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'El escándalo del siglo'

50 notas periodísticas que en más de tres décadas forjaron a Gabriel García Márquez.

Gabriel García Márquez y portada del libro El escándalo del siglo

Alamy / Libro: Cortesía Vintage Español

Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura, conocido cariñosamente por el sobrenombre de Gabo, siempre proclamó a los cuatro vientos que él quería que se le recordara, no como el autor y literato que obviamente era, sino como el reportero que necesariamente fue. Y la principal evidencia para ayudarnos a cumplir esa voluntad suya es el libro que acaba de publicarse bajo el título de El escándalo del siglo, una genial compilación de sus principales notas periodísticas editada por Cristóbal Pera y con prólogo de Jon Lee Anderson, periodista, autor y buen amigo de García Márquez.  


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La mayoría de los asiduos lectores de Gabo posiblemente nunca ha leído esas notas, que abarcan más de tres décadas de periodismo escrito: desde que el Nobel colombiano hacía pinitos en periódicos colombianos y venezolanos en los años 50, hasta mediados de los 80 —ya después del Nobel— con una suerte de divertimentos publicados en el diario español El País.

Cada una de estas 50 notas es una joyita deliciosa de leer. Es que, como me dijo Anderson recientemente, “hay una tonalidad que es Gabo en todo, pero el humor está un poco más escondido en su ficción que en su no-ficción, que es lo que vemos aquí, porque él jala lengua por todos lados”.

Es muy acertada esa observación de Anderson. En la nota “El año más famoso del mundo, por ejemplo, nos invita a seguirlo en una suerte de bitácora periodística del noticioso año 1957. Comienza por la renuncia del primer ministro británico, Sir Anthony Eden, “el hombre mejor vestido del mundo” (Gabo, típicamente hiperbólico), y su remplazo por Harold MacMillan, quien “pasó del número 11 al número 10 de Downing Street” y “sólo tuvo que caminar 15 metros para hacerse cargo de los delicados negocios del Imperio Británico”.

De esa noticia tan trascendental salta a la muerte de Humphrey Bogart de un cáncer en la garganta en enero de ese año, mes en que también se fueron la escritora chilena Gabriela Mistral y el director de orquesta italiano Arturo Toscanini. Y entre al menos una docena de otras noticias de ese año, e hilvanándolo todo con detalles genialmente escogidos, el compendio noticioso salta del Sputnik, al Óscar de la actriz sueca Ingrid Bergman por su actuación en Anastasia y, no podía faltar, la muerte del cantante mexicano Pedro Infante.

La nota que da título al libro, “El escándalo del siglo”, es una especie de crimen escandaloso que ocurrió en Roma, desde donde García Márquez envió una cobertura casi diaria desde el 17 al 30 de septiembre de 1955. A pesar de la gravedad del crimen, tenía cierta comicidad el hecho de que la noticia semejaba una telenovela o culebrón interminable, cuyo desenlace fue, según Gabo: 0.

Y hay una anécdota de su tiempo en París que él repite en más de una nota y que nunca deja de arrancarle una carcajada al lector. Es en “Desde París, con amor”, donde en plena guerra de Argelia, Gabo guardó prisión más de una vez por haber sido confundido con un rebelde argelino. Después del fin de esa guerra, en un aniversario al que fue invitado, le dijo a un periodista que “la revolución argelina es la única por la cual he estado preso”.

Pero acaso la mejor referencia a aquellos difíciles años parisinos, y que reflejaba a su vez la proliferación dictatorial en la América Latina de entonces, fue la del poeta cubano Nicolás Guillén, quien acostumbraba a gritar desde su ventana cada madrugada las últimas noticias en castellano para beneficio de sus vecinos latinoamericanos exilados. Una mañana Guillén gritó una noticia única: “¡Se cayó el hombre!”.

Cuenta Gabo: “Fue una conmoción en la calle dormida porque cada uno de nosotros creyó que el hombre caído era el suyo. Los argentinos pensaron que era Juan Domingo Perón, los paraguayos pensaron que era Alfredo Stroessner, los peruanos pensaron que era Manuel Odría, los colombianos pensaron que era Gustavo Rojas Pinilla, los nicaragüenses pensaron que era Anastasio Somoza, los venezolanos pensaron que era Marcos Pérez Jiménez, los guatemaltecos pensaron que era Castillo Armas, los dominicanos pensaron que era Rafael Leónidas Trujillo, y los cubanos pensaron que era Fulgencio Batista”. Resultó que en aquella ocasión no era otro que Juan Domingo Perón.

Estas notas constituyen el secreto mejor guardado de un tipo de periodismo que ya no existe. Una verdadera perla que nadie puede dejar de atesorar. 

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