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5 vacaciones que cambiaron vidas

Autores que escriben sobre viajes cuentan las experiencias que nunca olvidarán.

Vista aérea de Tokio con el Monte Fuji al fondo; mujer envuelta en un saco de dormir, mirando el amanecer en la cima del monte Whitney; pareja paseando por una playa tropical en Cancún, México
StockByM / Getty Images; Nick Ocean Photography / Getty Images; Buena Vista Images / Getty Images

Piensa en las vacaciones que fueron inolvidables. ¿Adónde fuiste? ¿Qué fue lo que las hizo especiales para ti? Les pedimos a cinco escritores especializados en viajes que compartieran con nosotros los lugares que dejaron en ellos una impresión perdurable, y cómo puedes planificar tú una experiencia similar.

Calle comercial en Tokio, Japón.
Matteo Colombo / Getty Images

Tokio

Un año después del fallecimiento de mi esposa, llevé a nuestro hijo, Harrison, a Japón.

Durante la mayor parte del tiempo en que Harrison cursó la escuela secundaria, habíamos cuidado entre los dos de su madre, quien estaba luchando contra una enfermedad cerebral poco común. Después del funeral, a ambos nos había costado hacer frente a la vida diaria, descubrir cómo seguir adelante los dos solos.

Ahora, nuevamente, nos encontrábamos en la antesala de un cambio: él iba a comenzar sus estudios en la universidad y yo estaba por enfrentar un hogar vacío. Desde que Harrison era muy niño, yo había tratado de mostrarle de qué modo los viajes podían abrir nuevos mundos y permitirnos ver nuestra vida desde una perspectiva diferente. El día de orientación para los nuevos estudiantes universitarios ya estaba cerca, y ese mensaje me pareció urgente, parecía mi última oportunidad de moldear su forma de ver el mundo.

Pero ¿Japón? ¿Un país poco familiar del que ninguno de los dos conocía el idioma ni las costumbres? ¿No sería demasiado? En las dos semanas siguientes lo averiguaríamos.

En la estación de tren del aeropuerto, nos detuvimos frente a un inmenso mapa del sistema de transporte de Tokio, con rutas que serpenteaban y se cruzaban a través de una ciudad de 14 millones de habitantes. Estuvimos allí en silencio por un momento, tratando de encontrar una ruta que nos llevara hasta el hotel, ubicado en el centro de la ciudad. Pero tal como sucedió una y otra vez —durante la enfermedad de mi esposa y en el viaje—, alguien nos indicó la dirección correcta.

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Comenzamos a entender la ciudad rápidamente, desde el caos del mercado de pescado a la mañana hasta el lujo de las tiendas por departamentos. Nos maravillamos con la tecnología que se exhibía en el distrito de Akihabara, con sus tiendas cavernosas de electrónica, vendedores de computadoras en las aceras y los gigantescos carteles que iluminaban las calles con un resplandor de mediodía en medio de la noche.

Una tarde, nos dimos un festín de fideos ramen en un pequeño café en un callejón cerca de la estación principal de trenes de Tokio. Al día siguiente, visitamos el museo Studio Ghibli, dedicado a los filmes de anime que una vez habían deleitado a mi hijo y a su madre.

Después, tomamos el tren bala para ver más del interior del país. Durante unos días recorrimos el sendero de peregrinaje Kumano Kodo, donde una guía nos hizo tendernos en un bosquecillo de pinos para meditar, una práctica a la que ella llamó “baño forestal”. Esa noche, nos sumergimos en el agua burbujeante de un complejo turístico de aguas termales tradicional.

Un día, en el gigantesco acuario Kaiyukan, en Osaka (en inglés), Harrison me enseñó a sacar selfis con los pingüinos que espiaban sobre nuestros hombros, ansiosos, parecía, de sumarse a las fotos. Otra tarde, él observó como yo atravesaba con éxito el camino entre dos piedras en el Templo Kiyomizu-dera de Tokio. La tradición dice que quienes cruzan con los ojos cerrados encontrarán el amor verdadero, algo que yo dudaba después de perder a mi esposa de 22 años.

