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Jeff Daniels y los desafíos de su carrera Skip to content
 

Jeff Daniels habla sobre el mayor desafío de su carrera

En “To Kill a Mockingbird” (“Matar a un ruiseñor”), creó una versión del personaje Atticus Finch con quien un público moderno puede identificarse.

In English | A Jeff Daniels, quien tiene 64 años, le gusta imaginarse que cuando cumpla 80, lo festejará con una cena formal a la que irán todos los personajes que ha interpretado. Hasta ahora, la lista de invitados incluye casi 90 nombres. Entre ellos están Will McAvoy, el arrogante presentador de noticias de la serie de HBO The Newsroom; Flap Horton, el cobarde esposo de Terms of Endearment; y el maravillosamente estúpido Harry Dunne de Dumb and Dumber. Sin embargo, el personaje más destacado de la lista, y es probable que lo siga siendo en 16 años, es Atticus Finch, el bondadoso protagonista de Matar a un ruiseñor, un papel que Daniels actualmente está representando en Broadway. Atticus, como le dicen hasta sus hijos, es importante de manera poco común, según Daniels: “Es un héroe imaginario tan icónico que algunos piensan que es real”.


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Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, ha tenido la mayor difusión posible para una novela. Está ambientada durante la década de 1930 en el pueblo imaginario de Maycomb, Alabama; se publicó en 1960 y nunca se ha dejado de imprimir. Se filmó una película basada en el libro en 1962, con Gregory Peck como el protagonista Atticus Finch, y nunca se ha hecho otra versión de esta película.

La representación que hizo Peck del abogado idealista y taciturno estableció al personaje tan eficazmente que generaciones de personas en Estados Unidos tienden a imaginar su cara cuando piensan en Atticus. La estatura de Peck y su actitud honesta y lacónica recuerdan sutilmente a un Abraham Lincoln joven en la sala de tribunal de un pueblito —un abogado que busca la verdad—.

A Lee le encantó esta manera de representar al personaje. Aunque autorizó una adaptación teatral de su novela en 1969, esa versión fue solo para escuelas y teatros comunitarios. Se negó a aprobarla para los escenarios profesionales. Como le explicó a Peck en una carta en la década de 1980: “He rechazado muchísimas solicitudes de personas muy talentosas que piden convertir Ruiseñor en todo, desde una obra de Broadway hasta una ópera. Siempre he dicho que no por una razón: no puedo arriesgarme a que tu Atticus disminuya en la memoria del público ni siquiera una pizca”.

Sin embargo, poco antes de que Lee falleciera en el 2016, aceptó vender los derechos teatrales al productor de Broadway Scott Rudin, quien contrató a Aaron Sorkin para que escribiera el guion. Sorkin, a quien se conoce por sus diálogos breves, escribió los guiones de A Few Good Men y The Social Network, además de crear los programas televisivos The West WingThe Newsroom. Le preguntó a Daniels si le gustaría interpretar a Atticus, y este aceptó. “Nunca he sido de los que comienzan a llorar en un momento como ese”, dijo hace poco el actor. “Así que dije: ‘¿Debería leer el libro?’. Fue mi manera de decir: ‘Necesito oírte decirlo de nuevo’”.

 

 

Una versión de Atticus para el siglo XXI iba a necesitar ser más compleja que la que interpretó Peck. Los herederos de Lee insistieron en que el Atticus de Sorkin no bebiera alcohol ni jurara en vano, pero el héroe de la nueva obra es menos imperturbablemente honorable que el de la película de 1962. Además, tiene más presentes los sentimientos de los demás, en particular los de su ama de llaves negra, Calpurnia. Mientras que el Atticus de Peck fue ingenuo sobre el tema de si un jurado emitiría un veredicto justo, el de Daniels lo duda.

Daniels estaba consciente de la impresión duradera que dejó el Atticus de Peck, pero sintió que necesitaba desarrollar su propia versión del personaje. “No puedes pensar, Peck hizo esto, yo haré esto”, dijo Daniels. “He visto a actores que tienen que lidiar con papeles distintivos y a veces deciden hacer exactamente lo contrario del original, y no estoy seguro de que eso funciona”. Mientras conversábamos, Daniels estaba sentado en una mesa al lado de la ventana en un café en la ciudad de Nueva York. Era a mediados de la mañana. Es un hombre alto y robusto con la apariencia afable y sin pretensiones de alguien que podría ser un entrenador de béisbol infantil admirado por su compromiso con el juego limpio.

