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La lucha por la libertad

Para la mayoría de estos estadounidenses, servir a su país es una tradición familiar.

Fila superior, de izquierda a derecha: George B. Price, Betty Sharrer, Francis Whitebird. Fila inferior, de izquierda a derecha: Quang Pham, Harold Radish, Rhonda Cornum, Jeff Brodeur

Fotos por: GREG KAHN, NICK HAGEN, CASSIDY ARAIZA, ANDREW HETHERINGTON, NATHANIEL WELCH, MADDIE MCGARVEY AND BRYAN CEREIJO

Fila superior, de izquierda a derecha: George B. Price, Betty Sharrer, Francis Whitebird. Fila inferior, de izquierda a derecha: Quang Pham, Harold Radish, Rhonda Cornum, Jeff Brodeur.

In English

Sirvieron en las montañas nevadas de Alemania, los valles de Corea, las selvas de Vietnam y los desiertos del Medio Oriente. Para muchos, ir a la guerra es parte de una herencia familiar que se extiende hacia atrás, hasta los primeros días de nuestro país, como hacia adelante, a través de sus hijos, hasta los conflictos posteriores al 11 de Septiembre. Todas sus historias son únicas, como los tiroteos cercanos con enemigos invisibles y las peligrosas misiones en helicóptero en territorio hostil. Pero todas tienen elementos en común, el sentido del deber, el amor a la patria, los lazos inquebrantables que se forjaron en el fuego del combate y pérdidas que no pueden olvidarse. Estas son algunas de esas experiencias.


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Francis Whitebird, 80 años

Francis Whitebird

CASSIDY ARAIZA

Whitebird es miembro de la tribu Rosebud Sioux y excomisionado de Asuntos Indígenas de Dakota del Sur.

Vengo de una sociedad guerrera. Mis bisabuelos lucharon en la batalla de Rosebud en 1876 y en la de Little Bighorn ocho días después. Mi tío luchó en las trincheras durante la Primera Guerra Mundial. Mi padre sirvió como codificador de lakota y luchó en la Batalla de las Ardenas. No me dijo que había sido codificador hasta 1968.

Me gradué de la South Dakota State University en 1967 y me alisté en el Ejército ese mismo año. Terminé formándome como paramédico de combate. Aterricé en Vietnam el 20 de marzo de 1969. Antes de eso, nunca había volado en un avión y nunca había estado en otro país. Recuerdo haber visto una bolsa para cadáveres por primera vez. No sabía qué era.

¿Cómo era el trabajo? Lo he pensado una y otra vez en mi mente. Cuando alguien resulta herido en la batalla y grita "¡Paramédico!", tenemos que ir a buscar a esa persona. Cuando un paramédico comienza a correr para ayudar a un soldado de infantería, los otros soldados aumentan la potencia de fuego mientras el paramédico saca a la persona herida del fuego. Mi trabajo era mantener con vida a esa persona hasta que pudiéramos subirla a un helicóptero. A veces, enviaban una unidad de evacuación médica y entraban sin armas. Otras veces, entraba un helicóptero de combate con dos ametralladoras, una a cada lado, y entraban disparando. Esos soldados tenían mucho valor.

La cantidad de fatalidades de paramédicos en Vietnam fue muy alta. Pasamos por 27 paramédicos durante mis primeros nueve meses en Vietnam. No diría que los paramédicos éramos intrépidos, porque teníamos mucho miedo de que nos mataran. Pero escondíamos nuestro miedo. La adrenalina del campo de batalla es diferente a otros tipos de adrenalina. Hace que te muevas más rápido. Existe un vínculo invisible entre los paramédicos y la infantería. Se hacen hermanos de por vida.

Estábamos mucho en las montañas y la selva, y aunque la gente piensa que los paramédicos no llevan armas, yo sí. Recuerdo una vez, tratábamos de averiguar nuestra ubicación. La jungla era tan frondosa que no podíamos distinguir el terreno. Como yo era paramédico, todos me llamaban Doc. A todos los paramédicos los llamaban Doc. Alguien dijo: "El Doc es indio. Pregúntale a Doc dónde estamos. Los indios nunca se pierden". Dije: "Yo vengo de los llanos. Vengo de Dakota del Sur. Siempre puedes ver 10 millas a tu alrededor". No tenía idea de dónde estábamos. El Ejército esparció mucho Agente Naranja en las montañas de la jungla. Fue a parar al agua, a pequeños arroyos y ríos. Poníamos nuestras cantimploras en esta agua, sin saber que la dioxina estaba allí. Todo el mundo estaba expuesto a ello.