En nuestra última noche en Japón, me animé a derrochar en una estadía en el fabuloso hotel Park Hyatt de Tokio, el lugar donde se filmó la película Lost in Translation, con Bill Murray y Scarlett Johansson. Para la cena, reservamos una mesa en el restaurante New York Grill del hotel, en el piso 52, donde estábamos rodeados de rascacielos centelleantes.

Yo sabía que algún día mi hijo cenaría con un posible jefe o conocería a los padres de su novia en una cena lujosa. Quería que él recordara esta noche y se diera cuenta de que ningún entorno, sin importar el grado de opulencia, debía intimidarlo.

Volamos de vuelta a casa al día siguiente. Treinta y seis horas después, lo llevé en auto hasta la universidad.

Como padre soltero, me había preocupado por las lecciones que no le había impartido a mi hijo durante la enfermedad de mi esposa y después de su muerte. Pero en esas dos semanas en que recorrimos Japón, yo aprendí tanto como él: juntos, podemos superar cualquier desafío. A pesar de que el mundo puede ser trágico y confuso, también nos ofrece maravillas inimaginables.

Larry Bleiberg, expresidente de la Society of American Travel Writers, vive en Charlottesville, Virginia.

Sendero John Muir, California.
Getty Images

Sendero John Muir, California

Hace unos años, en el sendero John Muir en California, a mitad del trayecto por un camino largo y muy empinado que conducía a un paso en la cima de una montaña cubierta de pinos, me detuve en seco y me desplomé sobre una roca. Me dolía la espalda y me punzaban los dedos de los pies por haber cargado una mochila de 28 libras, subiendo y bajando montañas, durante más de una semana. No había visto un inodoro con cisterna en 100 millas y no llegaría a dormir en un colchón blando por mucho tiempo. Dos días antes, había escrito en mi diario: “Estoy tan agotada que apenas puedo pensar”. Y mi esposo y yo solo estábamos en la mitad de nuestro viaje de 15 días.

Con todo lo que me gustan la tierra y los ríos y los senderos que se van revelando a través de praderas de hierba dorada y valles tallados entre los glaciares, me sentía abrumada. ¿Qué estaba haciendo? Tenía 52 años. Ya no eran 20, ni siquiera 40. Además, en ese momento, tenía hambre y sed. “No puedo hacer esto”, le dije a mi esposo, con una sensación inexplicable de fracaso. “Es muy difícil. Es demasiado”. Él se dejó caer junto a mí, me alcanzó la botella de agua y señaló un lago que destellaba como una moneda en la distancia, abajo. “Pero mira eso”, dijo. “De allí salimos esta mañana, y ahora estás aquí”.

Tenía razón. Esa monedita brillante parecía estar a millones de millas de distancia. Había recorrido mucho terreno en unas pocas horas, y ni uno de los pasos que había dado había sido tan difícil. Era el viaje completo, considerado en su totalidad, lo que parecía imposible.

Podría seguir avanzando. Y lo hice. En las 100 millas siguientes, vadeé a través de lagos alpinos de agua helada, admiré un arroyo que fluía por un campo como si fuera un pañuelo azul y absorbí la descarnada belleza de la meseta Bighorn, que parecía ser el único punto plano en nuestra ruta de 200 millas. Comí comidas deshidratadas que sabían como la mejor comida del planeta y, al final, me deleité en el logro de completar el recorrido hasta el final del sendero al otro lado del monte Whitney.

En ese viaje aprendí muchas cosas. Una de ellas fue la importancia de estar siempre bien hidratado y comer lo suficiente para aportar combustible a tu aventura. También aprendí a no llevar plantillas en las botas de senderismo, incluso si tienes fascitis plantar, porque te empujan el pie hacia adelante y se te aplastan los dedos.

Pero la lección más importante fue que, si continúas avanzando, atravesarás cualquier paso de montaña que esté frente a ti. Y al llegar, te sentirás aún mejor si te has ensuciado a lo largo del camino.

