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Segundo turno: una carrera en enfermería

Descubre por qué estas 4 personas cambiaron de ocupación para dedicarse a cuidar de los demás.

 Tracy Gordon de periodista a enfermera

Foto: RYAN PFLUGER

La experiodista Tracy Gordon Fox descubrió una actividad reconfortante al cambiar de profesión

In English | La satisfacción de salvar vidas no es poca recompensa. Tal vez ese sea el motivo por el que el cuidar de los demás estimule el altruismo en todos nosotros. Y la necesidad es enorme, ya que EE.UU. enfrentará la falta de más de 900,000 enfermeros titulados para el 2030. Tal vez sean los trabajadores de edad avanzada quienes tengan que hacerse cargo de esa tarea. La edad promedio de los enfermeros titulados al momento de graduarse es “notablemente alta”, informó el U.S. Department of Health and Human Services (Departamento de Salud y Servicio Humanos de EE.UU.) en el 2010.

Si bien la paga es aceptable (alrededor de $51,000 en promedio para estudiantes de enfermería de nivel básico), los cuatro enfermeros aquí reseñados tuvieron alguna motivación adicional: “Tuve la sensación de que verdaderamente podía marcar la diferencia”, sostiene una de ellos, exjuez.

A aquellos que se sienten atraídos por el deseo de ayudar a los demás, generalmente no les toma mucho tiempo graduarse. Hay más de 200 escuelas de enfermería que hoy ofrecen a alumnos con título de grado una vía rápida a la graduación que demanda de 12 a 18 meses.

Todos los enfermeros citados en estas páginas se iniciaron en la profesión a edad avanzada. Quizá sus historias puedan inspirarte para que te permitas reimaginar tu propia vida.

TRACY GORDON FOX

Edad: 50

Empleo actual: Enfermera de Sala de Emergencias, Hartford, Connecticut

Ocupación anterior: Periodista, sección policial del Hartford Courant

Durante los últimos años de Tracy Gordon Fox en la movida criminal en el Hartford Courant, los paquetes indemnizatorios que ofrecía el periódico comenzaron a resultarle cada vez más atractivos.

El ambiente en el complicado periódico desanimó a la periodista de tantos años, una mujer de pelo castaño y largo, que no sabía valorarse, que se menospreciaba a sí misma y que se ve y suena un poco como Valerie Harper en la época en que interpretaba a Rhoda.

Para el 2008, “me sentía infeliz”, cuenta. Los editores la desanimaron a encarar proyectos como la aclamada serie del 2002 sobre el uso de heroína en un pueblo próximo a Hartford. Esa investigación plantó la semilla de su carrera en enfermería.

Poco después de que uno de los adictos a los que Fox había seguido por allí falleciera por una infección de transmisión sanguínea, la novia de este, también drogadicta, empezó a volar de fiebre y a “toser alquitrán negro”, recuerda Fox, quien dice que su instinto maternal surgió. Sabía que la joven adicta necesitaba atención de inmediato. Le preguntó al fotógrafo del Courant: “¿Nos limitaremos a documentar esto o vamos a conseguirle ayuda?”.

Fox convenció a la mujer, que padecía la misma infección que había matado a su novio, que fuera a una sala de emergencias, lo que probablemente salvó su vida. Pero sus jefes la regañaron por no mantener una distancia profesional. “No me iba a quedar viendo cómo moría esa joven”, asegura Fox.

En el 2008, después de presenciar la forma en que unas enfermeras cuidaban de su madre y de su hija enfermas, Fox aceptó una indemnización del Courant. Actualmente trabaja en el Saint Francis Hospital and Medical Center, y asegura que, en comparación con lo que hace ahora, un día normal de un periodista es “pan comido”. Ella señala que ya no puede depender de las correcciones para salvar errores.