Un tiroteo podría durar un par de horas o, como la batalla de Hiep Duc Valley, durante 13 días seguidos. Ahí fue donde fui herido por fragmento de bala. Todavía tenía trabajo que hacer, y tenía que seguir adelante. Había vidas que salvar.

Recibí la condecoración Corazón Púrpura y salí del Ejército en 1970. Tres años más tarde, me aceptaron en Harvard, donde obtuve un posgrado en Educación. Pero comencé a tener erupciones de piel. En ese momento, los médicos no sabían qué era. Terminé teniendo una carrera exitosa. Pero también terminé con cáncer. Le digo a mi esposa que Charlie (así llamamos al enemigo en Vietnam, Charlie) no me mató. Pero el cáncer me está matando un poco todos los días.

Dos de mis hijos, Colin y Brendan, han continuado la tradición de servicio. Ambos fueron enviados a Irak. Uno fue herido por un francotirador en Bagdad. Se recuperó y volvió a terminar su misión. Estoy muy orgulloso de ellos, así como de todas las personas que han luchado por este país.

Rhonda Cornum, 68 años

Rhonda Cornum

MADDIE MCGARVEY

Cornum es cirujana, ejecutiva de atención médica y autora de She Went to War: The Rhonda Cornum Story. Vive en North Middletown, Kentucky.

Me estaba graduando con un doctorado en Bioquímica y quería un trabajo de investigación. Me interesaba trabajar para los servicios gubernamentales. Un día, un reclutador del Ejército me contactó y me dijo: "Necesitamos a alguien que haga el tipo de investigación que tú haces. El único problema es que tienes que alistarte en el Ejército".

Esto fue en 1978. Nunca había considerado unirme al Ejército. No conocía a nadie en el Ejército. Pero vi el laboratorio donde estaría trabajando en San Francisco, que era hermoso. Tenían mucho dinero. No tendría que enseñar. Así que me uní.

Fue una transición fácil, pero después de cuatro años, me di cuenta de que estaba ganando la mitad de lo que ganaban los médicos que me rodeaban. Para entonces ya era madre soltera. Miré mis opciones y decidí asistir a la escuela de medicina militar en Bethesda, Maryland. Allí conocí a Kory Cornum, mi esposo. Me convertí en cirujana de vuelo en Fort Rucker, en Alabama, y él se convirtió en cirujano de vuelo en la Eglin Air Force Base, en Florida.

El 2 de agosto de 1990, vi por televisión los tanques iraquíes entrar en Kuwait: la invasión de Kuwait. Poco después, un comandante de un batallón de helicópteros me preguntó si acompañaría a su unidad a Irak. Decidí que tenía que ir. Pensé: "De verdad vas a la guerra, Rhonda".

Recuerdo haber pensado que podría morir. Lo que me vino a la mente fue algo que mi abuelo me dijo una vez. Era veterano de la Segunda Guerra Mundial. Me dijo: "Rhonda, hay cosas peores que morir. Como vivir con deshonra". Si no iba a la guerra, tendría que vivir con deshonra por el resto de mi vida.

El 27 de febrero de 1991, estaba a bordo de un helicóptero Black Hawk en una misión de búsqueda y rescate en el sur de Irak. Un piloto de F-16 había salido disparado de su avión y nos dijeron que estaba vivo y hablando por radio. Fuimos a buscarlo, pero no teníamos información sobre lo que estaba pasando y hacia dónde nos dirigíamos. Solo teníamos coordenadas. De hecho, nos dirigíamos al punto de suministro de municiones más grande del sur de Irak.

Nos derribaron. Me dispararon por la espalda. Me rompí ambos brazos. Tenía una lesión de ligamento cruzado anterior en mi pierna derecha. Perdí mucha sangre. Terminé prisionera de guerra. Tuve suerte de sobrevivir al accidente, pero cinco compañeros que iban en mi avión no lo hicieron. Después de ocho días de cautiverio, fui repatriada.