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Pam LeBlanc, residente en Austin, Texas, es escritora de aventuras y exredactora de periódicos a quien le encanta ensuciarse, rasparse las espinillas y dormir en carpa.

Hombre bebiendo una colorida bebida tropical con una guarnición de piña.
Marco Bottigelli / Getty Images

Cancún, México

Todo era perfecto. El aire de la noche era fresco, el viento era suave, el mar bañaba mansamente la playa. Yo podía oír la música que venía del complejo, pero estaba a suficiente distancia como para sentir que estábamos solos. En realidad, la playa estaba sorprendentemente vacía, incluso para un atardecer de domingo. La luna iluminó suavemente el rostro de mi novia, quien no tenía idea de que, en unos instantes, yo le iba a proponer matrimonio.

“¿Eso no es [la constelación de] Orión?”, pregunté, señalando hacia el mar. No fue un engaño muy bueno. No sé mucho de eso. Pero la distrajo lo suficiente como para que, al volverse, me encontrara arrodillado, con la caja del anillo abierta.

“¿Qué estás haciendo?”, preguntó, riéndose. “¡Levántate, tonto!”.

Yo no me moví. Volvió la marea. Mis rodillas se estaban empapando.

Ella se llevó las manos al rostro. Se dio cuenta de que lo que estaba sucediendo era de verdad. Le pedí que se casara conmigo. Nos abrazamos. Lloramos. Nos dijimos que nos amábamos. Lo único que no dijimos —y con eso quiero decir, lo único que ella no dijo— fue “sí”.

“Necesito tiempo”, dijo finalmente.

¿Tiempo? No hay problema. Teníamos tiempo. Estábamos en el segundo día de nuestra escapada de cuatro días al Breathless Riviera Cancun Resort & Spa.

Cancún era el lugar adonde íbamos de vacaciones todos los años. Hacía seis que estábamos juntos, desde mi divorcio, y ella había priorizado los viajes, ya que habíamos dicho que no queríamos hijos (el mío ya era grande) y no queríamos casarnos. Habíamos viajado a Italia, Nueva York y Tokio, pero necesitábamos un lugar al cual pudiéramos ir espontáneamente, sin planificar, un lugar donde pudiéramos sentarnos en la playa, oír el mar, beber cócteles de ron y ponernos al día con la lectura.

Sin embargo, yo comencé a preocuparme de que nuestra rutina se estuviera volviendo aburrida. No Cancún. Siempre era encantador. El Riviera es un complejo de alto nivel que resplandece con sus edificios blancos y piscinas azules, y tiene más bares y restaurantes de primera clase de los que podíamos visitar en un viaje. No era eso. Lo que me preocupaba era que ella realmente quisiera un compromiso. Seguro que querría verme de rodillas ante ella. Y querría llevar puesto un grueso anillo. ¿Verdad?

Cuando volvimos al bar de la playa y pedimos champán, disimuladamente respondí al mensaje de texto que me había enviado el único amigo que conocía mi plan de propuesta matrimonial. “No”, respondí. Bebimos el champán y, tomados de la mano, miramos el partido de los Cowboys contra los Giants. No podíamos estar tristes. Estábamos en Cancún. Juntos.

Ese viaje, el de la propuesta matrimonial, fue en el 2016. Volvimos a Cancún el año siguiente. Todavía no nos habíamos casado. Volvimos en el 2018. Seguíamos juntos, pero no casados. Estuvimos otra vez en México el año pasado, y planeo reservar en el Riviera otra vez para la primavera.

Seguimos juntos, pero no casados. Ella decidió que le gustaba nuestra relación tal como estaba. Yo decidí que la amaba lo suficiente para ser feliz, sin importar lo que ella quisiera. Decidimos que estaba bien volver a Cancún a pesar de que las cosas no habían salido de acuerdo con mis planes. Estaba bien no estar casados, porque amábamos Cancún y los cócteles y el sol y la lectura en la playa y la comida… y nos amábamos el uno al otro. Las otras cosas que pensábamos que necesitábamos —que yo pensé que ella quería— no eran necesarias. Nos quedamos con Cancún, y con la divertida historia que contamos sobre la vez que ella dijo que no en el paraíso.

