad como en la devastación económica. Se calcula que, a fines de la primavera pasada, entre 15 y 26 millones de personas marcharon para protestar contra la brutalidad policial contra los negros, en el movimiento de protesta más grande de la historia de Estados Unidos. Los titulares también están repletos de los intentos agresivos actuales de los estados de todo el país de aprobar 361 leyes para restringir el acceso a la votación, lo que afectará principalmente a los votantes minoritarios y pobres. La definición de democracia se está reescribiendo para ser exclusiva en vez de inclusiva. Y la mayoría de los que están excluidos tienen piel oscura.

¿Cuánto han cambiado los tiempos? Amanda Gorman, la poeta negra de 23 años que leyó durante la inauguración del presidente Biden y luego volvió a leer en el Super Bowl, es ahora una de las personas negras más reconocibles del país. Sin embargo, en marzo, tuiteó que un guardia de seguridad la siguió hasta su hogar, le dijo que “parecía sospechosa” y le exigió saber si vivía allí. Él no se marchó hasta que ella le mostró las llaves y entró a su casa. En otra ocasión, una mujer blanca que paseaba a su perro en Central Park en la ciudad de Nueva York llamó a la policía simplemente porque un hombre negro le recordó que su perro necesitaba llevar correa. Y una estudiante de posgrado negra de Yale que tomaba una siesta en el área común de su dormitorio fue interrogada por la policía porque otro estudiante pensó que no debía estar allí. Y el gerente de un Starbucks de Filadelfia llamó a la policía porque dos hombres negros que estaban esperando a un amigo no habían comprado nada.

Retrato de Kareem Abdul-Jabbar

Dan Winters

"Me enseñaron que cada vez que hablaba de la injusticia, estaba aportando con hombros fuertes donde se apoyaría la próxima generación para subir más".

—Kareem Abdul-Jabbar sobre la influencia de otros grandes atletas negros que le precedieron

¿A dónde pertenecemos?

Eso es lo que los atletas negros han estado preguntando durante décadas. Lamentablemente, se ven obligados a seguir haciendo esa pregunta. Porque los atletas negros no solo pueden actuar para los fanáticos y olvidar que mientras están siendo aclamados, sus propios hijos están en peligro cuando caminan en el parque, tomando siestas en la universidad, esperando en Starbucks. Cuando estos atletas hablan en contra de la injusticia, no son solo señales de virtud; están luchando por sobrevivir.

Los grandes atletas negros que mencioné anteriormente tuvieron una profunda influencia en mí y en miles de otros atletas negros jóvenes. Todos son superestrellas internacionales cuyos logros en deportes y efectos en la sociedad han sido bien documentados. Menos conocidos son aquellos como el jugador de béisbol Moses Fleetwood Walker, cuya vida en algunos aspectos refleja la mía. Moses jugó en los años 1880, casi 90 años antes que yo. Fue el primer hombre negro en jugar regularmente béisbol en las Grandes Ligas. (William Edward White fue técnicamente el primero, después de haber jugado un juego en 1879, pero era biracial y se identificaba como blanco. Moses también era biracial, pero se proclamó negro).

Los equipos protestaban contra su inclusión en la lista; a veces abandonaban el campo hasta que lo sacaban. Enfrentó un abuso implacable de fanáticos, periódicos y jugadores. Dos de sus propios compañeros de equipo intentaban sabotear su juego una y otra vez. El equipo lo echó unas semanas después de recibir la amenaza de que una mafia se preparaba para atacar a Moses si jugaba en Richmond, Virginia. En ese momento, era el tercer mejor bateador del equipo. Fue el último jugador negro de las Grandes Ligas hasta Jackie Robinson, 63 años después. Para muchas personas comunes, sentir tanta pasión por el béisbol y luego perder su sueño las llevaría a una crisis emocional. No a Moses.

Usó sus ganancias del béisbol para comprar un teatro. Se convirtió en coeditor del periódico negro The Equator; escribió el libro de 1908, Our Home Colony, que su biógrafo llamó “el libro más inteligente escrito por un atleta profesional”; y tuvo cuatro patentes de inventos, desde proyectiles de artillería hasta películas cinematográficas. Esos son unos hombros poderosos en los que puedes pararte. “Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia”, escribió F. Scott Fitzgerald. Pero el heroísmo de los atletas negros también es una historia de resiliencia. Para muchos atletas afroamericanos —y los fanáticos negros que los observan— ganar no es solo cruzar la meta. Es un símbolo de todos los afroamericanos que saltan y esquivan la multitud de obstáculos culturales, económicos, educativos, de salud y otros que se lanzan como granadas en su carril, con el propósito de detenerlos.

Los atletas siempre se preguntan cuál será su legado. Pero pueden tomar decisiones durante y después de su carrera para asegurar que su legado refleje sus valores y su historia cultural. Solo tenemos que recordar que los récords deportivos van y vienen, pero la justicia social puede cambiar vidas para siempre.

Kareem Abdul-Jabbar es una leyenda del baloncesto de 74 años, ha escrito y dado charlas sobre la justicia social en Estados Unidos desde que estaba en la escuela secundaria. El seis veces campeón de la NBA y seis veces Jugador más valioso de la NBA fue galardonado con la Medalla Presidencial de la Libertad por el presidente Barack Obama en el 2016. Para más información, visita kareemabduljabbar.com.

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