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¿Cómo mantenerte sano durante tus viajes?: Consejos para disfrutar de las vacaciones de verano 

 

Rememoración de los ataques terroristas del 11 de septiembre, 20 años después

Los sobrevivientes nos cuentan lo que vieron y lo que han aprendido desde entonces.

El ataque al World Trade Center muestra ambas torres golpeadas y en llamas.

Sean Adair/Reuters

In English | Es difícil imaginar que los adolescentes que ahora ingresan a la universidad, o que sirven en las Fuerzas Armadas, aún no habían nacido en la mañana de aquel trágico martes. Casi 3,000 personas murieron en Manhattan, en el Pentágono y en un campo en Pensilvania aquel 11 de septiembre del 2001, que sigue siendo el acto de terrorismo más mortífero de la historia del país. Para conmemorar el vigésimo aniversario de ese día infame, conversamos con un grupo de personas sobre sus experiencias de los ataques en aquel momento y lo que esto significa para ellos.


8:46 A.M.

El vuelo 11 de American Airlines, que provenía de Boston con destino a Los Ángeles, se estrelló contra la Torre Norte del World Trade Center, entre los pisos 93 y 99.

La torre norte del World Trade Center se quema después de que un avión se estrellara contra ella.

Hiro Oshima/WireImage

Bill Keegan, teniente* del Departamento de Policía de la Autoridad Portuaria: el World Trade Center en el bajo Manhattan era un modelo para el mundo entero. “Queremos conocerte, queremos trabajar contigo y queremos hacer transacciones comerciales contigo”, decía. El comercio nos permite comprender las diversas culturas y personas, y que ellas nos entiendan. Creo que por eso las torres fueron blanco de esos terroristas.

Margaret Lazaros, analista de sistemas de Empire Blue Cross Blue Shield, quien trabajaba en el piso 27 del edificio. Fue increíble y hasta es difícil de explicar. El ruido y el impacto fueron tan grandes que podías realmente sentirlos. Parecía como si todo el edificio se estuviera estremeciendo. Creí que todo se derrumbaría. Todos nos quedamos ahí, mirándonos unos a otros, y recuerdo que le dije a mi amiga: “Algo malo pasó, creo que deberíamos irnos”.

Ada Rosario Dolch, directora de la Escuela Secundaria Leadership and Public Service, ubicada tres cuadras al sur de las torres. Estaba en el vestíbulo de la escuela, saludando a los alumnos. Una alumna me dijo: “un avión se estrelló contra el edificio [del World Trade Center]”. Por supuesto, pensé, una avioneta. Ella dijo, “uno grande”. Contesté: “¿qué quieres decir con ‘uno grande’?”. Me dijo: “se ve muy mal, Sra. Dolch”.

Vincent Green, un alto funcionario de anticorrupción del Departamento de Investigación de la ciudad, quien estaba en una oficina frente a las torres gemelas. En ese momento, no creíamos que fuera un ataque. Pensábamos que era un piloto que no sabía lo que estaba haciendo.

Brenda Berkman, teniente del Departamento de Bomberos de la Ciudad de Nueva York. Yo no estaba en el trabajo. Estaba en casa en Brooklyn, tomándome mi segunda taza de café, cuando recibí una llamada desde Kentucky. Era la madre de mi excompañero, quien me dijo "enciende el televisor". Cuando vi que se estaba incendiando la Torre Norte, enseguida pensé que era por terrorismo, porque basado en mi experiencia, sabía que un incendio de esa intensidad no podría haber sido causado por una avioneta ni un helicóptero.


9:03 A.M.

El vuelo 175 de United Airlines, que también iba de Boston a Los Ángeles, se estrelló contra la Torre Sur del World Trade Center, entre los pisos 77 y 85.

El segundo avión está a punto de golpear el World Trade Center el 11 de septiembre de 2001

Kelly Guenther/The New York Times/Redux Pictures

Investigador Green. Vi cuando apareció el segundo avión y se estrelló contra el edificio. Le dije a mi colega: “esto no es ningún accidente. Nos están atacando”.

Michael Lomonaco, chef y director de operaciones culinarias en Windows on the World, un restaurante en los pisos 106 y 107 de la Torre Norte. Yo estaba en el centro comercial del primer piso cuando atacaron la Torre Norte. Nos evacuaron muy rápido. Hice un par de llamadas para avisar que estaba bien. Luego, escuché el rugido de los motores del avión. Miré hacia arriba a la Torre Sur y vi el momento del impacto. Explotó una bola de fuego; hubo una tremenda conmoción. Pensé en todos mis amigos y colegas del restaurante, y empecé mentalmente una lista: ¿quién está allá arriba ahora? ¿Quién está trabajando? Esa mañana, unas 72 personas de nuestra familia de Windows estaban trabajando. También había más de 100 personas en un comedor privado. Después de que se estrelló el segundo avión, me conmoví mucho y comencé a llorar.

