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Finanzas familiares: mantener a mis padres casi me lleva a la ruina

Después de que mis padres perdieron todo, sus problemas monetarios se volvieron míos.

Ilustración de una pareja a un lado y el hijo al otro mientras sube una balanza con dinero.

ILUSTRACIONES DE ADAM SIMPSON

In English | En medio de todas las noticias en Estados Unidos sobre quienes apoyan económicamente a sus hijos adultos, es fácil pasar por alto que millones de personas de mediana edad les dan dinero a sus padres. En una nueva encuesta de AARP Research entre adultos de 40 a 64 años, se demostró lo generalizado —y estresante— que puede ser este tipo de ayuda.

Mis padres siempre habían ahorrado cuidadosamente. Con dos sueldos modestos, se las arreglaron para comprar una casa, mandar a sus tres hijas a la universidad y juntar bastantes ahorros para la jubilación.

Pero después de jubilarse, hicieron algo muy poco característico para ellos, aunque con buenas intenciones: invirtieron casi todos sus ahorros en el nuevo negocio de mi hermana menor, una guardería. Cuando la guardería se cerró definitivamente un año después, hace unos tres años, mis padres habían perdido todo.

Al principio, mi padre pudo pagar su hipoteca con su pensión de la cadena de tiendas donde trabajó como gerente durante 30 años (mi madre trabajó en recursos humanos). Ambos tenían 70 y tantos años, y ya recibían los beneficios del Seguro Social. Pero, aunque vivían con frugalidad, sus deudas comenzaron a acumularse y el banco les advirtió que iba a embargar la casa donde habían vivido durante décadas por falta de pago.

Mi hermana menor también estaba muy endeudada debido a su negocio. Mi segunda hermana es una enfermera escolar (sin más comentarios) y tiene tres hijos y un esposo que siempre anda desempleado. Yo era la única que quedaba. Mi esposo es editor de películas y yo soy escritora. Aunque no ganamos mucho dinero, siempre habíamos podido ganarnos la vida y sostener a nuestra hija.

Dado que yo era la única en la familia con un historial de crédito aceptable, cuando mis padres se vieron obligados a vender su hogar, pedí un préstamo de $50,000 para la cuota inicial y les compré una casa más pequeña. Mi esposo dijo que era lo que se debe hacer. Pero al firmar el contrato del préstamo, sentí náuseas.

Cuando compré la casa, mi padre dijo que él pagaría la hipoteca con su pensión. Por supuesto, yo todavía tenía que reintegrar la cuota inicial. Papá consideraba que su nueva casa era una inversión que yo volvería a recibir cuando ellos fallecieran.


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Sin embargo, resultó que mis padres todavía estaban tan cortos de dinero que, a decir verdad, no podían pagar la hipoteca. Durante el primer año, giré los cheques, como buena hija. Pensé que solo necesitaría trabajar más duro, que solo se trataba de dinero y que podía ganar más. Empecé a escribir artículos sin parar, los siete días de la semana. Tenía mi propia hipoteca que pagar, además del cuidado de mi hija y altas primas de seguros de salud (como trabajadores independientes, mi esposo y yo debemos pagar por nuestro propio seguro).

Luego, una tarde, papá me llamó y dijo que su automóvil ya no funcionaba. Se me formó un nudo en el estómago. En la zona donde ellos vivían, no había casi ningún transporte público ni servicios de transporte en vehículos privados. Después de debatirlo un poco, mi esposo y yo decidimos darles nuestro automóvil, que habíamos comprado al contado, y arrendar otro. ¿Qué podía hacer? Ellos necesitaban desplazarse.

Arruinarse

Cuando recuerdo esa época, siempre pienso en lo que dijo uno de los personajes de Fiesta de Hemingway cuando le preguntaron cómo se arruinó: “Hay dos formas”, dijo. “Poco a poco y de repente”. Eso fue lo que nos pasó. Porque también teníamos que hacer los pagos del auto, empecé a pagar otras cuentas con tarjetas de crédito. Comencé a despertarme todos los días a las 3 a.m. y a pensar en mi situación financiera por horas. El cabello se me comenzó a caer a mechones. Pero no compartí mis preocupaciones con mis padres porque temía que esto afectara su salud, la cual, en especial la de papá, había comenzado a deteriorarse.

Aunque siempre he tenido relaciones estrechas con mi familia, empecé a sentir una corriente de resentimiento en casi todas mis interacciones con mis parientes. Sentí que estaba cargando con los problemas financieros creados por mis padres y una hermana, un desastre que nadie más intentaba resolver. Durante las reuniones familiares, de repente sentía mucha rabia. Me daba cuenta, con los ojos entrecerrados, de que los hijos de mi hermana menor siempre se las arreglaban para tener los más nuevos dispositivos electrónicos. Cuando mi segunda hermana me contó sobre sus vacaciones en la playa, pensé, Así que no estás haciendo demasiados sacrificios, ¿no? ¡Debe ser agradable!