Fueron necesarias algunas cirugías para curarme. Pero en ese momento, el hecho de que había sido prisionera de guerra, que era una mujer, que había estado en el frente, tenía mucha credibilidad para hablar sobre la igualdad de oportunidades para las mujeres en combate. Me di cuenta de que la gente me escuchaba y tenía mucho que decir. Los paneles del Congreso

y los medios de comunicación me pidieron que hablara sobre mis experiencias. Me pidieron que desarrollara un programa de entrenamiento psicológico para el Ejército.

Me fue bien como prisionera de guerra herida porque estaba mentalmente preparada. Tenemos muchas personas sirviendo a nuestro país que son valientes y patrióticas pero no tienen fortaleza psicológica. No siempre tienen buena habilidad para afrontar. Si podemos infundir optimismo y buenas habilidades de afrontamiento y comunicación antes de que suceda algo malo, será menos probable que sucumban a ese evento adverso.

Cuando era niña, leí un libro con la cita más memorable. Fue algo como esto: "Los grandes hombres de la historia son aquellos que pueden convertir una desventaja en una ventaja". Interioricé eso, y he estado viviendo mi vida con esas palabras desde entonces.

George B. Price, 93 años

General George Price at his home in Columbia, Md. on Sept. 13, 2022.

GREG KAHN

Price es un general de brigada retirado del Ejército de EE.UU. que vive en Columbia, Maryland.

Tengo que dar crédito a mi ciudad natal de Laurel, Misisipi. Todos los días cuando iba a la escuela, cantábamos el Himno Nacional. Decíamos el juramento a la bandera. En mi ciudad natal, nos criaron para creer que el servicio al país de uno era una profesión honorable y digna, y nos enseñaron a amar a nuestro país. Teníamos veteranos en nuestra comunidad que habían servido en todas las ramas del servicio. Así que teníamos modelos a seguir. También creo que fue vital que tuviéramos veteranos afroamericanos de la Primera Guerra Mundial viviendo en mi ciudad natal. Era un espíritu de comunidad. Todos se sintieron parte de eso, incluida mi hermana,

Leontyne Price, quien se convirtió en una famosa cantante de ópera.

Primero me fui de casa con una beca de fútbol para [lo que ahora es la South Carolina State University], pero estaba completamente decidido a convertirme en oficial militar. Conseguí entrar en el ROTC. En el verano posterior a mi tercer año, fui uno de los 4,000 cadetes del ROTC de diferentes escuelas que fueron a Fort Benning en Georgia, donde recibimos capacitación básica. Esto fue durante el período en que el presidente Truman firmó la orden de eliminación de la segregación de las Fuerzas Armadas, y los servicios recién estaban siendo desegregados. Así que teníamos esa situación, además de que estábamos entrenando en Georgia, donde había leyes estrictas de segregación y todos esos problemas. Trabajamos a través de eso. No fue fácil, pero nos concentramos.

Me gradué de la universidad y volví a Fort Benning. En ese momento, el Ejército no solo estaba en proceso de eliminar la segregación sino también de desplegarse en una zona de guerra: en la península de Corea. Terminé mi entrenamiento y fui asignado a la 45ª División de Infantería en Corea. Desde el día que usé el uniforme, sentí que era mi trabajo desempeñarme más allá del deber. Así que eso es lo que hice. Serví en Corea, donde estuve en combate casi todos los días. Me hirieron y terminé pasando seis meses en el hospital en Virginia.

Fui a la escuela de aviación. Fui a la escuela de guardabosques del Ejército. Serví como asesor del Ejército de Vietnam del Sur durante la Guerra de Vietnam y me incorporé a ellos como parte de su equipo. Serví en Centroamérica y fui comandante de brigada en Alemania. Luego me convertí en jefe de personal del Primer Ejército de Estados Unidos en 1976.

Mi obligación era ser el mejor oficial que pudiera, al servicio de mi país y de los soldados que dirigía. Eso es lo que me inculcaron mi comunidad y mis mentores cuando era niño y crecía en Laurel, Misisipi.

