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Así es como los cuidadores pueden equilibrar la seguridad con la dignidad de un ser querido

Presta atención a la evolución de las necesidades y permite la mayor independencia posible.

Una mujer que usa un andador afuera mientras su hija adulta la ayuda.

shapecharge/Getty Images

In English | Mi madre tenía una relación complicada con su andador. Admitió a regañadientes que las manijas y el sólido armazón la ayudaban a caminar con más estabilidad. Sin embargo, usar el andador no concordaba con su identidad como persona aún joven y dinámica. Con frecuencia lo “olvidaba” cuando caminaba por el apartamento, como si estuviera dispuesta a perder el equilibrio antes que perder su sentido de identidad.


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Se caía una o dos veces por mes. La sostuve varias veces cuando se tambaleaba hacia atrás. Un día, usé mi llave para entrar a su apartamento y la encontré tendida en la alfombra de la sala, sin poder levantarse. El andador estaba en la cocina. Intentó hacer una broma al respecto, pero me preocupó que pudiera haber caído con fuerza y sufrido lesiones graves. Le supliqué que usara el andador. Ella se quejó de que la estaba fastidiando.

A partir de ahí, surgió una brecha entre nosotros: yo quería mantenerla a salvo y ella quería mantener su dignidad. Yo pensaba que era mi responsabilidad protegerla para que no sufriera ningún daño. Ella pensaba que su vida era responsabilidad suya. Le dije que preocuparme por ella repercutía en mi vida. Ella frunció el ceño y permaneció en silencio.

Muchos cuidadores se esfuerzan por encontrar el equilibrio adecuado entre preservar la seguridad y la dignidad de sus seres queridos. Algunos se inclinan por la seguridad: se hacen cargo de las finanzas y de los quehaceres de los padres que tal vez no necesiten esa ayuda. Tienen buenas intenciones, pero a veces traspasan los límites del sentido común e incluso del respeto. Otros se inclinan por la dignidad y no ofrecen ayuda a los padres por temor a ofenderlos. Por muy agradable que sea este criterio para los padres que se sienten orgullosos de ser independientes, los hijos luego se arrepentirán si alguno de los padres se tropieza al bajar una escalera o tiene un accidente automovilístico grave.

Estas son decisiones difíciles que se toman mientras el estado y las necesidades de los padres evolucionan. Lo que alguna vez fue seguro —por ejemplo, operar una cortadora de césped o limpiar las canaletas para la lluvia— ahora puede ser peligroso. ¿Cómo pueden los cuidadores encontrar el equilibrio oportuno y apropiado entre la seguridad y la dignidad? Aquí tienes algunas ideas.


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Conversa sobre el cambio

A ningún adulto mayor le gusta hablar de los cambios que puede estar atravesando. Sin embargo, el cambio ocurre de todos modos, desde la atenuación de los sentidos hasta la desaceleración de los reflejos y la disminución de la concentración. Para adaptarnos, usamos anteojos y audífonos, conducimos más despacio y comprobamos dos veces que hayamos hecho el balance correcto en la chequera. Los hijos adultos deben hablar con sus padres sobre estos cambios (“¿Realmente deseas seguir viviendo en una casa de varios pisos donde tienes que subir escaleras?”) y ofrecer su ayuda como una adaptación más que sus padres tendrán que aceptar para poder vivir de la mejor manera posible.

La seguridad es lo primero

Hay actividades cotidianas que podrían poner en riesgo la seguridad de nuestros padres o de otras personas si se realizan de forma incorrecta, como por ejemplo conducir, usar la estufa y tomar varios medicamentos. Si existen dudas sobre la forma en que se realizan esas tareas, los cuidadores no deben dejar de tomar las medidas que puedan para garantizar una mayor seguridad. En caso de duda o de conflicto con los padres (“¡Cómo te atreves a cuestionar mi habilidad para conducir!”), pídele a los médicos que realicen evaluaciones clínicas objetivas. No se trata de intentar tomar el control, sino de demostrar amor.

Nunca sacrifiques la dignidad

Toda actividad que no presente un riesgo debe quedar al criterio de los padres. Si pueden subir las escaleras, déjalos en su adorada casa de tres pisos. Si pueden conducir de noche, no los presiones para que acepten que los lleves. Mantener a los padres a salvo no siempre es lo mismo que mantenerlos bien. Esto último incluye alentarlos a hacer actividades, participar y mantener el control de su vida en la máxima medida posible. Mejorar la autoestima también promueve la salud y la felicidad.

Una nueva normalidad

Lo ideal sería que los padres no rechazaran las precauciones de seguridad y las súplicas de sus hijos con el afán de intentar conservar su dignidad. Deciden que asumir la responsabilidad de su seguridad es la mejor manera de vivir con toda la independencia y la dignidad posibles.

Eso es lo que sucedió con mi madre y su andador. A ella nunca le gustó su aspecto aparatoso ni su torpeza para maniobrar en espacios reducidos. También detestaba pensar que los más jóvenes la consideraran una ancianita cada vez que lo usaba. Pero después de muchas caídas, muchos moretones y una fractura de coxis, decidió que era lo adecuado para ella. Entre las barras de aluminio, mi madre aprendió a pararse erguida con la cabeza en alto: una imagen de sí misma diferente a la que tenía antes, pero no obstante, una imagen digna.

Barry J. Jacobs, psicólogo clínico, terapeuta de familia y asesor del cuidado de la salud, es el coautor del libro Love and Meaning After 50: The 10 Challenges to Great Relationships — and How to Overcome Them y de AARP Meditations for Caregivers (Da Capo, 2016). Síguelo en Twitter y en Facebook (enlaces en inglés).

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