Después, mi padre volvió a llamarme. “Tengo malas noticias”, me dijo, y me quedé inmóvil sosteniendo el teléfono. Me contó que su sistema de aire acondicionado y calefacción estaba dañado, y que necesitaban $7,000 para reemplazarlo. Me preguntó si yo podía pagarlos (y agregó que “en definitiva aumentará el valor cuando vendas la casa”). Dije que intentaría juntar el dinero.

Después de colgar el teléfono, comencé a llorar.

Me sentía muy atrapada. El dinero todavía es un tema tan tabú en nuestra cultura y los problemas financieros pueden aislarnos mucho. Necesitaba hablar con alguien. Una amiga mía había consultado a una terapeuta financiera —alguien que asesora a la gente sobre las emociones detrás del dinero—, y programé una cita.

Contarle mi historia a otro ser humano fue un alivio. Ella dijo que la gente piensa que el dinero es un tema racional y concreto, cuando en realidad es un asunto muy emocional que está integrado en nuestro sentido de supervivencia. El dinero es primordial; tiene que ver con la comida y el refugio, la salud y la seguridad. No es “solo dinero”, dijo ella, sin rodeos. Nunca lo es.

Datos específicos sobre quienes mantienen a sus padres

Los hallazgos de un nuevo estudio de investigación de AARP (en inglés) indicaron el número de personas en este país que ayudan económicamente a sus padres. En medio de todas las noticias en Estados Unidos sobre quienes apoyan económicamente a sus hijos adultos, es fácil pasar por alto que millones de personas de mediana edad les dan dinero a sus padres. En una nueva encuesta de AARP Research entre adultos de 40 a 64 años, se demostró lo generalizado —y estresante— que puede ser este tipo de ayuda.

Para la encuesta, la palabra “padres” incluye madres, padres, madrastras, padrastros, suegras y suegros. Esta encuesta telefónica de 1,508 adultos se realizó durante el otoño del 2019.


Muchos adultos dan dinero a sus padres

Gráfica muestra 32 por ciento de personas dando dinero a sus padres en el 2019.

Adultos que les han dado dinero a sus padres en los últimos 12 meses:

Las cantidades pueden ser considerables

Gráfica estadística muestra los porcentajes de las cantidaddes de dinero que los hijos dieron a sus padres en los pasados 12 meses.

Dinero que se dio en los últimos 12 meses.

Por lo general, se da periódicamente...

Gráfica estadística de la frecuencia con la que los hijos dan dinero a sus padres.

 

 

...y muchas veces es para cubrir necesidades básicas

Gráfica estadística que muestra los porcentajes de cómo los padres usan el dinero que les dan sus hijos para cubrir sus necesidades.

Cómo los padres usaron los fondos (pudo darse más de una respuesta).

Cuando le conté a mi terapeuta que compré la casa para mis padres —y que papá me aseguró de que eventualmente mi inversión daría frutos—, negó con la cabeza. “Nunca sabes lo que sucederá ni el tipo de cuidados que podrían necesitar en el futuro”, dijo. “No creas que en algún momento recibirás un centavo de la venta de esa casa, y así serás más feliz. Piensa en ese dinero como en algo perdido”.

Aunque fue difícil escuchar ese consejo, al final fue muy liberador; ese fue el momento que cambió todo para mí. Replantearlo como un regalo me ayudó a aplacar la ansiedad, las expectativas y el resentimiento que sentía sobre el reintegro del dinero. Si algún día recibo una remuneración, será una buena sorpresa.

A medida que la terapeuta me ayudó a pensar sobre otros asuntos de dinero desde un punto de vista más realista y a encontrar maneras en las que podía ejercer control sobre mi vida, me sentí más ligera físicamente. Empezamos con un análisis detallado de mi propio comportamiento. Como la típica buena hija mayor, la responsable, tuve que admitir que me gustaba tener ese poder de llegar al rescate y encargarme de todo, pero ese mismo orgullo me impedía contarles a mis hermanas los problemas que estaba pasando.

Después de esa sesión, invité a mis hermanas a mi casa y nos reunimos para desahogarnos. Ellas confesaron que se sentían muy culpables, en particular la hermana que había empezado el negocio. La terapeuta había sugerido que ideáramos maneras de lograr que nuestra situación se sintiera más equitativa. Después de tomarnos unas tazas de café, acordamos que íbamos a considerar el tiempo como otra manera de pagar por algo.

Decidimos que mis hermanas, quienes viven más cerca de mis padres, se encargarían de las tareas que requerían tiempo: arreglar el jardín, despejar cosas amontonadas en la casa de mis padres, y planificar y cocinar para las celebraciones familiares. Además, sin decirlo en voz alta, me comprometí a poner freno a mi manera de juzgar los gastos que realizaban mis hermanas. (Sin lugar a duda, mi segunda hermana, quien trabaja como una mula, se merece unas vacaciones en la playa).