Lolita Jackson, vicepresidenta adjunta del Departamento de Ventas de Fondos Mutuos de Morgan Stanley Investment Management, quien trabajaba en el piso 70 de la Torre Sur: nos dijeron que siguiéramos las instrucciones de Rick Rescorla, el jefe de seguridad de nuestra compañía, y él nos dijo que nos fuéramos. Nos tomó unos 35 minutos salir del edificio. No sabía que se habían estrellado aviones contra las torres, pero visto desde la calle, parecía algo sacado de la película The Towering Inferno. Es difícil acordarse de que hace 20 años no existía ni Twitter ni Facebook. Internet no era como es ahora. Así que no teníamos manera de saber lo que estaba pasando, a menos que alguien nos mandara un mensaje de texto. La Autoridad de Puertos le decía a la gente que no se fuera. La única razón por la que todos sobrevivimos fue que Rick hizo caso omiso de lo que decían.

Salvatore Cassano, jefe adjunto de operaciones del Departamento de Bomberos (FDNY), quien se convirtió en jefe de operaciones justo después del 11 de septiembre. El World Trade Center fue construido para resistir un choque de avión. Pues bien, resistió el choque del avión. Pero no resistió el incendio causado por los miles de galones de combustible de avión que incineraron todo lo que había adentro.

Analista de sistemas Lazaros: entramos al área de la escalera y todo estaba tan callado. Todos sabíamos que algo muy malo había ocurrido, y solo queríamos salir de ahí. Empezamos a bajar y bajar y seguir bajando. Vimos a los bomberos, varios subían por la escalera, todos nos apartábamos para dejarlos pasar. Cargaban harto equipo contra incendios, y había mucho humo, y ya estaban transpirando. Subían por las escaleras. Les preguntamos: “¿a dónde van?, ¿a dónde tienen que ir?”. Y dijeron: “tenemos que llegar hasta debajo del incendio, pero ustedes váyanse”.

Tenían un montón de cuerdas y cosas, y ninguno salió de allí. Jamás.

Llegamos hasta el final del área de la escalera y pasamos por la puerta abierta. Al principio, no teníamos ni idea de dónde estábamos. Dije: “este debe ser algún subsótano antiguo, un lugar lleno de escombros”. Era el vestíbulo por el que habíamos entrado esa mañana, pero estaba todo destruido.

Stanley Praimnath, vicepresidente adjunto de Fuji Bank, quien trabajaba en el piso 81 de la Torre Sur. Había visto que caían trozos enormes en llamas de la Torre Norte. Tomé un elevador al piso 78 de mi edificio para trasladarme a un elevador expreso y salir. El guardia de seguridad me dijo: “tu edificio está seguro, está protegido. Vuelve a tu oficina”. Regresé al elevador y volví a mi oficina. El teléfono sonaba y contesté. Mientras me encontraba de pie con el teléfono en la mano, vi algo gris, un avión, primero pequeño y después cada vez más grande. Me quedé pasmado, sin darme cuenta de que el avión venía en mi dirección. El avión empezó a ladearse, y fue como si el tiempo se hubiera detenido y todo estuviera sucediendo en ráfagas de minisegundos. Podía oír el ruido del motor que aceleraba, y el avión estaba cada vez más cerca. Dejé caer el teléfono y grité, y me metí debajo del escritorio. Solo me acuerdo de que en ese momento dije: “Dios mío, no puedo hacerlo, hazte cargo tú”.

El ala inferior destruyó la mayoría del piso donde estaba yo. Parecía como si un equipo de demoliciones hubiera destrozado todas las oficinas. Todos los muebles estaban aplastados. El único escritorio que todavía estaba en pie fue donde yo estaba escondido. Mi Biblia estaba encima de ese escritorio. Me parece que esa fue la única razón por la que me salvé.

El techo encima mío se derrumbó y el sistema de rociadores se encendió. Yo gritaba y pedía ayuda: “por favor, no me dejen morir”. Alguien en ese piso me oyó, y tenía una linterna.

Explosión cuando el segundo avión golpeó el World Trade Center el 11 de septiembre de 2001

Sean Adair/Reuters

Brian Clark, vicepresidente ejecutivo de Euro Brokers, quien trabajaba en el piso 84 y era uno de los voluntarios encargados de la evacuación de sus oficinas en caso de incendios. Bajé hasta el rellano del piso 81 y me topé con una mujer corpulenta que venía subiendo las escaleras con uno de sus compañeros de trabajo. Me dijo: “para, no puedes bajar. Acabamos de salir de un piso en llamas”. Ella nos bloqueó. Y detrás se tropezaron los compañeros de trabajo con quienes estaba, una cadena de siete u ocho personas. En ese momento todos estábamos de pie en un rellano bastante pequeño, y empezó el debate. ¿subiríamos o bajaríamos?