Ah, y el anillo. Ella se quedó con el anillo. No es tonta.

Eric Celeste es un escritor independiente radicado en Dallas.

El Monumento Nacional Monte Rushmore, una escultura de granito tallada en las montañas Black Hills en Keystone, Dakota del Sur.
Getty Images

Rapid City, Dakota del Sur 

En un punto en que, según mis cálculos, sería más o menos el centro de Nebraska, mi hija Maddy miró por la ventanilla del avión y dijo: “¡Guau! ¡Este país es tan grande!”.

Era el tipo de comentario que pueden entender personas diferentes por dos motivos: Maddy tenía 11 años y no había viajado mucho. Su exposición al mundo exterior estaba limitada a las infrecuentes excursiones desde el vecindario donde vivía en Plano, Texas.

El segundo motivo es uno con el que se pueden identificar la mayoría de las personas en el país, especialmente los que formamos parte de las “masas hacinadas que anhelan respirar en libertad”, mencionadas en la inscripción de la Estatua de la Libertad.

Yo soy estadounidense de segunda generación, nieto de sobrevivientes del Holocausto, alguien cuya vida estuvo muy cerca de no existir. Por eso, estaba decidido a inculcar en Maddy el orgullo que siento por la tierra de la cual el presidente Abraham Lincoln dijo lo siguiente: “Este país, con sus instituciones, pertenece a las personas que lo habitan”.

En el 2015, llevé a Maddy a Rapid City en una escapada de padre e hija. Como en nuestra familia ambos padres trabajamos a tiempo completo, yo quería un viaje especial de fin de semana, solo con la mayor de mis dos hijas, para pasar momentos valiosos juntos. Ella tuvo libertad total para elegir el destino. Estaba estudiando los monumentos nacionales en la clase de Ciencias Sociales, por lo que eligió Mount Rushmore. Yo no había estado nunca en Dakota del Sur. Esta sería una primera vez especial para los dos.

Nos levantamos temprano para ir en auto desde el hotel, en Custer, hasta Mount Rushmore. Traté de educar a Maddy lo mejor que pude sobre cada uno de los presidentes conmemorados en las montañas de Black Hills y le hablé sobre el tipo de mano de obra que se necesitó para erigir el monumento entre 1927 y 1941. Estudiamos detenidamente a los presidentes desde varios ángulos durante horas. Yo noté que Maddy observaba las reacciones de otros visitantes ante las espectaculares figuras talladas. Y pude ver que la invadía la magia de Estados Unidos. Eso, a su vez, resultó mágico para mí.

Desde allí, fuimos en auto hasta el monumento a Caballo Loco (en inglés). En construcción desde 1948, esta obra aún en marcha conmemora al legendario guerrero lakota que fue instrumental en la derrota del general George Armstrong Custer en la batalla de Little Bighorn, pero que luego fue apuñalado por la espalda por un guardia militar. Antes de morir y mientras estaba prisionero, un soldado se burló de él preguntándole: “¿Dónde están ahora tus tierras?”. Caballo Loco respondió con una de las frases más poéticas que he escuchado en mi vida: “Mis tierras están donde yacen enterrados mis muertos”.

Y así fue que, en las Black Hills de Dakota del Sur, observando el monumento a Caballo Loco en la distancia, este estadounidense de segunda generación y su hija de 11 años sintieron una genuina afinidad con la mentalidad de los nativos estadounidenses. Mi familia llegó a Estados Unidos en 1945, y aquí es donde mis amigos y familiares están enterrados. Es donde estaré enterrado yo.

Durante la cena esa noche, conversamos sobre cómo los dos monumentos nos inspiraron para explorar más instituciones de la cultura estadounidense en el futuro, y a hacerlo juntos.

En el vuelo de regreso a casa le respondí a Maddy: “Sí, cariño, este país es muy grande. Y es el país más hermoso del mundo”.