A fines de la década de 1970, me pidieron que representara a la comunidad minoritaria en la construcción del Monumento a los Veteranos de Vietnam. En ese momento unas 12 personas estaban trabajando en esto. El equipo estuvo dirigido por Jan Scruggs, un veterano de Vietnam que soñaba con construir este monumento. Me reuní con ellos y me cautivaron sus planes. Les dije que quería ayudar en todo lo que pudiera, y esto se convirtió en una de las mayores emociones de mi vida.

En un momento, hubo una reacción política en Washington. Algunas personas poderosas estaban tratando de evitar que se construyera el monumento. La diseñadora y arquitecta a cargo, Maya Lin, fue criticada. Para mí fue una gran muestra de ignorancia.

 No lo iba a tolerar.

Al final, hicimos el trabajo. Las personas involucradas, como Maya Lin y Jan Scruggs, merecen los mayores elogios que este país puede ofrecer. El muro fue diseñado para que cada persona que lo visitara pudiera sacar sus conclusiones sobre cuál era su punto de vista sobre esa época para ayudar a reconciliar al país. La gente siente una enorme sensación al ver su reflejo en el muro impuesto sobre los nombres de las 58,318 personas que murieron en la guerra. Este monumento tardó años en construirse. Pero valió la pena cada minuto.

Quang Pham, 58 años

Quang Pham en la actualidad y otra imagen junto a compañeros militares

ANDREW HETHERINGTON/COURTESY QUANG PHAM

Pham es el fundador y director ejecutivo de la compañía biofarmacéutica Cadrenal Therapeutics y el autor de A Sense of Duty: Our Journey from Vietnam to America. Vive en Ponte Vedra Beach, Florida.

Nací en Saigón unos seis meses antes de que Estados Unidos ordenara la entrada de tropas de combate a la guerra en marzo de 1965. Mi padre era teniente coronel en la Fuerza Aérea de Vietnam del Sur. Cuando Saigón cayó en 1975 y los norvietnamitas invadieron toda la zona, yo acababa de terminar el quinto grado. Las evacuaciones comenzaron en secreto porque no querían que todo el país entrara en pánico. Los aviones comenzaron a volar a las 2 a.m. del 22 de abril. Mis tres hermanas, mi madre y yo estábamos en el segundo vuelo. Recuerdo a estadounidenses grandes y altos ayudándonos a subir a la C-130, y todavía puedo escuchar el sonido de los motores atronadores en mi mente. Mi padre se quedó atrás y se convirtió en prisionero militar. Durante muchos años, nunca supimos si estaba vivo o muerto.

Mi familia terminó en Oxnard, California. Cuando nos mudamos allí, la gente decía: "¿Qué hacen aquí? Pensé que ustedes eran el enemigo". Les decía: "No, estamos del lado de Estados Unidos. Nosotros perdimos la guerra". Mi padre era mi héroe y soñaba con ser piloto militar como él. Pero esos sueños se desvanecieron. Fui a UCLA a estudiar Economía. Entonces, un día, vi a un capitán de la Marina en el campus, un reclutador con su uniforme azul. Me vio mirando un folleto y dijo: "¿Te gustaría ir a la Escuela de Aspirantes a Oficial?"

Acababa de convertirme en ciudadano estadounidense, pero nunca había visto a un estadounidense de origen asiático en el Ejército de EE.UU. Terminé obteniendo mi título, y cuando me presenté en la Escuela de Aspirantes a Oficial en 1986, en Quantico, Virginia, mi padre todavía estaba en prisión. La mayor sorpresa fue lo mucho que la guerra de Vietnam seguía en la mente de los militares estadounidenses. Hubo muchos insultos raciales. Pero no había forma de que no lo lograra.

Cuando me convertí en oficial, las cosas cambiaron. Fui a la escuela de vuelo, me fue bien, y cuando llegué a mi escuadrón en 1990, comenzó la Guerra del Golfo. Yo era un nuevo copiloto a bordo de un helicóptero CH-46 Sea Knight y me ofrecí como voluntario para ir. Cuando me presenté en Arabia Saudita, era el segundo piloto más joven, en cuanto a experiencia, en mi escuadrón. Volamos en evacuación médica y yo formaba parte de un equipo de dos helicópteros. Realizamos la primera evacuación médica desde el aeropuerto internancional de Kuwait el 27 de febrero de 1991. Atravesamos campos llenos de humo a 120 nudos, a 50 pies del suelo del desierto. Evacuamos a los infantes de marina y sacamos a algunos prisioneros iraquíes.

