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Esta noticia conllevaría un cambio de cuidador parcial a cuidador a tiempo completo ya que el padecía de otras condiciones. Fue un cambio algo drástico en nuestra vida diaria. En ese momento aún trabajaba como consultora independiente y esta noticia requeriría de ajustes mayores.
Durante los días sucesivos analicé la situación, y claramente mi trabajo se afectaría grandemente. Los ingresos que entre ambos recibíamos por pensiones ante un escenario de cuidador a tiempo completo no serían suficientes para mantener la calidad de vida que hasta ese momento disfrutábamos. Conservar los ahorros era necesario ante un futuro incierto. El tiempo disponible para trabajar se reduciría o eliminaría. Aún existían compromisos por cumplir, rentas por pagar de propiedades y servicios que requerían pagos consistentemente. ¿Qué hacer? No quería dejar de trabajar.
Asumí la tarea de clasificar los gastos de ambos, de mi esposo y míos. Los clasifique en fijos (utilidades, rentas, carro) y variables (compra, ropa. productos, gasolina, servicios al hogar, porción de ahorros) Me enfoqué en las consideradas variables para conocer su necesidad real e identificar una posible eliminación o modificación sin afectar nuestro bienestar. Añadí a los gastos variables otros que llegarían con la situación de mi esposo (ayuda en cuido, terapias, incremento en deducibles, medicamentos no incluidos en plan médico, materiales requeridos, etc.). Sencillo, enfrentaba una nueva realidad. Esto me sirvió para iniciar el ajuste a una nueva situación, así como establecer una base para un posible presupuesto que me indicase cuánto necesitaba para mantener una condición de vida relativamente buena ante el cambio. Sobre todo, con cuanto contaba y cuanto más necesitaría.
Estaba claro que el factor tiempo era un elemento crítico para continuar trabajando, por lo tanto, debía considerar ayuda en el cuido; determinar la capacidad de pago y ver la disponibilidad de mi grupo de apoyo (familia, amistades cercanas). Determiné el tiempo disponible para ofrecer servicios y cuál era el mínimo de ingresos requerido.
Inicié un periodo de conversaciones con clientes, ayuda externa y red de apoyo. Con mis clientes fui clara y asertiva. En este dialogo trate de identificar necesidades apremiantes y tiempo para clientes. Con mi red de apoyo, familiares y amigos hice lo mismo y solicité su compromiso. Con estos no fue lo esperado, pero sí hubo alguna respuesta. Identifiqué personal contratado para apoyo en el cuido. Luego analicé mi ofrecimiento de servicios actual e identifiqué áreas donde era sólida y eran áreas necesarias. Modifiqué mi ofrecimiento a lo que podía satisfacer y el cliente necesitaba. sin obviar un esquema de facturación y pago de beneficio para mis clientes y para mí.
Pude continuar trabajando y así pasé cuatro años, difíciles, de gran reto, de aprender de la vida, de valorarme, y de gran resiliencia. Logré manejar las emociones, sentí empoderamiento total y la paz económica deseada. La confrontación con la realidad y la claridad de lo que deseaba me ayudó, me preparó y fortaleció en esa nueva vida. La vida no termina por tener que asumir la responsabilidad de ser cuidador. Puede tornarse compleja, sí, pero puede convertirse en una oportunidad. Solo hay que reflexionar sobre la situación, buscar alternativas y conectar (no estoy solo), determinar el camino a seguir, dejar atrás las ideas limitantes y sobre todo actuar.
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