Adam Pitluk es un galardonado periodista, autor de libros y editor de grupo de Midwest Luxury Publishing y Groom Lake Media.

Cat Cat Village, Vietnam, un popular destino turístico de trekking.
Andrii Brodiahin / Alamy Stock Photo

​Hanoi, Vietnam

Como he tenido la fortuna de vivir y viajar por todo el mundo, con frecuencia me preguntan cuál es mi lugar favorito. Es imposible elegir uno, pero hay experiencias que sobresalen, entre ellas, unas vacaciones con mi familia en Vietnam, cuando vivíamos en Bangkok.

Por lo general, yo misma reservaba nuestras vacaciones y pasaba innumerables horas investigando hoteles, transporte y puntos de interés. Pero cuando una buena amiga describió el viaje que había hecho con su familia a Vietnam, decidí contratar un recorrido similar con su agencia de viajes Paradise Travel (en inglés), con sede en Vietnam, cuyos agentes hablan fluidamente inglés, francés, español e italiano.

Comenzamos en la capital, Hanoi, donde nos recibió nuestro guía, que hablaba inglés. Mientras íbamos en auto del aeropuerto al hotel, yo dije que me resultaba muy conmovedor estar en Vietnam, después de haber crecido a la sombra de la Guerra de Vietnam. El guía me miró sonriente y dijo: “Usted quiere decir la Guerra Norteamericana”. Sus palabras fueron un recordatorio de cuán importante es viajar y ver el mundo desde perspectivas diferentes; desde ese momento, llevo esa respuesta siempre conmigo.

El personal del hotel en Hanoi fue maravilloso. Las paredes del vestíbulo estaban cubiertas con pinturas fabulosas de artistas vietnamitas (el hotel ya no está, pero una buena alternativa es el Thang Long Opera Hotel).

Pasamos dos días recorriendo la ciudad, esquivando las innumerables motocicletas al cruzar la calle, comiendo pho (una sopa vietnamita tradicional) de vendedores callejeros, disfrutando de la cocina francesa en restaurantes elegantes y haciendo compras en el Barrio Antiguo.

Mientras mi esposo llevó a nuestros dos hijos al renombrado teatro de títeres Thang Long Water Puppet Theatre, yo recorrí las galerías de arte. En la Apricot Gallery, me enamoré de un retrato de una joven de la villa norteña de Sapa, que era nuestro destino siguiente.

El viaje hacia Sapa en el lujoso tren Victoria Express, que duró toda la noche, me recordó una novela de Agatha Christie y deleitó a los niños. Compartimos un camarote con cuatro literas, que resultó sumamente cómodo, y comimos algo ligero antes de dormir en el coche comedor decorado en tonos rojos. Cuando llegamos, a las 6 de la mañana, nos recibió nuestro guía local y nos llevó rápidamente al hotel Victoria, que ahora es el BB Sapa Resort & Spa.

El pueblo era encantador, y disfrutamos haciendo compras en el mercado, comiendo platos de la cocina local y conociendo personas que nos saludaban con amplias sonrisas. Pero lo mejor de todo el viaje fue hacer senderismo entre las colinas y los campos de arroz y visitar Cat Cat Village, donde se encuentran los hogares hmong tradicionales y el ganado deambula libremente. Las personas fueron muy cálidas, y muchas de ellas nos invitaron a sus casas.

Para los que no pueden hacer senderismo, vale la pena una visita a Sapa. Hay mucho que hacer y ver en auto, y una agencia de viajes respetable puede coordinar los servicios de un guía experimentado.

Terminamos nuestra aventura de regreso en Hanoi, donde corrí a la Apricot Gallery para comprar el retrato de la mujer con el vestido hmong tradicional. Cada vez que lo miro, me acuerdo de la inolvidable gente de Sapa y nuestra aventura en Vietnam.

Jaimie Seaton ha vivido y reportado desde Sudáfrica, los Países Bajos, Singapur y Tailandia. Ha escrito sobre viajes para Skift, The Independent y CNN.

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