Mientras me preparaba para mi segundo despliegue, mi padre finalmente llegó a Estados Unidos. La última vez que lo vi fue en 1975, vestía un traje de vuelo, en Saigón. Ahora, en mayo de 1992, aquí estaba en California, un hombre libre. Yo era un piloto de la Marina. Estábamos juntos, y mi vida había cerrado el círculo.

Pasé tres hermosos días con él. Luego volví al Golfo Pérsico y luego a Somalia. Todo el tiempo, la gente no entendía por qué estaba tan motivado para servir y lo orgulloso que estaba de ser un infante de marina. Era un sentido del deber, y de ahí viene el título de mi libro. El país me dio una oportunidad y fue mi manera de retribuir.

Cuando era niño, soñaba con seguir los pasos de mi padre, o sea convertirme en piloto militar. Nunca imaginé que Estados Unidos confiaría en mí para sacar a los infantes de marina de un barco por la noche. Fue una experiencia tremenda y una forma de rendirle honor a mi padre y agradecer mi ciudadanía a EE.UU. (Mi padre murió en el 2000, de un derrame cerebral después de vivir como un hombre libre en EE.UU. durante ocho años). La gente me pregunta si lo volvería a hacer. Sí, sin duda.

Harold Radish, 97 años

Harold Radish

NATHANIEL WELCH

Radish es un maestro de taller de secundaria jubilado que vive en Douglaston, Nueva York.

Tenía 18 años cuando me reclutaron en el Ejército en 1943. Pensé que nada podía salir mal. Nunca sentí que pudiera ser asesinado o herido. Todo el país estaba mentalizado para la guerra, y se podía ver y sentir, en las películas y en la radio. Llegué a mi primer campamento en Hattiesburg, Misisipi, y me gustó mucho. Tenías tus deberes. Comías bien. Ser judío y provenir de un hogar kosher era un pequeño problema. Le pregunté a mi rabino qué hacer, y el rabino dijo: "Comes, pero no te lamas los dedos". En otras palabras: come, pero no lo disfrutes.

Crucé el Atlántico y me uní a la 90.ª División del 3.er Ejército justo después del Día D. Estuve en la Batalla de las Ardenas. [Después] estábamos pasando por la Línea Siegfried, que era una fortificación en la frontera entre Francia y Alemania. Los alemanes la habían creado. Nuestro deber era ir en medio de la noche y apoderarnos de un fortín [un búnker de cemento]. Simplemente volar la puerta, entrar y ocuparla, y entonces podríamos disparar desde allí al día siguiente para que las tropas pudieran avanzar.

Una noche quedamos atrapados en un búnker y los alemanes nos mantuvieron allí hasta que nos quedamos sin comida ni agua. Al quinto día, tuvimos que rendirnos. Fui capturado. Nuestras placas de identificación tenían nuestra religión. Esto era para que el Ejército supiera cuál es la ceremonia adecuada para ti si te matan o te hieren. La mía tenía una "H" estampada, de hebreo. En ese momento, la solución final de Hitler era conocida en todo el mundo. Antes de ser capturado, me deshice de mi placa de identificación.

Naturalmente, estaba aterrorizado. Durante el interrogatorio en el campo de prisioneros en Alemania, me preguntaron mi nombre, rango, con qué unidad estaba y cuántos hombres había en esa unidad. Este tipo me miró y dijo: "Radish. Radish. ¿Qué clase de nombre es ese?" Me di cuenta de lo que pretendía. Le dije: "Es un vegetal. Sabe a pimienta". Se rió, y eso fue todo. En este campamento, todo lo que teníamos era una taza y una manta. Solía hablar con los alemanes en yiddish porque podían entender algo de eso, pero estos guardias alemanes no sabían qué era el yiddish. Entonces, un día, le hablé yiddish a un tipo que resultó ser un guardia de las SS. Le dije: "¿Vi lang?", ¿cuánto tiempo? Me miró y gritó: "¡Eres judío! ¡Wall Street! ¡Tú empezaste la guerra! Y me golpeó en el brazo.

