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‘Beatriz at Dinner’: Realismo mágico y locura

Salma Hayek nos recuerda la nostalgia de todo inmigrante.

DIRECTOR: Miguel Arteta
GUION: Mike White
ELENCO:
Salma Hayek, John Lithgow, Connie Britton, David Warshofsky, Jay Duplass, Chloë Sevigny y Amy Landecker
DURACIÓN: 83 minutos 

Una pequeña canoa se va abriendo paso por los manglares. La vegetación es exuberante y los ruidos de los pájaros y animales nos remiten a un lugar que es seguramente tropical. Solo alcanzamos a ver de espaldas a quien rema: una niña o adolescente de cabello largo y negro. Desde su primera secuencia, Beatriz at Dinner nos introduce a un lugar que no podríamos ubicar ni geográfica ni temporalmente, pero que nos transporta a través de los sentidos a un remanso de paz. A ese recuerdo volverá Beatriz en los momentos más difíciles de su pequeña odisea de un día.

Beatriz (Hayek), trabaja como “sanadora” en una clínica en Los Ángeles para pacientes con cáncer. Cuando la historia arranca, vemos a Beatriz en medio del caos en su humilde morada, donde se las ha ingeniado para reproducir el entorno rural en el que, seguramente, vivía en su México natal. Beatriz está rodeada de animales, algunos más insólitos que otros para una zona conurbada. Trata de acallar a una de sus ruidosas cabras puesto que un vecino ya le mató a otra. Aunque parece un incidente menor, la escena establece dos cosas que tendrán resonancia después. Una: a pesar de su edad, Beatriz se aferra infantilmente a una realidad que no cabe en su contexto, y dos: la respuesta de ese contexto puede ser brutal.

Escena de la película Beatriz at Dinner

Cortesía de Everett Collection

Salma Hayek en una escena de la película 'Beatriz at Dinner'.

Saliendo de su trabajo en Los Ángeles, Beatriz se sube en su dilapidado auto para llegar a una elegante comunidad en Newport Beach. Beatriz va a darle un masaje a Cathy, una clienta desde que Beatriz ayudó a su hija Tara (ya en la universidad) cuando padeció de cáncer en la adolescencia. Beatriz le cuenta a Cathy que está triste por lo que le hicieron a su cabra y la mujer, que la aprecia genuinamente, se indigna también por lo ocurrido. Cuando el coche de Beatriz no arranca, Cathy insiste en que Beatriz se quede a cenar. A Grant, su esposo, no le parece buena idea puesto que la reunión fue organizada para halagar a Douglas Strutt (Lithgow), un arrogante magnate de bienes raíces, a quien imagina no le hará ninguna gracia la inclusión de la humilde inmigrante en la mesa. Alex y Shannon, la otra pareja invitada, son colegas jóvenes de Strutt y no representan ningún problema.

Cuando Strutt llega, la confunde con la servidumbre. Grant lo corrige, pero se ríe junto con él de la primera de varias bromas que hará a costa de Beatriz a lo largo de la noche. Cathy, por otra parte, ha presentado orgullosamente a Beatriz a Jeana, la tercera esposa de Strutt, como una amiga de la familia que tiene poderes especiales de sanación. Las mujeres toman con toda naturalidad lo que Cathy les dice y la presencia de Beatriz. Ella, a pesar de que está claramente fuera de lugar, no se siente en lo más mínimo intimidada. A medida que la noche (y la cantidad de alcohol) progresa, Strutt es cada vez más insolente. Ya en la mesa, le pregunta groseramente a Beatriz si llegó a Estados Unidos legalmente. Su esposa trata de moderarlo, sin éxito. Toda esta parte está diseñada como comedia y lo es, en su nivel más elemental.

Durante la cena la conversación fluye entre los hombres que hablan de sus futuros proyectos y las mujeres intervienen ocasionalmente; nadie espera que Beatriz hable. Sin embargo, ella lo hace con toda naturalidad. Sin el menor asomo de agresión, da sus opiniones, siempre contrarias. Como una niña sentada a una mesa de adultos, habla fuera de turno e interrumpe al chef que viene a anunciar el siguiente platillo pedante. La expectativa de los otros es que solo abra la boca para comer, pero como además es vegetariana, no puede degustar el platillo principal. Cada gesto y detalle tiene un sentido específico en la elaborada alegoría. Si hiciera falta algo para dar mejor la clave de esto, la evocativa música y fotografía elevan el argumento a su plano metafórico. La película funcionará para quien lo pueda ver así.

Entendida en su nivel más literal, Beatriz at Dinner no pasaría de ser la burda historia de una humilde mexicana “New Age” confrontada con un arrogante y racista magnate capitalista. Esta será quizás la visión que irremediablemente separe al público anglo del latinoamericano. El argumento es un ejemplo de la falta de coincidencia entre dos versiones opuestas del mundo. En la mirada de Beatriz hay milenios de cultura. No es su condición humilde lo que la pone en desventaja, es la sabiduría ancestral de sus raíces; y su arraigo a la tierra, lo que la protege de la ignorancia de quienes han perdido el contacto con lo esencial.

En sus ramificaciones más profundas, la sencilla trama tiene ecos de la madre tierra; nostalgia natural de todo inmigrante. Pero también funciona a un nivel más universal —o freudiano—. Beatriz at Dinner es la aspiración de volver al origen, al principio del placer representado por la madre que es coartado por el padre, principio de la realidad. La frontera con Estados Unidos es el límite que demarca y separa estos dos principios. Beatriz está en otro plano, no inferior, sino inviable en la realidad material.

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