Después de unos 30 segundos, me distraje al escuchar unos golpes, un grito apagado. Abandoné el debate y me concentré en lo que estaba escuchando. Me di cuenta de que era la voz de un hombre que pedía ayuda. [Los colegas de Euro Brokers de Clark se dieron vuelta y subieron las escaleras con las dos personas que habían llegado desde abajo]. Entré al piso 81. El piso estaba a oscuras, sin electricidad, y había un humo negro. La voz del desconocido estaba, me imagino, a 20 yardas de distancia. El rayo de mi linterna era como un faro de luz alta en un camino rural por la noche, en medio de la niebla. Solo se veían las partículas y nada más.

La linterna lo iluminó y mostró sus ojos. Me dijo: “tengo que saber algo. ¿Conoces a Jesús?”. Le contesté: “voy a la iglesia todos los domingos. Dale, tenemos trabajo que hacer. Movámonos”.

Stanley Painmath y Brian Clark

Cortesía de Brian Clark

Stanley Praimnath (izq), con Brian Clark en el 2002.

Praimnath: me topé con una estúpida pared de cartón de yeso que permaneció firme. El hombre de la linterna dijo: “trepa por encima, y yo te recibiré en el otro lado”. En ese momento, yo estaba golpeado, con hematomas y sangraba. Él se paró sobre un escritorio, se estiró por encima de la pared y me agarró por el cuello. Yo me retorcí y el haló, y yo salí despedido hacia el otro lado. Lo hice caer de espaldas. Cuando me di cuenta en dónde estaba, me encontraba tendido encima de él. Él se levantó, y yo no sabía cómo agradecerle. Lo agarré y lo besé en la mejilla.

Clark: me sacudí el polvo, le tendí la mano y dije: “soy Brian”. Él dijo: “soy Stanley. Seremos hermanos de por vida”.

Praimnath: me dijo: “he vivido toda la vida como hijo único. Siempre quise tener un hermano”.

Clark: en ese momento, me di cuenta de que yo tenía una cortada en la palma derecha. Él también tenía una cortada en una de las palmas. Yo junté nuestras palmas y dije: “de hecho, seremos hermanos de sangre”.

Praimnath: él hizo algo, un acto de amabilidad y amor, que recordaré hasta que yo muera.

Clark: dije: “ahora, dale. ¡Vamos!”. Miramos hacia abajo por las escaleras y no vimos llamas, solo el humo que subía. Las escaleras estaban vacías.

Praimnath: Bajamos hasta el final. En el primer piso, pude oír a los bomberos, los policías y el personal de servicios médicos de emergencia. Todos estos hombres y mujeres en uniforme que daban órdenes en voz alta. “¡Corran, corran, corran! No miren hacia arriba. No miren a sus alrededores. ¡Váyanse ya!”. Mientras nos mandaban hacia un lugar seguro, se podían oír gritos a nuestra espalda, porque el edificio se estaba derrumbando. Estos hombres y mujeres estaban sacrificando su vida para que Brian y yo pudiéramos salvarnos.

La empresa de Clark perdió a 61 personas ese día. La de Praimnath perdió a 23 personas. Cantor Fitzgerald, un banco de inversiones con sede en los pisos del 101 al 105 de la Torre Norte, perdió a 658 empleados. Solo sobrevivieron 18 personas que estaban en la zona de impacto de la Torre Sur. Praimnath y Clark formaban parte de ese grupo, y aún son amigos cercanos.


9:37 A.M.

El vuelo 77 de American Airlines, con rumbo de Washington D.C. a Los Ángeles, se estrelló contra el lado occidental del Pentágono.

Eel Pentágono dañado en las afueras de Washington DC

Larry Downing/REUTERS

Especialista Beau Doboszenski, soldado del 3.er Regimiento de Infantería de EE.UU., quien trabajaba como guía turístico en el Pentágono. De repente, un piloto subió corriendo por la rampa inferior, rojo como una remolacha. Gritó: “tenemos que irnos. Un avión acaba de estrellarse contra el Pentágono”. Fue muy caótico. Había gente en llamas. Los agarramos y apagamos el fuego.

Dra. Veena Railan, oficial médica del Pentágono. Nunca había visto a nadie corriendo de esa forma. Mi primer quemado fue un oficial del Ejército. Tenía quemaduras de tercer grado en el brazo, y también quemaduras en el pie. Tenía el rostro inexpresivo. Le coloqué un catéter intravenoso y le di algo de morfina. Estaba intentando conseguir una silla de ruedas para él, pero dijo: “señora, solo envuélvalo, démelo y yo iré caminando”. No creía que él podría caminar con ese dolor. Pero el oficial recogió la bolsa de infusión intravenosa, mantuvo recto el brazo y se fue a pie.

Al día siguiente, el Pentágono estaba abierto. Y todos estábamos ahí. Uno de los psicólogos me preguntó: “¿quieres hablar?”. Contesté: “¿hablar de qué? Tengo trabajo que hacer”. Es increíble que alguien tuviera el descaro de usar nuestro avión, usar a nuestra gente y atacarnos en un edificio que es el orgullo de nuestro país.