Cada mañana recibíamos una hogaza de pan, tal vez de 8 o 10 pulgadas de largo. Eso tenía que ser rebanado para 12 hombres. Teníamos una baraja de cartas y todos elegíamos una. La persona que sacara la carta más alta se encargaría de rebanar el pan. Todos lo miraban para asegurarse de que todas las rebanadas tuvieran el mismo grosor, y el rebanador se quedaba con las migajas. Eso era un extra para él. Los alemanes a veces traían barriles de lo que llamaban sopa. Era solo agua caliente y, de vez en cuando, alguna verdura. Conseguíamos paquetes de la Cruz Roja, y allí tenías jugo, leche en polvo y cigarrillos. Descubrí que si le daba dos cigarrillos a un guardia, me daba una manzana.

Estuve allí durante unos cuatro meses y perdí unas 30 libras. Una de las peores partes eran los piojos. Te despertabas por la mañana y te quitabas la ropa para intentar librarte de todos los insectos. Eso fue espantoso.

Una noche, los guardias alemanes entraron en nuestras barracas y dijeron: "¡Los británicos están ahí afuera! ¡No pueden salir!". Al día siguiente, nos despertamos y no había ningún alemán a la vista. Cuando los británicos nos liberaron, lo primero que hicieron fue quitarnos toda la ropa y quemarla, y nos cortaron el pelo como si fuéramos ovejas. Trajeron estos carros con fideos calientes y otras cosas para comer. Nos dieron uniformes británicos. Terminamos en el campamento Lucky Strike, cerca de Le Havre, llamado así por los cigarrillos.

Cuando regresé a Nueva York, fui directamente a una cabina telefónica y llamé a mi madre. Ella dijo: "¡Dios mío! ¡Está vivo!" Al parecer, el Ejército le había enviado un telegrama diciéndole que yo estaba desaparecido en combate, y no había recibido ninguna noticia desde entonces. Cuando finalmente la vi, no podía creer lo que veía. Cuando me fui a la guerra, ella era una alegre ama de casa de pelo oscuro. Ahora, era una mujer canosa y destrozada. Estaba enferma de preocupación por ese telegrama. Pasaron meses antes de que volviera a ser ella misma.

Me considero afortunado. Salí vivo de Europa. No todos lo hicieron.

Jeffrey Brodeur, 58 años

Colleen Harju, Vincent Mannion-Brodeur (sentado), Maura Brodeur y Jeffrey Brodeur (de pie).

BRYAN CEREIJO

Colleen Harju, Vincent Mannion-Brodeur (sentados), Maura Brodeur y Jeffrey Brodeur (de pie).

Brodeur es un trabajador postal jubilado y presidente nacional de la Korean War Veterans Association. Vive en Naples, Florida.

Vengo de una larga lista de veteranos militares en mi familia, que se remonta a mi abuelo, que sirvió en la Marina de EE.UU. en la Primera Guerra Mundial. Mi padre estuvo en la Segunda Guerra Mundial. Estuvo en la Marina de EE.UU. y tenía 13 estrellas de batalla. Mis tíos estuvieron todos en la Guerra de Corea. Mi hermano mayor, un infante de marina, estuvo en Vietnam. Naturalmente, quería servir. Vivía en Boston, donde me crié, y me alisté en el Ejército en 1982.

Cuando llegué por primera vez a Fort Benning en Georgia, los instructores les decían a todos los reclutas: "No quieres ir a Corea porque la gente muere allí". Todos nos mirábamos y no sabíamos de qué estaban hablando. Solo éramos niños de 18 años. Esto fue mucho después del final de las guerras de Corea y de Vietnam, y la Zona Desmilitarizada (DMZ) era la línea en el paralelo 38 que separaba Corea del Norte y Corea del Sur. Más que cualquier otro lugar del mundo, esta fue la línea divisoria de la Guerra Fría, donde los dos bandos se enfrentaron cara a cara.

Eventualmente, terminé yendo a Corea y estaba apostado a lo largo de la zona desmilitarizada, patrullando. Era un área conflictiva, y pedí ir porque quería ver de qué se trataba. Oíamos a los norcoreanos todas las noches. Tenían un altavoz y ponían música a todo volumen. Nos arrojaban panfletos de propaganda desde globos. Según las estadísticas, 141 estadounidenses (y coreanos que servían en el Ejército estadounidense) murieron en combate y cientos más resultaron heridos desde el armisticio de la Guerra de Corea en la península de Corea. Era un lugar increíble.

