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La Fundación Ricky Martin reconstruye viviendas destruidas en Puerto Rico

Tras los huracanes Irma y María, el 41% de las nuevas casas albergará a personas mayores de 61 años y a sus familias.

 

Dicen que un rayo no cae dos veces en el mismo lugar. Pero si les preguntan a los 32,000 habitantes de Loíza, éstos dirán que ese viejo dicho se equivoca. Los vecinos de este pueblo costero en la zona Noreste de Puerto Rico hablan por experiencia propia. Para ellos, el mes de septiembre del 2017 es una fecha vinculada a la tragedia. Dos huracanes —Irma el 6 y María el 20 de ese mes— embistieron con toda la brutalidad de sus vientos de categoría 5 la totalidad de la zona geográfica de 19 millas cuadradas. Por ello, un gran número de viviendas fueron reducidas a añicos.

En medio del caos, los voluntarios del Centro Tau, un espacio erigido en el corazón de Loíza por la Fundación Ricky Martin (FRM), buscaron cómo aportar a la recuperación de la comunidad que ha sido su hogar durante cinco años. Aunque el pilar de los esfuerzos de la FRM había sido la asistencia a niños y niñas, no tardarían mucho en darse cuenta de que ante la destrucción física y emocional que les rodeaba, la misión en medio de esta nueva coyuntura estaba clara: había que reconstruir. Unas 1,400 casas habían quedado inhabitables.


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“Mientras reconstruimos hogares, reconstruimos comunidad”, asevera Bibiana Ferraiuoli, la directora ejecutiva de la FRM, quien nos recibió en su despacho del Centro Tau para explicarnos el alcance y las motivaciones de su plan de reconstrucción de viviendas. “Las poblaciones quedan más vulnerables a ser víctimas de trata humana luego de un desastre. Decidimos que construyendo hogares daríamos protección a las familias”, añade Ferraiuoli.

Ricky Martin le da la mano a un señor

Cortesía Fundación Ricky Martin

Ricky Martin celebra junto a Genaro Pizarro, un beneficiario de la Fundación Ricky Martin, la reconstrucción de su casa tras el paso de los huracanes Irma y María por Puerto Rico en septiembre del 2017.

Comprobar la verdad de su afirmación no fue tarea complicada. Bastaba con conducir o caminar por las calles devastadas de Loíza tras el paso de Irma y María.


María Teresa García Vázquez no había visto destrucción igual en sus 64 años. Su casa no quedó en pie y su ánimo tampoco. “Ay, destruida”, dijo para describir el estado de la casa en la que vivía junto a su esposo y el hijo de este en la urbanización Santiago. Aunque pidieron ayuda a FEMA, la agencia federal no se las concedió porque no tenían título de propiedad. “Nos llevó los techos de los cuartos, el baño, la mitad de la cocina. Nos quedamos sin nada”, explicó. Ante la falta de ayuda, los tres durmieron durante semanas en el balcón de la casa de un familiar, acompañados por el zumbido de los mosquitos y el sereno de la noche.

En una situación similar se hallaba Justa Osorio Cirino. Esta mujer de 73 años vive en el sector “Las carreras” y su casa también quedó hecha añicos. “Estaba ya volviéndome loca. El huracán me dejó sin techo. Esto significa mi vida. Es mi casa hace 50 años”. Cerca de allí viven Genaro Pizarro Fuentes, de 83 años, y su esposa, quienes se asomaron sonrientes desde el balcón de su casita que hoy se levanta colorida, sin rastros de los destrozos vividos bajo dos ciclones. “Ricky Martin me dio las ventanas y me ayudó con la reparación. Él vino para la inauguración y nos dimos la mano. El Señor me lo acompañe siempre”, dijo Pizarro Fuentes sin perder su amplia sonrisa.

Estas personas, sus familias y medio centenar de vecinos del sector han vivido un antes y un después de las visitas y el trabajo de los voluntarios de la FRM. Sabían que la institución tenía operaciones en Loíza y que estaba fundada por una de las más queridas estrellas de la isla, pero nunca sospecharon del alcance de sus operaciones en su comunidad. Las experiencias de la vida los había curtido en la desconfianza. Por eso, muchos se escudaron en el escepticismo cuando los funcionarios de la institución tocaron a sus puertas.

Uno de ellos fue Carlos Domínguez, un joven ingeniero asturiano de madre puertorriqueña que dejó España para seguir su vocación de servicio dentro de la FRM. “Al principio estaban desesperados, cansados e incrédulos. Algunos no te dejaban entrar a la casa y te decían que ya habían sufrido bastante. Pero los resultados han establecido fuentes de confianza”, dice Domínguez.

Ricky Martin abraza a dos señoras

Cortesía Fundación Ricky Martin

Ricky Martin con dos beneficiarias de las obras de la FRM.

Adultos mayores, pilares de la comunidad

A más de un año del comienzo de los trabajos, el resultado salta a la vista. Decenas de coloridas casas se levantan en medio de lo que se había convertido en un cementerio de estructuras. Hasta el momento se han completado unas 58 casas y otras 48 se encuentran en proceso de reconstrucción de 106 en total. El 41% de esas estructuras alberga o albergará a personas de 61 años o más y a sus familias, porque en Loíza los adultos mayores son el pilar de la comunidad.

Para Bibiana Ferraiuoli, la labor de la FRM está teniendo impacto en el adulto mayor y su descendencia. “Siempre ha sido el caso de que tienes múltiples personas viviendo en una misma casa. Una mujer con sus hijos, su mamá y su papá. Y todos residen en casa de los abuelos. Una de las casas que entregamos, era de una abuela de 85 años que vivía con su hija y sus cinco nietos”, cuenta Ferraiuoli.

La fuerza trabajadora mayor

Pero la presencia de los adultos mayores no se da solamente en el caso de los beneficiados. El trabajo de reconstrucción, pagado o voluntario, tiene como rostro al adulto mayor. “La fuerza trabajadora tiene una mayor proporción de gente de 50 años o más. Hemos tenido hasta un electricista de 83 años. Estaba dispuesto”, dice Domínguez.

Los voluntarios llegaron de todas partes de la isla con el entusiasmo de ayudar y dedicar varias horas a la iniciativa de la fundación. La FRM amplió la naturaleza de su trabajo al permitir que personas de la misma comunidad donaran su tiempo para ayudar a levantar nuevas estructuras. Algunos de los voluntarios que contaban con experiencia en el área de la construcción fueron contratados por los encargados de los proyectos.

“Hay personas de sesenta y muchos o setenta y tantos que realmente se encuentran bien, quieren trabajar y se les ha dado la oportunidad de hacerlo en su propia comunidad, para sus vecinos. Más que tener una necesidad económica, querían ser útiles en su comunidad”, añade Domínguez.

Se trata de una verdadera labor de compromiso, trabajo arduo y determinación. El rostro de Loíza retoma los colores de antaño y ahora, con más fuerza. La ganancia ha venido por partida doble. La FRM y sus voluntarios han echado raíces aún más fuertes, ancladas en la confianza de los vecinos y los nuevos voluntarios. Para los loicenos, aunque el recuerdo del desastre ha dejado huellas imposibles de superar, algo ha quedado grabado a fuego en su ánimo colectivo: juntos, indudablemente, son más fuertes.

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