9:59 A.M.

Se desplomó la Torre Sur.

Foto histórica del colapso de la torre sur del World Trade Center

AARON MILESTONE/AFP via Getty Images

Directora Dolch: habíamos evacuado a todos los alumnos hacia el sur, en dirección a Battery Park. Cuando cruzábamos al parque, escuché ese sonido que siempre describo como chasquidos, crujidos y estallidos. Me volteé, y pensé que el mundo se había acabado. Cada vez que pienso en eso, tiemblo. Era una ola de tsunami de polvo y escombros, justo detrás nuestro.

Chef Lomonaco: de repente, mientras miraba las torres gemelas, una de ellas desapareció entre una nube de humo. Literalmente, desapareció. Había madres con coches, personas mayores, miles de personas que corrían hacia el norte en Church Street y se alejaban del derrumbe.

Investigador Green: fue casi hipnotizante. Miraba por la ventana y veía la nube de escombros que se acercaba por la calle. Veía a personas que corrían. Y fue como si ni siquiera pudiera moverme. Solo me quedé mirando, como si no fuera real.

Jefe adjunto del FDNY Cassano: nos refugiamos en un garaje al otro lado de la calle del World Trade Center, donde estaba nuestro puesto de mando. Cayó desde arriba una columna enorme de humo y escombros, y esperamos hasta que se despejara. Los estragos que vimos fueron muy difíciles de creer. Sabíamos que si había sucedido eso en la Torre Sur, sin lugar a duda también se derrumbaría la Torre Norte. Es por eso que intentábamos sacar a la gente de ahí lo más rápido posible. Me habían golpeado unos escombros, pero no me di cuenta. Tenía lesiones en la espalda y las costillas, y por eso muy pronto me empezó a costar trabajo moverme.

Empecé a averiguar lo que estaba pasando, ver cuántas personas teníamos, intentar saber cuántas personas estaban desaparecidas, y luego decidir lo que íbamos a hacer. Fue una tarea cansadora. No tenía tiempo de pensar en nada más que en mi trabajo. Trabajábamos 18 horas al día.

Hombres huyen tras el colapso del World Trade Center

AP Photo/FILE/Suzanne Plunkett

Will Jimeno, agente de policía principiante de la Autoridad de Puertos, quien había acudido desde su puesto en el centro de Manhattan y estaba en el vestíbulo del World Trade Center. Escuché una explosión enorme. Cuando estaba ahí de pie y miraba hacia arriba, vi una bola de fuego del tamaño de mi casa; todo se estremecía como durante un terremoto. En ese momento, la explosión me hizo salir volando y me golpeé; quedé tirado en el piso boca arriba. Una pared me cayó encima de todo el lado izquierdo del cuerpo.

No se me ocurre otra manera de describirlo: parecía como si se nos hubieran caído encima un millón de trenes de carga. Luego, de repente, todo quedó callado. Me di cuenta de que estaba en una caverna oscura y no podía moverme. Yo estaba con el sargento John McLoughlin, quien estaba atrapado debajo de unos escombros, y el agente Dominick Pezzulo, quien tenía algo de espacio para maniobrar. Dominick empezó a tratar de quitar el hormigón que yo tenía encima. No pudo. Intentó quitarlo durante 15 o 20 minutos. Entonces escuchamos otra explosión. Era la otra torre que se nos venía encima. En ese momento, creí que moriríamos. Miré a Dominick; algo lo había golpeado y lo hizo caer sentado, literalmente como un muñeco de trapo. Vi que a mi compañero le sangraba la boca. Entonces, dijo: “Willie, estoy muy mal”. “Me estoy muriendo, hermano. No dejes que nadie se olvide de que morí tratando de salvarlos a ustedes”, dijo. Y yo contesté: “Dominick, nunca dejaré que nadie se olvide de lo que tú hiciste”.

El oficial de policía Will Jimeno,

Cortesía de Will Jimeno

Yo estaba muy angustiado. El sargento McLoughlin y yo seguimos luchando por varias horas más. Me acuerdo de que pensé: ya no puedo más. Solo quería que parara el dolor. Pensé: Dios, gracias por los 33 años maravillosos. Gracias por mi bella esposa, Allison. Gracias por los cuatro años con mi hija, Bianca. Y gracias por permitirme ser un agente de policía. Llegué aquí como inmigrante de Colombia, y te agradezco por traerme al mejor país del mundo.

Después, vi algo. Podríamos llamarlo una visión o un sueño, como quieras llamarlo. Vi que una persona caminaba hacia mí, con una toga blanca brillante, sin rostro, con cabello castaño. A lo lejos había una laguna con árboles, muy tranquilo. Me sacudí del sueño con una sensación renovada de lucha. Pensé: haré todo lo que pueda para intentar sobrevivir. Si no, moriré en paz, sabiendo que lo di todo y que no me di por vencido.