El actor se crio en Chelsea, Michigan —ubicado a unas 40 millas al oeste de Detroit—, donde su padre, Bob, era dueño de una maderera y por un tiempo fue el alcalde. Daniels estudió en Central Michigan University hasta 1976, su tercer año, cuando se mudó a Nueva York para ser actor. En 1979, se casó con Kathleen Treado, quien también era de Chelsea, y en 1986, se mudaron de regreso a su ciudad natal para criar a sus tres hijos; él siguió trabajando en Nueva York y también tuvo éxito en Hollywood. Daniels ganó varios premios Tony y Emmy, y fue nominado para cuatro premios Golden Globe. Fundó la Purple Rose Theatre Company en Chelsea y es un talentoso guitarrista, cantante y cantautor.

Se pasó un verano aprendiéndose de memoria el guion de Ruiseñor. Los actores por lo general no llegan a la primera práctica sabiéndose de memoria el guion, pero Daniels lo hizo, porque “el perfil de esto era tan alto que quería estar preparado”. Para superar la ansiedad que sentía por representar el papel que interpretó Peck, hizo algo que aprendió desde su niñez. “Si quieres combatir los nervios, prepárate mejor”, dijo. “Es la ética laboral de la región centro oeste”.

Para interpretar a Atticus, Daniels también estudió la historia de los pueblos sureños. Leyó Go Set a Watchman (Ve y pon un centinela), la novela que escribió Lee antes de Ruiseñor y que fue controversial cuando por fin se publicó en el 2015, porque su Atticus es un personaje mucho menos comprensivo. Además, leyó biografías de Harper Lee y miró videos de Frank Johnson, un legendario juez federal en Alabama cuyos fallos en las décadas de 1950 y 1960 ayudaron a eliminar la segregación legal. “Encarceló a los del Ku Klux Klan cuando era más fácil no hacerlo”, dijo Daniels. “También tenía un buen acento que imité. Por eso, hace un año, caminaba alrededor de un lago mientras practicaba para hablar como Frank Johnson”. Daniels hizo una pausa, y luego dijo despacio, imitando el acento sureño en inglés: “‘Un tribunal de justicia autorizado’”.

Sandra Lindley, derecha, y Lydia Kuhn, atrás, escuchando la lectura de 'To Kill a Mockingbird'.

GARY KAZANJIAN/AP Images

Un libro para nuestros tiempos

Es uno de los textos más venerados de nuestra nación —y probablemente el libro que más ha formado nuestro entendimiento colectivo de lo nocivo de la segregación racial—. Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, del que se han vendido más de 40 millones de copias desde su publicación en 1960, aparece a menudo en encuestas como uno de los libros más importantes en la vida de las personas en este país. Es un elemento principal de la asignatura de inglés en la escuela secundaria; el libro que más mandan a leer a los alumnos de noveno y décimo grados, según una encuesta del 2012. La novela es un “escrito sagrado laico”, según Casey Cep, especialista en Harper Lee. “Es uno de un puñado de textos que la mayoría de las personas en Estados Unidos tienen en común”.

Ruiseñor se lanzó durante una época tumultuosa, cuando los afroamericanos se organizaban para exigir desegregación e igualdad de derechos. Y el renacimiento del relato en el escenario de Broadway a fines del año pasado llega en otra época problemática: un momento en el que un nuevo Ruiseñor para una nueva era parece ser exactamente lo que necesitamos.

Al principio de Ruiseñor, Atticus fue nombrado para defender a Tom Robinson, un afroamericano a quien Mayella Ewell —una joven blanca que vive con su violento y alcohólico padre y siete hermanos en una casucha cerca al basurero local— acusa de haberla violado. Robinson anteriormente había ayudado a Ewell con tareas domésticas, pero no la atacó, y Atticus demuestra esto en definitiva en el tribunal. Sin embargo, Robinson se condenó al fracaso al decir que ayudó a Ewell porque le dio lástima. El que un hombre negro sintiera lástima por una mujer blanca, sin importar lo humilde o desamparada que ella estuviera, era algo prohibido por consenso en la Alabama de la década de 1930. El jurado declara culpable a Robinson, y eso afecta mucho a Atticus.