En el Ejército te enseñan cosas que no te enseñan en la universidad. Eres un muchacho dispuesto a jugarte la vida con otros jóvenes de todo el país, de todas las razas y de todas las religiones. Estás en algunos de los entornos más íntimos durante semanas y, a veces, meses seguidos con estos compañeros soldados, que son tus hermanos. Están tan cercanos a ti como tu propia familia, o más. De eso se trataba el Ejército para mí. He llevado esos valores conmigo todos los días. Y no tenía idea de que esas lecciones eran exactamente lo que necesitaría, para mí y mi familia, para enfrentar los desafíos que se avecinaban.

Cuando salí de las Fuerzas Armadas, usé el programa de rehabilitación vocacional del VA para obtener varios títulos de University of Massachusetts en Boston.

Eso me ayudó a empezar mi carrera. Terminé casándome con una mujer que había servido en la Marina. Tenemos un hijo y una hija. Nuestro hijo Vincent se alistó en el Ejército después del 11 de Septiembre. Quería servir como su padre, tíos y abuelos. Sirvió en la 82.ª División Aerotransportada. Fue a Irak y, en tan solo un mes, durante la escalada de la guerra, su equipo entró para despejar un edificio. El líder de su equipo abrió la puerta y una bomba explotó y lo mató. Mi hijo estaba a 4 pies de distancia, a su derecha. Nunca olvidas esa llamada telefónica cuando llega.

El Ejército quería enviar a Vincent a un centro de politraumatismos del VA en Tampa. Pero nuestra familia estaba en Massachusetts. Sabía que Boston tenía un excelente programa de lesiones cerebrales en el Spaulding Rehabilitation Hospital. Tuve que luchar para llevar a Vincent allí. Gracias a mi trabajo con la Korean War Veterans Association y la formación universitaria, que en parte tenía que ver con la medicina, conocía bien el sistema. Mi esposa y yo hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance para salvarlo. En Spaulding, mi hijo finalmente salió del coma después de un año.

Vincent ha tenido 48 operaciones. No puedes llevarlo a cualquier médico porque tiene lesiones únicas. Hay que cuidarlo con esmero. Mi esposa y yo ahora vivimos en Florida, y él vive con nosotros. Hemos estado cuidando a Vincent y continuaremos haciéndolo por el resto de nuestras vidas. Todo es parte del compromiso que todos asumimos el día que nos alistamos —con nosotros mismos y con nuestro país y para cuidar a nuestros hermanos y hermanas que también han servido—.

Betty Sharrer, 99 años

Betty Sharrer

NICK HAGEN FOR AARP BULLETIN

Sharrer, de Saginaw, Míchigan, es la viuda de un oficial estadounidense que ayudó a administrar un campo de prisioneros de guerra en Texas durante la Segunda Guerra Mundial.

Estuve en una obra de teatro escolar en Detroit antes de la guerra. Yo tenía 16 años. Mi amiga y yo subimos a un autobús un día. Llevaba mi disfraz y el autobús se tambaleó. Había un joven sentado allí, y mi tutú lo golpeó en la cara y dijo: "Cuidado, pelirroja". Mi amiga y yo fuimos a la parte de atrás del autobús y nos sentamos, y ella dijo: "Bueno, qué descarado". Así fue como conocí a Bob (Robert Ross Sharrer).

En diciembre de 1941, vivía con mis padres y trabajaba como operadora en Bell Telephone Company en Detroit. Yo estaba en la centralita. Era un domingo por la mañana. Alguien dijo: "Pearl Harbor fue bombardeado".

En febrero de 1943, Bob y yo nos casamos. Bob había sido reclutado por el Ejército y llegó a casa un jueves por la noche. El viernes, los dos fuimos a la tienda y pedimos anillos. El sábado hice mi vestido y Bob limpió los zapatos de mi papá y los zapatos de su papá y el auto de su papá. El lunes fuimos a buscar mi anillo, que había que achicar. Lo compramos en talla 4 y tenía que ser talla 2½ para que me quedara bien. El joyero preguntó: "¿Novia niña?" Y dije con arrogancia: "No, tengo 19".