Ocasionalmente, Fox remienda a algún delincuente en la sala de emergencias, pero son pocos los pacientes que le causan problemas. Ella cree que hay una razón para que así sea: las enfermeras son mucho más apreciadas que los periodistas. “Ahora, gracias a mi identificación de enfermera, recibo muchas más muestras de respeto —confiesa, mientras se coloca una identificación con fotografía en su cinturón— que las que jamás recibí por mi pase de prensa”.

Edward Moriarty se convirtió en enfermero tras los ataques del 11 de septiembre

Foto: Ryan Pfluger

Edward Moriarty se convirtió en enfermero titulado en Nueva York, después de los ataques del 11 de Septiembre.

EDWARD MORIARTY

Edad: 61
Empleo actual:
Enfermero titulado, Servicio de Enfermeros Visitantes de Nueva York
Ocupación anterior: Jefe de personal del Cuerpo de Bomberos de Nueva York

Una vez que concluyeron los funerales de innumerables amigos y la brutal conmoción del 11 de Septiembre cedió para convertirse en un punzante lamento, Edward Moriarty notó que algunos de sus colegas jubilados del Cuerpo de Bomberos de Nueva York con los que se topaba tenían “la misma mirada perdida en sus ojos”. Esa mirada perdida desconcertó a Moriarty, que prestó servicios como uno de los coordinadores logísticos clave del departamento, durante y después de los ataques. No solo perdieron un montón de amigos el 11 de Septiembre, observa respecto de algunos colegas luego de jubilarse, sino que “de repente, también se habían quedado sin el Cuerpo de Bomberos”.

Al jubilarse, en el 2006, después de 27 años en el Cuerpo de Bomberos como jefe de personal, Moriarty podría haber conseguido fácilmente un cómodo cargo como director de seguridad contra incendios de alguna gran corporación. Sin embargo, él siguió comprometido con el servicio público y encaró una segunda carrera en enfermería. Moriarty, un hombre reflexivo que parecería haber engañado a la muerte (su jefe y mucho de los que trabajaban con él murieron el 11 de Septiembre), siempre admiró a los enfermeros; de hecho, se casó con una enfermera. Él considera que ambas actividades tienen requisitos similares y, a modo de ejemplo, cita dos que son comunes a ambas profesiones: el “instinto de rescatar” y la habilidad para mantener la calma en situaciones de crisis. “Tienes que estar concentrado —dice Moriarty con acento de Brooklyn—, no importa la situación. Siempre que vas a combatir un incendio, subes seis pisos por escalera, con todo tu equipamiento, secretando adrenalina, y tienes que decirte: ‘Ok. Respira. Relájate’”.

Moriarty, que asistió a la escuela de enfermería por las noches y los fines de semana mientras continuaba prestando servicios en el Cuerpo de Bomberos, hizo su entrenamiento en hospitales, pero prefiere tratar a los pacientes en sus domicilios. Él asemeja a los enfermeros visitantes con invitados especiales. “Cuando estás lidiando con alguien en el hospital, eso es un tipo de enfermería”, expresa. “Pero cuando entras en la casa de la persona, es otra historia, porque es su casa y son sus reglas”.

Actualmente especializado en cuidado de heridas, Moriarty valora la relación que desarrolla con sus pacientes habituales. “Eso es lo lindo del cuidado a domicilio. Llegas a conocer verdaderamente al paciente”.

La enfermería lo habría ayudado como bombero, ya que ahora comprende mejor la complejidad de la “experiencia humana”, señala. Como bomberos, “atendíamos emergencias y hacíamos lo mejor que podíamos, pero después nos íbamos”, cuenta Moriarty. “Cuando estaba [trabajando] en cuidados de hospicio, veía a los miembros de la familia después de que el padre o su esposa habían fallecido, y ellos se acercaban a mí como si yo fuera su mejor amigo. Esa es una experiencia completamente diferente”.

Sheryl Ramstad, es una jueza retirada

Foto: Ackerman + Gruber

La jueza jubilada Sheryl A. Ramstad completó su maestría en enfermería y está por comenzar un doctorado en enfermería.

