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Sheryl Sandberg: cómo resistir ante la adversidad

En su libro "Option B" narra la desolación que la atrapó tras la repentina muerte de su marido y su lucha por superarla.

Sheryl Sandberg

Krista Kennell/Shutterstock

Sheryl Sandberg, directora de operaciones de Facebook y fundadora de Leanin.org.

In EnglishLo último que le dije fue: "Me estoy durmiendo". Conocí a Dave Goldberg durante el verano de 1996, cuando me mudé a Los Ángeles y un amigo en común nos invitó a ambos al cine y a cenar. Apenas comenzó la película me quedé dormida y apoyé la cabeza en el hombro de Dave. A él le gustaba contar que pensó que ese gesto quería decir que me había gustado, hasta que descubrió después que, como él decía: "Sheryl se duerme en cualquier lado y encima de cualquiera".

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Dave se convirtió en mi mejor amigo y empecé a sentir que L.A. era mi hogar. Me ayudó a ser un poquito más moderna al instruirme sobre internet y hacerme escuchar música que yo nunca había escuchado. Cuando terminé con mi novio, Dave se hizo cargo de consolarme, aun cuando mi ex había sido un SEAL de la marina y dormía con un arma cargada debajo de la almohada.

Dave solía decir que para él fue amor a primera vista, pero tuvo que esperar mucho tiempo para que yo me "deshiciera de esos inútiles" y empezara a salir con él. Dave estaba siempre unos pasos más adelantado que yo. Pero al final lo alcancé. Siete años y medio después de esa primera película, nos casamos.

Mi marido era mi roca. Cuando me enfadaba, él permanecía tranquilo. Como todas las parejas casadas, tuvimos nuestros altibajos. Aun así, Dave me hizo sentir profundamente comprendida, verdaderamente apoyada y plenamente amada. Pensé que pasaría el resto de mi vida descansando la cabeza sobre su hombro.

Entonces, en el 2015, once años después de casarnos, fuimos a México a celebrar el cumpleaños de un amigo mientras mis padres cuidaban a nuestros niños en California. El viernes por la tarde estábamos descansando junto a la piscina y jugando a "Settlers of Catan" en las iPad. Cosa rara, yo iba ganando, pero me costaba mantener los ojos abiertos. "Me estoy durmiendo", admití, y me acurruqué en el piso. A las 3:41 p.m. alguien sacó una foto de Dave sosteniendo su iPad. Yo aparezco dormida sobre un almohadón delante de él. Dave está sonriendo.

Cuando me desperté más de una hora más tarde, Dave no estaba en la silla. Nadé con unos amigos y pensé que habría ido al gimnasio como había planeado. Volví a la habitación a ducharme; Dave no estaba allí, pero no me preocupé. Llamé a mis hijos y luego caminé hasta la playa y me uní al resto del grupo. Él tampoco estaba allí. Sentí una ola de pánico. Algo no estaba bien. Les grité a su hermano Rob y su esposa Leslye: "¡Dave no está aquí!" Leslye hizo una pausa y me respondió: "¿Dónde es el gimnasio?" Señalé hacia unos escalones cercanos y empezamos a correr.

Lo encontramos en el piso, al lado de la máquina elíptica, su rostro algo azulado. Gritamos todos. Yo comencé a hacerle resucitación. Luego siguió Rob. Entonces vino un médico y tomó el lugar de Rob.

Ese viaje en ambulancia fueron los 30 minutos más largos de mi vida. Cuando finalmente llegamos a la sala de emergencias, se llevaron a Dave detrás de una pesada puerta de madera y no me dejaron pasar. Después de lo que me pareció una eternidad me condujeron a una sala pequeña. Entró el médico y se sentó detrás del escritorio. Yo sabía qué significaba eso.

Y así comenzó el resto de mi vida. Es una vida para la que no estaba para nada preparada. Decirles a mis hijos que su padre había muerto. La gente que hablaba de Dave en tiempo pasado. La gente que me decía: "Siento mucho tu pérdida".

El tiempo se hizo muy lento. Día tras día, los gritos y llantos de mis hijos llenaban el aire. Mis propios gritos y llantos —por la mayor parte dentro de mi cabeza— llenaban el resto del espacio disponible. Estaba en "el vacío": una nada amplia que te llena el corazón y los pulmones y restringe tu capacidad de pensar y hasta de respirar.

El duelo es un compañero exigente. En esos primeros días y semanas y meses, estaba allí constantemente. Latente, persistente, enconado. Entonces, como una ola, se levantaba y me atravesaba como si fuera a arrancarme el corazón del cuerpo. En esos momentos, sentía que no podría tolerar el dolor ni un minuto más, y menos una hora más.

Veía a Dave caído en el piso del gimnasio. Veía su cara en el cielo. Por la noche, lo llamaba. Me despertaba cada mañana y me movía por inercia durante el día, a menudo en un estado de incredulidad. ¿Cómo podía alguien seguir como si nada hubiera cambiado? ¿Acaso no sabían?

Busqué formas de acabar con la pena. Al principio, fracasé. Siempre ganaba la angustia. Podía estar sentada en una reunión o leyéndoles a mis hijos, pero mi corazón estaba en el piso de ese gimnasio.

En lo peor del vacío, dos semanas después de la muerte de Dave, recibí una carta de una conocida de sesenta y pico de años. Me decía que como ella estaba más avanzada que yo en este triste camino de la viudez, le gustaría darme algún buen consejo, pero que no lo tenía. Había perdido a su marido unos pocos años atrás, su íntima amiga había perdido al suyo diez años antes, y ninguna sentía que el tiempo hubiera disminuido el dolor. Me decía: "Por más que trato, no se me ocurre nada que podría ayudarte".