Bob se fue a Texas. Tuvo que ir al hospital y estaba allí cuando su unidad partió y se fue al extranjero. El Ejército no sabía qué hacer con este hombre sobrante. Dijeron: "Bueno, pongámoslo en un campo de prisioneros de guerra". Así que lo enviaron al campamento Swift cerca de Austin. Fue puesto a cargo de 3,000 prisioneros alemanes.

"Bienvenidos a Estados Unidos", decía Bob cuando llegaban nuevos prisioneros. "Tú no empezaste esta guerra, y yo tampoco. Somos víctimas de la guerra y tenemos que tomar algunas decisiones importantes".

Yo estuve ahí. Podía escuchar el zumbido de las voces, y luego Bob dijo: "Puedo decirte palabrotas. Puedo gritarte. O podría tratarte con respeto, si aceptas tratarme con respeto y obedecer mis órdenes. Si estás de acuerdo, podemos hacer que este campamento sea limpio y pacífico. Todos estarán bien alimentados. Incluso podríamos disfrutar de algo de nuestro tiempo. ¿Qué opinas?”.

Al unísono, esos niños levantarían sus brazos izquierdos en el aire.

Todos gritaron "ja".

Un día, en una revisión rutinaria de las camas, Bob encontró a dos jóvenes con las camas boca abajo. Un chico había hecho un pincel, y luego tomó un poco de pasta de dientes, coloreó una parte con jugo de remolacha y un poco de amarillo, e hizo una parte verde usando hierbas. El chico estaba haciendo una pintura en el fondo de su catre del Ejército.

Bob dijo: "Oh, eso es hermoso. ¿Cómo aprendiste a pintar?" El chico dijo que su padre y su abuelo eran artistas que habían pintado a la realeza europea.

El otro chico estaba escondiendo algo, y Bob dijo: "Muéstrame lo que tienes". Había robado un cuchillo desafilado de la cocina, tenía un palo y estaba tallando un perro. Al día siguiente, Bob me envió en un Jeep del Ejército, lo cual estaba prohibido por la ley (se suponía que los civiles no debían viajar en vehículos del Ejército) a Austin. Compré pintura, pinceles, lienzos, bastidores y un juego de talla. Esos chicos estaban tan emocionados de tener algo que hacer para perfeccionar sus habilidades y mantenerse ocupados.

Me trataron como a su hermana mayor. Hice camisas, blusas, delantales, fundas de almohadas y ropa para sus bebés, para que pudieran enviarlos a sus familias en Alemania.

Un día vino un general y se detuvo frente a mí y me preguntó: "¿Qué hace que este campamento sea pacífico?" Dije: “"En lugar de decírtelo, déjame mostrarte por qué este campamento es pacífico".

Lo llevé al comedor. Bob les había dado a esos chicos el privilegio de pintar en las paredes. Habían pintado caballos de tamaño real, vaqueros con sombreros American Stetson y bluebonnets de Texas.

Sobre una mesa estaban los caballos y los perros tallados.

Ese general se volvió hacia mí y dijo: "¿Les compraste herramientas para tallar?"

"Sí, señor".

"¿Cuántos escaparon con herramientas para tallar?"

"Ninguno. Ellos no quieren escapar. Están contentos de estar aquí. Mientras tengan que ser prisioneros en Estados Unidos, prefieren estar en este campo".

Nos dijeron que después de eso, se hicieron cambios en todos los campos de prisioneros de guerra en el país. No hubo más disturbios ni más asesinatos. Los jóvenes se mantuvieron ocupados. Bob nunca disparó a nadie. Nadie le disparó nunca, pero creo que ayudó a salvar algunas vidas.

Este año cumplí 99 años. Todavía conduzco mi Impala Super Sport rojo por Saginaw, Míchigan. Bob falleció en el 2012.

Recuerdo cuando nuestros nietos decidieron darnos una gran fiesta para celebrar nuestro 60º aniversario. "Bob, ¿hacemos planes para renovar tus votos?", dijo el pastor. "No", dijo Bob. Y todos se miraron sorprendidos. "Lo dije en serio la primera vez. ¿Por qué crees que ha durado 60 años?", dijo Bob.