Lo único que puedo decir es que las próximas horas fueron horribles. Como a las 8 esa noche, escuché voces que llegaban desde arriba, a lo lejos: “Cuerpo de Infantería de Marina, ¿alguien nos oye? Si pueden oírnos, griten o den golpes”. Empecé a gritar a pleno pulmón. Literalmente, estábamos en el epicentro. De hecho, ambos edificios nos habían caído encima.

Dos valientes reservistas de la Infantería de Marina y un civil atravesaron el cerco cuando no debían. Nos encontraron. Me alumbraron la mano con una linterna, pero no pudieron verme porque parecía como un pedazo de hormigón. Hice un gesto con la mano, y alguien dijo: “ya te vi”.

Me sacaron del agujero, y esa fue la primera vez que lloré ese día. Porque no podía ver los edificios. Y dije: “¿dónde está todo?”. Y un bombero dijo: “todo desapareció, chico”. Después supe que el sargento McLoughlin y yo fuimos los únicos dos que sobrevivimos debajo del World Trade Center.

Joel Perry, cuyo hermano, John, era agente del Departamento de Policía de la ciudad de Nueva York (NYPD). John había ido a la jefatura de policía para entregar sus documentos de jubilación, porque era abogado e iba a trabajar para un bufete de abogados. Tenía 38 años.

Patricia Perry, madre de Joel y John: nos contaron que él había dejado su placa de policía sobre una mesa, porque cuando alguien se jubila, siempre devuelve la placa. Pero luego hubo un anuncio para que todos regresaran a sus puestos: “organícense. Los necesitaremos”. John agarró de nuevo su placa y dijo: “regresaré y llenaré los formularios después”.

Joel Perry: él se unió a un capitán y a un sargento, formó una brigada, y salió hacia el World Trade Center. Más tarde un par de personas del Departamento de Policía me contaron que ellos y otros habían intentado disuadir a John. Le dijeron: “te estás jubilando. Solo vete. Olvídalo. Nos encargaremos de eso, sea lo que sea”. Pero John siguió. Pienso que entró en acción porque amaba a la ciudad de Nueva York; probablemente consideró [el terrorismo] como un ataque contra él mismo. Estaba en la Torre Sur cuando se derrumbó. Seis meses después, encontraron su cadáver entre los escombros.


10:03 A.M.

El vuelo 93 de United, con rumbo de Newark, Nueva Jersey a San Francisco, se estrelló contra un campo vacío cerca de Shanksville, Pensilvania.

Humo en el campo en Shanksville Pensilvania donde se estrelló un avión

Tim Shaffer/Reuters

Stephen M. Clark, actualmente el superintendente de los Parques Nacionales de Pensilvania Occidental, que incluye el Monumento Nacional Vuelo 93. Los terroristas se adueñaron del avión a las 9:28 y este no se estrelló hasta las 10:03. Lo que ocurrió durante ese período de tiempo fue nada menos que un milagro. Los pasajeros sabían que formaban parte de algún tipo de misión suicida y, sin embargo, tuvieron la valentía de votar e implementar un plan para intentar recuperar el control del avión. Sencillamente, se les terminó el tiempo. Había a bordo 33 pasajeros, 5 asistentes de vuelo y 2 pilotos, junto con los 4 terroristas. El avión se encontraba solo a 18 minutos de distancia de Washington D.C. Esa mañana, ambas cámaras del Congreso iban a estar reunidas. Había más de 4,500 personas trabajando en el edificio del Capitolio o cerca de esta institución. Allí había congresistas, era el símbolo increíble de la democracia; y estaban empleados y turistas. Así que no cabe duda de que esas 40 personas salvaron una cantidad incontable de vidas.


10:28 A.M.

Se desplomó la Torre Norte.

La gente huye mientras la segunda torre del World Trade Center se derrumba en la distancia.

Jose Jimenez/Primera Hora/Getty Images

Robert Snyder, profesor de Estudios Estadounidenses y Periodismo en Rutgers University, Nueva Jersey. Iba caminando frente al Puerto Marítimo de South Street, y sentí un estruendo debajo de los pies. Miré hacia atrás por encima del hombro, y vi que la segunda torre se había derrumbado. La escena fue completamente apocalíptica.

Analista de sistemas Lazaros. Pude ver que la Torre Norte se derrumbaba, y dije: “ay, Dios mío, esas son nuestras oficinas”. Fue increíble. Tantas personas todavía estaban en los pisos superiores y no podían salir.

Terri Tobin, teniente del Departamento de Policía de la Ciudad de Nueva York. Estaba tratando de alejarme de la Torre Sur cuando esta se desplomó. Algo me golpeó en la parte trasera de la cabeza y partió por la mitad mi casco de Kevlar, y sentí que la sangre me corría por el cuello. El personal de servicios médicos de emergencia me había medio envuelto la cabeza cuando escuchamos gritos de que la Torre Norte se estaba derrumbando. Tengo una visión de mí misma, corriendo como Carl Lewis. Y en realidad, probablemente fue más como el movimiento en cámara lenta de la película Carrozas de fuego.