SHERYL A. RAMSTAD

Edad: 64
Empleo actual: Estudiante de doctorado en enfermería, University of Minnesota
Ocupación anterior: Jueza, Tribunal Fiscal de Minnesota, y comisionada, Departamento Correccional de Minnesota

Sheryl A. Ramstad aprendió lo que valen los enfermeros de la forma más difícil. En 1979, a la edad de 29 años, se estaba capacitando para ser piloto cuando el motor del Piper Tomahawk comenzó a hacer explosiones y se paró, y el avión cayó “como un globo de plomo”, recuerda. Ramstad sufrió graves quemaduras y casi pierde su mano derecha. “Se quemó hasta el hueso”, asegura.

En la unidad de quemados del St. Paul-Ramsey Medical Center, Ramstad luchó por su vida. Desarrolló una infección que requirió seis horas de cirugía. “Mis probabilidades de sobrevivir serían del 10%”, cuenta.

Durante su larga convalecencia, una foto junto a su cama la mostraba trotando. Ramstad recuerda el desafío que le hizo una enfermera: “En dos años estarás corriendo un maratón”. Ramstad completó la prueba dos años después, con un tiempo de 3 horas, 53 minutos.

Ramstad, que se jubiló hace poco como jueza, obtuvo su maestría en enfermería el año pasado y pronto ingresará a un doctorado en enfermería. Para ella, una tarea fundamental de los enfermeros es motivar a los pacientes para que puedan ver “más allá de las lesiones”.

Durante su capacitación, conoció a una mujer que no podía mirar su propia mano, también quemada. Una mañana, Ramstad le mostró sus propias cicatrices a la paciente y le contó lo que tuvo que hacer para poder recuperar el movimiento de la mano. La paciente respondió favorablemente. “Tuve la sensación —dice Ramstad— de que verdaderamente podía marcar la diferencia”.

 

Chris Tower fue monje por 22 años

Foto: Ryan Pfluger

Chris Tower pasó 22 años como monje antes de convertirse en enfermero especialista en psiquiatría.

CHRIS TOWER

Edad: 62
Empleo actual: Enfermero especialista en psiquiatría, Hampton Bays, Nueva York
Ocupación anterior: Monje budista

La práctica privada significaba algo muy diferente para Chris Tower cuando era un monje budista conocido como Reverendo Kinsei. Tower, quien vivió durante 22 años en un monasterio de California, se graduó hace poco como enfermero especialista en cuidados psiquiátricos.

En el 2003, Tower, que entonces tenía 52 años, abandonó la vida de monje. La necesidad financiera, así como su experiencia en biología lo motivaron para que eligiera la enfermería. Luego de terminar la escuela de enfermería, obtuvo un empleo en un hospital de Long Island, Nueva York, pero el trabajo resultó ser abrumador. También se pregunta si sus colegas, inconscientemente, sobreestimaron o no sus habilidades. “Pienso que ellos creyeron que yo sería como un samurái, saltando de un lado a otro, colocando vías intravenosas a la distancia. Mucha gente tiene una idea errónea de lo que es ser un monje”.

Encontró algo a su medida en un centro de rehabilitación para adictos a las drogas y sustancias ilícitas. “Una de las cosas que enfatizaban en la escuela de enfermería es que todos pueden encontrar su nicho. Retuve eso en mi mente como una especie de mantra”, dice Tower.

Tower suele recurrir a su preparación monástica para calmar a pacientes ansiosos. Una vez, en su abadía, fue designado “maestro invitado”, algo como un conserje espiritual. Le pidió consejo a su maestro sobre cómo manejar a los invitados poco tolerantes. “Trata a todos como al Buda”, dijo su maestro. “Lo importante es ver a cada quien como a un Buda, y eso funciona con mis pacientes”.

David Wallis es un escritor independiente que reside en Nueva York.

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