Esa carta, que sin duda la envió con las mejores intenciones, destruyó mi esperanza de que el dolor se desvaneciera algún día. Sentí que el espacio vacío se cerraba sobre mí, que los años se estiraban frente a mí, interminables y vacíos. Llamé a mi amigo y coautor Adam Grant, un psicólogo que estudia cómo hallan motivación y significado las personas. Le dije que lo que más temía era que mis hijos no volvieran a ser felices. Adam me mostró los datos: después de la pérdida de un padre, muchos niños se adaptan sorprendentemente. Tienen una niñez feliz y se convierten en adultos bien adaptados. Adam me dijo que si bien el duelo era inevitable, había cosas que yo podía hacer para mitigar la angustia de mí y mis hijos.

Para mí la resiliencia es la capacidad de soportar el dolor, y entonces le pregunté cómo podía calcular cuánta capacidad tenía yo. Me explicó que no es fija, de modo que lo que debería preguntarme es cómo me vuelvo resiliente. Me convenció de que aunque mi duelo tuviera que seguir su curso, mis creencias y mis acciones podrían moldear cuán rápido me desplazaba por el vacío y a qué lugar llegaba.

Por ejemplo, hay estudios que demuestran que las personas se recuperan más rápido del duelo cuando dejan de culparse por sus dificultades. En los primeros meses después de la muerte de Dave, descubrí que lo que decía con más frecuencia era "lo siento". Le pedía disculpas constantemente a todo el mundo. A mi madre, por poner su vida en suspenso para quedarse conmigo el primer mes. A mis amigos, que dejaron todo para viajar al funeral. A mis colegas, por desconcentrarme cuando no podía controlar la emoción. Finalmente, Adam me convenció de que tenía que eliminar las palabras "lo siento". También prohibió "me disculpo" y "lamento que", y cualquier otro intento de burlar la prohibición. Me explicó que al culparme a mí misma estaba retrasando mi recuperación, lo que también significaba retrasar la recuperación de mis hijos. Eso fue lo que me hizo reaccionar. Yo no había interrumpido la vida de ninguno de ellos; la interrumpió una tragedia.

Otra estrategia que aprendí fue la de cuestionar mis propias expectativas. Los estudios sobre el "pronóstico afectivo" —nuestras propias predicciones de cómo nos sentiremos en el futuro— revelan que a menudo sobrestimamos la duración del efecto de los eventos negativos. Esto fue definitivamente cierto en mi caso. Cada vez que trataba de decirme a mí misma que las cosas iban a mejorar, una voz en la cabeza insistía en que no mejorarían. Parecía claro que mis hijos y yo nunca volveríamos a tener otro momento de alegría plena. Nunca. De modo que, tal como tenía que eliminar "lo siento" de mi vocabulario, traté también de eliminar "nunca" y "siempre" y reemplazarlos con "a veces" y "últimamente". "Siempre me voy a sentir así de mal" se convirtió en "A veces me voy a sentir así de mal". También probé una técnica de terapia conductual en la que uno escribe una creencia que le causa angustia y luego la desaprueba. Yo escribí: "Nunca me voy a sentir bien de nuevo". El ver esas palabras escritas me obligó a darme cuenta de que esa misma mañana alguien había contado una broma y yo me había reído. Aunque solo fue un minuto, yo había demostrado que esa afirmación era falsa.

Todos nos encontramos con dificultades. Algunas las vemos venir; otras nos toman por sorpresa. Puede ser algo tan trágico como la muerte repentina de un niño, tan devastador como una relación que se deshace o tan decepcionante como un sueño que no se concreta. La pregunta es: ¿qué hacemos cuando suceden esas cosas?

La resiliencia es la fortaleza y la velocidad de nuestra respuesta a la adversidad, y yo aprendí que la podemos cultivar. No se trata de tener una columna vertebral. Se trata de fortalecer los músculos que rodean nuestra columna vertebral. Sé que no todas las historias tienen un final feliz. La recuperación no empieza en el mismo lugar para todos. Y la adversidad no está repartida en forma pareja entre nosotros; los grupos marginados y desfavorecidos tienen más batallas que luchar y más cosas por las que llorar.

Con todo lo traumática que fue la experiencia de mi familia, sé muy bien cuán afortunados somos por tener un amplio sistema de contención en el círculo familiar, los amigos y los colegas, y por tener acceso a recursos financieros con los que cuenta poca gente. También sé que hablar sobre cómo hallar fortaleza cuando nos enfrentamos con dificultades no nos libera de la responsabilidad de trabajar para evitar las dificultades en primer lugar. Lo que hacemos en nuestras comunidades y empresas —las políticas públicas que implementamos, las maneras en que nos ayudamos mutuamente— pueden asegurar que haya menos personas que sufren. 

Después de trabajar con Adam para investigar y escribir un libro sobre la resiliencia, sé que es posible experimentar el crecimiento postraumático. En la oleada de golpes duros se puede hallar una mayor fortaleza y un significado más profundo. También creo que es posible crecer antes de un trauma: no es necesario experimentar una tragedia para desarrollar resiliencia para hacer frente a lo que nos pueda deparar el futuro.

Apenas he recorrido la mitad de mi propia travesía. Se ha levantado la niebla del dolor agudo, pero continúan la tristeza y la añoranza por Dave. Todavía estoy hallando mi camino. Pero aprendí que cuando la vida te sumerge, puedes empujarte con los pies contra el fondo, salir a la superficie y volver a respirar.

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