David Lim, un agente de policía de la Autoridad de Puertos que trabajaba con un perro labrador amarillo, Sirius, para comprobar que no hubiera explosivos en los vehículos que ingresaban al garaje del centro de comercio, entre otras tareas. Estaba en el primer nivel del sótano de la Torre Sur, y sentí que se estremecía el edificio. Lo primero que le dije a Sirius fue: “ay, Dios mío, algo se nos pasó”. Luego dije: “oye, tú quédate aquí. Regresaré a buscarte después de que terminemos el rescate”. Y esa fue la última vez que lo vi. Yo estaba ayudando a guiar a empleados para que bajaran las escaleras en la Torre Norte, y más o menos en el sexto piso, una mujer estaba sentada en un escalón. Era Josephine Harris, quien ya no podía seguir caminando. Un bombero llamado Billy Butler y yo agarramos a Josephine de los brazos y la sostuvimos entre los dos. De repente, el edificio empezó a derrumbarse encima nuestro. La mejor descripción sería un huracán dentro del área de la escalera. Cuando paró, empecé a toser, y lo primero que pensé fue que los muertos no tosen. Que debía estar vivo todavía. Unos cuantos bomberos y yo empezamos a cavar hacia arriba. Pudimos llegar al próximo piso, donde creí ver una luz, que resultó ser el sol. Creo que fueron los bomberos de Ladder 43, quienes habían llegado con cuerdas y escaleras de mano. El momento más feliz, si hay que escoger uno, fue cuando nosotros, y Josephine, pudimos ver hacia afuera, hacia el sol, porque supimos que saldríamos.

La gente me pregunta: “¿crees que Dios te salvó por un mayor propósito?”. Me cuesta trabajo aceptarlo, porque casi 3,000 personas murieron y no habían hecho nada malo. No tengo la menor idea de por qué me salvé.


Después de que se derrumbaron las torres, amigos y familiares empezaron una búsqueda desesperada para encontrar a seres queridos que trabajaban en el complejo o cerca del mismo.

Un bombero reza

Mario Tama/Getty Images

Christy Ferer, fundadora de Citybuzz y Vidicom, y antigua corresponsal de televisión, quien estaba casada con Neil David Levin, director ejecutivo de la Autoridad de Puertos. Fui a la zona con fotos de Neil y se las di a los trabajadores de rescate. Les pedí que lo buscaran. Es probable que haya sido irracional, pero lo hice. Creo que no fue hasta cuatro días después que reconocí que ya no estaba.

Hadidjatou Karamoko Traoré. Su esposo, Abdoul-Karim, trabajaba esa mañana como chef de banquetes en Windows on the World. No quise aceptar que había fallecido. Por eso, llamábamos a todos los hospitales. De noche, mi hijo mayor, que tenía casi 3 años, me preguntaba una y otra vez: “¿dónde está papi?, ¿regresará?”.

Pero cuando vi que el edificio se derrumbó de esa manera —él estaba en el piso 106 o 107—, pregunté cómo alguien podía estar ahí arriba y que lo salvaran.

Directora Dolch. Mi hermana, Wendy Wakeford, trabajaba en los pisos desde el 103 hasta el 105 de la Torre Norte. Durante los primeros tres o cuatro días, estábamos desesperados. Yo pensaba que tal vez ella estaba perdida, o se había golpeado la cabeza. Colgamos los carteles. Sabíamos que era una actividad inútil, pero que debíamos hacerlo. Después de cuatro o cinco días, empezamos a darnos cuenta de que iban a dejar de buscarla.

Analista de sistemas Lazaros. Me rompió el corazón ver a niños que caminaban por ahí y buscaban a sus padres, con fotos y carteles, y preguntaban: “¿alguien ha visto a mi mamá, a mi papá?”. Porque lo único que pude pensar es que mis hijas podrían ser quienes estaban haciendo eso.

Keegan, teniente del Departamento de Policía de la Autoridad de Puertos, quien luego se convirtió en el fundador y presidente de HEART 9/11, un grupo de trabajadores de primeros auxilios y de jubilados de la construcción que trabaja como voluntarios para ayudar en casos de desastre. El 11 de septiembre, me dirigí al puesto móvil de mando en Manhattan Community College. Todos los que caminaban cerca de este puesto estaban cubiertos de polvo. Sus uniformes, que debían ser azules, estaban completamente blancos. Hablé con un sargento que me dijo que habían desaparecido unos 75 agentes de policía de la Autoridad de Puertos. Dije: “seguramente están en los hospitales, o trabajando en algo”. Él contestó: “están desaparecidos y dados por muertos”. Pregunté quiénes eran. Reconocí todos los nombres, uno tras otro.


Por nueve meses, los trabajadores buscaron restos en el epicentro.