Luego me armé de valor para tener una conversación franca con mis padres. Todavía me preocupaba que mi confesión los mandaría directamente al consultorio del cardiólogo. Pero como señaló mi terapeuta, mi salud también peligraba, y yo era el cimiento de la familia. Respiré hondo y les dije que simplemente no podía pagar por el sistema de aire acondicionado y calefacción, pero que trataría de ayudarlos a encontrar una manera de pagarlo. Mi padre recurrió a una organización fundada por su empresa que ayuda a sus propios jubilados con las dificultades económicas. (Ojalá me hubiera contado antes que existía este recurso). Aunque sé que tuvo que tragarse el orgullo para pedir ayuda, funcionó.

Y las relaciones familiares encienden esas emociones, con alianzas cambiantes, problemas antiguos y valores encontrados sobre la manera en que el dinero “debería” usarse.

Lecciones para ti

Evita los errores que cometí si estás pasando por esto con tus padres

Hablen sobre el tema desde el principio. La primera vez que mis padres me pidieron dinero, una hora de conversación difícil hubiera podido ahorrarme meses de un resentimiento que hervía a fuego lento.

No le ocultes a tu pareja que estás dando dinero. Cuando hice esto una vez, creó un distanciamiento enorme en mi matrimonio. Los secretos perjudican la confianza.

Establece límites CLAROS. Especifica cuánto dinero darás y con qué frecuencia. Si hubiese dicho desde el principio que mis finanzas no eran muy flexibles, eso habría evitado muchos pedidos.

Ahorra para tu propia jubilación. Mi aporte mensual de $100 fue suficiente para hacerme sentir que también cuidaba de mí misma.

Pide ayuda a tus padres para otras cosas. Alquilarles la casa a mis padres hubiera sido incómodo. Pero al pedirles consejos sobre asuntos que no tenían nada que ver con lo de la casa, les demostré que los respetaba.

Ser franco

A veces, conviene sacar los trapitos al sol. Después de que mi terapeuta me aconsejó que encontrara apoyo fuera de mi familia, también compartí ese secreto con mis amigas, con quienes casi nunca había hablado de mis finanzas. Una mañana, recibí un mensaje de texto de mi grupo para reunirnos e ir al desayuno-almuerzo. Mi primera reacción fue empezar a escribir una excusa; “Perdón, estoy demasiado ocupada, a lo mejor la próxima vez", cuando pensé, basta ya.

“Me encantaría, pero ahora mismo no puedo permitírmelo”, escribí.

La primera respuesta fue de mi amiga Sarah, una profesora: “Para ser sincera, yo tampoco”. Otra amiga dijo lo mismo. Entonces, ¿por qué seguíamos acumulando deudas al ir a un restaurante? Era una locura.

Propuse que, en vez de eso, nos reuniéramos en un parque. Durante nuestra reunión (compramos café para que fuera un poco más alegre), hablamos por primera vez sobre nuestros problemas monetarios. Resultó que la mitad de ellas también estaban manteniendo a sus padres, sin decírselo a casi nadie. Fue un consuelo poder compadecernos mutuamente y compartir consejos.

Dado que el dinero en realidad tiene que ver con sobrevivir, es posible que te haga analizar con frialdad a quienes te criaron con amor. Intento luchar contra esos sentimientos tóxicos y colocarme en el lugar de mis padres para humanizarlos de nuevo. ¿Cómo se siente perderlo todo cuando hiciste las cosas como se deben hacer durante toda la vida? Estoy segura de que, a papá, quien siempre ahorró con cuidado, le duele aceptar mi dinero.

Últimamente he realizado algunos cambios, tales como establecer límites claros con mis padres sobre lo que puedo dar. No puedo compartir con ellos muchas de mis frustraciones, pero puedo confiárselas a mis hermanas y a mis amigas. Me recuerdo a mí misma que mis padres me mantuvieron durante dos décadas. Hasta que me convertí en madre, no me di cuenta de la frecuencia con la que, un poco de mala gana, le abres tu billetera a un hijo.

Trato de cuidar de mí misma y de mantener mi salud física y emocional. Gracias a un pago por adelantado para un proyecto de trabajo grande, mi esposo y yo terminamos de pagar el préstamo para la cuota inicial de la casa de mis padres. Pero nuestras finanzas todavía tambalean. Si siento pánico sobre el flujo de dinero, realizo un pequeño ritual alocado donde me tomo a mí misma de la mano; un recordatorio de que también tengo que cuidar de mí.

Mi terapeuta financiera tenía razón: no “solo se trata de dinero”. Cada cheque que les doy a mis padres es más que solo una cantidad de dinero. Me digo a mí misma que en realidad lo que les estoy dando es seguridad, dignidad y paz.

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