Si bien el Atticus de Peck representa virtudes que son eternas, tal vez es demasiado simplista para ser un personaje moderno, al igual que “I Want to Hold Your Hand” es demasiado sencilla para ser una canción de amor moderna. Este Atticus es modesto, feroz, brillante, austero e independiente. Aunque las personas lo necesitan, él no necesita a los demás. La versión de Daniels tiene una mayor variedad de sentimientos y es cordial. La moralidad de Peck es severa y la de Daniels, benévola. El personaje interpretado por Peck está dolido porque su esposa falleció debido a un ataque al corazón, pero no puede expresar todas sus emociones, mientras que el de Daniels es apasionado. Además, Daniels tiene un hábil toque de humor, en particular al relacionarse con niños, mientras que el Atticus de Peck es tan remoto como un faro en el océano.

Además, la representación de Peck es de la época en la que los héroes de las películas de Estados Unidos eran hombres blancos herméticos que entraban en conflictos por la fuerza de sus creencias, se enfrentaban al peligro con coraje y esperaban persuadir con su ejemplo. Estos héroes eran tanto un modelo como un personaje realista. En comparación, el Atticus de Daniels parece ensombrecido por estar consciente de que hacer todo lo que puede tal vez no sea suficiente. Junto al resto de nosotros, parece compartir la conciencia moderna de que la vida posiblemente es demasiado compleja y hay demasiados intereses en juego para que una sola posición moral responda a todas las situaciones.

“No se sabe un 100% si él perderá, pero cuando empiezo el alegato final, voy subiendo por una cuesta empinada. Tengo que convencer a un jurado de granjeros blancos de la inocencia de un hombre negro en Alabama en 1935”.

– Jeff Daniels habla sobre el destino de Tom Robinson en “Matar a un ruiseñor”

Mientras conversábamos, una mesera le trajo más café a Daniels. Sobre su manera de prepararse, mencionó: “Dejas que te caiga por encima en cascada. Piensas: ¿Qué necesito hacer para sentir como que vivo en su piel? A la larga, lo que quería es ver el mundo desde la perspectiva de Atticus”.

“¿Tu versión está inspirada en alguien que conoces?”, pregunté.

“Mi padre me recuerda mucho a Atticus, él también creía que hay una manera correcta de hacer algo y luego existen todas las demás maneras”, dijo. “Él vivió así”.  

Crear un Atticus convincente también tiene que ver con el truco de vivir dentro del personaje a medida que se desarrolla la obra. “Como Atticus”, pregunté, “¿sabes si Tom Robinson perderá?”.

“No se sabe un 100% si él perderá, pero cuando empiezo el alegato final, voy subiendo por una cuesta empinada”, dijo Daniels. “Tengo que convencer a un jurado de granjeros blancos de la inocencia de un hombre negro en Alabama en 1935. Todos están ahí sentados, cruzados de brazos y mirándome fijamente. Nado contra la corriente. Me frustro cada vez más. Miro una y otra vez hacia la tribuna del jurado, y termino enojado. Enojado con Tom por cometer su error. Enojado con el juez por darme esta tarea, enojado por perder”.

Daniels miró por la ventana a una mujer que empujaba un cochecito. “Atticus cree en la ley”, continuó. “No puede creer que existen personas que hacen lo que estos individuos, sus vecinos, están a punto de hacer al declarar culpable a Tom”.

Hizo una pausa para pensar en algo. “Algo más al respecto”, dijo entonces. “Estoy trabajando más duro que durante cualquier otra década de mi vida, que no es como te lo pintan al enseñarte a ser estrella. Actuar es un arte, y cuando tienes papeles como los que he tenido últimamente, necesitas todo lo que has aprendido para lograr interpretarlos. Noto que uso cosas que aprendí hace años. Les digo a los chicos que estudian arte dramático: ‘Encuentra lo que quieres hacer y pasa el resto de tu vida mejorando cómo lo haces’. Descubrí que así sigue siendo, a los 64 años”.  

Otro beneficio de prepararse de manera extravagante es que le ha dado a su actuación una libertad que de lo contrario no habría tenido. “Como te sabes de memoria tu papel, puedes hacer algo que se te acaba de ocurrir en el momento”, dijo. “El arte y la destreza provienen de no perseguir impulsos que sean inadecuados, incorrectos o que arruinen la escena. Aprendes a elegir. Sin embargo, la única manera de llegar ahí es con el tiempo. Una carrera prolongada. No pensé que sería así. Es muy bueno, estar presente en el momento, gozar cada momento. Tal vez eso es demasiado optimista como Pollyanna. Pero noto que no me apura terminar lo que estoy haciendo".

“Por otro lado”, dijo, cuando la mesera retiraba todo de la mesa, “ser Atticus es una manera bastante buena de pasar la noche”.

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