Un socorrista solitario en medio de los escombros del World Trade Center

Porter Gifford/Corbis via Getty Images

Teniente del FDNY Berkman. Buscábamos para ver si había alguien ahí, y la gente una y otra vez se nos acercaba a preguntar: “¿han visto a mi primo?, ¿han visto a mi padre?”. Los del Departamento de Bomberos buscaban a sus familiares, amigos o compañeros de trabajo. Porque sabíamos que había miles de personas que podrían estar atrapadas en esa pila de escombros en llamas, entre estas posiblemente miles de trabajadores de primeros auxilios. Anna Allanbrook, directora de P.S. 146, una escuela primaria en Brooklyn con una pared de ventanales que daba al World Trade Center. Algunos niños estaban muy conmocionados y sus padres también. Creo que también la forma en la que los padres criaban a sus hijos cambió ese día, de un poco más independiente a muy participativa. Los niños mayores hacían preguntas profundas como: “¿por qué nos odian?”. Los pequeños no sabían por qué el mundo estaba al revés, pero sabían que así era.

Ferer, viuda a causa de los ataques del 11 de Septiembre, quien después se convirtió en el lazo entre el alcalde de la ciudad de Nueva York Michael Bloomberg y las familias que perdieron a seres queridos ese día. Muchas de las familias simplemente estaban destrozadas bajo el peso del duelo, la incertidumbre y la falta de algo definitivo. Sus emociones luego se convirtieron en rabia. Muchos no encontraron partes del cuerpo. Me parece que más o menos un 40% todavía no tiene nada que enterrar.

Analista de sistemas Lazaros: me sentía muy agradecida por estar viva. Pero por otra parte, me preguntaba por qué había sido yo. No sobrevivieron tantas personas. ¿Por qué yo pude salir y no pudieron hacerlo Cynthia, Angela ni ningún otro de mis conocidos que murieron ahí? Me tomó mucho tiempo hasta que pude convencerme que debo tener más cosas por hacer.

Jefe adjunto del FDNY Cassano: estaba tan ocupado. Y luego una noche regresé a casa. Recuerdo que estaba acostado en la cama. Por fin, le pregunté a mi esposa: “¿por qué rayos sobreviví?”. Y ella contestó: “¿alguna vez pensaste que Dios tiene un plan para ti y por eso es por lo que todavía estás aquí?”.

Teniente del FDNY Berkman: en un momento dado, calculé que había trabajado con unos 250 de los 343 bomberos que murieron ese día. El hombre que me había prestado su equipo ese día, el capitán Vinnie Brunton, de Ladder 105, murió. Al asistir a 12 o 14 funerales de integrantes del FDNY cada día, muchas veces tenía que tomar una decisión: ¿al [funeral] de quién iré?


Años después, los sobrevivientes y las familias siguen adelante.

Dos mujeres reaccionan en la ciudad de Nueva York: una se cubre la boca con horror y la otra se cubre los ojos

Angel Franco/The New York Times/Redux Pictures

Jefe adjunto del FDNY Cassano: ese día hubo mucha maldad, pero también hubo mucha bondad. Es decir, quienes vinieron a ayudarnos de todo el país, de todo el mundo. No podríamos haberlo logrado solos.

Traoré, viuda, cuyo esposo estaba en Windows on the World: al principio, estaba muy deprimida. Tenía tres hijos. ¿Cómo iba a arreglármelas con estos niños? Vi a una de mis amigas, quien dijo que yo debía luchar por mis hijos, porque él ya no estaba. Desde entonces, he estado mucho mejor.

Analista de sistemas Lazaros: lo más posible trato de no hablar mucho del 9/11. Pero cada 11 de septiembre, lo vuelvo a recordar. Hablo o intercambio mensajes de texto con tres o cuatro amigos que estaban conmigo ese día. Trato de mirar los servicios conmemorativos y estoy pendiente de los nombres de todos mis conocidos. Ese es mi día. Y luego vuelvo a guardarlo durante el resto del año, porque no se puede vivir con eso todos los días.

Jackson, ejecutiva de Morgan Stanley, quien luego se convirtió en asesora especial sobre política climática del alcalde de la ciudad de Nueva York Bill de Blasio. La mayoría de las personas de mi departamento terminaron abandonando la industria. Yo había tenido suficiente, al haber pasado por eso dos veces, durante el atentado al World Trade Center en 1993 y en el 2001. El futuro no está garantizado. Reconozco que necesito pasar más tiempo con mis amigos, más tiempo haciendo cosas que me gusta hacer. Eso es lo que he estado haciendo en los últimos 20 años.

Analista de sistemas Lazaros: aprendes a mantener más cerca a todos y a no dar por sentado a nadie. Después de hablar por teléfono con alguien cercano, nunca cuelgo sin decir que lo quiero.

Directora Dolch: pasé mucho tiempo sin cuidarme, y emocionalmente era un desastre, pero en realidad no lo supe hasta unos dos años después. Por fin, me pregunté por qué me sentía casi catatónica la mayoría del tiempo, y por qué todavía me sobresaltaba cada vez que escuchaba una sirena. Trabajé mucho para lograr afrontar la adversidad, hablando y escribiendo. Aprendí a apreciar la luna, las estrellas, el cielo y el creador de la luna, el sol y las estrellas.

Agente de policía de la Autoridad de Puertos Lim: varios meses después del 11 de Septiembre, fui a un concierto de la orquesta escolar de mi hija de 14 años. El programa incluyó Boléro de Ravel, y Debra tocó un solo de clarinete. De golpe, empecé a llorar. Le dije a mi esposa: “soy muy afortunado de estar aquí para escuchar esto”. Me enseñó a apreciar las cosas importantes en la vida. Y al mismo tiempo, fue difícil aceptar la pérdida de mi compañero canino, Sirius. Cada vez que hablaba de eso, siempre decía: “bien, obviamente la gente era más importante que un perro”. Pero personas más inteligentes que yo me dijeron que hasta que no aceptara la pérdida de mi amigo, mi perro, nunca superaría esto por completo. Ahora por fin puedo decir que lo hice.

Chef Lomonaco, quien luego se convirtió en cofundador de la organización benéfica Windows of Hope Family Relief Fund. Las familias de las víctimas han reconstruido su vida, sin olvidar el pasado. Eso es lo que pienso que los 72 empleados de Windows on the World a quienes perdimos ese día hubieran querido que hiciéramos. Dedico a ellos todos los días una oración silenciosa.


El mundo ha cambiado irrevocablemente.

Los restos del World Trade Center cubiertos de humo

ALEXANDRE FUCHS/AFP via Getty Images

Alice Greenwald, directora ejecutiva del Monumento y Museo Nacional 11 de Septiembre donde estaba ubicado el World Trade Center. Hay jóvenes y personas que empiezan su carrera que no recuerdan esta tragedia. Sin embargo, vivimos en un mundo que ha sido definido de forma geopolítica, y en términos de estar conscientes de la seguridad, por lo que sucedió hace 20 años. Esta próxima generación ha crecido con la sensación de que el terrorismo es lo normal, y eso me rompe el corazón. Sucederán cosas y quizás no siempre podamos prevenirlas. Lo único que podemos controlar es nuestra manera de responder, y eso es lo que conocemos, en el museo, como la historia del 9/12. Ese mensaje, ese entendimiento de que tenemos esta capacidad de compasión, recuperación y esperanza cuando ocurren cosas espantosas, me parece que es una herramienta para recibir el futuro.

Teniente de la policía de la Autoridad de Puertos Keegan: este país se unió. Descubrimos que lo que juntos nos hace seres humanos es que todos sufrimos de la misma forma. Sin importar la afiliación política, ni el color de piel, ni la religión. Ver cómo nos unimos y ver la bondad en las personas, creo que eso es algo que debemos incorporar a esta situación con la COVID-19 y más allá.

Snyder, el historiador que después se convirtió en profesor emérito de Rutgers e historiador del condado de Manhattan. De lo que me convencieron los ataques del 11 de Septiembre, ante todo, fue de que Estados Unidos no se puede separar con una pared de los problemas del mundo, que los terroristas pueden alcanzarnos aquí. Y tenemos que saber tratar con ellos.

Chef Lomonaco: también aprendimos que podemos resurgir de las cenizas. Aprendimos que podemos reconstruir nuestra vida.

Tobin, teniente del NYPD, quien se convirtió en el jefe de operaciones interinstitucionales del departamento. Nadie sufre sin que al resto nos afecte el sufrimiento. Voy al lugar cada 11 de septiembre, y siempre voy a la estación de bomberos de mi primo y dejo flores encima de su nombre, Robert Thomas Linnane. La conciencia colectiva, cuando estás en el epicentro del 11 de Septiembre, es muy pesada. Ves a las personas con fotos de alguien que era tan amado para ellas y tan joven, en muchos casos, y sabes que su vida nunca volvió a ser igual después de ese día.

Ejecutivo bancario Praimnath: ya no doy por sentado las cosas que antes no valoraba. Los hombres y las mujeres en uniforme, los bomberos, el personal de servicios médicos de emergencia, antes del 9/11, pensaba que simplemente estaban haciendo su trabajo. Ahora sé que si no hubiera sido por ellos, yo no habría sobrevivido.

Jefe adjunto del FDNY Cassano: pienso en el 11 de Septiembre probablemente todos los días de mi vida, porque siempre hay algo que me hace recordar. Siempre hay un familiar con quien hablo. Siempre hay una historia que leo o escucho. Fue una etapa devastadora.

Se siente como si hubiera pasado hace 50 años, y también como si hubiera sido ayer.

*Los títulos de trabajo en este artículo corresponden al día de los ataques..

Steven Greenhouse, periodista jubilado de The New York Times, es el autor de Beaten Down, Worked Up: The Past, Present, and Future of American Labor.

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